Tiempo de abrazar

Jason llenó los vasos y alzó el suyo. La cortina de la ventana se había oscurecido. Bebió como junto a un mostrador de taberna, tirando violentamente la cabeza hacia atrás. Estaba desnudo. Respiró con fuerza, dilatando el pecho. Lentamente juntó los brazos al cuerpo, haciendo saltar los pectorales; luego los golpeó, un puñetazo, otro. Estaba desnudo y alegre. Animal humano. Se enjugó los labios, restregando el revés de la mano con fuerza. En lo alto de la cortina sombría, sólo una rayita cobriza, como un guión.
Virginia volvió, caminando despacio, como si gozara prolongando la presencia, los movimientos del cuerpo desnudo, la sensación de los pies descalzos en el suelo. Se curvó sobre la mesita. Las piernas juntas, la redonda masa de las caderas, el pelo colgando como lluvia. Se enderezó con un vaso, poniéndole en la boca un cigarrillo encendido. A través de la bebida temblorosa vacilaba un seno como un paisaje submarino. Luego se extendió de costado en la cama, sosteniendo la cabeza en una mano. La otra golpeaba despacito con las uñas el cristal del vaso.
El cuarto oscureciéndose; el de pie, alto y desnudo; el ensordinado tirintintín de las uñas. Se agachó hasta sentarse en el suelo, envuelto en la humada blanca que ella suspiró.
—Virginia.
Se miraron, sonriendo. Luego él vio morir el guión de la cortina y, con los ojos fijos en el ángulo en que había estado, murmuró:
—Tenía un miedo… después de la carta. Pensaba que todo había terminado. No por celos; pero tenía miedo de que esto, tal vez lo más grande que haya, lo conocieras con otro. Con alguno demasiado bruto; demasiado macho para tu ternura…
Ella saltó levemente, acariciándole un brazo con los perezosos dedos.
—No, Julio… No podía ser. Yo presentía lo lindo de esto, vida. No me hubiera animado a estropearlo. Tenía que ser contigo… contigo, vida querida. Y yo estaba tan segura de que iba a ser…; y lindo, lindo, lindo…
El recostó la cabeza en la cama, haciendo resbalar sus labios agradecidos por el caliente brazo de la muchacha.
—Dulzura…
Cerró los ojos y quedó quieto, sumergido en una placidez que volteaba lentamente en su cerebro. Así, así. Sentía el pulsar de la sangre en la muñeca que hacía de almohada para su mejilla y, de vez en cuando, la boca de Virginia que soplaba el humo. Dormirse así, despacito, sintiendo que se dormía, espinando las imágenes que empezaban a brotar indecisas, como luces de luciérnagas, entre las últimas sensaciones que iban desprendiéndose, los frescos recuerdos que se alejaban dulcemente. Los golpecitos misteriosos de la vida, saltando en la muñeca de la muchacha. Irse, así, sonriendo. Dormirse o morir. Tan feliz, tan feliz, descansando en la muchachita… Llevarse al silencio aquella enorme y fina dicha que lo saturaba; morir como el único más allá posible, la única prolongación de su felicidad.
Un ruido de puerta. Voces en una casa vecina. Y, atravesando la espesa sombra de la cortina, un tango. Un pedazo de tango, girando lejos, en quién sabe qué cuarto. La caja de música abierta sabe Dios ante qué escena.
Rabiosamente, recordó que existían otras personas; que otros vivían, amaban, odiaban. No solamente ellos, no solamente él y su muchachita… Levantó la cabeza, queriendo rechazar aquel pensamiento, levantar una gruesa muralla que los separara del mundo, de la ciudad, de las casas vecinas. Pero el tango se filtraba siempre, entraba en él como un cuchillo en la ranura de un mueble. Y dentro suyo surgían las palabras lentas y amargas que iban traduciendo la música lejana. Se incorporó de un salto.
—Tan luego ahora…
—¿Estás loco?
Otra vez la muchacha desnuda en la cama, un seno justo encima de la redonda boca del vaso. Se agachó, mordiendo suavemente la puntita oscura. El vaso se tambaleó semicubierto por el cabello desflecado.
Pero volvió a resbalar y se aquietó junto a la cama, fumando al lado de la oscura mano que se movía débilmente. Otra vez el silencio y ellos. Ya era de noche. Tenía hambre. Recogió el vaso y bebió.
