La hija de Homero

DÍA DE LAVADO

No podía dormir. A pesar de una espectacular tormenta en el mar, que había estallado la noche anterior y que mantuvo anclados en el puerto a los barcos de la flota pesquera, el aire estaba aún preñado de truenos. Desde las últimas horas de la tarde se venía levantando otro siroco, el tercero o cuarto de ese mes, y ahora soplaba con fuerza y lo destrozaba todo, hacía golpear las puertas, despojaba los árboles de sus frutos verdes y arrancaba tejas del tejado. Podíamos esperar un chubasco antes de la mañana, aunque no lo bastante intenso para compensar los daños producidos por el viento. Nuestros sirocos son de dos clases: fríos y calientes. El frío parece más tolerable, pero agosta las flores y las hortalizas con idéntica crueldad.
Comencé a calcular nuestras probabilidades de éxito si Antínoo y Eurímaco provocaban una insurrección armada y si Agelao, ofendido por el agravio inferido por mi padre, les prestaba su apoyo. ¿Podríamos defender nuestro extremo de la península, aun prevenidos del ataque y reforzados por los isleños de Hiera y Bucinna y los dispersos leales de Erix, Egesta y Drépano? Parecía improbable. En cuanto el enemigo llegara al palacio, nuestra puerta principal sería muy pronto derribada por los golpes de un enorme leño, y flechas incendiarias caerían en nuestras buhardillas abiertas, altamente inflamables. Por supuesto, la gente del pueblo estaba de nuestra parte, porque mi padre siempre dispensaba una justicia equitativa, protegía sus libertades y había sido un empleador lleno de consideraciones para con ellos. Pero, como se sabe, el pueblo es lento para actuar, y como sólo estaba armado de garrotes, horquillas de madera para el heno e instrumentos por el estilo, sería fácilmente amedrentado por hombres que ostentaban anchos escudos, cascos de largos penachos y mortíferas y afiladas armas de guerra. ¿Serían violadas mis mujeres? Estas cosas suceden en la vida real, y no sólo en los relatos antiguos. Procne y yo habíamos hablado del desagradable tema hacía unos meses. Yo afirmaba que a un hombre le resultaría casi imposible violar a una mujer contra la voluntad de ésta, a menos de que primero la dejase insensible a golpes. De los cincuenta hijos de Egipto a quienes su padre ordenó que violasen a las danaides, le dije entonces, el único que quedó con vida para ver el alba fue el sabio joven que respetó la virginidad de su novia. Pero ahora mi argumento no parecía tan convincente como antes.
A eso de la medianoche desperté de mi inquieta duermevela por el ruido de algo que golpeó contra el taburete que tenía al lado de la cama. El viento había amainado, y pude oír el rugido del mar cuando se estrellaba en la punta. Era bueno estar despierta, porque había estado soñando que un águila descendía sobre los gansos que Gorgo cuida para mí en un cobertizo y que alimenta con una mezcla de restos de comida; y los despedazaba ante mi vista. Salté de la cama y corrí a la ventana que daba al jardín. Alguien debe de haber tratado de llamarme la atención. ¿Quizás un pretendiente ebrio? Pero nadie se dejó ver, y los frutales estaban bañados por la luz de la luna.
En el suelo encontré una tira de piel de carnero que envolvía una piedra y que estaba cubierta de imágenes dibujadas con tinta de calamar. Una mujer incendiando un barco y una golondrina susurrándole. Bajo un sol luminoso, un carro y una fila de lavanderas; además, tres escorpiones consultándose entre sí, y un hacha cretense clavada encima de ellos. Era fácil de leer: Procne —es decir, la golondrina— me sugería que podía llevar a mis mujeres a lavar ropa por la mañana. Ella se encontraría conmigo, Nausícaa, «la quemadora de naves», en las Fuentes de Peribea —el carro indicaba que se encontraría conmigo a cierta distancia de la ciudad—, donde me hablaría de una conspiración tramada por tres asesinos, o sea, los escorpiones, para usurpar el poder real. Procne no había aprendido a escribir, pero se las arreglaba para transmitir su mensaje con bastante claridad… ¡Por lo tanto no estaba muy errada en mi valoración de la situación!
