Incesto, Diario Amoroso

June quiere que Henry sea un Dostoyevski, pero, involuntaria e instintivamente, se lo impide. Quiere que él cante para alabarla, no que escriba un gran libro. Pero no es culpable de su destrucción. Es su aliento, su afirmación vital, cada movimiento de su yo, lo que confunde, empequeñece y destruye a los demás. Es sincera, intachable e inocente.

Yo he magnificado a Henry. Puedo hacer de él un Dostoyevski. Le infundo fortaleza. Soy consciente de mi poder, pero mi poder es femenino; exige combatir pero no vencer. Mi poder es también el del artista, de modo que no necesito la obra de Henry para magnificarme. No necesito que me alabe y, como soy artista antes que nada, puedo conservar mi yo —mi yo de mujer— en segundo término. No bloquea su trabajo. Doy sostén al artista que hay en él. June no quiere sólo un artista, quiere también un amante y un esclavo.

Puedo desatender las exigencias de mi yo, rendirme al arte, a la creación. Sobre todo a la creación.

Y eso es lo que hago ahora: crear a June y a Henry. Alimentarlos con mi fe. En mi fragilidad está el simbolismo de esa frágil consecución que los obsesiona. June ve en mí a la mujer que tras visitar los infiernos sale ilesa y quiere permanecer ilesa. June no perderá su yo, su yo ideal.

Y Henry quiere ser el Dostoyevski ideal. El artista. Encuentra en mí la imagen de esa identidad de artista. Completa, poderosa, ilimitada.

No necesito su arte para glorificarme. Tengo mi propia creación. June, para ser más generosa, debería ser artista.

Gracias a Allendy puedo renunciar a una mera victoria. Amo. Amo a ambos, a Henry y a June.

Y June, que me ama ciegamente, busca también mi destrucción. Mis páginas sobre ella, que son una obra de arte, no la satisfacen. Ignora su fuerza y su belleza y repite la queja de que no es verdad todo lo que digo. Pero en ningún momento me dejo confundir. Con independencia de June, conozco el valor exacto de esas páginas.

Mi obra, pues, en primer lugar. Tambaleante mi poder como artista, ¿qué otro poder me queda? Mi estímulo natural, mi vitalidad, mi verdadera imaginación, mi salud, mi vida creativa. ¿Y qué hará June con ellas? Drogarías. June me ofrece muerte y destrucción. June me hechiza —habla con su rostro, sus caricias, me seduce, usa el amor que siento por ella para la destrucción—. Una muerte por partida doble. La frescura de mi cuerpo ha de destruirse para que mi cuerpo sea como el suyo. Dice: «Tu cuerpo es tan fresco y el mío tan estropeado». Y así, ciega, sin nada reprochable, inocente, matará mi frescura, lo intacto que ella ama. Matará todo cuanto ama.

¿De dónde viene este conocimiento oscuro? Del humo, de la locura, del champagne, de la intoxicación de las caricias, de los besos y de la exaltación. Estamos en el Poisson d’Or, tocándonos las rodillas, ebrias la una de la otra; y June está embriagada de sí misma. Le ha dicho a Henry que no es nadie, que ha fracasado en su intento de ser un dios y un Dostoyevski, que es ella quien sí es un dios, su propio dios. Así se realiza el milagro. El engaño. Henry, está muerto. June ha vuelto a ser aniquiladora. «Henry», dice ella, «es un niño». Pero yo protesto y le digo que creo en Henry como artista y luego confieso que lo amo como hombre.

Y entonces me pregunta: «Amas a Henry, ¿verdad?», y añade que yo hice a Henry mi mayor regalo. Mis ojos se empañan de dolor. Sabía que si lo admitía salvaba a Henry, porque Henry se convertiría de nuevo en un dios. Nadie, salvo un dios —dice ella—, puede ser amado por ella o por mí. Por lo tanto, Henry sería un dios. Y ella, en la inocencia de su enorme egoísmo, me pregunta: «¿Tienes celos de Henry?».

Dios, ¿yo celosa del amor de Henry por June o del amor de June por Henry?

Es entonces cuando me siento fluida, disuelta, fuyante. Y huyo de la tortura que me espera como un gigantesco exprimidor de sangre que oprimiera mi carne entre June y Henry. Escapo haciendo un esfuerzo sobrehumano para librarme de la destrucción y la locura. Quedo presa por un momento. June advierte en mis ojos el infinito dolor. He hecho a ambos mi gran ofrenda. Entrego el uno al otro, dando a cada uno la más bella imagen de ellos mismos. Soy únicamente la reveladora, la armonizadora. Y cuando vuelven a encontrarse, a ella le doy un Dostoyevski y a él una June creativa. Yo sólo quedo aniquilada humanamente. Ambos me han amado.