Otro pedazo de un tango que no conocía, entrando a saltitos, haciendo rápidas contorsiones sobre el tenso alambre del violín. Solos en la oscuridad del dormitorio, donde empezaba a temblar la noche. El tango, lejano y borroso como alguien gesticulando dolorosamente a través de vidrieras sucias. La mano de Virginia le resbaló por el mentón, el cuello, y cayó en el antebrazo. Entonces, casi sin verse ni verla, se sintió en el suelo, con los dedos trenzados rodeando las rodillas; y sintió a la muchacha boca arriba en la cama, un poco abiertas las dobladas piernas, cuyos pies descansaban en la almohada. Abandonados y felices en la íntima noche del cuarto.
—Estaba pensando… Aunque te parezca que soy tonta. ¿Sabés lo que sentía antes…? Me daba vergüenza; como si ser virgen fuera algo anormal. Tenía vergüenza de sentirme, pensando en las otras… En las mujeres que ya eran mujeres.
Bajo la luz redonda del techo. Hundido en el sillón, una fija sonrisa en la boca entreabierta. Sí; había pensado en casa de cristal. Pecado y las sucias caras contra los vidrios. A la luz intensa, el forro azul del colchón aparecía bruñido como un pedazo de cielo. Se movió un poco, perezoso en el calor del pijama reconquistado. A ratos oía el ruido del agua en el baño, alegre como de lluvia con sol. Un tintineo de frascos. Ella estaría desnuda, entrando y saliendo de la cortina de agua.
Pecado, PECADO aullaban las amarillas casas contra los muros. Estaba contento, lleno de una mansa alegría. PECADO. Ellos habían pecado, juntos y desnudos en la cama grandota. La casa de cristal, los rostros, la música de los acordeones. Y el momento más alto y más puro de su vida, era un pecado; un monstruoso y sucio pecado que debía esconderse con vergüenza.

Cruzó las piernas y se rió largamente, con una risa apegada y tranquila que le ronroneaba temblorosa en la garganta como un chorro de agua.
La muchacha entró con los silenciosos pies desnudos, restregándose todavía en la enorme salida de baño. Miles de gotas de agua le estrellaban las piernas. Como si la cabeza se hubiera hundido en el cielo y constelaciones de luminosas estrellitas se le hubieran prendido en los cabellos. Abrojos de luz.
Se balanceaba junto a él, frotándose el vientre, las piernas. Luego se enderezó, desprendiendo lentamente el ropón, desembarazando los brazos, dejándolo resbalar hasta el suelo. Una punta cayó sobre los pies de él, con una grata sensación de abrigo.
Desnuda. Se echó hacia atrás en el sillón, suavemente, temeroso de que un movimiento brusco pudiera quebrar aquello. Mirándola con una fija cara de dolor.
Aspirando el aire cálido que rodeaba la dorada desnudez, un vago perfume de colonia… Suyo, aquel dulce animalito sonriente. Suya. Y unas desesperadas ganas de agradecer a gritos su felicidad; a Virginia, a la vida tan simple y sorprendente.
Su mirada se hundió un momento en los ojos alegres de la muchachita; se detuvo en su ancha sonrisa; buscó el perfil de los senos; se extendió por la leve curva de las caderas; se deslizó por los muslos morenos, las nerviosas piernas, los pies todavía húmedos, hasta quedar tirada y sin sentido en el suelo, con el ropón de baño que blanqueaba entre ellos. Desbordaban en él una infinita dulzura, un indecible agradecimiento. Pensó que la única forma de expresárselo sería tirar su cuerpo allí, donde se mezclaban la ropa y su mirada. Abandonarse, pequeño y débil, a la sombra de su belleza.
Volvió a la cara y quedaron mirándose, con una mirada sostenida, rabiosa de impotencia y desesperación. Aquella imagen —el alargado cuerpo de la muchacha lamido por el agua— le dolía, como un sufrimiento físico, allá adentro, en las raíces del alma y del instinto.
—Nena.
La mano esbozó una larga caricia en el aire. Ella caminó, arrastrando los pies como una niñita; se arrodilló, apretando la cabeza contra sus piernas. Sonreía, estremecida por los suspiros que iban desfigurando las palabras, colándose una lágrima por la esquina del párpado tembloroso. Los talones se hundían suavemente en las nalgas y él veía brillar la luz en los dos tajos de agua de donde nacían los dedos de los pies.
