Claudio, el dios, y su esposa Mesalina

Los griegos de Alejandría mandaron instrucciones a sus enviados, que todavía se encontraban en Roma, de que me felicitaran por mis victorias en Alemania, se quejaran por la conducta de los judíos para con ellos (había habido un recrudecimiento de las perturbaciones en la ciudad), me pidieran permiso para el restablecimiento del Senado de Alejandría y me ofrecieran una vez más los templos dotados y equipados de sacerdotes. Tenían pensados varios otros honores menores para mí, aparte de ese honor supremo, entre ellos dos estatuas de oro, una que representaba la «Paz de Claudio Augusto» y la otra a «Germánico el Vence¬dor». Acepté esta última estatua principalmente porque era un honor para mi padre y mi hermano, cuyas victorias habían sido mucho más importantes que las mías, y conquis¬tadas en persona, y porque las facciones de la estatua eran las de ellos, no las mías. (Mi hermano había sido la imagen viviente de mi padre, todos convenían en ello.) Como de costumbre, los judíos enviaron una contraembajada, para felicitarme por mis victorias, agradecerme mi generosidad hacia ellos en la circular que escribí acerca de la tolerancia religiosa para todos los judíos, y para acusar a los alejandrinos de haber provocado nuevos disturbios al inte¬rrumpir el culto religioso con danzas y canciones obscenas celebradas frente a las sinagogas, en días sacros. A continua¬ción doy mi respuesta exacta a los alejandrinos, para demos¬trar cómo manejaba ahora los problemas de este tipo:

Tiberio Claudio César Augusto Germánico, Emperador, Sumo Pontífice, Protector del Pueblo, Cónsul Electo, a la Ciudad de Ale¬jandría, salud.
Tiberio Claudio Barbilo, Apolonio hijo de Artemidoro, Queremón hijo de Leónidas, Marcos Julio Asclépiades, Gayo Julio Dio¬nisios, Tiberio Claudio Fanias, Pasión hijo de Potamón, Dionisio hijo de Sabbion, Tiberio Claudio Apolonio hijo de Aristón, Cayo Julio Apolonio, Hermaisco hijo de Apolonio, vuestros enviados, me han entregado vuestro decreto y hablado largamente sobre la ciudad de Alejandría, recordando la buena voluntad que durante muchos años, como sabéis, he sentido siempre hacia vosotros, porque sois por naturaleza leales a la casa de Augusto, como muchas cosas lo demuestran. En especial ha habido intercambios de prue¬bas de amistad entre vuestra ciudad y mis familiares inmediatos; sólo necesito mencionar en este sentido a mi hermano Germánico César, cuya buena voluntad hacia vosotros quedó demostrada me¬jor que por ninguno de nosotros. Fue a Alejandría y os habló con sus propios labios. Por ese motivo acepté gustoso los honores que me ofrecisteis, en fecha reciente, si bien por lo general no soy par¬tidario de estos.
En primer lugar os permito que celebréis mi cumpleaños como un «Día de Augusto», en la forma mencionada en vuestra procla¬ma. Luego, acepto que erijáis, en los lugares mencionados, las es¬tatuas dedicadas a mí y a otros miembros de mi familia, porque veo que queréis restablecer recordatorios de vuestra lealtad hacia mi casa, en todas partes. De las dos estatuas de oro, he rechazado la que representa la Paz de Claudio Augusto, hecha por sugestión y a ruego de mi amigo Barbilo, ya que me parece un tanto ofensiva para mis conciudadanos, y ahora tendrá que ser dedicada a la diosa Roma. La otra deberá ser llevada en las procesiones, en la forma que os parezca conveniente, en los cumpleaños adecuados, y po¬dréis proporcionarle también un trono, convenientemente adorna¬do. También sería tonto si, a la vez que acepto estos grandes ho¬nores de vuestras manos, me negase a introducir una tribu Claudia y sancionar recintos sagrados para cada distrito egipcio. De modo que os permito hacer ambas cosas, y, si lo deseáis, instalar también la estatua ecuestre de mi gobernador Vitrasio Polio. También doy mi consentimiento para la erección de las cuadrigas que queréis es¬tablecer en mi honor en las fronteras: una en Taposiris, en Libia; una en Faros, en Alejandría; la tercera en Pelusio, en el Egipto In¬ferior. Pero debo pediros que no nombréis un Sumo Sacerdote para mi culto, ni construyáis templos en mi honor, porque no quiero ser ofensivo para mis conciudadanos, y me resulta evidente que los templos y los altares han sido construidos a lo largo de toda la historia en honor de los dioses, como cosa debida a ellos.
