Una pasión literaria: Correspondencia de Anaïs Nin y Henry Miller

[Henry] La noche pasada leí tu novela autobiográfica con Blanche (5). Había en ella algunos pasajes que me parecieron “éblouissants”, asombrosamente hermosos. En particular la descripción de un sueño que tuviste, la descripción de una excitante noche con Valeska, toda la última parte en que la vida con Blanche llega a un punto culminante. El final es “profundo”:
la sensación de ilusión cuando Moloch observa los sollozos de Blanche, el trágico deseo de comprensión en medio de la brutalidad más emotiva, el enorme esfuerzo por “profundizar” en tus propios sentimientos. Algunas partes son irrelevantes, sin vida, vulgarmente realistas, fotográficas. Otras, la vieja amante Cora, incluso Naomi, son “pas dégrossis”, no “nacidas” todavía. Se advierte una precipitación descuidada y chapucera. Has recorrido mucho camino desde entonces. Tu escritura debía correr pareja con tu vida y, dada tu vitalidad animal, viviste demasiado. Ahora sientes la necesidad de “appui” en lo que has vivido.
Observa en Proust lo que significa volver a vivir por retrospección e introspección. Y mira lo que te digo:
¡ten un poco de cuidado con tu hipersexualidad! Pues eso es lo que tienes. Me recuerdas a Casanova, excepto que entremedias lo erótico. Casanova era aburrido, mientras que tú, entremedias el erotismo e incluso a causa de él, eres profundo. Me sorprende con cuánta delicadeza puedes hacer “distingos” entre mujeres. Sobre esto hay un maravilloso párrafo.
Entre un centenar de mujeres distingues cinco. Es más de lo que don Juan hizo nunca. Pero yo diría que unas cincuenta de ese centenar han sido la causa de esa escritura en embrión. No obstante, admiro esa hipersensualidad que Blanche emplea como insulto, porque está totalmente proporcionada a la enormidad de tu mente, tus elevados pensamientos, tu torrencial estilo (¡oh! ese maravilloso pasaje en el que describes la repentina elocuencia de Moloch), las volcánicas novelas y las irrefutables cartas.
Tengo la extraña certeza de que sé exactamente qué es lo que deberías “dejar fuera”, lo mismo que tú sabes lo que yo debería dejar fuera de mi libro. Creo que la novela necesita supresiones. ¿Me dejarías hacerlas? Le daré forma, hay tanto que merece conservarse y “publicarse”. La desbastaré un poco; tienes que estar orgulloso de ella. Sé lo mucho que he aborrecido trabajar sobre la novela (6) que tú leíste, porque para mí está muerta. Lo mucho que a ambos nos gustó trabajar sobre material vivo, palpitante, solamente en estado de ebullición. Pero creo que en realidad la historia madura únicamente “después” de la ebullición. La ebullición recrea la experiencia emocional, pero la comprensión no cristaliza durante el estado de ebullición. Por ejemplo, hasta hace poco no entendí completamente la experiencia que intenté describir en el libro que leíste. Había olvidado incluir partes que eran muy importantes y muy significativas:
¿Por qué rechacé a hombres que me amaron profundamente y durante dos años sólo quise a Alan [John Erskine]? ¿Por qué la amante de él se derrumbó al cabo de dos años? ¿Por qué no amó él a ninguna otra y estuvo continuamente desengañado? La mujer [yo] le dice a Duncan [Hugh]: He buscado un hombre dominante.
¿No te domino yo?, pregunta Duncan.
No, contesta ella, porque tú me “amas”.
Un hombre que domina es un hombre que no ama. Tiene una enorme vitalidad animal, una fuerza, que conquista.
Conquista, la gente se somete a él, pero él ni ama ni comprende. Solamente es una fuerza y está lleno de su propio poder. Si ama a alguien, es a una fuerza como la suya, y así de nuevo ama su propia clase de poder, no otra, lo que es una infiltración. Observa bien al conquistador, observa al hombre o mujer que domina a otro: no es él el que ama. Quien ama es el que es dominado. Tú me amas, y por tanto no puedes dominarme, y yo soy una mujer que necesita ser dominada. Pero esto se ha acabado ahora. Lo veo como una fuerza impersonal, una fuerza animal, que ya no tiene poder sobre mí.
Ahora incluso la odio. ¡Odio su falta de sutileza! Así que a veces, ¿sabes? ese poder con el que uno nace no está de acuerdo con los deseos propios, es ajeno a la personalidad de uno. Algunas veces he sospechado que a Alan le fastidia el efecto de su fuerza. Ser amado halaga su vanidad, sí, pero en realidad no quiere ser amado porque si eres amado debes amar a cambio y eso él no lo puede hacer. Las mujeres cometen el error de amarle porque son dominadas por él. Él prefiere, en lo más profundo de sí mismo, que se le “resistan”, en su propio terreno, es casi indiferente al amor como tú y yo lo entendemos, con una cierta dureza.
Odia la forma en que las mujeres se desmoronan ante él, la odia. Le he visto odiar también a Mary, porque igualmente se había derrumbado.
No sé lo que harás con esto, porque semejante “sequedad” está muy distante de tu propio carácter. Aunque pienso que, también, puedes destruir a una mujer, pero por otras razones.
Anaïs ¿Puedes trabajar con mi máquina de escribir portátil? ¿Resolverá tus problemas de momento? ¿Sabes de alguien al que pueda enviar el prospecto de mi libro sobre Lawrence? Aparecerá dentro de dos semanas.
Liceo Carnot, Dijon Viernes [12 de febrero de 1932]

