«El ocaso del pensamiento»

En Shakespeare hay tanto crimen y tanta poesía que sus dramas parecen concebidos por una rosa demente.

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Por más amargura que haya en nosotros, no es tan grande como para que pueda dispensarnos de las amarguras de otros. He aquí por qué la lectura de los moralistas franceses se asemeja a un bálsamo en las horas tardías. Saben siempre lo que significa estar solo entre los hombres; y lo insólita que es la soledad en el mundo. Ni siquiera Pascal pudo vencer su condición de hombre retirado de la sociedad. Un sufrimiento algo más reducido, y habríamos registrado una gran inteligencia. Entre los franceses y Dios siempre se interpuso el salón.

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Ha habido dos cosas que me han colmado de una histeria metafísica: un reloj parado y un reloj en marcha.

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Cuanto menos te interesan los hombres, más tímido te vuelves delante de ellos, y cuando llegas a despreciarlos, te pones a balbucear. La naturaleza no te perdona que pases por encima de su inconsciencia y te acecha en todas las sendas de tu orgullo, cubriéndolas de pesares. ¿Cómo se explicaría de otro modo que a todo triunfo sobre la condición humana se le asocie el correspondiente pesar?
La timidez presta al ser humano algo de la discreción íntima de las plantas, y a un espíritu agitado por él mismo, una melancolía resignada que parece ser la del mundo vegetal. Sólo tengo celos de una azucena cuando no soy tímido.

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Si el sufrimiento no fuera un instrumento de conocimiento, el suicidio sería obligatorio. Y la vida misma, con sus desgarros inútiles, con su oscura bestialidad, que nos arrastra a cometer errores para ahorcarnos de vez en cuando de alguna que otra verdad, ¿quién podría soportarla si no fuera un espectáculo de conocimiento único? Viviendo los peligros del espíritu nos consolamos, por medio de intensidades, de la falta de una verdad final.
Todo enor es una verdad antigua. Pero no existe una inicial, porque entre la verdad y el error la distancia está marcada sólo por la pulsación, por la animación interior, por el ritmo secreto. De este modo el error es una verdad que ya no tiene alma, una verdad desgastada y que espera ser revitalizada.
Las verdades mueren psicológica y no formalmente; mantienen su validez en tanto que continúan la no vida de las formas, aunque puede que ya no sean válidas para nadie.
Todo cuanto hay de vida en ellas ocurre en el tiempo; la eternidad formal las sitúa en un vacío categorial.
A un hombre, ¿cuánto tiempo más o menos le «dura» una verdad? No mucho más que un par de botas. Sólo los mendigos no las cambian nunca. Pero como ahora te encuentras integrado en la vida, tienes que renovarte continuamente, pues la plenitud de una existencia se mide por la suma de errores almacenados, según la cantidad de ex verdades.

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Nada de lo que sabemos está libre de expiación. Tarde o temprano, terminamos pagando muy caro las paradojas, los pensamientos osados o las indiscreciones del espíritu. En el castigo que sigue a cualquier progreso del conocimiento hay un extraño embrujo. ¿Has desgarrado el velo que cubre la inconsciencia de la naturaleza? Lo purgarás con una tristeza cuyo origen no puedes ni sospechar. ¿Se te ha escapado un pensamiento revolucionario y amenazador? Hay noches que no pueden llenarse si no es con las evoluciones del arrepentimiento. ¿Has formulado muchas preguntas a Dios? ¿Por qué te extraña entonces el peso de las respuestas que no has recibido?
Indirectamente, por sus consecuencias, el conocimiento es un acto religioso.
Expiamos con placer el espíritu a pesar de su total abandono en lo inevitable. Coma la desintoxicación del conocimiento es imposible porque lo requiere el organismo, incapaz de habituarse a dosis pequeñas, hagamos también del acto reflejo una reflexión. De esta manera la infinita sed del espíritu encuentra una expiación equivalente.
El culto a la belleza se parece a una delicada cobardía, a una deserción sutil. ¿Es que no amas porque te eximes de vivir? Impresionados todavía por una sonata o un paisaje, nos excusamos de la vida con una sonrisa de dolorosa alegría y de soñadora superioridad. Desde el centro de la belleza, todo está detrás de nosotros y sólo podemos mirar hacia la vida dándonos la vuelta. Cualquier emoción desinteresada, no asociada a lo inmediato de la existencia, retarda el ritmo del corazón. Realmente, ese órgano del tiempo que es el corazón, ¿qué otra cosa podría marcar en ese recuerdo de la eternidad que es la belleza?
Lo que no pertenece al tiempo nos corta la respiración. Las sombras de la eternidad que se ciernen siempre que la soledad está inspirada por un espectáculo de belleza, nos cortan el aliento. ¡Como si profanáramos la infinitud marmórea sólo con el vaho de nuestra respiración!