En cuanto a los pedidos que os mostráis tan ansiosos de que os conceda, las que siguen son mis decisiones: todos los alejandrinos que hayan alcanzado oficialmente su mayoría de edad antes de que yo llegara a la monarquía, quedan confirmados en su ciudadanía, con todos los privilegios y derechos que ello implica. Las únicas excepciones son los falsarios, nacidos de madres esclavas, que pue¬den haberse introducido entre los nacidos libres. Y también me place que todos los favores que os fueron concedidos por mis pre¬decesores queden confirmados, así como los favores que os conce¬dieron vuestros antiguos reyes y prefectos de las ciudades, y que el Dios Augusto confirmó. Me place que los ministros del templo del Dios Augusto de Alejandría sean elegidos por suerte, como los ministros del templo de Canopus. Alabo vuestro plan de hacer que las magistraturas municipales sean trienales, porque me parece una cosa sensata. Los magistrados se comportarán con mayor pruden¬cia durante la duración de sus funciones, si saben que cuando éstas terminen deberán rendir cuentas de todo acto de desgobierno de que puedan haber sido culpables. En cuanto al problema de resta¬blecer el Senado, no puedo decir ahora cuál era vuestra costumbre bajo los Tolomeo, pero sabéis tan bien como yo que no tuvisteis un Senado bajo ninguno de mis predecesores de la Casa de Augus¬to. Como esta es una proposición absolutamente nueva y no estoy seguro de si resultará para beneficio vuestro o mío adoptarla, he escrito al prefecto de vuestra ciudad, Emilio Recto, para que reali¬ce una investigación y me informe de si es preciso organizar una orden senatorial, y en ese caso, en qué forma hay que organizaría.
En cuanto al problema de quién debe cargar con la responsabili¬dad de los recientes motines y de los choques o —para hablar con franqueza— de la guerra que se ha librado entre vosotros y los ju¬díos, no he querido comprometerme a una decisión en este asunto, si bien vuestros enviados, en especial Dionisio, hijo de Teón, de¬fendieron vuestra causa con gran espíritu, en presencia de sus opo¬nentes judíos. Pero me reservo una severa indignación contra cual¬quiera de las partes que haya iniciado esta nueva perturbación, y quiero que entendáis que si ambos bandos no desisten de esta hostilidad destructiva y obstinada, me veré obligado a demostraros qué puede hacer un gobernante benévolo cuando es provocado a una cólera justiciera. Por lo tanto os ruego una vez más, alejandri¬nos, que mostréis una amistosa tolerancia hacia los judíos que han sido vuestros vecinos en Alejandría durante tantos años, y que no ultrajéis sus sentimientos mientras están dedicados al culto de su dios de acuerdo con sus ritos ancestrales. Permitidles practicar to¬das sus costumbres nacionales como en la época del Dios Augusto, porque los he confirmado en sus derechos a hacerlo después de una audiencia imparcial de ambas partes en disputa. Por otra parte, deseo que los judíos no traten de obtener nuevos privilegios, apar¬te de los que ya tienen, y que jamás vuelvan a enviarme una emba¬jada distinta, como si vosotros y ellos vivieseis en ciudades distin¬tas —¡procedimiento inaudito!—, ni inscriban competidores para pruebas atléticas u otras en los Juegos Públicos. Deben confor¬marse con lo que ya tienen, gozar de la abundancia proporcionada por una gran ciudad, de la cual no son los habitantes primitivos; y no deben introducir más judíos de Siria o de otras partes de Egip¬to en la ciudad, o caerán más profundamente bajo mi sospecha que habita este momento. Si no tienen en cuenta esta advertencia, me vengaré de ellos por fomentar de modo deliberado una plaga mun¬dial. Por lo tanto, mientras ambas partes se abstengan de este anta¬gonismo y vivan en mutua tolerancia y buena voluntad, me com¬prometo a mostrar la misma solicitud amistosa por los intereses de Alejandría que mostró mi familia en el pasado.
Debo atestiguar aquí el constante celo que en defensa de vues¬tros intereses ha mostrado una vez más mi amigo Barbilo en sus esfuerzos a vuestro favor. Y también un celo similar por parte de mi amigo Tiberio Claudio Arquibo.
SALUD.

Este Barbilo era un astrólogo de peso, en cuyos poderes Mesalina tenía una fe absoluta, y debo admitir que era un individuo sumamente listo, que sólo iba a la zaga del gran Trasilo en la exactitud de sus pronósticos. Había estu¬diado en la India y entre los caldeos. Su fervor por Alejan¬dría se debía a la hospitalidad que los principales hombres de la ciudad le mostraron cuando se vio obligado, muchos años antes, a partir de Roma, porque Tiberio había desterra¬do de Italia a todos los astrólogos y adivinos, con la excep¬ción de su favorito Trasilo.