Anaïs:

A mediados de la pasada noche mi mesa estaba tan llena de notas que, incapaz de ordenarlas y de redactar una carta coherente, renuncié desesperado y me fui a dormir. La habitación se ha vuelto infinitamente más habitable desde que (después de dos semanas) descubrí que la luz podía ser manipulada. Debo decirte que la gran caja de carbón de mi habitación es un objeto que contemplo con mucho cariño.
Es el mejor objeto de la habitación […] Una de mis notas dice: “Corregir el inglés de Anaïs”. ¿Quieres que haga eso, o pensará Hugo que me inmiscuyo en su dominio privado? Además, y lo que es más importante, ¿le “cohibirá” si lo hago? Considero bastante importante avisarte de tus errores, ya que estás utilizando el inglés en tus escritos. A veces nada es más embarazoso, y más provocador de ridículo, que esas turbias tergiversaciones que revelan la ignorancia del lenguaje de uno. Tengo la impresión de que quieres acercarte lo más posible a la perfección en esta materia; y como sabes, yo no doy demasiada importancia a la gramática, la sintaxis, las comas, etc. No, sólo cuando se desvirtúa el sentido o se echa a perder la belleza me aventuraría a dar consejos amistosos […]
Envié una segunda carta a Suiza, a la misma dirección ¿la recibiste? ¿Te incluí la lista de libros que te había prometido? No te asustes por la avalancha de correspondencia. Es una mala costumbre mía, y, como no puedo escribir con estilográfica, es sólo una forma de desfogarme; espero que Hugo no esté enojado. Por favor, díselo.
No debería estarlo. En cualquier caso, no van dirigidas a él. Llegan a Louveciennes cuando comienza una nueva vida. Pero sé lo que puede ser eso a veces. Odiaría hacerle decir:
“¿Más correo de ese sujeto? ¿Qué significa todo esto? Espero por Dios que la diñe”.
Inmediatamente después de escribir eso me doy cuenta de que parece un poco como si tuviera mala conciencia, lo cual no es en absoluto cierto, mi conciencia está prácticamente difunta.
No, quiero gustarle a Hugo, que confíe en mí siempre, que crea en mí. Es un poco más difícil entrar en contacto con él, y en ese caso no es él quien da el primer paso. Eso hace siempre las cosas difíciles. Pero, maldita sea, Anaïs, todo esto es por Hugo también, rotundamente. Y si puedo escribir libremente, sin miedo a introducir gusanos en la fruta, pues bien, estupendo. Al cabo de un tiempo le gustaré a Hugo enormemente, o me detestará. Creo que le gustaré. Y, si puedo pulsar otra tecla antes de acabar con este asunto, entiende que soy extremadamente susceptible, porque yo mismo he estado tantas veces en la misma situación de Hugo; las cicatrices nunca parecen curarse. Pero entre nosotros hay entendimiento. Es una gran victoria. Estoy donde estaba Proust, sólo que con más complicaciones, más hechos, más misterios, más terrores, más de todo, excepto de genio. Casi me haces llorar con tus halagadoras palabras. No, estoy lejos de ser el artista que tú imaginas.
Quizás hay en mí posibilidades; pero todavía no se han realizado. Sin embargo, tu amistad, tu maravillosa comprensión lo es todo […]

Atentamente, Henry
[Dijon] Sábado [13 de febrero de 1932]

Anaïs:

