MALONE MUERE

¡Qué aburrimiento! ¿Y si pasara a la piedra? No, sería igual. Los Louis, los Louis, se trata de los Louis, No, no especialmente. Pero, entre tanto, lo otro se pierde. Dónde están mis proyectos, tenía proyectos, ahora. Quizá tenga para diez años. A pesar de todo, continuaré un poco más, pensando en otra cosa; no puedo pararme aquí. Me oiré de lejos, el espíritu lejos, hablar de los Louis, hablar de mí, el espíritu lejos de aquí, entre sus ruinas.

Entonces, sólo la señora Louis permaneció en la cocina. Se sentó junto a la ventana y bajó la mecha de la lámpara, como siempre hacía antes de apagarla, pues no le gustaba apagar una lámpara aún caliente. Cuando el cristal y el globo le parecieron suficientemente enfriados se levantó y sopló dentro. Permaneció un instante dudosa, con las manos apoyadas sobre la mesa, antes de sentarse de nuevo. Acabados los trabajos de la jornada, el día despertaba en ella otros afanes: los de la vida estúpidamente tenaz y sus asiduos dolores. Sentada yendo y viniendo, los resistía mejor que tendida. Desde el fondo de esa fatiga sin fin no cesaba de clamar, al día por la noche, a la noche de día, y día y noche, con horror, esa luz que le habían dicho siempre que ella no podría concebir, puesto que no era propiamente una luz. La luz que ella concebía bien, puesto que estaba acostumbrada a ella, la esperaba a menudo en la cocina, sobre todo en verano, casi sin dormir, tiesa en una silla o caída sobre la mesa, descansando mal, pero mejor que en la cama. A veces se levantaba, andaba por la habitación o, saliendo, daba una vuelta alrededor de la vieja casucha. Hacía sólo cinco o seis años que estaba allí. “Tengo una enfermedad de mujer”, se decía sin atreverse a creerlo del todo. En la cocina, impregnada de penas diurnas, la noche le parecía menos noche, el día menos muerto. Le gustaba, en los momentos difíciles, cuando necesitaba coraje, apretar con sus dedos la vieja mesa alrededor de la cual vería tan pronto sentados a los suyos, esperando que ella les sirviese, y sentir a su alrededor, dispuestos a ser usados, los útiles y utensilios de todos los días. Fue hasta la puerta, la abrió y miró hacia el exterior. La Luna había desaparecido, pero las estrellas brillaban con un vivo resplandor. Las miró un buen rato. Era un espectáculo que más de una vez la había consolado. Fue hasta el pozo y agarró la cadena. El cubo estaba en el fondo del pozo y el torno estaba trabado. Era así. Sus dedos se pasearon a lo largo de los eslabones ondulantes. Preguntas informes, vinculadas unas a otras, se hundían desmayadamente en su espíritu. Algunas parecían referirse a su hija, la segundona de sus inquietudes. Ésta, no pudiendo dormir, permanecía desde hacia algún tiempo al acecho. Sabiendo que su madre velaba, estuvo a punto de levantarse y reunirse con ella. Pero hasta al día siguiente o al cabo de dos días no se decidió a decirle lo que Sapo le había dicho, es decir, que se iba para siempre. Entonces, como suele hacerse incluso con los muertos más insignificantes, reunieron los recuerdos que él hubiera podido dejarles, ayudándose unos a otros y esforzándose por ponerse de acuerdo. Pero conocemos esta llamita, esos temblores en la sombra turbada. Y el acuerdo sólo llega más tarde, con el olvido.

