Rey Jesús

La Heredera De Michal

Después de destruir a su predecesor, el rey Antigono el Macabeo, el rey Herodes había elegido como sumo sacerdote a un oscuro judío babilonio de la casa de Zadok llamado Ananel. Pronto lo depuso en favor del hermano de Mariamne, el heredero macabeo, que sólo tenía entonces diecisiete años; pero el inoportuno entusiasmo de la muchedumbre cuando el muchacho oficiaba durante la Fiesta de los Tabernáculos fue su sentencia de muerte. Fue ahogado una tarde en el baño público de Jericó después de un alegre concurso de inmersión entre dos grupos de cortesanos de Herodes al que incautamente se había sumado. Ananel recuperó el sumo sacerdocio, pero no por mucho tiempo. El cargo cambió de manos varias veces más hasta la designación de Simón, hijo de Boeto, que finalmente resultó satisfactoria para Herodes.

Simón era un judío de Alejandría; aunque era levita, no pertenecía a una familia del alto sacerdocio. Era un hombre pequeño, agudo, tímido, idealista, honesto, aparentemente carente de prejuicios en asuntos religiosos, y el erudito más sabio de Alejandría. Herodes le había encargado el estudio de la genealogía de cierto candidato al sacerdocio cuya familia había estado establecida en Armenia durante algunas generaciones; y Simón, en su informe adverso, había revelado las fallas en los antecedentes de varios miembros del Sanhedrin relacionados con ese hombre. Entre ellos se encontraban uno o dos activos críticos de los antecedentes de Herodes, cuya prosapia, como demostró el servicial Simón, era mucho más ilustre de lo que él mismo suponía. Herodes decidió que Simón se desperdiciaba en Alejandría. Fingió estar tan apasionadamente enamorado de la hija de Simón que no podía vivir sin ella; sin embargo, ¿cómo podía casarse decorosamente con la muchacha -preguntó a su hermano Feroras- si no elevaba a su padre a una posición suficientemente alta para que sus otras esposas no la menospreciaran? Depuso entonces a Jesuá el Zadokita, que era entonces sumo sacerdote, y nombró en su lugar a Simón. La hija de Simón era, no obstante, tan hermosa que todo el mundo pensó que él debía su cargo al matrimonio de su hija, y no lo contrario.

Simón, ligado a Herodes por fuertes lazos de gratitud, puesto que él lo trató siempre con generosidad y respeto, se convirtió en su fiel servidor. Su familia, los Cantheres, habían tomado su nombre de los escarabajos -emblema egipcio de la inmortalidad- y eran hasta
cierto punto fariseos; pero estaban tan empapados de filosofía griega que miraban las Escrituras hebreas originales como extrañas reliquias de una época bárbara. Guardaban escrupulosamente la ley, pero sólo porque deseaban recordar a la masa no iluminada del
pueblo que «el temor del Señor es el principio de la sabiduría»; esto significaba para ellos que la conformidad con una religión, incluso bárbara, era preferible a la anarquía atea del choque entre cultos competitivos. En privado, lamentaban el conservador punto de vista judío de Jehová como un solitario que nada quiere saber con otros dioses y cuyo pueblo es único, un punto de vista que provocaba el desdén o los celos de los extranjeros, según la fortuna nacional declinara o prosperara.

Para los Cantheres, Jehová era sólo una anómala variación local de Zeus Olímpico, y deseaban ardientemente que se pudieran suavizar, en pro de la paz internacional, las diferencias que lo distinguían de Zeus y de los dioses correspondientes de Egipto, Persia, Siria y la India. Su propia concepción de la deidad era tan grandiosa y abstracta que Jehová parecía, en comparación, un mero demonio tribal. Sostenían que los judíos debían entenderse con los griegos, sus vecinos. Ah, si tan sólo los griegos fueran menos
infantiles, amantes de la risa y la irreverencia, y si los judíos fueran menos graves, devotos y ancianos incluso en su infancia, ¡qué feliz sería todo el mundo! Así los jóvenes podrían gozar plenamente de la vida y pensar al modo popular que los dioses y las diosas eran hombres y mujeres altos y de rostros resplandecientes dotados de poderes sobrenaturales, aunque sufrían groseras pasiones humanas, que asolaban a la raza de los hombres y combatían entre si a causa de sus testarudas fantasías. Y cuando maduraran, se iniciarían gradualmente en el significado histórico y moral de los viejos mitos, hasta que lograran saber, en la ancianidad, que los dioses y las diosas sólo eran figuras de lenguaje y que Dios era lo que trasciende la naturaleza física, la sabiduría inmortal, la respuesta a todas las preguntas que podían formularse.