Mi amor por June y Henry es menor en proporción a mi rebelión contra el sufrimiento. Creo que amo en ellos una experiencia que no pueda destruirme —en la que ya no entro del todo— porque quiero vivir.

Por la tarde. Ha venido Henry y, al principio, hemos estado tensos. Luego ha querido besarme y no se lo he permitido. No, no podía soportarlo. No, no debía tocarme, me habría herido. Le sorprendió. Me resistí. Me dijo que me deseaba más que nunca, que June se había convertido en una extraña, que las dos primeras noches con ella no había sentido ninguna pasión. Que, desde entonces, era como estar con una puta. Que me amaba y que sólo conmigo sentía la conexión entre la imagen de su mente y su deseo, que era imposible amar a dos mujeres, que yo había desplazado a June. Antes de decirme todo eso ya me había rendido —la intimidad me pareció tan terriblemente natural: nada había cambiado—. Me sentí aturdida, todo me pareció igual. Y yo que había pensado que nuestra relación parecería irreal, que la relación natural entre June y Henry se renovaría. Ni siquiera puede acostumbrarse a su cuerpo; debe de ser porque no hay intimidad entre ellos.

Lo miré todo como si se tratara de un fenómeno. Después de ocurrirme esto con Henry es posible creer en la fidelidad amorosa. Repaso sus últimas páginas sobre el regreso de June y las encuentro vacías de emoción. Ella ha agotado sus emociones, las ha exagerado. Luego, todo el asunto me parece irreal y tengo la impresión de que Henry es el más sincero de los tres y que June y yo, o yo sola, lo engañamos.

Ya no hay tragedia. ¡Henry y yo nos reímos juntos de las múltiples complicaciones de nuestras relaciones!

Tengo miedo de lo que me ocurre. Miedo de mi frialdad. ¿Acaso Henry ha agotado, también, mis emociones por la angustia inconsciente que le produce la amenaza constante de June a nuestra felicidad?

¿O es que lo que a menudo se espera demasiado, la alegría que se desea demasiado, me aturde y soy incapaz de sentirla cuando llega?

June le dice a Henry que he dicho que lo amo. Parece sorprendido. Quizá cree que estaba borracha cuando lo dije.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir, June?

—Oh, simplemente que te ama, no que quiera acostarse contigo.

Y los tres nos echamos a reír. Pero me preocupa también que June crea tanto en mi amor que, cuando me pregunta si tengo celos de Henry, lo que quiere decirme es que debo eliminar a Henry, odiar a Henry, a causa de mi amor por ella. Recuerdo nuestras caricias anoche, en el taxi, mi cabeza echada hacia atrás bajo sus besos, pálida ella y mi mano en su pecho. No imaginó en ningún momento la escena de hoy. Y unas veces la engañada es ella, otras Henry y otras yo.

Y Allendy y Hugo, los únicos hombres sinceros del mundo, están hablando en este momento, celosos de mí. Infeliz Hugo.

Henry no tiene celos de June, sino de mí, tiene celos y teme que yo ame a June o a Allendy.

Esta noche siento que quiero abarcar toda la experiencia, que puedo hacerlo sin ningún riesgo, puesto que Allendy me ha salvado. Que voy a ir con June a todas partes para adentrarme en todo.

Carta a Henry: Fue estupendo que riéramos juntos, Henry. Cualquier cosa que haya entre June y yo sólo sirve para que sienta con mayor confianza mi profundo amor por ti. Es como si estuviera pasando la mayor prueba de mi amor por ti. La mayor prueba de toda mi vida. Y aunque estuviera bebida, drogada, hechizada o cualquier cosa que me perdiera, siempre, siempre estarás tú, Henry… No quiero herirte mencionando a otros. No tienes que sentir celos, Henry; te pertenezco…

Pero mi amor por Henry es un eco profundo, una prolongación profunda de un yo interior con una eterna doble cara. Tengo una doble personalidad. Está mi amor profundo y desinteresado por Henry que puede cambiarse fácilmente por otro amor. Siento su terminación, igual que siento que el amor de Henry por mí terminará cuando él sea lo bastante fuerte para prescindir de mí.

He hecho la obra de un psicoanalista, una pieza viva de clarificación y orientación. Es verdad, por lo tanto, lo que la astrología dice acerca de mi extraña influencia en la vida interior de los demás.

Je prends conscience de mon pouvoir, de la fuerza de mis sueños. La misma June no tiene verdadera imaginación; si la tuviera, no necesitaría drogarse; June tiene hambre de imaginación. También Henry tuvo hambre. Y ambos me han enriquecido con sus experiencias. Me han dado mucho. Vida. Me han dado vida.