Mortal aburrimiento. Un día pedí consejo a un israelita acerca de la cognación. Debió de ocurrir durante la época en que yo buscaba aún a alguien que me fuera fiel y a quien yo lo fuera. Entonces abría mucho los ojos para permitir a los candidatos admirar la profundidad de mi mirada y los reflejos que hacia nacer en ella todo cuanto no se decía. Nuestros rostros estaban tan próximos uno del otro, que sentí en el mío vaharadas de aire cálido y saliva, y él también sin duda en el suyo. Lo veo de nuevo, tranquilo por fin, secándose los ojos y la boca, y yo, los ojos bajos, entristecerme ante el charco que el orín, al atravesar mi pantalón de parte a parte, había formado a mis pies. Ahora que ya no le necesito, diré su nombre: Jackson. Habría deseado que él tuviera un gato, o un perro joven, o un perro viejo aún mejor. Pero en cuanto a compañeros mudos, sólo disponía de un loro gris y rojo, al que enseñaba a decir: “Nihil in intellectu”, etcétera. Las tres primeras palabras el pájaro las pronunciaba bien, pero no pasaba de la famosa restricción; sólo se oía: “¡Couah, couah, couah, couah!” Y cuando Jackson, irritándose, se encarnizaba en corregirle, Polly se enfadaba y se retiraba a un rincón de su jaula. Era una jaula muy bonita, bien arreglada, con trapecios, perchas, comederos, bebederos, rampas y huesos de jibia en cantidad. Había demasiadas cosas; yo me hubiera encontrado estrecho en ella. Jackson me llamaba el carnero, no sé por qué, quizá por el dicho francés. Yo tenía la impresión de que la idea del rebaño errante le encajaba más a él que a mí. Pero, en el fondo, jamás tuve otra idea que la del viento, ese viento que apenas me había sido proporcionado. Mis relaciones con Jackson duraron poco. Lo habría soportado como amigo, pero desgraciadamente yo le repugnaba, así como a Johnson, Wilson, Nicholson y Watson, todos unos cerdos. Intenté a continuación, durante cierto tiempo, descubrir un alma hermana entre las razas inferiores, rojas, amarillas, chocolate, etc. Y si los apestados hubieran sido de más fácil acceso me hubiera introducido entre ellos, poniendo los ojos en blanco, reprimiendo mis gestos, esbozando rictus, el corazón palpitante. Con los locos también fracasé, por muy poco. Las cosas debieron ocurrir así, pero mejor veamos cómo suceden ahora. De joven, yo miraba a los viejos con asombro y horror. Lo que me encorajina ahora son los bebés que aúllan. La casa está llena de bebés. Suave mare mágnum, sobre todo para quien desembarca. ¡Qué aburrimiento! ¡Yo que creía haberlo combinado todo tan bien! Si pudiera usar de mi cuerpo, me arrojaría por la ventana. Pero quizá porque estoy impotente me permito aún tal pensamiento. Todo permanece, todo te hace permanecer. Desgraciadamente ignoro en qué piso estoy, quizá sólo esté en el entresuelo. Las puertas que crujen, los pasos por la escalera, los ruidos callejeros, nada me han dicho al respecto. Sólo sé que hay seres vivos por encima de mí y por debajo de mí. No estoy, pues, en el subsuelo. Por otra parte, algunas veces veo el cielo, y, a través de mi ventana, otras ventanas que aparentemente se encaran con la mía. Pero esto no demuestra nada. No quiero demostrar nada. Eso se dice. Quizá después de todo me halle en una especie de cueva y el espacio que tomo por una calle sólo sea una larga zanja a la que dan otras cuevas. Pero, ¿y esos ruidos que suben, que suben hacia mi? Quizá haya otras cuevas aún más profundas que la mía. Por qué no. En tal caso, el problema de saber en qué piso estoy se plantea de nuevo, no gano nada suponiéndome en el subsuelo si hay varios, unos encima de otros. Pero los ruidos, los pasos, que creo oír subir hacia mí, ¿lo hacen realmente? Nada, en verdad, permite afirmarlo. De ahí a deducir que son puras y simples alucinaciones hay un paso que, sin embargo, vacilo en dar. Y creo, de verdad, que en esta casa hay gente que va y viene, hablándose incluso, así como muchos hermosos bebés, sobre todo desde hace algún tiempo, a los que sus padres trasladan con frecuencia de lugar para que no se habitúen a la inmovilidad, previendo el día en que tendrán