Una repentina bocanada de aire fresco. Una nube negra se elevó en el norte, oscureciendo la luna, y pesadas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre las polvorientas hojas del huerto. Pronto me quedé dormida.
Más o menos una hora antes del alba me lavé la cara y bajé para desayunarme con pan de cebada, aceite, hinojo encurtido, tajadas de salchichón de cerdo, vino especiado y torta de miel. Mi madre estaba sentada, rueca en mano, al lado del hogar, entre sus adormiladas mujeres, hilando lana púrpura con diestros movimientos de sus largos dedos blancos.
—Buenos días, madre. ¿Has visto al querido tío Méntor?
—Sí, hija. Está camino de una reunión especial del Consejo de Drépano. Si corres, puedes alcanzarlo.
No tuve dificultad en darle alcance. La lentitud de su cojera sugería que no esperaba el encuentro.
—¡Tío! —exclamé—. ¿Podrías proporcionarme hoy un carro con una mula? El día promete ser bueno, para variar, y hay una cantidad de ropa sucia que espera ser lavada. Si no nos ocupamos de eso en seguida, no tendremos nada presentable que ponernos. Durante todo este mes has venido usando la misma túnica (reconozco las manchas de vino en el borde), y Clitóneo se queja de que le avergüenza aparecer en público con la vestimenta sucia. Los elimanos siempre hemos sido famosos por nuestro apego a la ropa limpia.
—¿Quién se ocupa del lavado?
—En realidad es cosa de Ctimene, pero se pasa gran parte de la noche llorando y jamás está en condiciones de iniciar la tarea hasta que el sol ha recorrido un tercio de su trayecto en el cielo. Si yo no voy a la fuente, ¿quién lo hará?
—¿Es que las criadas no pueden ocuparse del lavado? Me gusta tenerte en la casa para que vigiles la fábrica de lienzo y la lechería.
—No, tío Méntor. No puedo confiar la ropa a las criadas; buena parte de ella es de lana fina. En una mañana harían más daños de los que pudieran enmendarse en un año. Algunas de nuestras hermosas y antiguas colchas han eludido el lavado durante un par de inviernos, y están sucias del polvo de los braseros o del humo de las antorchas. Además hay una pila de mantos que mi padre apartó para regalo de bodas cuando me case… si alguna vez lo hago. Serán un regalo bastante mísero si no se remiendan los bordados, pero ¿cómo haré para encontrar los colores adecuados de los hilos, si previamente no los hago lavar? Suspiró.
—Muy bien. Dile al caballerizo que le dé una buena limpieza al carro (la última vez acarreó estiércol) y que enganche las mulas. ¿Necesitas un conductor, o puedes dominar tú misma a los animales? En este momento estamos escasos de brazos en el campo.
—Gracias, tío Mentor, pero sé conducir un carro.
—Adiós, pues, ¡y que tengas un feliz día de trabajo!
—¡Adiós, y que tengas una pacífica reunión de Consejo!
Hizo una mueca cómicamente agria. Le besé en ambas mejillas y corrí a pedirle prestadas a mi madre seis mujeres, aparte de las mías.
—Puedes llevarte tres. Las demás tendrás que tomarlas de la fábrica de lienzo. Te agradezco que te encargues de la tarea, aunque dudo de que te des cuenta de lo formidable que es. Dile a Euriclea que te prepare la cesta y te llene un odre de vino. Ten, llévate este frasco de aceite aromático. Supongo que querrán bañarse en el puerto y luego ungirse.