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Cuando todo lo que toque se vuelva triste, cuando una mirada furtiva al cielo le transmita el color de la tristeza, cuando no existan ojos secos cerca de mí y me desenvuelva por las grandes avenidas como entre zarzas, cuando el sol sorba las huellas de mis pasos para emborracharse de dolor, entonces tendré el derecho y el orgullo de afirmar que existe la vida. Toda aprobación tendría de su parte el testimonio de lo infinito del sufrimiento, y toda alegría, el apoyo de las amarguras. Resulta torpe y vulgar hacer una afirmación que no sea para corroborar la totalidad del mal, el dolor y la tristeza. El optimismo es un aspecto degradante del espíritu, porque no se origina en la fiebre, ni en las alturas ni en el vértigo. Tampoco una pasión que extraiga su fuerza de las sombras de la vida. En los gargajos, en la basura, en el lodo anónimo de las callejuelas brota un manantial más limpio e infinitamente más fructífero que en el suave y racional hecho de compartir la vida. Tenemos bastantes venas por las que suben las verdades, bastantes venas en las que llueve, nieva, sopla el viento, nacen y se ponen soles. ¿Y no caen en nuestra sangre estrellas para recobrar su destello?

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No hay lugar bajo el sol que me retenga ni sombra que me resguarde, porque el espacio se vuelve vaporoso en el ímpetu errante y en la fuga ansiosa. Para quedarse en algún sitio, para encontrar tu «lugar» en el mundo, tienes que cumplir el milagro de hallarte en algún punto del espacio, sin andar encorvado bajo el peso de las amarguras. Cuando te encuentras en un lugar, estás siempre pensando en otro, porque la nostalgia se perfila orgánicamente como una función vegetativa. El deseo de otra cosa, del símbolo espiritual, se convierte en naturaleza.
Expresión de la avidez de espacio, la nostalgia termina por anularlo. Aquel que sufre solamente de la pasión de lo Absoluto no necesita de ese deslizarse horizontalmente por el espacio. La existencia estacionaria de los monjes tiene su razón de ser en la canalización vertical, hacia el cielo, de esas difusas nostalgias por lo eterno, por otros lugares y otros confines. Una emoción religiosa no espera consuelo del espacio; es más, sólo es intensa en la medida en que lo asimila a un escenario de caídas.
Si no hay un solo sitio en el que no hayas sufrido, ¿qué otro motivo puedes invocar en apoyo de una vida errante? ¿Y qué te ligará al espacio si el azul oscuro de la nostalgia te desliga de ti mismo?

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Si el hombre no hubiera sabido introducir un delirio voluptuoso en la soledad, hace mucho que se habría acostumbrado a la oscuridad.
La descomposición más horrible en un cementerio desconocido es una imagen pálida por el abandono en el que te encuentras cuando, desde el aire o de debajo de la tierra, una inesperada voz te revela lo solo que estás.
iNo tener a nadie a quien decirle nunca nada! Solamente objetos; ningún ser. Y la opresión de la soledad tiene su origen justamente en el sentimiento de estar rodeado de cosas inanimadas, a las que no tienes nada que decirles.
Ni por extravagancia ni por cinismo deambulaba Diógenes con un candil en plena noche buscando a un hombre. Nosotros sabemos muy bien que es por soledad…

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Cuando no puedes agrupar tus pensamientos y someterte derrotado a su azogue, el mundo y tú con él se desvanece como el vapor, y das la impresión de estar escuchando, a la orilla de un mar que haya retirado sus aguas, la lectura de las propias memorias escritas en otra vida… ¿Adónde corre tu mente, en qué ninguna parte disuelve sus fronteras? ¿Se funden glaciares en las venas? ¿Y en qué estación de la sangre y del espíritu te encuentras?
¿Aún eres tú mismo? ¿No te martillean las sienes de miedo a lo contrario? Eres otro, eres otro…
… Con los ojos perdidos hacia el otro en la melancolía inmaculada de los parques.

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Sobre todas las cosas y en primer lugar sobre la soledad estás obligado a pensar negativa y positivamente a la vez.


E. M. CIORAN

«El ocaso del pensamiento»

(Amurgul Gândurilor) 1940

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