que desplazarse sin ayuda. Pero, pensándolo bien, no sabría situarlos. Nada se parece tanto a un paso que sube como un paso que baja, o incluso que va y viene sin cambiar jamás de nivel, quiero decir para quien, como yo, no sólo ignora dónde se encuentra y en consecuencia, qué debe esperar exactamente, desde el punto de vista sonoro, sino que está medio sordo la mitad del tiempo. No se me escapa, desde luego, la posibilidad, por decepcionante que sea, de que esté ya muerto desde hace tiempo y de que todo continúe más o menos igual. Quizá expiré en el bosque, incluso antes. En tal caso, el trabajo que me tomo desde hace algún tiempo, con un fin acerca del cual no recuerdo gran cosa, salvo que lo debía al sentimiento de no tener para mucho tiempo, todo ese trabajo ha resultado completamente inútil. Pero el sentido común quiere que aún no haya dejado de jadear por completo. E invoca, apoyando este punto de vista, diversas consideraciones concernientes por ejemplo al pequeño montón de mis pertenencias, a mi método de nutrición y de eliminación, a la pareja de enfrente, a las transformaciones del cielo, etc. Pero todo ello quizá sólo sea en realidad mis gusanos. Tomemos por ejemplo la luz reinante en este reducto. Es extraña, es lo menos que puede decirse de ella, verdaderamente lo menos. Hay una especie de noche y de día a mi alrededor, es un hecho indudable; incluso oscurece por completo con frecuencia; pero no ocurre siempre del modo al que estaba me parece acostumbrado antes de encontrarme aquí. Ejemplo, nada vale lo que un ejemplo: una vez se hizo la oscuridad en mi habitación, y yo esperaba el alba con cierta impaciencia, la necesitaba para hacer ciertas cosas difíciles de realizar en la oscuridad. Y poco a poco, en efecto, la luz se hizo de nuevo y pude agarrar con mi bastón los objetos que necesitaba. Y he aquí que dicha claridad, en vez de ser la de la mañana, era la de la tarde. Y el Sol, lejos de elevarse cada vez más en el cielo como yo esperaba, empezó a ponerse, y la noche, a la que creía haber despedido a mi modo, cayó de nuevo implacable. Pero lo contrario en cierto modo, quiero decir el día terminado en el crepúsculo del alba, debo confesar que jamás lo he conocido, y me apena, quiero decir, no poder decidirme a afirmar que también lo he conocido. Y, sin embargo, a menudo he llamado a la noche con todas mis débiles fuerzas, por así decirlo, desde la mañana, así como muy a menudo he llamado a la mañana desde el atardecer. Pero antes de abandonar este tema y de pasar a otro, diré francamente que nunca hay luz a mi alrededor, nunca verdaderamente luz. La luz, el aire centelleante, está afuera, el granito de la pared de enfrente brilla con toda su mica, la luz está en mi cristal, pero no entra, de modo que aquí todo se baña, no diré en sombras, ni siquiera en penumbra, sino en una especie de luz plúmbea que no arroja sombra y que, por consiguiente, es difícil saber de dónde viene, pues parece venir de todas partes a la vez y con idéntica energía. Y estoy seguro de que, por ejemplo, debajo de mi cama en estos momentos hay la misma luz que en el techo, lo que no es mucho decir; pero hablo por hablar, por hablar. ¿Y qué significa, si no, el que aquí no haya ningún color, salvo en la medida en que esta especie de incandescencia grisácea pueda serlo…? Sí, podríamos hablar de gris sin duda, lo acepto, y entonces el juego o conflicto estallaría a mi alrededor entre el gris y el negro al que recubre más o menos, iba a decir según la hora; pero no siempre parece una cuestión de horario. Incluso yo soy gris, incluso a veces tengo la sensación de emitir gris, lo mismo que mis sábanas, por ejemplo. E incluso mi noche no es la del cielo. Evidentemente el negro es negro en todas partes. ¿Pero cómo es posible entonces que mi reducido espacio no se beneficie de los astros que a veces logro ver brillar a lo lejos y que esa Luna donde Caín pena bajo su fardo no me ilumine jamás el rostro? En una palabra: parece haber la luz del exterior, la de los hombres que saben que el sol sale a tal hora y que a tal hora se pone de nuevo por