Estaba fumando cara al techo en el sofá, tratando de no moverse para evitar la caída de la zapatilla mal calzada. Un metro más allá, aislada de la sombra por la lámpara que había amortiguado con el pañuelo del cuello, Virginia se cepillaba lentamente el pelo. Un espejo cuadrado duplicaba la imagen de la muchacha. De la calle venía el anuncio de los diarios de la noche.
—Es inútil que me apure. Demoro más.
Comenzó a peinarse, sosteniendo el pelo entre los dedos. Las puntas se erizaban como virutas. Envolvió las dos manchas negras a los lados de la cara, encima de la orejas. De improviso él se sintió lleno de extrañeza. Recordó la muchachita desmayada de ternura, desnuda en la cama. Era la misma, pero ahora estaba vestida.
Un dedo repartía el rouge en la boca entreabierta. El cigarrillo se quedaba abandonado en una esquina del mueble, con un lento hilo de humo que de vez en cuando quebraban los movimientos de la muchacha. Allí también, dos Virginias. Una casi de espaldas, mostrando una mejilla y la concavidad de la nuca, el cuello alargado e infantil. La otra, en la lámina de plata del espejo, mostraba la cara palidecida por la luz demasiado cercana. Los pesados ojos inmóviles, los labios abiertos. La cara del espejo anticipaba la expresión que alcanzaría ella en el goce cuando fuera mujer.
Miraba ahora entristecido los hombros débiles e inclinados de la muchacha. Alejada de él, era más fuerte. Hundida por completo en el espejo, podía olvidarlo, olvidar la tarde, el dormitorio, abandonada a su destino de gracia y belleza. Él necesitaba de ella; pero no le era necesario a Virginia. Podría ella equivocarse, fracasar mil veces; pero mientras sus ojos estuvieran sonriendo en el espejo, mientras temblara tan suavemente su cabeza en los momentos de expectación, mientras fuera dejando sus manos en caricias esbozadas encima de los objetos que la rodeaban, mientras empleara alegres minutos en la contemplación de su cuerpo… Sí, había sido hecha para eso. Ser bella y graciosa.
Se levantó sonriendo, restregándose los dedos en un pañuelo.
—Lista.
Se acercó a él, recuperada la expresión aniñada y tierna de horas antes, de siempre. Pero, mezclado a ella, Jason imaginaba un gesto de confianza, una firmeza de triunfo. Le acarició la cabeza despeinada y fue hasta la ventana.
Junto a la lámpara, el cigarrillo se deshacía en bolas de humo. Allá al fondo del corredor, la vaga forma clara de la cama. El corazón le empujaba una perezosa corriente de felicidad. Y, en su cerebro, Virginia; así como en su cuerpo cansado el olor de la muchacha.
Volvió lentamente y se arrodilló junto al sofá.
—Hay que irse, mi vida.
Agradeció con una sonrisa la fórmula impersonal. Hay que irse. Es de noche. Llueve. Inevitable, e independiente de ellos. Le tomó la sonrosada cara entre las manos, ahuecando los dedos sobre las masas de pelo.
Tuvo miedo de su próxima soledad. El departamento sin ella; la cama sin su cuerpo; los sillones sin sus piernas nerviosas; los libros sin la curiosidad de su mirada grave. Todo iba a quedar sin sentido; incomprensible como un escrito cifrado cuya clave se hubiera perdido. Y, de pronto, más intenso, miedo de prolongar la despedida. La besó con fuerza.
—¿Hasta…?
Ella comprendió y le alargó la mano, con un recio apretón de camaradas.
—No sé. Pero quiero verte mañana.
Se encajó el sombrero ante el espejo. Aplastó el cigarrillo en el cenicero. Anudó el pañuelo al cuello. Recogió los guantes y la cartera. Luego, lentamente, accionando con un solo brazo, se echó el impermeable sobre los hombros. Giró despacio, sonriendo a todo y a él. Después inclinó profundamente la cabeza, en despedida.
—¿Mañana…?