Como Hillel, uno de los dos presidentes conjuntos de la corte suprema y el teólogo más respetado del momento, trataban las Escrituras como un oráculo, en que casi ningún texto significaba precisamente lo que parecía decir. Por ejemplo, Hillel explicaba detalladamente que el antiguo precepto «ojo por ojo y diente por diente» no significaba lo que podía aceptarse en un código bárbaro, que si un hombre dejaba ciego a su prójimo, incluso accidentalmente, debía perder sus ojos; y si rompía un diente de su prójimo, debía sufrir él mismo mal.

-La pérdida de un ojo o un diente -afirmaba- no se repara con que otro hombre también los pierda. Lo que ordena el Señor, en su sabiduría, es que la compensación en dinero, bienes o tierras sea equivalente a la pérdida sufrida.

Simón no era un miembro típico de su familia. Estaba de acuerdo con ellos en que las obras de Homero y Hesíodo, en teoría, consideradas como inspirados textos religiosos, podían servir tanto como las de Moisés; porque un verdadero filósofo puede colgar su manto gris de un clavo en cualquier pared. Pero también sostenía que en la práctica, las Escrituras judías, y en especial los libros proféticos, tenían una inmensa ventaja: la fe en el futuro, la firme creencia en la perfectibilidad de la humanidad. ¿De qué otra literatura nacional se podía decir lo mismo? Incluso era digno de elogio el carácter solitario de Jehová, que se podía considerar una variedad de la unicidad original de la verdad, confundida en todas partes por las verdades locales contradictorias. Y los judíos eran verdaderamente únicos en un sentido: eran el único pueblo de todo el mundo que llevaba continuamente en su corazón la idea de Dios.

Herodes no era filósofo ni poeta. Se burlaba de la doble fidelidad de Simón a Platón y al profeta Ezequiel. Ponía su fe en el crudo ejercicio del poder, un poder obtenido mediante la captura del oráculo nacional, y extendido obligando a las naciones vecinas a servir al dios al que había convertido en el instrumento de su propia grandeza como rey. Pero tenía también la secreta creencia mística de que si procuraba la ayuda de Jehová un día renovaría su juventud y alcanzaría una especie de inmortalidad. Era un hombre que no vacilaría ante ninguna acción, por desesperada o poco natural que fuera, que pudiera hacer su nombre tan glorioso como los de Hércules, Osiris, Alejandro y otros gobernantes mortales que se habían convertido en dioses por la grandeza de sus hazañas.

Simón no conocía el alcance total de las ambiciones de Herodes, pero a veces tenía conciencia de un espíritu presuntuoso que, cuando pensaba en él, le parecía groseramente antirreligioso; esto no lo turbaba hasta el extremo de ofrecer su renuncia. ¿Qué necesidad había? ¿Acaso Herodes se proponía ocupar el lugar del mesías prometido? Pero la fuerza militar del Imperio Romano era garantía suficiente de que no emprendería ninguna osada guerra de conquista religiosa; y aunque podía imponerse en numerosas ocasiones a los abogados del templo, cuando la ley admitía más de una interpretación, jamás desafiaría a la ley en su totalidad. Y por opresiva que sintiera la limitación de su espíritu autoritario, seguiría siendo durante toda su vida un humilde servidor de Jehová, tantas veces conquistado. Reconocía también que era un mero reyezuelo, dependiente del Imperio Romano, y que finalmente había de morir, como cualquier otro hombre. Herodes, sin duda, no podía creer que sus virtudes lo facultaban para ser arrebatado al cielo en vida, como un Enoch o un Elijah. Entre el poder del Imperio Romano y la autoridad de la ley mosaica, el campo libre para el desarrollo de las ambiciones de Herodes era muy estrecho.