Se lo agradecí y busqué a Euriclea.
—Rápido, prepáranos una cesta, querida nodriza —le dije—. Pan, carne, queso, encurtidos, fruta y lechuga del huerto… No, yo misma elegiré las cosas para la ensalada… Y un odre de ese vino tinto de pasas. ¡Nos vamos a las Fuentes de Peribea!
Las fuentes llevan el nombre de mi bisabuela sicania, cuyo hijo era Nausítoo. Surgen detrás de Retro, y su agua es extraordinariamente blanda. La mayor parte de nuestro lavado se hace en enormes artesas de piedra a través de las cuales se ha hecho pasar el torrente. Primero frotamos la ropa con ceniza de madera, tierra de batán y orina, para quitar las manchas; luego saltamos sobre ella, como cuando se pisan uvas en una cuba. Las manchas obstinadas las golpeamos con chatas palas de madera, depositando la ropa sobre piedras lisas. Las prendas de lana más delicada las lavamos en agua tibia, levemente salada, para impedir que encojan y para fijar los colores. Nuestro secadero es una playa de guijarros, que conserva todo el calor del sol. Los días de lavado son sumamente agradables cuando el tiempo es benigno. Y si estalla una tormenta, podemos refugiarnos en una caverna cercana, denominada gruta de las Náyades; en el fondo hay estalactitas y estalagmitas que parecen telares, y una hilera de antiguos recipientes de piedra, que de vez en cuando los sicanios llenan de alimentos y bebida para las náyades.
—¡Ajá! —exclamó Euriclea, mientras corría a la alacena—. ¿De modo que ahora vas a lavar a las Fuentes de Peribea? ¿Para ese lado sopla el viento? Se me ocurre que traerás a casa un niño desde el matorral.
Como no la consideré una broma de muy buen gusto, no contesté. Euriclea se refería a la historia de la reina Peribea, que no tenía hijos y que un día que llevó a sus lavanderas a un arroyo, cerca de la costa corinta, se encontró un niño de ocho días de edad, metido en un cajón que había sido arrojado a la playa. Se retiró a un monte y luego dijo a sus mujeres que acababa de dar a luz al niño, al cual, según los corintios, bautizó Edipais, «el hijo de la henchida ola», aunque los Hijos de Homero se lo cambian por Edipo, o «pie hinchado». Más tarde ese Edipais capturó la ciudad de Tebas. Algunos dicen que mató a su padre y se casó con su madre, cosa improbable y obscena.
Reuní a las mujeres, trepé al carro —en el que estaban cuidadosamente acomodados cesta, frasco de aceite de oliva, palas, ropa y todo— toqué a las mulas con el látigo y partimos. Las mujeres corrían al costado, riendo y cantando. No se veía una nube en el cielo, y la lluvia había refrescado el aire.
Retro es una bahía cerrada, de quinientos metros de ancho y más de un kilómetro y medio de largo, detrás de ella se extienden trebolares, moteados de bosquecillos de olivos muy adecuados para las meriendas campestres. En el extremo más lejano surgen las Fuentes de Peribea, que son propiedad del palacio y que desaguan en el puerto. Desuncí las mulas y las dejé pastando —cuando llegase la noche, un trozo de pan las haría regresar—, e hice que las mujeres reunieran ramas y encendieran una gran fogata para calentar las piedras. Con tal fin habíamos llevado ascuas de carbón en un brasero. Segundo desayuno, de pan, carne fría, aceitunas y cebollas, en el cual nos entretuvimos muy poco; luego, en cuanto las piedras estuvieron al rojo blanco, las metimos en una artesa poco profunda, para calentar el agua para las prendas de lana. Durante dos horas, o más, trabajamos con esa ropa y con toda la vestimenta delicada. De pronto oí que me llamaban, y vi a Procne que corría hacia nosotras.