Acabo de recibir tus dos cartas y me doy cuenta de que recibiste la segunda carta que te envié a Suiza […]. Si la máquina de escribir tiene el teclado americano normal sin duda podré usarla […]. Me parece bien que encuentres en mi vieja novela algunas partes buenas y que consideres que puede ser corregida y publicada.
Claro que me gustaría que la revisaras y podaras. Aunque sólo quedaran un centenar de páginas buenas, estaría muy bien. Tal vez algún día pueda yo corresponderte haciendo lo mismo por ti […] Me haces reír al hablar de Casanova. No sabes todavía cómo son los hombres, con perdón. Yo soy bastante normal. Es verdad que nado en un perpetuo mar de sexo, pero las verdaderas correrías son bastante escasas. Creo que más bien se trata de que siempre estoy disponible para el amor, siempre hambriento de amor. Estoy hablando de amor, no de sexo. Y no me importa que mi obra esté saturada de él -me refiero al “sexo”- porque no me asusta y casi deseo salir en su defensa y predicar sobre él, como aquel necio de “The Woman at Point Sur” [de Robinson Jeffers]. Él estaba chiflado y la gente se olvida de eso, pero yo estoy completamente cuerdo, casi demasiado cuerdo, terriblemente cuerdo.
No, ya está bien de explicarme a mí mismo. Dejaré que tú me expliques a mí: eso parece inteligente y fantástico. No te preocupes si me ofendes, es completamente imposible […]
Henry

P.S. Debo parecerte bastante indiferente por hacer caso omiso de tus regalos y ayuda […]. Me duele saber que estás escatimando y economizando para ayudarme. A veces creo que no soy más que un perfecto gorrón. Maldita sea, si pudiera encontrar una manera de ganarme la vida me vendería por el resto de mis días. ¡Es la verdad!
[Louveciennes] 13 de febrero de 1932