detrás del horizonte, y que cuentan con ello, y cuyas nubes son siempre previsibles, aunque siempre acaben por disiparse tarde o temprano, y la mía. Pero mi luz también tiene sus alteraciones, no quiero negarlo, sus ocasos y auroras; pero soy yo quien lo digo, pues también yo debí haber vivido, y eso es algo que no perdona. Y cuando observo el techo, las paredes, veo que no hay posibilidades de producir luz en mi habitación, artificialmente, como hace la gente de enfrente, por ejemplo. Sería necesario para ello que me dieran una lámpara, una antorcha, qué sé yo; pero no sé si este aire es de los que se prestan a la combustión. Memorándum, buscar una cerilla entre tus cosas, tus pertenencias, ver si arde. Los ruidos, gritos, pasos, murmullos, se interrumpen también durante jornadas enteras, jornadas de los otros. Entonces es el silencio, del cual, advertido, me contentaría con decir que nada tiene de, cómo decirlo, nada de negativo quizá. Y poco a poco mi reducido espacio zumba de nuevo. Diréis que en mi cabeza, y en efecto con frecuencia creo estar en una cabeza, que estas ocho, no, estas seis paredes son de hueso macizo, pero de ahí a decir que es mi propia cabeza, no, eso jamás. Una especie de aire circula en su interior, he debido decirlo, y cuando todo calla lo oigo lanzarse contra los tabiques que lo rechazan naturalmente. Y entonces en alguna parte del centro se atan y desatan otras olas, otros asaltos; de ahí sin duda el débil ruido de arenas movedizas que es mi silencio. O es la tempestad que se levanta, como en la atmósfera terrestre, y oculta los gritos de los niños, de los moribundos y de los enamorados, de los que digo en mi ingenuidad que se detienen, cuando en realidad nunca se detienen. Es difícil pronunciarse. Y el cráneo, ¿es el vacío? Veamos. Y si cierro los ojos, los cierro de verdad, como no pueden hacerlo los demás, pero como yo sí puedo, pues mi impotencia tiene limites, entonces a veces mi cama se eleva y boga por los aires, al capricho de los remolinos, como una brizna, y yo dentro. No es una cuestión de párpados, por suerte; es como quien dice el alma que hay que cegar, esa alma que de nada sirve negar, aguda, acechante, inquieta, revolviéndose en su jaula como en un farol en la noche sin puertos, ni barcos, ni materia, ni entendimiento. ¡Ah, sí!, tengo mis pequeñas distracciones y deberían…

Qué desgracia, el lápiz ha debido de caérseme de las manos puesto que sólo tras cuarenta y ocho horas (ver en algún lugar más arriba) de esfuerzos intermitentes he logrado recuperarlo. Lo que le falta a mi bastón es una pequeña trompa prensil como la de los tapires nocturnos. En realidad debería perder mi lápiz más a menudo, no me haría ningún daño, creo que incluso me haría bien, me volvería más alegre, sería más alegre. Acabo de pasar dos días inolvidables de los que nunca sabremos nada, por ser el retroceso demasiado grande o quizá insuficiente, ya no lo sé; sólo sé que me han permitido resolverlo todo y terminarlo todo, quiero decir lo que se refiere a Malone (puesto que así me llamo ahora) y al otro, ya que el resto no es de mi incumbencia. Y era, por así decirlo, como dos derrumbamientos de arena fina o quizá de polvo o ceniza, de importancia ciertamente desigual, pero de alguna manera concertados, y que dejaran tras de mí, cada uno en su lugar y situación, esa querida cosa que es la ausencia. Durante ese tiempo intentaba intermitentemente volver a conseguir mi lápiz. Es un Venus pequeño, todavía verde sin duda, de cinco o seis caras, y afilado por ambos extremos, y tan corto que tiene el sitio exacto, en el centro, para mi pulgar y los dos dedos siguientes unidos en pinza. Utilizo sucesivamente ambas puntas, chupándolas a menudo, me gusta chupar. Y cuando se gastan las minas, les saco punta con mis uñas, que son largas, amarillas y afiladas y se quiebran fácilmente por falta de cal o quizá de fosfato. De esta manera mi lápiz se acorta poco a poco, no hay remedio, y llegará el día en que no quede más que un fragmento tan ínfimo que ya no podré sostenerlo. Por eso aprieto lo menos posible, pero la mina es