—¡Qué sorpresa! —exclamó—. No sabía que vinierais hoy a lavar. Mi padre está domesticando un potrillo cerca de la gruta de las Náyades. ¿Te gustaría mirarlo? Hace trotar al animal en círculo, al extremo de una cuerda; pero todavía es muy retozón y obstinado.
—No puedo ir hasta que hayamos terminado con la ropa de lana; pero ya no falta mucho. Ayúdanos, ¿quieres, querida Procne?
—De todo corazón —respondió Procne, y lavamos en silencio, durante un rato. Luego envié a las mujeres a fregar las sábanas, las túnicas comunes y los blancos mantos de presentación, mientras ella y yo nos alejábamos. En cuanto estuvimos fuera del alcance del oído de las mujeres, le pregunté:
—¿Puedo adivinar el nombre de tus tres escorpiones?
—Me encantaría. Después puedo negar, bajo juramento, que alguna vez los haya mencionado. Cuando me lo preguntes, no tengo más que asentir con la cabeza o sacudirla negativamente.
—Bueno, veamos: Antínoo, Eurímaco y ese patán de Ctesipo, el de la boca torcida.
Procne asintió con vigor.
—¿Agelao está en la conjura?
Sacudió la cabeza y frunció los labios, con lo cual quería decir: «A decir verdad, no».
—¿Quién te dio la información?
—La escuché por accidente. Mientras recogía vellones de lana en las zarzas y espinos cercanos a mi casa (me gusta tener una excusa para caminar), me encontré detrás de un matorral en el momento en que llegaron el segundo y tercer escorpiones y se echaron en la hierba, al otro lado. No me había dado cuenta de su llegada hasta que comenzaron a conversar, y entonces ya fue demasiado tarde para escapar. De modo que me quedé inmóvil, clavada como un árbol. Oí que Eurímaco (o mejor dicho, el segundo escorpión) insistía en que por fin les había llegado la ocasión de vengarse de tu querido padre.
—Oh, Procne. ¿Por qué endulzas las amargas palabras de Eurímaco? Sin duda se refirió al rey con palabras muy desagradables.
Procne se ruborizó.
—Sí: «mísero», «avaro» y «chupasangre» fueron las menos elogiosas, y además sugirió que, como el rey había invitado a todos los solteros elegibles a que te galantearan y luego partido rumbo a Grecia con indigna prisa, dejando como regente a tu tío Méntor, a quien no deben fidelidad alguna, en lugar de dejar a Agelao, en cuyas rodillas habría debido depositarse el cetro de los elimanos… ¿Cómo empecé esta elocuente frase? Ya lo he olvidado. Pero Eurímaco sugirió que los mencionados solteros debían mostrar su desaprobación por la forma en que los clanes habían sido tratados por el rey: por ejemplo, eso de verse obligados a entregar regalos en público al mercader hirió, en reconocimiento de un beneficio privado, es decir, siempre que una cantidad de mentiras descaradas puedan ser consideradas un beneficio, y no tener siquiera la satisfacción de que el prometido cubilete de oro sea agregado a todo lo demás. Y también se quejó de que el rey se había negado a otorgarte la dote tradicional de ganado, trípodes, calderos, espadas cinceladas, vainas con incrustaciones de oro, tazones de plata y demás; para ofrecer en cambio privilegios comerciales, puestos sacerdotales y cosas por el estilo.
—¿Y cómo piensan demostrar su desaprobación los hombres de los clanes?
—Eurímaco y Antínoo sugieren que sería una broma mayúscula que todos ellos se reunieran en palacio y se anunciaran como tus pretendientes. Tienen la intención de aprovechar ampliamente las piaras, los rebaños y el vino de palacio, acampar en los dos patios y obligar a mi señor Méntor a ofrecerles la hospitalidad acorde con el rango que ostentan.
—¿Y luego?