Allendy ha despertado en mí la inteligencia, porque los sentimientos estaban hundiéndome, la vida me estaba hundiendo. Me dio la fortaleza, gracias a la cual libero mis pasiones y mis instintos sin morir, como antes.

A veces me duele que ahora haya menos sentimientos y más inteligencia. Como si antes fuera más sincera. Pero si ser sincera consiste en arrojarse por la borda, es que era la sinceridad de la derrota. Suicidarse es fácil. Vivir sin un dios es más difícil. La embriaguez del triunfo es mayor que la embriaguez del sacrificio.

Ya no necesito hacer tanto para ocultar la inutilidad de mis cambios internos, sustituir para comprender. Necesito hacer poco, pero ese poco me exige un gran esfuerzo.

Por la tarde. Allendy espera que rompa con Henry. Veo adonde va con sus preguntas. Espera con ansiedad. Y hoy me siento conmovida por sus caricias. Son maravillosas.

Le digo que lo amo. No cree en ninguna dualidad. ¿Lo creería si leyera mis diarios? ¿No son algunas frases que escribo más frías que lo que él imagina de mí?

Esta vez tengo la impresión de estar jugando con Allendy. ¿Por qué? Creo que es más sincero que yo. Me conmueve y me da miedo. ¿Es a él a quien voy a herir—el primer hombre—y por qué? ¿O acaso todo esto no es más que mi manera de defenderme de su poder? Sentada aquí esta noche, recuerdo sus manos. Son carnosas, pero las puntas de sus dedos son idealistas. Cómo repasan el perfil de mi cuerpo, cómo hunde su cabeza en mi pecho y huele mi pelo. Cómo nos levantamos juntos y nos besamos, hasta que sentí vértigo. Henry no habría esperado para levantarme el vestido, habría perdido la cabeza.

Luego vuelvo a casa alegre y animada y Hugh me tira sobre la cama, loco de celos, me folla delirante y me rasga el vestido para morderme los hombros. Y finjo complacida, sorprendida por la tragedia de los modales cuando ya no sirven. La pasión de Hugh ha llegado demasiado tarde. Quiero estar en los brazos de Henry —la intimidad— o en los de Allendy —lo desconocido—. ¡Y yo, que siempre había querido que me desgarraran el vestido!

Siento en demasía los alejamientos, los encuentros, las prolongaciones, los nuevos chispazos. Hay en mi cabeza un centro de control, todo diamantino, pero, cuando examino mis emociones, veo que se disparan en direcciones diferentes. Hay una tensión de superactividad, de superexpansión, el deseo de alcanzar de nuevo la cima gozosa que alcanzo con Henry. ¿Podré fundirme con Allendy? No lo creo, porque el mayor gozo, como Henry sabe ya, es intimidad, totalidad, pasión absoluta.

¿Cuántas intimidades hay en el mundo para una mujer como yo? ¿Soy una unidad? ¿Un monstruo? ¿Soy una mujer?

¿Qué me lleva a Allendy? La pasión por la abstracción, la sabiduría, el equilibrio, la fuerza.

¿A Henry? La pasión, la vida ardiente y desmedida, el desequilibrio del artista, la fusión y la fluidez de los creadores.

Siempre dos hombres: el que es y el que ha de ser, siempre el momento alcanzado y el momento siguiente, adivinado demasiado pronto. Demasiada lucidez.

Los celos de Hugh me halagan. Está celoso de Allendy. Mañana irá a decirle que le ha quitado a su esposa, le dirá que está derrotado, que me ha entendido muy bien, todo lo bien que puede un científico, pero que él, Hugh, me posee. Hugh sabe que Allendy quería provocar sus celos, de una vez por todas, para que mostrara agresividad con los hombres y no amor y complacencia, para que se salvara de su pasividad homosexual, por la cual deja que otros hombres amen a su mujer. Sabe que todo esto debe de ser un juego psicoanalítico con un propósito definido, pero en este caso no se trata de un juego, porque los sentimientos de Allendy están involucrados. ¡De modo que lo que Hugh le diga herirá a Allendy! ¡Y Hugh va a herir al hombre que más ama para afirmar su hombría y su amor por mí!

Y mientras Hugh me cuenta todo esto, con su nueva y clara intuición, yo permanezco en silencio, deseando temerosa que no haga daño a Allendy. Pienso ir a verlo y atenuar el efecto de las palabras de Hugh, la historia de Hugh sobre mi vestido roto. Aunque sé que Allendy no va a recibir daño, que está protegido por su tremenda clarividencia. Está tan seguro de que no amo a Hugh; y con cuánta seguridad me espera. ¡Admiro su terrible dominio de sí mismo, de la vida y del dolor!