dura y no dejaría marca si no apretara. Pero me digo: “Entre una mina dura sobre la que es necesario apretar para que marque, y una mina blanda y grasa que ennegrece la página casi sin tocarla, ¿cuál puede ser la diferencia desde el punto de vista de la duración?” ¡Ah, sí!, tengo pequeñas distracciones. Lo más curioso es que tengo otro lápiz, uno francés, un largo cilindro apenas comenzado, en algún sitio de la cama, creo. No hay nada que temer a ese respecto, por tanto. Y, sin embargo, estoy inquieto. Ahora mismo, al emprender la caza del lápiz, he hecho un curioso descubrimiento: el suelo se vuelve blanco. Lo he golpeado con mi bastón varias veces y ha producido un sonido hueco y seco a la vez, falso, en una palabra. Alarmado por eso, he mirado con atención las otras grandes superficies, sobre mí y a mi alrededor. Durante este tiempo la arena no dejaba de correr y yo me decía: “Nunca lo conseguiré”, refiriéndome al lápiz. Y he podido comprobar que todas esas grandes superficies, debería mejor decir infraficies, tanto la horizontal como las perpendiculares, aunque no parezcan muy perpendiculares desde aquí, han palidecido sensiblemente también, desde la última inspección que data de no sé cuándo, lo que es más extraño todavía si tenemos en cuenta que las cosas en general tienden más bien a ennegrecerse con el tiempo, creo, dejando aparte, por supuesto, los restos mortales y ciertas partes del cuerpo todavía vivo que pierden color y de las que la sangre se retira a la larga. ¿Quiere esto decir que hay más luz a mi alrededor, ahora que sé lo que ocurre? Pues bien, he de decir que no, es el mismo gris que antes, que por momentos literalmente reluce, luego se enturbia y se apaga, se espesa si se quiere, hasta el punto de ocultarlo todo a mi mirada excepto la ventana, que en cierto modo parece ser mi ombligo, y de la que me digo que el día en que también se eclipse sabré más o menos a qué atenerme. No, todo cuanto quiero decir es que desencajando los ojos veo relucir, en el confín de esas inquietas tinieblas, algo como osamentas, lo que no ocurría hasta ahora, que yo sepa, y hasta recuerdo claramente la tapicería o papel pintado adheridos aún a los muros en algunos lugares y en los que se retorcían rosas, violetas y otras flores en tal abundancia que me parecía no haber visto en toda mi vida ni tantas ni tan hermosas. Pero de todo eso nada parece sobrevivir ahora, y si en el techo no había flores había sin duda alguna otra cosa, Cupidos quizá, también desaparecidos. Y mientras perseguía mi lápiz, en un momento dado, mi cuaderno de colegial, a juzgar por ciertos indicios, cayó también al suelo, pero pronto me hice con él introduciendo el gancho de mi bastón por una de las desgarraduras de la cubierta y recogiéndolo con suavidad. Y durante todo este tiempo, tan fértil en incidentes y contratiempos, supongo que todo en mi cabeza se deslizaba y vertía como a través de compuertas, para mi regocijo, hasta que finalmente no quedó ya nada, ni de Malone ni del otro. Y es más, yo seguía muy bien las diversas fases de aquel parto y no me extrañaba en absoluto verlo tan pronto reducir como acelerar su marcha, tan claras veía las razones por las que las cosas no podían suceder de otro modo. Y también me divertía, independientemente del espectáculo, la idea de que sabía ahora lo que tenía que hacer, yo que toda mi vida he andado a tientas, y cuya inmovilidad era también una especie de ir a tientas, sí, muchas veces me he quedado parado a tientas. En lo que por supuesto me hacía ilusiones una vez más, quiero decir creyendo ver por fin claro en mis absurdas tribulaciones pero con todo no hasta el punto de poder ahora guardarme rencor. Ya que mientras me decía: “¡Qué sencillo es, y qué hermoso!”, me decía también: “Todo volverá a oscurecerse.” Y es sin demasiada tristeza que nos vuelve a ver tal como somos, a saber, un montón que va disminuyendo grano a grano hasta que, incitada por el cansancio, la mano empieza a juguetear, a coger puñaditos de granos y a dejarlos caer sobre el montón, distraídamente como suele decirse. Puesto que ya me lo