—Luego, entiendo, abrigan la esperanza de provocar a tu hermano a un acto de violencia, ya que es un joven quisquilloso y empecinado, y de matarlo en cuanto tienda la mano hacia la espada. El pequeño Telegonio morirá por accidente: un bote se volcará y lo lanzará a aguas encrespadas. Entonces Antínoo se casará contigo y exigirá una espléndida dote; y Eurímaco recibirá a Ctimene, y además la herencia de Laodamante; y a tu padre le tenderán una emboscada cuando regrese de la arenosa Pilos, desde un barco ubicado en los estrechos de Motia. Sus ricas tierras, a falta de heredero, serán divididas y vendidas al mejor postor. Lo tienen todo planeado para su propio beneficio.
—Entiendo. ¿Y quién será el siguiente rey de los elimanos?
—Han prometido el cetro a Agelao, a condición de que no se oponga a la perversa conspiración.
—¡Procne, eres una verdadera amiga! No se lo has contado a nadie, sino a mí, ¿verdad?
—Ni a mi madre.
—¡Ah, si pudiese decidir lo que hay que hacer! ¡Si tuviese algún amigo de confianza, en edad de luchar! Mi tío Méntor es un hombre de paz; mi abuelo Fítalo es demasiado viejo; Clitóneo, demasiado joven… ¿Y tu padre, me dices, zarpa rumbo a Elba dentro de cinco días?
—Aunque es leal a tu casa, ¿qué podría hacer si se quedara?
—¿Y tú, Procne?
—¿Necesitas preguntármelo, Nausícaa? ¡Te amo como a ningún otro ser en el mundo! Puedes confiar en mí hasta la última gota de mi sangre.
—Eso era lo que quería escuchar, aunque ya lo he oído antes. Quizás ahora, si Atenea me inspirase con algún plan extraordinariamente astuto…
—Mi padre me hace señas. Tengo que irme. Adiós, mi mejor amiga.
La vi correr a través del trebolar, y luego regresé, caminando lentamente, hacia donde estaban las lavanderas. Era mediodía, pero si nos esforzábamos un poco podíamos terminar la ropa en una hora. Mi padre siempre ha afirmado que la única forma conocida de hacer trabajar bien a los criados, a no ser que se los quiera amenazar con la tortura, consiste en trabajar junto a ellos y darles ejemplo. De manera que muy pronto me vi brincando sobre las sábanas, en la artesa, o golpeándolas con una pala; pero dejé que el parloteo doméstico fluyese a mi alrededor como fluía el agua a mis pies, mientras oraba en silencio para que Atenea me ofreciese una señal clara de su favor.
Y la señal llegó. Una bandada de pajarillos se había reunido para reñir por las migajas de pan que volcamos de la cesta después del almuerzo. De pronto un halcón cayó sobre ellos, ahuyentó a los huéspedes no invitados y se llevó a uno de ellos entre las garras, para comérselo con calma. El corazón me dio un brinco, e inicié un himno de alabanza a la diosa; las mujeres me acompañaron en seguida, y nuestras voces tenían un bello sonido.
Inspeccioné las sábanas y túnicas ya lavadas, aparté algunas para seguir fregándolas y ayudé a las mujeres a extender las demás en la playa; para el atardecer el sol las habría secado. Luego golpeé las manos.
—¡Muchachas! —grité—. Como parece que estamos solas, podemos bañarnos desnudas en Retro y luego correr un poco para quitarnos el envaramiento de la espalda y tener apetito para la cena. Habéis trabajado todas bastante bien, y no tenemos necesidad de volver a casa hasta el oscurecer.
Esto las puso a todas de muy buen humor. Descendimos por la ribera en que habíamos hecho el lavado y, después de una larga y cuidadosa mirada en todas direcciones, nos quitamos el cinturón y las ropas, y nos introdujimos, chapoteando, en el agua fresca.
—Oh, qué gorda te has puesto, Glauce —gritó una de mis doncellas, señalando el vientre regordete de una tejedora—. ¡Qué vergüenza; y todavía falta un mes para tu boda! ¿Sucedió eso durante la Ascensión de Afrodita?
—¡Por decir eso, te ahogaré! —replicó Glauce—. ¿No sabes distinguir una gordura honrada de una deshonesta? Adentro no tengo otra cosa que alubias, buen pan e higos.