Uno o dos meses después recibí una carta de Herodes, en la que me felicitaba formalmente por mis victorias, por el nacimiento de mi hijo y por haber conquistado el título de emperador por mis victorias en Alemania. Incluía su habitual carta personal:

¡Qué gran guerrero eres, Tití, por cierto! No tienes más que aplicar la pluma al papel y ordenar una campaña, ¡y en el acto ondulan las banderas, las espadas salen de sus vainas, las cabezas ruedan por el pasto, las ciudades y los templos quedan envueltos en llamas! ¡Qué terrible destrucción causarías si algún día montases sobre un elefante y salieses en persona al campo de batalla! Recuerdo que tu querida madre habló una vez de ti, con no muchas esperan¬zas, como del futuro conquistador de la isla de Bretaña. ¿Por qué no? Por mi parte, no deseo triunfos militares. La paz y la seguridad son lo único que pido. Estoy ocupado poniendo a mi dominio en situación de defenderse de una posible invasión de los partos. Cypros y yo estamos muy dichosos y bien, lo mismo que los niños. Están aprendiendo a ser buenos judíos. Lo hacen mucho mejor que yo, porque son más jóvenes. De paso, no me gusta Vibio Marso, tu nuevo gobernador de Siria. Temo que él y yo reñiremos un día de estos, muy pronto, si no se mete en sus propias cosas. Lamenté mucho que el período de Petronio hubiese terminado. Era un buen sujeto EÍ pobre Silas sigue encarcelado. Sin embargo le he dado la celda más agradable posible, y le concedí materiales para escribir, como vía de escape para sus sentimientos contra mi ingratitud. Nada de pergamino o de papel, por supuesto, sino sólo una tablilla de cera, de modo que cuando llega al final de una queja, tiene que borrarla antes de empezar con la siguiente.
Eres muy popular aquí, entre los judíos, y las severas frases de tu carta a los alejandrinos no fueron echadas en saco roto. Los judíos son rápidos para leer entre líneas. Por mi antiguo amigo Alejandro el alabárca he sabido que circularon varias copias en los distintos barrios de Alejandría, para ser exhibidas, con el siguiente endoso del prefecto de la ciudad:
Proclama de Lucio Emilio Recto.
Como el pueblo, debido a su gran número, no puso asistir a la lectura de la sacratísima y graciosa carta a la ciudad, me ha parecido necesario exhibirla públicamente, de modo que los lectores puedan admirar la Majestad de nuestro dios César Augusto, y demostrar su gratitud por la buena voluntad de El hacia la ciudad.
Decimocuarto día de Augusto, en el segundo año del reinado de Tiberio Claudio César Augusto Germánico, emperador.
Te convertirán en Dios a pesar de ti mismo, pero conserva tu salud y tu ánimo, come bien, duerme bien, y no confíes en nadie.
EL BANDIDO

La burla escolar de Herodes en cuanto a la facilidad con que yo había conquistado mi título de emperador me hería en un lugar sensible. Su recuerdo de la frase de mi madre influía también sobre mí: me hería en un lugar supersticioso. En una ocasión —muchos años antes— ella había declarado, en un rapto de disgusto, cuando le hablaba acerca de mi proposición para el agregado de tres nuevas letras al alfabeto latino: Hay tres cosas claramente imposi¬bles en este mundo: la primera, que las tiendas lleguen de un lado a otro de la bahía de Nápoles; la segunda, que con¬quistes la isla de Bretaña; la tercera, que una sola de tus ridículas letras nuevas sea puesta alguna vez en circulación». Y sin embargo la primera cosa imposible ya había sucedi¬do… el día que Calígula construyó su famoso puente de Bauli a Puteoli y lo flanqueó de tiendas. La tercera cosa im¬posible podría ser puesta en práctica cualquier día que se me ocurriese, nada más que con pedir el permiso del Sena¬do… ¿Y por qué no la segunda?
