Primavera negra

¡Esquizofrenia! ¡Nadie piensa ya cuán maravilloso es que el mundo entero esté enfermo! No hay punto de referencia, no hay marco para la salud. Dios podría ser el tifus. No hay absolutos. Sólo años de luz de progreso diferido. Cuando pienso en aquellos siglos en los que toda Europa se debatía contra la Peste Negra, comprendo cuán radiante puede ser la vida si nos muerden en el punto justo. La danza y la fiebre en medio de la corrupción. Quizás Europa nunca vuelva a bailar en un éxtasis semejante. ¡Y la sífilis! ¡El advenimiento de la sífilis! Allí estaba como el lucero del alba pendiente sobre el borde del mundo.
En 1927 yo estaba en el Bronx escuchando a un hombre que leía el diario de un adicto a las drogas. El hombre apenas podía leer de tanto que se reía. Dos fenómenos totalmente dispares: un hombre adormecido por el luminal, tan tieso que sus pies se extendían más allá de la ventana, la parte superior de su cuerpo en éxtasis; el otro, que es el mismo hombre, sentado en el Bronx riéndose hasta largar las tripas porque no puede entender.
¡Ay, el gran sol de la sífilis está en el ocaso! Escasa visibilidad. Pronóstico malo para el Bronx, para América, para todo el mundo moderno. Escasa visibilidad acompañada de grandes huracanes de risa. No hay nuevas estrellas en el horizonte. Catástrofes… sólo catástrofes.
Pienso en el tiempo que vendrá, cuando Dios nazca de nuevo, cuando los hombres se peleen y se maten por Dios, porque ahora, y todavía por mucho tiempo, los hombres se pelearán por la comida. Pienso en esa época en la que el trabajo será olvidado y los libros asumirán su verdadero puesto en la vida, cuando tal vez ya no haya más libros, sino un solo gran libro: la Biblia. Para mí el libro es el hombre y mi libro es el hombre que yo soy, el hombre confundido, el hombre negligente, el hombre descuidado, el lujurioso, el obsceno, el bullanguero, el considerado, escrupuloso, embustero, ese hombre diabólicamente veraz que yo soy. Pienso que en esa era futura no seré dejado de lado. Entonces mi historia será importante y la cicatriz que dejaré sobre la superficie de la tierra tendrá sentido. No puedo olvidar que estoy haciendo la historia, una historia lateral que, como un chancro, devorará a la otra historia sin sentido. No me veo como libro, como informe, como documento, sino como una historia de nuestro tiempo… una historia de todos los tiempos.
Si yo era desdichado en Norteamérica, si ansiaba más lugar, más aventura, más libertad de expresión, es porque yo necesitaba estas cosas. Estoy agradecido a Norteamérica por haberme hecho comprender mis necesidades. Cumplí allí mi condena. Ahora no tengo necesidades: soy un hombre sin pasado y sin futuro. Soy… eso es todo. No me importa lo que a ustedes les guste o les disguste; no me importa que ustedes estén convencidos que lo que yo digo es así o no lo es. Me importa un comino que me abandonen aquí o allá. No soy un vaporizador del que se pueda extraer el menor vapor de esperanza. Veo que Norteamérica desparrama el desastre. Veo a Norteamérica como una negra maldición sobre el mundo. Veo una larga noche que se establece y aquel hongo que ha envenenando al mundo pudriéndose en la raíz.
Es por eso -con una premonición que puede ser mañana o dentro de trescientos años-, que escribo febrilmente este libro. Mis pensamientos salen como escupitajos y me veo forzado a reencender la llama una y otra vez, no sólo con coraje, sino también con desesperación… porque no puedo confiar en que nadie, como no sea yo, diga estas cosas. Mis vacilaciones y mis tanteos, mi búsqueda de cualquiera y todos los medios de expresión son una especie de divino tartamudeo. ¡Estoy deslumbrado por el glorioso derrumbe del mundo!
Todas las noche, después de comer, sacó la basura al patio. Subiendo de regreso me detengo con el tacho vacío en la mano y por la ventana de la escalera veo el Sacré-Coeur, allá arriba, en la colina de Montmartre. Todas las noches cuando saco la basura pienso en mí mismo, de pie en un alta colina, en medio de una resplandeciente blancura. No es ningún sagrado corazón el que me inspira, ni pienso tampoco en Cristo. Pienso en algo mejor que Cristo, algo más grande que un corazón, algo que está más allá de Dios todopoderoso. Pienso en MI. Yo soy un hombre. Esto basta.
Soy un hombre de Dios y un hombre del diablo. A cada uno lo suyo. Nada eterno, nada absoluto. Ante mí se yergue la imagen del cuerpo de ese dios trinitario de pene y testículos. A la derecha, Dios padre; a la izquierda y colgando un poquito más abajo, Dios hijo; en el medio y arriba, el Espíritu Santo. Nunca puedo olvidar que esta santa trinidad está hecha por el hombre, que sufrirá infinitos cambios… pero que mientras salgamos de los úteros con manos y piernas, mientras haya estrellas sobre nosotros para enloquecernos, y césped bajo nuestros pies para apoltronar la sorpresa, mientras esto exista, nos servirá el cuerpo para silbar con él todas las canciones.