—A ver, déjame tocar. ¡No, hija, no puedes engañarme! Aquí hay algo más que lo que ha entrado por tu boca. ¿Quién es el padre afortunado?
Se propinaron empellones, gritaron, se tiraron del cabello y gritaron locamente. Pronto Glauce metió a su contrincante bajo el agua, reteniéndola por los hombros.
—¿De modo que crees que me comporto como tu amiga Melanto? —aulló—. ¿Eso es lo que piensas?
—Suéltala, Glauce —ordené—. La broma ya ha ido demasiado lejos.
Y mi criada reapareció, escupiendo y tosiendo, y fingió estar absolutamente derrotada; pero pronto sorprendió a Glauce descuidada, y la hizo caer de espaldas en un estanque. Todo eso era producto de la alegría del espíritu, y ninguna de las dos estaba resentida. Pero yo me llevé a Glauce a un lado para preguntarle:
—¿Qué acabas de decir?
—Nada, señora.
—Glauce, eso no es verdad. Durante un momento te enfadaste, y dijiste más de lo que querías decir. Lo sé, porque miraste en torno, con expresión culpable, para ver si yo había escuchado.
—No le tengo rencor a Melanto.
Y entonces la diosa Atenea me puso las siguientes palabras en la boca:
—¿Quiere eso decir que vosotras, las tejedoras; murmurabais de Melanto cuando visité la fábrica, ayer por la mañana?
—Yo no murmuraba, señora.
—Glauce, dime la verdad o tomaré una de estas palas y te golpearé la cara hasta que tu propia madre tendrá que preguntar: «¿Quién puede ser ésta?».
—¡Juro por todos los dioses que yo no chismorreaba! No hacía más que escuchar.
—Muy bien, ¿y qué oíste?
—Embustes, supongo. Debe de haber sido una mentira. Ya sabes cuántas murmuraciones escandalosas circulan en el mercado.
—Por cierto que lo sé, ¡pero insisto en saber de qué escándalo se trataba en ese caso! Melanto es la hija de nuestro pastor Melánteo, y criada de la señora Ctimene; estoy obligada a proteger su reputación.
Y así, asustándola, le arranqué la verdad. Parece que un día caluroso, a la hora de la siesta, Melanto salió sigilosamente de una caseta para botes, en el extremo más lejano del puerto del norte, y aunque nadie sabía si había gozado allí de la compañía de alguien, tres días más tarde se la vio usar un costoso brazalete de oro. Afirmó haberlo encontrado en el huerto de atrás de su choza, cuando fue a arrancar lechuga, y que tenía permiso de Melánteo para usarlo.
—¿A quién pertenece la caseta de los botes? —pregunté a Glauce.
—No estoy segura.
—Bien, ¿a quién se dice que pertenece? Todos los relatos que circulan en el mercado son detallados.
—Por favor, ama…
—La pala está a mano; ¿qué me dices?
—Que el dueño es tu pretendiente, mi señor Eurímaco.
—Muy bien, Glauce. Como tú, me niego a creer en eso, pero siempre es mejor saber lo que dice la gente.
Lancé una carcajada forzada y grité:
—¡Bueno, muchachas, fuera! Lavaos la sal en la fuente y luego ungíos. Yo tengo el aceite, y las veneras son muy prácticas para raspar.
Volvimos, pues, todas juntas a las fuentes, donde nos lavamos, ungimos y frotamos; luego nos peinamos y tendimos el mantel para la cena. El vino era fuerte, y aunque yo lo había rebajado, las mujeres se excitaron y quisieron bailar, aun después de comer como yeguas en un trebolar.
—Ahora no —dije—. Éste es el momento de descansar. Pero si prometéis quedaros tranquilas hasta que la sombra de esta vara toque el borde de esa piedra, os acompañaré en la danza.

Robert Graves

La hija de Homero

ePub r1.0

Hechadelluvia 30.10.13

Título original: Homer’s Daughter

Robert Graves, 1955

Traducción: Floreal Mazía

Editor digital: Hechadelluvia

ePub base r1.0

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