Varios días después llegó una carta de Marso con la indicación de «Urgente y confidencial». Marso era un gober¬nador capaz, y un hombre recto, si bien un compañero muy poco agradable: reservado, frío en sus modales, perpe¬tuamente sarcástico y sin locuras ni vicios. Yo le había ofrecido su nombramiento en gratitud por el papel destaca¬do que desempeñó más de veinte años antes, mientras man¬daba un regimiento en Oriente, en lo referente a llevar a Piso ante el tribunal por el asesinato de mi hermano Germánico. Me escribía:

…Mi vecino, tu amigo el rey Heredes Agripa, está fortificando a Jerusalén, según se me informa. Quizá tengas conocimiento de ello, pero te escribo para dejar claramente establecido que para cuando las fortificaciones queden terminadas la ciudad será inexpugnable. No quiero hacer acusaciones de deslealtad contra tu amigo el rey Herodes, pero como gobernador de Siria veo el asunto con alarma. Jerusalén domina el camino a Egipto, y si cayese en manos irresponsables Roma se encontraría en grave peligro. Se dice que Herodes teme una invasión de los partos. Sin embargo, ya se ha protegido ampliamente contra esta improba¬ble eventualidad, por medio de una secreta alianza con sus reales amigos de la frontera de Partía. Sin duda tú apruebas sus amistosas relaciones con los fenicios: ha hecho enormes regalos a la ciudad de Beirut y está construyendo allí un anfiteatro y también pórticos y baños públicos. Me resulta difícil comprender los motivos que tiene para festejar a los fenicios. Pero por el momento los principa¬les hombres de Tiro y Sidón parecen tener poca confianza en él. Quizá tengan buenos motivos para ello; no soy yo el que debe decirlo; a riesgo de incurrir en tu desagrado, continuaré informando acerca de los acontecimientos políticos que se desarro¬llan al sur y al este de mi comando, a medida que me entere de ellos.

La lectura de esto resultaba muy incómodo, y mi primer sentimiento fue de cólera contra Marso por perturbar mi confianza en Herodes. Pero cuando pensé un poco las cosas, el sentimiento se convirtió en gratitud. No sabía qué pensar acerca de Herodes. Por una parte, estaba seguro de que cumpliría con el juramento de amistad, hecho públicamente en la plaza del Mercado. Por otra parte, resultaba evidente que estaba dedicado a algún plan privado, que en el caso de cualquier otro hombre yo hubiese considerado indudable¬mente pérfido. Me alegré de que Marso mantuviese los ojos abiertos. No dije nada del asunto a nadie, ni siquiera a Mesalina, y escribí a Marso: «He recibido tu carta. Sé discreto. Infórmame de nuevos acontecimientos». A Hero¬des le escribí una astuta carta:

Probablemente seguiré tu bondadoso aviso en cuanto a Bretaña, mi querido Bandido, y si invado la infortunada isla lo haré por cierto montado en un enorme elefante. Será el primer elefante que vean en Bretaña, y sin duda provocará una gran admiración.
Me alegro de enterarme de las buenas noticias referentes a tu familia. No te preocupes por ellos en relación con la invasión de los panos. Si tengo noticias de alguna dificultad en ese sentido, haré que alguien vaya a Lyon y le pida a tu tío Antipas que salga y aplaste la invasión, ataviado con su armadura número 70.001. De modo que Cypros puede dormir tranquila por la noche, y tú puedes dejar de trabajar en tus fortificaciones de Jerusalén. No queremos que Jerusalén sea demasiado fuerte, ¿no es cierto? Supongamos que tus bandidescos primos de Edom hiciesen una repentina Incursión y lograsen introducirse en Jerusalén, antes de que tú hubieses terminado el bastión final… pues nunca podría¬mos volver a sacarlos, ni siquiera con máquinas de sitio, tortugas y arietes… Y además, ¿qué me dices de la ruta comercial a Egipto? Lamento que no te guste Vibio Marso. ¿Qué tal va tu anfiteatro en Beirut? Aceptaré tu consejo en cuanto a no confiar absolutamen¬te en nadie, con las posibles excepciones de la querida Mesalina, de Vitelio, de Rufrio y de mi antiguo compañero de estudios, El Bandido, en cuyas autoacusaciones de granujería nunca he creído ni creeré, y de quien siempre seré el afectuoso.
TITÍ

Herodes contestó con su habitual estilo burlón, como si las fortificaciones no le interesasen en un sentido u otro. Pero debe de haber sabido que mi juguetona carta no era tan juguetona como pretendía ser, y debe de haber sabido también que Marso me escribía acerca de él. Marso contestó brevemente a mi lacónica nota, informándome que los tra¬bajos en las fortificaciones habían quedado interrumpidos.