Hoy es el tercer o cuarto día de primavera y estoy en la plaza Clichy a pleno sol. Hoy, aquí al sol, puedo decirles que me importa un comino que el mundo se vaya al diablo; no importa que el mundo sea justo o injusto, bueno o malo. Es… y eso basta. El mundo es lo que es y yo soy lo que soy. No lo digo como uno de esos Budas sentados con las piernas cruzadas, sino por una seguridad interna y alegre, dura y sabia. Eso que hay allí y esto que hay en mí, todo, es el resultado de fuerzas inexplicables. Un caos cuyo orden escapa a la comprensión. Está más allá de la comprensión humana.
Como un ser humano que camina en el crepúsculo, al alba, a las horas más extrañas, a las horas ultraterrenas, el sentimiento de ser sólo y único me fortifica hasta tal punto que, cuando camino entre la multitud, tengo la sensación de no ser más que un átomo, un poco de saliva; empiezo a pensar que estoy solo en el espacio, que soy un ser único rodeado por magníficas calles vacías, un bípedo humano caminando entre rascacielos, cuando todos los habitantes han huido y yo me he quedado solo, caminando, cantando, dominando la tierra. No tengo que buscar mi alma en el bolsillo de la chaqueta: está ahí todo el tiempo golpeándome contra las costillas, agrandándose, henchida de canciones. Si ha existido algún lugarcito en donde creí que todo estaba muerto, ahora, al caminar por las calles, solo e idéntico a Dios, ahora, sé que eso es mentira. La evidencia de la muerte está constantemente ante mis ojos; pero esta muerte del mundo, una muerte que avanza constantemente, no surge de la periferia para tragarme; esta muerte se encuentra a mis pies, se me adelanta, y mi propia muerte siempre está un paso adelante. El mundo es el espejo de mi muerte, y el mundo no muere si yo no muero. Estaré también vivo dentro de mil años, más vivo que en este momento, y el mundo, también estará vivo, aunque haya muerto hace mil años. Cuando una cosa vive hasta el fin no hay muerte, no hay arrepentimiento y no existe tampoco una falsa primavera; cada momento vivido abre un horizonte mayor y más amplio, para el cual no hay escape, salvo el de vivir.
Los soñadores sueñan del pescuezo para arriba, con el cuerpo firmemente atado a la silla eléctrica. Imaginar un nuevo mundo es vivirlo diariamente: cada pensamiento, cada mirada, cada paso, cada gesto mata, recrea, y la muerte está siempre un paso adelante. No basta con escupir al pasado. Proclamar el futuro no es bastante. Tenemos que actuar como si el pasado estuviera muerto y el futuro fuera irrealizable. Debemos actuar como si el próximo paso fuera el último, porque realmente lo es. Cada paso hacia adelante es el último, y con él muere un mundo, que nos incluye. Aquí estamos los de la tierra interminable, con el pasado que nunca cesa, el futuro que nunca se inicia, el presente que no acaba. El mundo de nunca-nunca que palpamos con la mano, que vemos y que no es sin embargo nosotros. Somos eso que nunca se termina, que nunca toma forma para ser reconocido; todo lo que es y que, sin embargo, no es el total, porque las partes son tanto más grandes que ese todo, que sólo Dios, el matemático, puede calcular.
Risa, aconsejaba Rabelais. Risa para todos nuestros males. ¡Diablo, es difícil tomar su sana y alegre medicina tras todos los remedios de curanderos que hemos tragado! ¿Cómo reír cuando está gastada la tela del estómago? ¿Cómo reír después de toda la miseria con la que nos han envenenado esos espíritus seráficos de caras cerosas, de mandíbulas colgantes, tristes y sufrientes y solemnes? Entiendo la traición que los inspiró y les perdono su genio. Pero es difícil que nos liberemos de todo el dolor que han creado.
Cuando recuerdo a todos los fanáticos que fueron crucificados y a los que no eran fanáticos sino simples idiotas, todos asesinados por una idea, empiezo a sonreír. Bloquea todas las salidas, me digo. Aprieta la tapa sobre la Nueva Jerusalén. Apretemos barriga contra barriga, sin esperanza. ¡El limpio y el no limpio, el asesino y el evangelista, los muchachos de caritas cerosas y los que nunca dan la cara, los veleidosos y los tercos… que se junten y se cocinen por unos siglos en un rincón!