Simón estableció estrecha amistad con Antípater, apenas empezó a adquirir mayor favor que los hijos de Mariamne. Antípater había estudiado en Alejandría, con un pariente de Simón. Tomaba la ley más literalmente que los Cantheres y, aunque estaba dispuesto a aceptar las interpretaciones liberales de Hillel de sus preceptos más duros, se oponía a la filosofía griega en la que veía un peligro para la autoridad de las Escrituras. Su padre lo había casado con la hija del rey Antigono, pero ella había muerto. Tenía de ese matrimonio dos hijos, un varón y una muchacha. El varón, Antípater el Joven, se educaba en Egipto con la familia Cantheres; era sereno y estudioso. La chica, Cypros, estaba prometida al hijo de Aristóbulo, que seria más tarde famoso como el rey Herodes Agripa, y que aún era un niño. Antípater mismo estaba comprometido con la hija de Aristóbulo -una niñita aún- y no tenía otra esposa. Se sentía solo. Su padre le sugirió que tenía en proyecto otra unión para él y que, mientras tanto, se entretuviera con amantes; pero tener una amante estaba contra la conciencia de Antípater. Estimaba, como los fariseos, que acostarse con una mujer, si no era con la intención de procrear, disgustaba al Señor, como lo ejemplificaba la historia de Onán. Y no deseaba engendrar hijos en una mujer judía o edomita porque, como bastardos, quedarían fuera de la congregación de Israel. Y la ley le prohibía todo tráfico sexual con mujeres griegas o fenicias o de otras naciones extranjeras.

Una mañana a principios de la primavera, pocos meses antes de la ejecución de sus hermanos, Antípater visitó a Simón en sus lujosas habitaciones del templo, que daban al patio de Israel.

-Estás preocupado -dijo Simón, apenas estuvieron a solas-. Pocas veces se te ve sereno en estos días, príncipe. Tu ceño fruncido me inquieta.

Antípater se limitó a humedecer sus labios con el vino que Simón le ofreció. Tomó un puñado de almendras frescas y empezó, ausente, a partirlas en trocitos que disponía en el borde de una bandeja de oro en dibujos geométricos.

-Sí, Simón, estoy preocupado -dijo suspirando-. Para un hombre que ha de ser el rey de Israel, o el hijo y representante del rey, es terrible que todos sus súbditos lo vean despreciativamente como un advenedizo. Las órdenes que doy en nombre de mi padre se obedecen; pero sólo la gente inferior las cumple de buena gana, en tanto que la gente de las clases gobernantes lo hace con estudiada descortesía. Ahora mismo, mientras atravesaba el patio, los saludos irónicos de los nobles eran como latigazos en mí rostro. Sé lo que pensaban: «¿Qué títulos tiene su padre para el trono, aparte de los que le otorgaron nuestros enemigos, los paganos de Roma? Y él, el hijo, no es ni siquiera a medias macabeo. Es hijo de una pagana edomita, sobrina nieta del maldito Zabido». Si soy severo con ellos, me odian como a un opresor; si indulgente, me desprecian por débil. Sé en mi sangre y mis huesos que pertenezco a su misma raza, y Jerusalén es para mi la ciudad más maravillosa del mundo, y mi hogar. Lo que he venido a preguntarte es esto: ¿cómo puedo ganar, si es posible, el amor y la confianza de mi pueblo?

Simón debía estar esperando la pregunta, a juzgar por la rapidez de su respuesta:

-Te lo diré, príncipe. La realeza se funda en la conciencia de la realeza, así como la libertad se funda en la conciencia de la libertad. Si sabes que eres un rey, la realeza brillará dorada en tu frente; si te crees un advenedizo, te derrotas de antemano con esa dolorosa creencia.

-No es un gran consuelo -dijo Antípater-. No puedo alterar mi condición deseando que, por lo menos, mi madre hubiera sido una macabea hasmonea.

Simón dejó escapar una risilla seca.