En marzo, cuando se inicia el Año Nuevo, ocupé mi segun¬do consulado, pero renuncié al puesto dos meses más tarde, en favor del senador siguiente. Estaba demasiado atareado para dedicarme a los trabajos de rutina que el puesto impli¬caba. Fue el año en que nació mi hija Octavia, el año del le¬vantamiento de Viniciano-Excriboniano, y el año en que agregué Marruecos al imperio como Año 42 provincia. Primero hablaré brevemente sobre lo que ocurrió en Marruecos. Los moros se habían levantado a las órdenes de un general capaz llamado Salabo, quien los dirigió en la campaña anterior. Paulino, que comandaba las fuer-zas romanas, asoló el país hasta los montes Atlas, pero no pudo encontrarse con el propio Salabo y sufrió fuertes pérdidas por emboscadas y ataques nocturnos. Pronto ter¬minó su plazo de comando y tuvo que volver a Roma. Fue reemplazado por cierto Hosidio Geta, a quien ordené, antes de que partiese, que no permitiese que Salabo se convirtiese en otro Tacfarinas. (Tacfarinas era el númida que, bajo el reinado de Tiberio, había hecho que tres genera¬les romanos conquistasen la corona de laureles, al permitirles vencerlo en encuentros aparentemente decisivos, pero que siempre aparecía con su ejército reconstruido en cuanto se retiraban las fuerzas romanas. Pero un cuarto general terminó el asunto, atrapando y matando al propio Tacfari¬nas.) Le dije a Geta:
—No te conformes con éxitos parciales. Busca la fuerza principal de Salabo, aplástala, y mata o captura a Salabo. Persíguelo por todo el África si es necesario. Si se introduce en el corazón del país, donde dicen que las cabezas de los hombres les nacen de las axilas, pues síguelo hasta allí. Lo reconocerás fácilmente porque tendrá la cabeza en un lugar distinto. —También le dije a Geta—: No trataré de dirigir tu campaña, pero una palabra de consejo: no te ates a reglas rígidas de campañas, como Elio Galo, el general de Augusto, que marchó a la conquista de Arabia como si Arabia fuese una segunda Italia o Germania. Cargó a sus hombres con las habituales herramientas para cavar trincheras, y pesadas corazas, en lugar de odres de agua y raciones extra de cereales, e incluso llevó consigo un tren de máquinas de sitio. Cuando el cólico atacó a los hombres y éstos comenzaron a hervir el agua que encontra¬ban en los pozos para poder bebería con más tranquilidad, Elio se precipitó sobre ellos y les gritó: «¡Qué, hirviendo el agua! ¡Ningún disciplinado soldado romano hierve su agua! ¿Y usando boñiga seca como combustible? ¡Inaudito! ¡Los soldados romanos juntan leña o se la pasan sin fuego!» Perdió la mayor parte de sus fuerzas. El interior de Marrue¬cos es también un lugar peligroso. Adapta tus tácticas y tu equipo al país.
Geta siguió mi consejo en la forma más literal. Persiguió a Salabo de extremo a extremo de Marruecos, derrotándolo dos veces, y en la segunda ocasión estuvo muy cerca de capturarlo. Salabo luego huyó a los montes Atlas y los cruzó hacia el desierto inexplorado del otro lado, ordenando a sus hombres que defendiesen el paso mientras él reunía refuerzos entre sus aliados, los nómadas del desierto. Geta dejó un destacamento cerca del paso, y con los más audaces de sus hombres atravesó otro más difícil, situado a unos pocos kilómetros más allá, en leal búsqueda de Salabo. Había llevado consigo tanta agua como sus hombres y sus muías podían acarrear, y redujo su equipo al mínimo posible. Calculaba que podía encontrar agua en alguna parte. Pero siguió las zigzagueantes huellas de Salabo por las arenas del desierto durante más de 300 kilómetros, antes de llegar a ver siquiera una mata de espinos. El agua comenzó a acabarse y los hombres a debilitarse. Geta ocultó su ansiedad, pero se dio cuenta de que incluso aunque retrocediera en ese mismo momento, y abandonase toda esperanza de capturar a Salabo, no le quedaba agua suficiente para volver. El Atlas estaba a 150 kilómetros de distancia, y sólo un milagro divino podría salvarlos.
Ahora bien, en Roma, cuando hay una sequía, sabemos cómo hay que convencer a los dioses para que envían la lluvia. Existe una piedra negra llamada la Piedra que Gotea, capturada primitivamente a los etruscos, y guardada en un templo de Marte, fuera de la ciudad. Vamos en solemne procesión, la sacamos del templo y la llevamos a la ciudad, donde le echamos agua encima, entonando encantamientos y realizando sacrificios. En seguida cae siempre una lluvia… a menos que se haya cometido el más leve error en el ritual, como con frecuencia sucede. Pero Geta no tenía consigo una Piedra que Gotea, de modo que estaba irreme¬diablemente perdido. Los nómadas acostumbraban a pasar¬se sin agua durante varios días, y además conocen el país a la perfección. Empezaron a acercarse a las fuerzas romanas; tajearon, mataron, desnudaron y mutilaron a unos pocos rezagados, a quienes el calor había vuelto locos. Geta tenía consigo un ordenanza negro que había nacido en ese mismo desierto, que fue vendido como esclavo a los moros. No podía recordar dónde estaba el pozo más cercano, porque fue vendido cuando era un niño. Pero le dijo a Geta:
—General, ¿por qué no le rezas al Padre Gwa-Gwa?
