Tratado de la desesperación

Wagrez_Tannhauser_in_the_Venusberg

EL PECADO DE DESESPERAR EN CUANTO A4 LA REMISIÓN DE LOS PECADOS
(EL ESCÁNDALO)

Aquí la conciencia del yo se eleva a mayor potencia por el conocimiento de Cristo; aquí el yo está en presencia del Cristo. Después del hombre ignorando su yo eterno y luego del hom¬bre consciente de un yo teniendo algún rasgo eterno (en la primera parte), se ha mostrado (pasando a la segunda parte) que ellos se reducían al yo lleno de una idea humana de sí mismo y comportando en sí su propia medida. A esto se oponía el yo en presencia de Dios, base misma de la definición del pecado.
He aquí ahora a un yo en presencia del Cristo, un yo que, incluso aquí, desesperado, no quiere ser él mismo o quiere serlo. Desesperar en cuanto a la remisión de los pecados es reducirlo, en efecto, a una u otra fórmula de la desesperación: desespera¬ción-debilidad o desesperación-desafío: el primero no se atreve a creer por escándalo y el segundo se niega a hacerlo. Pero aquí debilidad o desafío (puesto que no se trata siempre de ser uno mismo, sino uno mismo en tanto que pecador y, por lo tanto, a título de su imperfección), son precisamente lo contrario de lo que tienen por costumbre ser. Es debilidad de costumbre la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo pero, aquí sucede lo contrario; puesto que es, en efecto, el desafío de ne¬garse a ser lo que se es, un pecador, y valerse de ello para pa¬sárselas sin la remisión de los pecados. Es desafío de costumbre la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo, pero aquí sucede lo contrario; se es débil queriendo por desesperación ser uno mismo, queriendo ser pecador hasta el punto de que falte el perdón.
Un yo en presencia del Cristo es un yo elevado a una po¬tencia superior por la inmensa concesión de Dios, la inmensa representación con la cual Dios le ha investido, habiendo querido, también por él, nacer y hacerse hombre, sufrir, morir. Nuestra precedente fórmula del crecimiento del yo, cuando crece la idea de Dios, también vale aquí: cuanto más crece la idea del Cristo, más aumenta el yo. Su cualidad depende de su medida. Dándonos el Cristo por medida, Dios, nos ha testi¬moniado hasta la evidencia hasta dónde va la inmensa realidad de un yo; pues sólo en el Cristo es cierto que Dios es la medi¬da del hombre, su medida y su fin. Pero con la intensidad del yo aumenta la del pecado.
También puede demostrarse, por otro camino, la elevación de intensidad del pecado. Ya se ha visto que el pecado es de¬sesperación; y que su intensidad se eleva por la desesperación del pecado. Pero entonces Dios nos ofrece la reconciliación, perdonándonos nuestras faltas. Sin embargo, el pecador de¬sespera y la expresión de su desesperación aún se profundiza; helo aquí, si se quiere, en contacto con Dios, pero a causa de que está todavía más alejado de él y aún más intensamente sumergido en su falta. El pecador, desesperado de la remisión de los pecados casi parece querer acosar a Dios desde más cerca, pues, ¿acaso no es el tono de un diálogo cuando dice: «Mas no, los pecados no son perdonados, es una imposibilidad»? ¿No se diría que es un cuerpo a cuerpo? Y sin embargo es necesario que el hombre se aleje un paso más de Dios cuando cambia su na¬turaleza para poder hablarle de ese modo, y para ser escuchado; para luchar así cominus debe ser eminus, ¡tal es la extraña acús¬tica del mundo espiritual, la extravagancia de las leyes que rigen las distancias! Alejado todo lo posible de Dios, el hombre puede hacerle oír ese: ¡No!, que sin embargo quiere a Dios como una especie de viril muerte. El hombre nunca es tan familiar con Dios como cuando está más lejos de el, familiaridad que no puede nacer más que del alejamiento mismo; en la vecindad de Dios, no se puede ser familiar y si se lo es, se encuentra en ello el signo de que se está lejos de él. ¡Tal es la impotencia del hombre en presencia de Dios! La familiaridad con los grandes de la tierra os hace correr el riesgo de ser arrojado lejos de ellos; pero no se puede ser familiar en relación a Dios más que ale¬jándose de él.