-¿Quiénes son, príncipe, esos macabeos reales? Sus antepasados eran los carpinteros del pueblo, en Modin, hace apenas ciento cincuenta años; como sabes, «macabeo» significa «martillo», y era el sobrenombre de Judas, hijo de Matatías, que dirigió la rebelión. Del mismo modo, sus hermanos recibieron apodos similares, procedentes del armario de herramientas de carpintería de su padre; por ejemplo, Eleazar era apodado «Avaran», la lezna. El linaje de los macabeos, si se busca dos o tres generaciones antes de Matatías el carpintero, tiene más agujeros que una criba. Ni siquiera es seguro que fuera levita. Ciertamente no pertenecía a la Casa de Aarón.

-Sin embargo -respondió Antípater-, los macabeos alcanzaron la dignidad real por su valor y su virtud.

-Lo mismo ha hecho tu padre.

-Pero los nobles del templo lo llaman desdeñosamente «Herodes de Ascalón» o «Esclavo edomita», y lo rechazan como usurpador y extranjero. «Los macabeos» dicen, «nos liberaron del yugo extranjero. El hombre de Ascalón ha asegurado otro yugo sobre nuestras espaldas».

-¿Te ha dicho alguna vez tu padre, príncipe, que eres mil veces mejor nacido que cualquier macabeo? ¿Que desciendes directamente de Caleb, hijo de Jefuné, que conquistó Hebrón en los días de Josué?

-Me ha dicho que somos calebitas, pero yo pensé que era sólo una de sus fantasías. Cuando cena bien, extrañas ideas acuden a su mente.

-Pues es la verdad, y la ha sabido por mí. El abuelo de tu bisabuelo era un calebita de Bethlehem que se refugió en Ascalón; tu bisabuelo fue robado de Ascalón por los edomitas, que lo honraron como su príncipe.

-¿No le has contado eso a mi padre meramente para complacerlo?

-Príncipe, preferiría disgustar al rey y no arruinar mi reputación de erudito entre mis colegas.

-No te acuso de haber mentido. Pensaba que quizás te limitabas a repetir una antigua leyenda sin preocuparte de probarla históricamente.

-Yo no procedo así.

-Perdóname.

-Te perdono. Pero para que puedas seguir bien mi argumentación, debes eliminar de tu mente la idea de que tu antepasado Caleb era oriundo de Judea, y bisnieto de Judá por parte del bastardo Farez. Caleb era un kenita de Hebrón; Hebrón era en los tiempos antiguos el corazón de Edom. La lista genealógica que da el Libro de las Crónicas en el segundo capitulo es una interpolación reciente. El mito que merece mayor confianza, y que hemos conservado en Egipto, asegura que Hur, hijo de Caleb, hijo de Ezron el Kenizita, se casó con Miriam, hermana de Aarón, aunque no era «ni bella ni sana» y murió poco después en el desierto; Hur ayudó a Moisés en la batalla de Rephidim. Caleb fue uno de los diez campeones enviados a espiar en Canaán antes de la invasión de Josué; al pasar por Hebrón, ocupada entonces por los Anakin, visitó Machpelah, tumba de su antepasado Abraham, donde fue alentado por la sacerdotisa que interpretaba los pronunciamientos de la quijada oracular de Abraham. Cuando empezó el ataque, conquistó Hebrón, expulsó a los gigantes y se casó con Azuba Jerioth, «la mujer abandonada de las cortinas de la tienda». Y luego desposó a Efrat de Bethlehem.

-¿Cómo interpretas todo esto?

-En el sentido de que los calebitas eran kenitas de Edom (los kenizitas son una rama de los kenitas), que originariamente poseían Hebrón; cuando fueron expulsados por una tribu invasora de altos hombres del norte, se refugiaron entre los midianitas de Ezron, al
borde del desierto de Sinaí, que adoraban como ellos a la diosa Miriam. Miriam, conocida también como Rahab, era la Diosa del Mar, cuyo signo es una hebra roja. A la llegada de los hijos de Israel de Egipto, dirigidos por Moisés, los calebitas se convirtieron en sus aliados y luego los acompañaron en la invasión de Canaán; pero los midianitas no quisieron participar en esa aventura y así se disolvió su alianza con ellos. Después de reconocer el terreno, los calebitas reconquistaron Hebrón, y una vez más se ligaron en matrimonio con las sacerdotisas del oráculo de Abraham, que los gigantes habían abandonado en su loca huida. Más tarde, extendieron su gobierno hasta unas millas al norte, incluyendo Efrat, es decir la región que rodea Bethlehem. ¿No discutirás el sentido común de esta explicación?