Geta le preguntó quién era esa persona. El hombre le contestó que era el Dios de los Desiertos, que hacía llover en tiempos de sequía. Geta dijo:
—El emperador me dijo que adecuase mis técnicas al país. Dime cómo debo invocar al Padre Gwa-Gwa y lo haré en el acto.
El ordenanza le dijo que tomase una ollita, la enterrase hasta el cuello en la arena y la llenase de cerveza, diciendo, mientras los hacía: «Padre Gwa-Gwa, te ofrecemos cerveza». Luego los hombres debían llenar sus recipientes con toda el agua que llevasen en los odres, reservando sólo lo bastante para mojar los dedos y salpicar el suelo. Después todos debían beber y bailar y adorar al Padre Gwa-Gwa, salpican¬do el agua hasta la última gota que quedara en los odres. El propio Geta debía cantar: «¡Así como salpicamos este agua, así caiga la lluvia! Hemos bebido hasta la última gota, padre. No queda nada. ¿Qué quieres que hagamos? ¡Bebe cerveza, Padre Gwa-Gwa, y haz aguas para nosotros, tus hijos, o morimos!» Porque la cerveza es un poderoso diurético y esos nómadas tenían las mismas nociones teológi¬cas que los primeros griegos, quienes consideraban que Júpiter hacía aguas cuando llovía. De modo que la misma palabra (con una simple diferencia de género) se utilizaba en griego para referirse al Cielo y al orinal. Los nómadas consideraban que el dios podía ser estimulado a hacer aguas en forma de lluvia, si se le ofrecía un trago de cer¬veza. Las salpicaduras de agua, como nuestras propias fustraciones, eran para demostrarle cómo caía la lluvia, por si lo había olvidado.
Desesperado, Geta reunió a sus maltrechas fuerzas y pre¬guntó si alguien tenía un poco de cerveza consigo. Y por. suerte un grupo de auxiliares germanos tenía un par de litros atesorados en un odre. Los habían llevado consigo porque la preferían al agua. Geta hizo que se la entregaran. Luego distribuyó equitativamente toda el agua que quedaba, pero reservó la cerveza para el Padre Gwa-Gwa. Las tropas bailaron y bebieron el agua y salpicaron las necesarias gotas en la arena, mientras Geta formulaba la fórmula de invoca-ción. El Padre Gwa-Gwa (su nombre en apariencia significa «agua») se sintió tan encantado e impresionado por el honor que le hacía esa imponente fuerza de desconocidos, que el cielo se oscureció de inmediato con nubes de lluvia y cayó un aguacero que duró tres días y convirtió todos los hoyos de la arena en rebosantes tanques de agua. El ejército se salvó. Los nómadas, tomando las abundantes lluvias como una innegable señal del favor del Padre Gwa-Gwa hacia los romanos, se acercaron humildemente con ofrecimientos de alianza. Geta los rechazó a menos que le entregasen primero a Salabo. Este le fue llevado muy pronto al campamento, amarrado. Se intercambiaron nume¬rosos regalos entre Geta y los nómadas, y se firmó un tratado. Luego Geta marchó sin más pérdida de tiempo a las montañas, donde sorprendió a los hombres de Salabo, quienes defendían todavía el paso, por la retaguardia, matan¬do o capturando a todo el destacamento. Las otras fuerzas moriscas, al ver que su dirigente era llevado a Tánger como prisionero, se entregaron sin seguir luchando. De modo que uno o dos litros de cerveza habían salvado la vida de más de 2.000 romanos y conquistado una provin¬cia nueva para Roma. Ordené que se dedicase un altar al Padre Gwa-Gwa en el desierto de más allá de las monta¬ñas, donde él gobernaba. Y Marruecos, que dividí en dos provincias —Marruecos occidental, con capital en Tánger, y Marruecos oriental con capital en Cesárea—, tuvo que proporcionarle un tributo anual de cien odres de la mejor cerveza. Conseguí a Geta ornamentos triunfales, y habría pedido al Senado que le confiriese el título hereditario de Mauro («de Marruecos»), si no se hubiese extralimitado en sus poderes al ejecutar a Salabo en Tánger sin consultar primero conmigo. No había necesidad alguna para ese acto; sólo lo hizo por vanagloria.