De ordinario, las gentes sólo tienen un falso criterio sobre este pecado (la desesperación sobre la remisión), sobre todo, después que se ha suprimido la moral y que sólo raramente se escucha una sana palabra moral. La estética metafísica reinan¬te os llena de estima y es para ella el signo de una naturaleza profunda vuestra desesperación de la remisión de los pecados,
un poco como cuando se quiere ver en las malicias de un niño una prueba de profundidad. Además, reina un bello desorden en el terreno religioso, desde que se ha suprimido de las rela¬ciones del hombre con Dios su único regulador, ese «Tú debes», del cual es imposible desprenderse para determinar algo de la existencia religiosa. Triunfando la fantasía, se ha empleado en lugar de la idea de Dios como de un condimento de la impor¬tancia humana, para hacerse el importante en presencia de Dios. Igual que en la política, donde se conquista importancia colocándose en la oposición y tanto que, al final, se desea un gobierno, sin duda, para tener, a pesar de todo, algo a lo cual oponerse; de igual modo se terminará por no querer suprimir a Dios… sólo aun para hincharse de importancia al estar en la oposición. Y todo aquello que antaño se consideraba con horror como manifestaciones de rebelión impía, pasa ahora por genial, por expresión de profundidad. «Tú debes creer», se decía an¬tes, claramente, sin sombra de romanticismo; ahora es señal de genio y profundidad decir que uno no puede hacerlo. «Tú de¬bes creer en la remisión de los pecados», y como único co-mentario de este texto, antaño se agregaba: «Si no puede ha¬cerlo te advendrá una gran desgracia; pues lo que se debe, se puede»; ahora es genialidad y profundidad no poder creer. ¡Hermoso resultado para la cristiandad! ¿Si se silenciara el cristianismo, estarían los hombres tan pagados de sí mismos? No, ciertamente, como además nunca lo estuvieron antes en el paganismo, sino arrastrando así por todas partes a-cristia¬namente la ideas cristianas, girando su empleo en la peor irre¬verencia, cuando no se hace un abuso de otra especie, pero no menos desvergonzado. De hecho, ¡qué epígrama resulta el ju¬ramento, que, sin embargo, no estaba en las costumbres pa¬ganas, y por el contrario se encuentra como en su casa en los labios cristianos! ¡Qué epígrama que mientras los paganos, como con una especie de horror, de temor al misterio, no nombraban muy a menudo más que con gran solemnidad a Dios, entre los cristianos su nombre sea la palabra más corriente en las manifestaciones de todos los días y, sin comparación, la palabra más vacía de contenido, cuyo uso se hace con el menor cuidado, porque ese pobre Dios, en su evidencia (¡el impru-dente, el inhábil! en haberse manifestado en lugar de mante¬nerse oculto, como hacen las personas selectas) es, al presente, conocido como el lobo blanco! Por esto es hacerse un insigne servicio ir a veces a la iglesia, lo que también os vale los elogios del pastor, quien os agradece en nombre de Dios el honor de la visita y os adorna con el título de hombre piadoso, a la vez que lanzando un puntapié a quienes nunca hacen a Dios el honor de cruzar su umbral.
El pecado de desesperar de la remisión de los pecados es el escándalo. Los judíos, aquí, tenían gran razón de escandalizarse del Cristo que quería perdonar los pecados. ¡Qué triste dosis de chatura (por lo demás, normal entre nuestros cristianos) se necesita, si no se es creyente do que entonces es creer en la di¬vinidad del Cristo) para no escandalizarse ante un hombre que quiere perdonar los pecados! Y qué dosis de chatura no menos molesta para no escandalizarse de que el pecado pueda ser perdonado! Para la razón humana es la peor imposibilidad… sin que por esto elogie yo la genialidad de no poder creer; pues eso debe ser creído.