O el inundo es demasiado flojo, o yo no soy bastante ceñido. Si me vuelvo ininteligible se me entenderá en seguida. La diferencia entre entender y no entender es tan fina como un pelo, más fina; la diferencia de un milímetro, el espacio de un hilo entre China y Neptuno. Por muy lejos que esté de la meta, la razón siempre es la misma: no tiene nada que ver con la claridad, la precisión, etc. (El etc. es importante.) La mente se equivoca porque es un instrumento demasiado preciso: los hilos se rompen contra los nudos de caoba, contra el cedro y el ébano de una materia extraña. Hablamos de la realidad como si fuera algo mesurable, como un ejercicio de piano o una lección de física. La Peste Negra vino con el regreso de los Cruzados. La sífilis con la vuelta de Colón. La realidad también vendrá. La realidad primero, dice mi amigo Cronstadt. De un poema escrito en el piso del océano…
Pronosticar esta realidad es equivocarse por un milímetro o por un millón de años-luz. La diferencia es un quantum formado por el cruce de las calles. Un quantum es un desorden funcional creado al tratar de meternos en un marco de referencia. Una referencia es el despido de un antiguo patrón, es decir, el pus mocoso de una vieja enfermedad.
Estos son pensamientos surgidos de la calle, genus epileptoid. Uno camina con la guitarra en la mano y las cuerdas estallan… porque la idea no está enmarcada morfológicamente. Para recordar un sueño tenemos que cerrar los ojos y no movernos. El menor movimiento y toda la tela se raja. En la calle me expongo a los elementos destructores, desintegrantes que me rodean. Dejo que todo se quiebre y se destruya contra mí. Me inclino para espiar los procesos secretos, para obedecer más bien que para mandar.
Hay enormes bloques de mi vida que se han ido para siempre. Enormes bloques idos, dispersos, desperdiciados en charlas, en acción, en reminiscencias, en ensueños. Nunca ha habido un tiempo en el que yo viviera una vida, la vida de un marido, de un amante, de un amigo. En donde estuviera; en cualquier cosa en la que me comprometiera siempre he vivido múltiples vidas. Así, cualquier cosa que yo elija considerar como mi historia estará perdida, ahogada, indisolublemente fundida a las vidas, al drama, a la historia de los otros.
Yo soy un hombre del viejo mundo, una semilla trasplantada por el viento, una semilla que no pudo florecer en el oasis de hongo de América. Yo pertenezco al pesado árbol del pasado. Mi ligazón, física y espiritual, es con los hombres de Europa, que una vez fueron francos, galos, vikingos, hunos, tártaros y que sé yo. El clima para mi cuerpo y para mi alma está aquí, donde hay rapidez y corrupción. Estoy orgulloso de no pertenecer a este siglo.
Para esos observadores de las estrellas que son incapaces de comprender un acto de revelación, añado aquí algunos retoques de pincel al margen de mi Universo de la Muerte…
Yo soy Cáncer, el cangrejo que se mueve de costado, hacia atrás o hacia adelante, a voluntad. Me muevo en extraños trópicos y trato de elevados explosivos, fluidos embalsamadores, jaspe, mirra, esmeraldas, mucosidades y patas de puercoespín… A causa de Urano que se cruza en mi longitudinal soy raramente aficionado a la c…, a los chinchulines y a los porrones de agua caliente. Neptuno domina mi ascendiente. Esto significa que estoy compuesto de un fluido acuoso, que soy volátil, quijotesco, de poco fiar, independiente, y evanescente. También soy peleador. Con un parche caliente en el trasero puedo convertirme en un compadre o un bufón tanto como cualquiera, no importa bajo qué signo haya nacido. Éste es un autorretrato que da solamente las partes que faltan: un ancla, una campanilla para la comida, los restos de una barba, la parte posterior de una vaca. En una palabra, soy un tipo haragán que pierde el tiempo orinando. No tengo nada que mostrar, como no sea mi genio. Pero llega un tiempo, hasta en la vida de un genio haragán, en el que hay que ir a la ventana y vomitar el exceso de equipaje. Si uno es un genio hay que hacer esto… si no por otro motivo, para crear un mundillo propio comprensible, que no pare su cuerda como esos relojes que pretenden durar ocho días. Cuanto más lastre se echa por la borda tanto más nos elevamos sobre nuestros vecinos. Hasta encontrarnos solos en la estratósfera. Entonces nos atamos una piedra al cuello y saltamos con los pies hacia adelante. Esto trae la total destrucción de la interpretación anagógica de los sueños, junto con una estomatitis mercurial provocada por los medicamentos. Tenemos el sueño por la noche y el caballo ríe durante el día.
Así, cuando estoy en el bar de Pulgarcito y veo a esos hombres que nunca dan la cara atravesando las puertas-trampas del infierno con poleas y frenos arrastrando las locomotoras y los pianos y las escupideras, me digo a mí mismo: ‘¡Esto es grande, grande! ¡Toda este bric-a-brac, esta maquinaria que viene hacia mí en un platillo de plata! ¡Es grande! ¡Es maravilloso! Es un poema creado mientras dormía.”

Henry Miller

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