Por favor entiende, Henry, que estoy en plena rebelión contra mi propia mente, y cuando “vivo”, lo hago por impulso, por pasión; June lo entendió (7). Mi mente no “existía” cuando paseábamos insensatamente por París, ajenos a la gente, al tiempo, al lugar, a los demás. Tampoco existía la primera vez que leí a Dostoievski en la habitación de mi hotel, y reímos y lloramos juntos, y no podía dormir, ni sabía en dónde me encontraba […] “pero más tarde”, entiéndeme, cuando todos los fundamentos, toda la conciencia, todo el control de mi ser había sido eliminado, “después” hice el enorme esfuerzo de “sobreponer” de nuevo, para no caer ya nunca más, para no seguir sufriendo o abrasándome, y me aferré a todo, a June y a Dostoievski, y “reflexioné”. Tú recibiste mis reflexiones. ¿Por qué haría semejante esfuerzo? Porque tengo “miedo” de ser “exactamente” como June, estoy en contra del caos total.
Deseo poder vivir con June en la locura total, pero también quiero ser capaz de entender después, de captar lo que he vivido desde el principio hasta el final.
Puedo estar equivocada. Como ves puedo darte una prueba de que la “locura en vida” es más inapreciable para mí que mis propios pensamientos: por mucho que piense en ti no pude “ofrecerte” las “emociones” que he vivido con June. Puedo darte explicaciones, contarte las conversaciones que tuvimos, pero no puedo ofrecer las “emociones” mismas. También puedo ofrecerte la única crítica que pude hacer de Dostoievski, y en mi diario hay cuatro páginas con mis incoherentes sentimientos acerca de la lectura de “Los endemoniados”. ¿Puedes entender eso? El pensamiento sólo aflora a la superficie, aunque muy a menudo, cuando tu carta me conmueve, como te dije la primera vez, estoy casi dispuesta a dártelo, como aquel día en que estaba tan preocupada y fuera de mí -el primer día que viniste- y estuve a punto de leerte todo lo que había escrito en mi diario, porque tu propia desesperación despertó mi confianza en ti.
Perdóname. ¿Recuerdas qué fue lo primero que hicimos? Salimos; me entusiasmaron las propiedades “curativas” de la plaza. Daban que reír.
Nosotros no pretendíamos que nos curaran, pero yo procuré recuperar el juicio. Sabía que estabas padeciendo torturas; eludí la zambullida, porque suponía también zambullirme en mi propia tortura. Una vez más dije que debía estar equivocada. Sí, estoy equivocada. Hoy estallé, recelándome tremendamente contra el análisis. Aun cuando el segundo movimiento en todas mis sonatas consista en liberarme a mí misma del caos, aun cuando haya en mí mucho de Gide, y algún día pueda, como Lawrence, dar media vuelta y escribir mis propias explicaciones de mis libros (porque la explicación de otros acerca de lo que el artista se imagina en estado de ebullición me pone enferma), aun cuando lo haga, entiéndeme, para mí lo primero es el artista, el sentimiento a través de la emoción, esa “envahissement” de sensaciones que siento y que me hace trizas.
Pides cosas imposibles y contradictorias. Quieres saber qué sueños, qué impulsos, qué deseos ha tenido June.
Jamás lo sabrás, al menos de “ella”.
No, ella no podría contártelo. Pero ¿te das cuenta del placer que experimentó June cuando le conté cuáles eran nuestros sentimientos, con aquel lenguaje especial? ¿Cómo pude hacer aquello? Porque… porque no estoy todo el tiempo “hundida”, no siempre estoy simplemente viva, dejándome llevar sencillamente por todas mis fantasías. Porque busco un poco de aire, de comprensión. Deslumbré a June porque cuando nos sentamos juntas no me emborrachó lo maravilloso del momento; lo viví con la conciencia del poeta, en realidad, no la conciencia en la que a los muy formularios psicoanalistas les gustaría meter sus manos clínicas; no, ésa no; una conciencia de “sensaciones” agudas (más agudas que las producidas por las drogas). Llegamos al límite de nuestras
dos imaginaciones. Morimos juntas.
Pero June continúa viviendo y muriendo, y yo (¡oh, Dios!, odio mi propia obra, preferiría con mucho vivir simplemente), yo me siento y trato de “contarte”… de contarte que preferiría -frente a todo lo demás- seguir viviendo en éxtasis y sin conocerte, y tú te estrellas la cabeza con el muro de nuestro mundo, sí, y esto sucede a causa de mi demoníaco poder creativo para realizar y coordinar el misterio, yo que deseo desgarrar velos. Pero no todavía. No lo necesito. Amo mi misterio, amo el mundo abstracto y “fuyant” en el que vivo mientras no comienzo mis obras, la conversión de las delicadas, profundas, vagas, oscuras, voluptuosamente mudas, sensaciones en algo de lo que pueda echar mano, tal vez nunca. Tal vez renuncie a mi mente, a mis obras, a mis tentativas y simplemente viva, sufra, me revuelque, evite tu compañía, tu “secuestro” de June o de mí.
“Tú” quieres más claridad, más conocimiento -no dices si de Dostoievski- y agradeces a Dios el caos viviente.
¿Por qué quieres, entonces, saber más acerca de June? Porque eres también escritor, y los misterios te inspiran aunque deban ser dominados, conquistados.
Es un poco gracioso. Fue el escritor quien proporcionó a June las palabras con las que ella me elogió y describió. Algo así como: “Su figura guarda un ligero parecido con las bellas mariposas nocturnas bizantinas de seda e incrustaciones”. Lo encontré en tu primera novela. Para los pintores yo había sido siempre una “bizantina”. Me asombró la extraña descripción que hizo June del “esplendor de sutil sofisticación oriental”, etc.
June había prometido escribirme mucho. No me ha escrito. ¿Te ha escrito a ti? ¿Puedes darme alguna dirección suya? Sí, quiero escribirle.
No te preocupes por haber corregido mi inglés. Nada podría hacerme “consciente” de eso. Pero no serás recompensado porque en días como hoy te escribiría de todas formas, y realmente no me importa, mientras puedas entenderme. No me interesa la belleza o la perfección de mi inglés. Si me sale perfecto o bello, estupendo, estoy deseando trabajar, pero no me “preocupa demasiado” -estoy tan plena, tan excitada, tan febril- que el lenguaje me distraiga siempre y me retrase. No he vuelto a leer todavía las cartas que te escribí. ¡Pobres oídos ingleses tuyos, tan sensibles! Me doy cuenta de la amabilidad de tu ayuda.
Por favor, compra más carbón y más leña.
Contestaré al resto de tu carta mañana.

Anaïs

[Dijon] Domingo [21 de febrero de 1932]

Una pasión literaria: Correspondencia de Anaïs Nin y Henry Miller

Anaïs Nin y Henry Miller

Selección e introducción: Gunther Stuhlmann
Título original: “A Literate Passion. Letter of Anaïs Nin and Henry Miller, 1932-1953″
Traducción: Juan Antonio Molina Foix

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