esperaba, mientras me decía: “¡Por fin!” Y he de decir en lo que a mi respecta que tal sensación me es desde siempre familiar, la de una mano cansada y ciega que hurga desmayadamente en mis partículas y las hace fluir entre sus dedos. E incluso me sucede, cuando todo está tranquilo, el sentirla hundida en mí hasta el codo, pero tranquila y diríase que dormida. Pero en seguida se estremece, se despierta, me acaricia, aprieta, hurga, y a veces saquea, como para vengarse de no poderme barrer. La comprendo. Pero he sentido tantas cosas extrañas y seguramente infundadas que quizá valdría más silenciarlas. Por ejemplo, hablar de esos períodos en que me licúo y me vuelvo barro, ¿de qué serviría? ¿O de aquellos otros en que cabría por el ojo de una aguja, tan endurecido y encogido estoy? No, eso son agradables tentativas que en nada cambian el asunto. Estaba hablando de mis pequeñas distracciones e iba a decir, creo, que haría mejor contentándome con ellas que lanzándome a esas historias disparatadas de vida y muerte, suponiendo que se trate de eso, y creo que sí, ya que nunca se ha tratado de otra cosa, que yo recuerde. Pero decir en qué se resuelven exactamente, me sería imposible, por el momento. Son imprecisas, vida y muerte. He debido tener mis nociones, al empezar, o no habría empezado, me habría quedado tranquilo, hubiera seguido tan tranquilo aburriéndome mortalmente, jugando con conos y cilindros por ejemplo, con los granos de mijo de los pájaros y otros panizos, esperando que alguien se tome la molestia de venir a tomarme las medidas para el ataúd. Se me ha ido de la cabeza mi pequeña idea. Pero no importa, acabo de tener otra. Quizá sea la misma, tanto se parecen las ideas cuando se las conoce. Nacer, he aquí mi actual idea, es decir, vivir el tiempo suficiente para saber qué es el gas carbónico libre, y luego dar las gracias. Ése siempre ha sido, en el fondo, mi sueño. Todas las cosas que siempre han sido, en el fondo, mi sueño. Tantas cuerdas y nunca una flecha. No hace falta la memoria. Si, he aquí que soy un viejo feto por el momento, canoso e impotente; mi madre ya no lo soporta, la he podrido, está muerta, va a malparir por gangrena; quizá papá también sea de la partida; iré a dar en pleno osario dando vagidos; por otra parte, no daré vagidos, ¿para qué? Cuántas historias me he contado, adherido al moho, hinchándome, hinchándome. Y diciéndome: “Ya está; soy dueño de mi leyenda.” ¿Y qué ha cambiado y por qué me excito de esta manera? No, digámoslo; no he de nacer y, por tanto, nunca moriré; es mejor así. Y si hablo de mi mismo, y del otro que es mi criatura, y que devoraré como he devorado a los otros, es, como siempre, por falta de amor; mierda, no esperaba eso, un homúnculo, no puedo detenerme. Y, sin embargo, me parece que nací y que he vivido mucho tiempo y encontrado a Jackson y vagado por ciudades, bosques y desiertos y he estado mucho tiempo llorando a la orilla de los mares frente a islas y penínsulas en donde, por la noche, brillaban las lucecillas amarillas y breves de los hombres y toda la noche los grandes fuegos blancos o de vivos colores que venían a las cavernas en que yo era dichoso, agazapado sobre la arena al abrigo de las rocas entre el olor de las algas y de la roca húmeda, mientras entre el ruido del viento las olas me azotaban con espuma, o suspirando sobre la playa y apenas asiendo los guijarros; no, no feliz, eso nunca, sino deseando que la noche no termine nunca ni retorne el día que hace decir a los hombres: “Ea, la vida pasa, hay que aprovecharla.” Por otra parte, poco importa que haya nacido o no, que haya vivido o no, que esté muerto o sólo agonizante; haré lo que siempre he hecho, en la ignorancia de lo que hago, de quién soy, de dónde soy, de si soy. Sí, intentaré hacer, para tenerla en mis brazos, una criaturita a mi imagen, diga lo que diga. Y viéndola malograda, o excesivamente parecida, la devoraré. Luego me quedaré solo un buen rato, desgraciado, sin saber cuál ha de ser mi oración, ni para quién.

Samuel Beckett

MALONE MUERE

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