Fin de la noche. La música de la orquesta va in crescendo; la sala y yo explotamos. Me levanto y me cubro la cara con los brazos y río —río como nunca he reído en mi vida— y la risa se quiebra en un sollozo, en un sollozo alto y lastimoso. Durante un minuto me vuelvo loca, completamente loca. Hugh está asustado. Acude a mi lado, tierno y sorprendido.

—Mi pobrecito sauce llorón —me dice—, has sido demasiado feliz. ¡Te he hecho feliz!

June es mi aventura y mi pasión, pero Henry es mi amor. No puedo ir a Clichy y enfrentarme con los dos. Le digo a June que es porque temo que no sepamos ocultar nuestros sentimientos delante de Henry, y le digo a Henry que es porque temo no fingir bien delante de June. La verdad es que miro a Henry con ojos ardientes y a June con exaltación. La verdad es que sufro humanamente al ver a June instalada al lado de Henry —donde yo quiero estar— porque la intimidad entre Henry y yo es más fuerte que cualquier aventura.

Allendy es el amor del mañana. El mañana puede tardar en llegar, años quizá. No quiero medir espacios ni distancias. Me dejo vivir. Hoy mis nervios están destrozados. Pero soy indomable.

Por la noche. Indomable. Gardenias blancas de June. Para June, Ambre de Delhi. June. June en mis brazos, en el taxi. Es mi brazo el más fuerte, es su cabeza la que cae hacia atrás, soy yo quien besa su cuello. June se deshace como un pétalo. Me mira como una niña.

— Anaïs, fíjate, qué torpe soy. Me siento pequeña entre tus brazos.

Cuando me voy, veo su cara difuminada tras la ventana del taxi. Una niña atormentada, hambrienta, deseosa y desconfiada del amor, que lucha desesperadamente para ejercer el poder mediante el misterio y la confusión.

Cree de verdad que Henry está muerto, que sólo ella lo hace vivir. Viene y enreda, crea complicaciones artificiosas, enfrenta a una persona con otra, saca a Henry de quicio y así cree que ella vive, que hace vivir a los demás, que esto es el drama, la vida. Y todo es tan infantil.

No puede creerlo salvo en los momentos febriles. Lo cree cuando la tengo en mis brazos. Y entonces se va y se esfuerza por ser objetiva. Cansados, ella y Henry hablan e intentan entenderme objetivamente, alejados ambos de los momentos de éxtasis y vértigo.

June se queja continuamente de que no puede confiar la verdad a Henry. Veo una imagen tan deformada del otro en los ojos de cada uno que tengo que hacer un tremendo esfuerzo para conservar a mi Henry y a mi June. Los dos quieren implicarme en el conflicto, lanzarme contra el uno o la otra. June quiere que lo haga porque sería otra muestra de mi devoción por ella; quiere que Henry y yo luchemos por ella. Eso le proporcionaría el momento de odio, o pasión, en el que sólo ella cree. No sabe vivir en el semitono, en la insinuación, en la verdad.

Dios mío, ¿soy lo bastante fuerte para ayudarla?

Allendy dice que he convertido mi gran necesidad de ayudar y crear a los demás en una especie de psicoanálisis. Tengo que ayudar, dar, crear e interferir. Pero no debo darme a mí misma, debo aprender a negarme. Y ahora compruebo que uno da cuando se niega a sí mismo, porque, al borrar el yo, se borra al mismo tiempo el egoísmo y la posesividad. De modo que doy, y como dejo escapar menos sentimientos desgarradores, soy más fuerte, no me pierdo, me mantengo lúcida. Doy verdaderamente.

¿Qué puedo dar a June y a Henry? ¿Que vuelvan el uno al otro? No me parece que sea eso lo correcto.

June cree que Henry renace cuando se pone furioso, tartamudea y es ilógico; cree que ahora está vivo, por más que ya lo estaba antes de que ella viniera, sólo que profundamente hundido. En todo el amor que me profesa suena esta nota de celos: quiere impedir la ya segura publicación del libro de Henry porque viene de mí. Ataca a Henry porque ya no le pide consejo. Por todo esto tengo que vigilar el momento de la gran exaltación. Cuando no puede cegarme me ofrece su cuerpo.

Mi única salvación es desarmarla, penetrarla casi sin palabras, rendir su poder con sólo mirarla.

No puedo soportar que siempre se ponga ella, su ego, por encima del amor a Henry.

Por la noche. Henry ha estado aquí. Dice que hay algo que está claro: que nos necesitamos más que nunca y que tenemos que ser amables con los niños, June y Hugh.

Me sorprendió verlo como una persona mayor que ofrece protección. Para él, June es una niña patológica, interesante como tal, pero estúpida y vacía.

ANAÏS NIN

Incesto, Diario Amoroso

Incest: From a Journal of Love (1992)

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