El asintió sin hablar. La vio alejarse hacia la puerta. Tuvo la impresión de que Virginia esperaba que llamase. Con la mano en el pestillo, ella vaciló. Luego se dio vuelta, mirándolo.
Uno y otro en islotes de sombra, separados por el blanco globo de la luz.
Salió, cerrando sin ruido. Por un rato siguió imaginándola junto a la madera oscura de la puerta; el cuerpo inclinado, los ojos brillantes, el gesto bondadoso de la boca. Toda, tan frágil y tierna… Ahora, cada día, una lucha de astucia o de coraje, contra todos, para conservarla y defenderla. Se incorporó con la cara endurecida y comenzó a pasearse. Luchar contra todos; contra la inmensa estupidez humana, contra la cobardía de la bestia humana.
—La inmunda bestia humana… —susurró lentamente.
Estaba mareado. Fue caminando por el corredor. Frente al baño, olor a colonia, a limpio y a Virginia.
Encendió la luz del dormitorio. Las ropas en el suelo. Ella en cada pliegue, cada color, cada perfil, Ah, bestias… Tan buena, tan suave, tan suya. Con que pecado, ¿no? ¿Pecado, aquello, bestias hediondas? Bebió el resto de un vaso. Apoyó la cabeza en las manos, inclinándose sobre los días pasados, sobre sus vacilaciones. Había necesitado un largo y ridículo proceso para despedirse. Había sido débil y cobarde. Atado por el temor de enfrentarse a los demás; a sus amigos, a la parte adecuada de su persona; a los años de niñez en que habían querido conformarle el cerebro como en un molde. Se había creído libre y fuerte; había sentido lástima por los miles de infelices que claudicaban, haciendo de sus vidas superficies monótonas e invariables. Y cuando fue necesario traducir en hechos sus bellas teorías, había vacilado. Como todos, como los otros. Había sido débil y ridículo hasta la vergüenza. Se había engañado a sí mismo, urdiendo pretextos, complicando las cosas, incapaz de un momento de sinceridad.
Encendió un cigarrillo y se dobló aún más hacia el suelo. Y había estado convencido —grandísimo imbécil— de que era su propia superioridad la que le hacía ver mil aspectos del problema que un tipo inferior ignoraría. Mentira todo. Mentira sus palabras, sus pensamientos, sus actos. Mentira ridícula, él mismo.
Se levantó y caminó despacio hasta la ventana. Levantó la cortina. Un pedazo de patio, ventanas, techos, luces. Las almas puras decían que precisamente por ser animales… Luz de luna, Mendelssohn, la corona de azahares. Mierda, damas y caballeros. No era el pensamiento humano quien trazaba cauces para el instinto. Eran las mismas almas puras, los hombres rectos, los perfectos caballeros, las damas con neuralgia en lo ovarios. Sí; los rascacielos, las reuniones de directorio, los honestos almaceneros, los prostíbulos, los ocho en línea, los siete por ciento.
Tiró la cortina y fue hasta el baño. Se desnudó y abrió la lluvia, metiendo un pie debajo. Frío. Lo sacó y puso el otro. Luego empezó a caminar. Tres pasos, vuelta, tres pasos. Cuando llegaba junto a la bañadera el agua le caía en gotas finísimas, salpicándole el pecho, los hombros, las nalgas. En el otro extremo, el fresco olor del jabón, del dentífrico, de la pasta para afeitarse.
Estaba lleno de un odio profundo y alegre. Sin saberlo, sin admitirlo en ningún momento, había estado caminando en medio de una multitud ciega y apretada. Pero ahora —tres pasos, vuelta, tres pasos— oponía el pecho a las filas interminables que seguían avanzando lentamente. Lo empujarían. Lo golpearían, queriendo hacerlo seguir como hasta ahora, al paso lento de siempre. No importaba. Confiaba en la fuerza de su odio. En el límite en que terminaran las energías de su amor, vendría el odio en su ayuda. Y otros, ayer, ahora, mañana y pasado, cada vez más numerosos, dando la cara al espeso rebaño humano. El hambre, el cansancio, el desesperado deseo de abrir las ventanas, de respirar. El ansia irrefrenable de higienizar la vida; de fusilar la hipocresía, la injusticia, la mentira. Bestias inmundas… Tres pasos vuelta, tres pasos.

JUAN CARLOS ONETTI
Tiempo de abrazar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s