Acabo de mencionar el nacimiento de mi hija Octavia. Mesalina había llegado a ser muy cortejada por el Senado y el Pueblo, porque se sabía muy bien que yo delegaba en ella la mayor parte de los deberes que me incumbían en mi capacidad de Director de Moral Pública. En teoría ac¬tuaba sólo como mi consejera, pero, como ya he explicado, poseía un duplicado del sello para ratiñcar los documentos. Y dentro de ciertos límites yo le permitía decidir qué caballe¬ros o senadores podía degradar por delitos sociales y a quiénes debía designar para las vacantes que quedaban. Ahora también había emprendido la laboriosa tarea de deci¬dir respecto de la capacidad de todos los candidatos a la ciudadanía romana. El Senado quiso votarle el título de Augusta, y convirtió el nacimiento de Octavia en el pretexto. A pesar de que yo quería mucho a Mesalina, no me parecía que se hubiese ganado todavía ese honor. Era algo que debía esperar cuando llegase a su mediana edad. Por el momento sólo tenía 17 años, en tanto que mi abuela Livia sólo había conquistado el título después de su muerte, y mi madre en su vejez. De modo que se lo negué. Pero los alejandrinos, sin pedirme permiso —y una vez que el asunto estaba hecho no podía deshacer¬lo—, acuñaron una moneda con mi cara en el anverso, y en el reverso un retrato de cuerpo entero de Mesalina, ataviada como la diosa Démeter, sosteniendo en la palma de la mano dos estatuillas que representaban a su hijo y su hija, y en la otra una espiga de trigo que representaba a la fertilidad. Este era un adulador juego de palabras con el nombre Mesalina: la palabra latina messis significa cosecha de trigo. Ella se sintió encantada.
Una tarde vino tímidamente a verme, me miró a la cara sin decir nada y al cabo preguntó, claramente turbada y después de una o dos tentativas:
—¿Me quieres, mi queridísimo esposo? Le aseguré que la quería más que a ninguna otra persona en el mundo.
—¿Y cuáles me dijiste el otro día que eran los Tres Pilares principales del Templo del Amor?
—Te dije que el Templo del Verdadero Amor estaba basado en tres pilares: la bondad, la franqueza y la compren¬sión. O más bien cité al filósofo Mnasalco, que fue quien lo dijo.
—Entonces tendrás que mostrarme la mayor bondad y comprensión que tu amor es capaz de demostrar. Mi amor tendrá que proporcionar solamente la franqueza. Iré directa-mente al grano. Si no te es demasiado difícil, ¿querrías… podrías… permitirme dormir en un dormitorio aparte del tuyo, durante un tiempo? No es que no te quiera tanto como tú a mí, sino que ahora que hemos tenido dos hijos en menos de dos años de matrimonio, ¿no te parece que deberíamos esperar un poco antes de correr el riesgo de tener un tercero? Estar embarazada es una cosa muy desa¬gradable. Por la mañana siento mareos y acidez, se me arrui¬na la digestión, y creo que no puedo volver a pasar otra vez por eso. Y, para serte franca, aparte de este temor, en cierto sentido me siento menos apasionada hacia ti que antes. Juro que te amo tanto como siempre, pero ahora más bien como a mi querido amigo y padre de mis hijos que como a mi amante. El tener hijos agota mucho las emociones de una mujer, supongo. No te oculto nada. Me crees, ¿no es cierto?
—Te creo y te amo.
Me acarició la cara.
—No soy una mujer común, ¿no es cierto?, cuya ocupa¬ción no es otra que la de tener hijos y más hijos hasta quedar agotada. Soy tu esposa, la esposa del emperador, y te ayudo en tu tarea imperial, y eso debe tener precedencia sobre todo lo demás, ¿no es verdad? El embarazo impide espantosamente el trabajo.
Yo le respondí, con cierta tristeza:
—Por supuesto, queridísima, si de veras sientes eso, no pertenezco al tipo de esposo que puede insistir en obligarte a hacer algo. ¿Pero es realmente necesario que durmamos separados? ¿No podríamos por lo menos ocupar la misma cama y hacernos compañía?