Antípater parecía turbado.

Simón continuó.
-Pero así como los calebitas de Efrat fueron absorbidos luego sus aliados los benjamitas, los de Hebrón fueron absorbidos por judeanos; y uno o dos siglos después de que el rey David el ebita (porque David descendía de Hur) incorporara Hebrón al reino judío, se ajustó la genealogía tribal para hacer que Caleb fuera ascendiente de Judá; y mediante otra interpolación Kenaz, el antepasado epónimo dc los Lenizitas, pasó a ser absurdamente reconocido como hijo de Caleb. Sin embargo, los calebitas se consideraban obstinadamente kenizitas, e hijos de Edom. El cronista expresa el desfavorable punto de vista judaico acerca de la historia de esta tribu en los nombres de los hijos que tuvo Caleb con Azuba Jerioth, llamados «Envarado», «laxo» y «Destrucción». Es obvio que resistieron todo intento de lograr que aceptaran cambios en la fe judía; y como eran todavía un pueblo que vivía en tiendas, evitaron el cautiverio en Babilonia huyendo en conjunto a Edom, de donde pronto retornaron con un séquito de edomitas armados. Además, uno de sus clanes, el de Salma, volvió a ocupar Efrat. El caudillo Salma se casó con la sacerdotisa de Bethlehem, y tú, príncipe, desciendes directamente de ese caudillo.

Antípater cogió otro puñado de almendras y empezó a disponerlas formando estrellas de cinco puntas.

-No puedo discutir tu argumentación, pero me cuesta admitir que haya interpolaciones en las Escrituras.

-¿No es mejor aceptar que ha habido interpolaciones y no los errores históricos? Pues bien: esto mismo es lo que he dicho al rey, demostrando su linaje por medio de investigaciones en Ascalón, Dora, Hebrón y Bethlehem, y confirmando mis hallazgos material genealógico que me proporcionaron mis colegas Babilonia, Petra y Damasco; pero no he podido persuadir a doctores fariseos a aceptarlos, porque sus prejuicios contra Herodes son muy vivos. Además, hay otro punto de gran importancia histórica que jamás he mencionado en su presencia, y que no pienso mencionar.

-¿Quieres decir que me hablarás a mi de esto?

-Sólo si te comprometes a guardar el secreto; no debes usar esta información mientras viva tu padre.

-Avivas mí curiosidad. ¿Por qué quieres decirme algo que ocultas a mi padre?

-Porque tu padre parece perfectamente satisfecho con su título al trono, en tanto que si supiera lo que yo sé podría sentir desasosiego y la tentación de lanzarse a acciones peligrosas.

-Me pregunto si debo escucharte. Ese conocimiento, ¿me hará menos daño a mí que a él?

-Como quieras. Pero no tendrás paz en tu mente hasta que sepas algo que concierne a tu propio título al trono.

Antípater enrojeció.

-Simón -dijo-, como amigo de mi padre no tienes derecho ponerme en este dilema. No deseo escuchar secretos de estado que debo ocultar a mi padre. -Luego se marchó bruscamente.

Simón regresó a su mesa de madera de limonero y estudió la bandeja decorada con los triángulos y estrellas entrelazados que había hecho Antípater con almendras. Los deshizo de prisa con sus manos, para que alguno de sus criados no pensara que se trataba de un hechizo mágico.

-Ay de mi si acude al rey y le cuenta lo que le he dicho -murmuró-. Pero si Dios quiere no lo hará. Tiene el anzuelo clavado en la boca, de eso estoy seguro. Y si Dios quiere, quedará enganchado.

REY JESÚS

DE

ROBERT GRAVES

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