—Oh Claudio —exclamó ella casi llorando—, me ha resul¬tado bastante difícil decidirme a pedirte esto, porque te quiero tanto y no deseo herirte en lo más mínimo. No me lo hagas más difícil. Y ahora que te he dicho con franqueza cómo me siento, ¿no te resultaría terriblemente espantoso si tuvieses una necesidad violentamente apasiona¬da de mí mientras durmiéramos juntos, y yo no pudiese responderte con honradez? Si te rechazara, eso sería tan destructivo para nuestro amor como si volviese a ceder contra mi voluntad. Y estoy segura de que tú sentirías muchos remordimientos después, si sucediese algo que destruyera mi amor por ti. No, ¿no entiendes cuánto mejor será que durmamos aparte hasta que sienta por ti lo que solía sentir? Supongamos que, nada más que para distanciarme de la tentación, me mudase a mis habitaciones del Palacio Nuevo. Es más conveniente para mi trabajo que esté allí. Puedo levantarme por las mañanas e ir directamente a mis papeles. Estoy muy atrasada con mi Lista de Ciudadanos.
—¿Cuánto tiempo crees que estarás alejada de mí? —la interrogué.
—Ya veremos cómo resulta esto —respondió, besándome la nuca con ternura—. Oh, cuánto me alivia que no te enojes, ¿Cuánto tiempo? Oh, no sé. ¿Tiene tanta importan¬cia? En fin de cuentas el sexo no es esencial para el amor, si existe otro fuerte vínculo entre los amantes, como por ejemplo, la búsqueda idealista de la Belleza o la Perfección. Estoy de acuerdo con Platón en ese sentido; él creía que el sexo era un obstáculo para el amor.
—Se refería al amor homosexual —le repliqué, tratando de no parecer deprimido.
—Bien, querido mío —dijo con ligereza—, yo hago el trabajo de un hombre, lo mismo que tú, y por lo tanto viene a ser algo parecido, ¿no es cierto? Y en cuanto al idealismo común, es preciso ser en verdad muy idealistas para pasar por todo este trajín en nombre de una presunta perfección política, ¿no es verdad? Bien, ¿estamos de acuer¬do? ¿Serás realmente bueno, mi querido Claudio, y no insistirás en que comparta tu cama… quiero decir, en un sentido literal? Pero en todo otro sentido sigo siendo tu cariñosa y pequeña Mesalina, y recuerda que pedírtelo ha sido muy, pero muy doloroso.
Le dije que la respetaba y amaba mucho más por su franqueza, y que, por supuesto, hiciera lo que le pareciese. Pero que, naturalmente, esperaría con impaciencia el mo¬mento en que volviese a sentir por mí lo que había sentido otrora.
_Oh, por favor, no seas impaciente —exclamó ella—. Esto lo hace mucho más difícil para mí. Si te muestras impaciente sentiré que soy perversa contigo y quizá fingiré sentimientos que no tengo. Puede que sea una excepción, pero en cierta manera el sexo no significa mucho para mí. Sospecho, sin embargo, que muchas mujeres se aburren con eso… sin dejar de amar a sus esposos o de querer que ellos las amen. Pero siempre continuaré sospechando de otras mujeres. Si tú tuvieses relaciones con otras mujeres, creo que enloquecería de celos. No es que me moleste el pensamiento de que te acuestes con otra. Es el temor de que puedas llegar a amarla más que a mí, y no sólo a considerarla como un agradable desahogo sexual, y que después quieras divorciarte de mí. Quiero decir: si te acosta¬ras de vez en cuando con una hermosa criada, o con una mujer bonita y limpia, de rango lo bastante inferior como para que yo no tenga celos de ella, me alegraría, me alegraría de veras, pensar que te divertirás con ella. Y si tú y yo nos volvemos a acostar alguna otra vez, no consideraría que algo se hubiese interpuesto entre nosotros; pensaría simplemente que se trataba de una medida que habías toma¬do en bien de tu salud, como una purga o un emético. No espero ni siquiera que me digas el nombre de la mujer; en rigor prefiero que no lo hagas, siempre que primero me prometas no tener nada que ver con ninguna acerca de la cual tenga derecho a sentirme celosa. ¿No fue así como dijo Livia que sentía con respecto de Augusto?
—Sí, en cierto modo. Pero ella nunca lo amó de veras. Así me lo dijo. Por eso le resultó más fácil mostrarle ciertas atenciones. Solía elegir jóvenes del mercado de escla¬vas, y se las llevaba en secreto a su habitación, por la noche. Y en su mayoría eran sirias, según creo.
—Bien, tú no me pides que haga eso, ¿no es cierto? En fin de cuentas soy un ser humano.

Robert Graves

Claudio, el dios, y
su esposa Mesalina

Título original: Claudius the God and his Wífe Messalina
Traductor: Floreal Mazía (con autorización de Ediciones Siglo XX, de Buenos Aires)
ISBN: 84-206-1692-3
Digitalizado por Anelfer
Diciembre 2002

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