Naturalmente, ese pecado no podía cometerlo un pagano. ¡Incluso pudiendo tener (no podía tenerlo, careciendo de la idea de Dios) la idea verdadera del pecado, no hubiera podido ir más allá de la desesperación de su pecado! Y además (y es esta toda la concesión que se puede hacer a la razón y al pensamiento humanos) deberíase trenzar elogios al pagano que realmente llegaba, no a desesperar del mundo ni de sí mismo en sentido amplio, sino de su pecado Para lograrlo, la empresa requiere profundidad de espíritu y supuestos éticos. Ni un solo hombre, en tanto que hombre, puede ir más lejos, y raramente vése a alguien lográndolo. Pero con el cristianismo todo ha cambia¬do; por lo tanto, cristiano, debes creer en la remisión de los pecados.
Pero, desde este último punto de vista, ¿cuál es el estado de la cristiandad? ¡Y bien! Desespera en el fondo de la remisión de los pecados en el sentido, Sin embargo, de que ella aún no conoce incluso su estado. En ella no se ha llegado incluso a la conciencia del pecado, no se reconoce más que la especie de pecado que ya le conoce el paganismo, se vive alegremente y contento, en una seguridad pagana. Pero ya vivir en la cris¬tiandad es superar al paganismo y nuestras gentes llega hasta enorgullecerse de que su sentimiento de seguridad no sea otra cosa -¡pues cómo lo sería en la cristiandad!- que la con¬ciencia que tienen de la remisión de los pecados, convicción que los pastores refuerzan en sus fieles.
La desgracia esencial de los cristianos actuales es, en el fondo, el cristianismo, el dogma del hombre-dios (pero en sentido cristiano, garantizado por la paradoja y el riesgo del escándalo), que a fuerza de ser predicado y vuelto a predicar ha sido profanado, que una confusión panteísta ha reemplazado (primero en la aristocracia filosófica, luego en la plebe de las calles y encrucijadas) la diferencia de naturaleza entre Dios y el hombre. Ninguna doctrina humana ha aproximado de hecho más que el cristianismo a Dios y el hombre; tampoco ninguna era capaz de hacerlo. Personalmente, Dios es el único en poder hacerlo, ¡pues toda invención de los hombres no es más que un sueño, una ilusión precaria! Pero tampoco ninguna doctrina se ha cuidado tanto de la más atroz de las blasfemias, aquella que, desde que Dios se hizo hombre, consiste en profanar su acto, como si Dios y el hombre no hiciesen más que uno; jamás ninguna doctrina se ha cuidado tanto contra ello como el cristianismo, cuya defensa es el escándalo. ¡Desgracia a esos blandos discurseadores, a esos pensadores ligeros, desgracia! ¡Desgracia a su secuela de discípulos y turiferarios!
Se quiere orden en la vida; -¿y no es esto lo que Dios quiere ya que no es un dios de desorden?-; que se quiera hacer ante todo de cada hombre un aislado. Desde el momento en que se deja que los hombres formen rebaño en aquello que Aristóteles llama una categoría animal: la multitud; luego desde que esta abstracción (que no obstante es algo menos que nada, menos que el menor individuo) es considerada como algo: en¬tonces se necesita muy poco tiempo para que se la divinice. ¡Entonces! Entonces se llega philosophice a despedazar el dogma del hombre-dios. Como la muchedumbre ha sabido imponerla, en diferentes países, a los reyes, y la prensa a los ministros, así se descubre al fin que la suma de todos los hombres, summa summarum, se la impone a Dios. Y he aquí lo que se llama la doctrina del hombre-dios, identificando en ella al hombre con Dios. Claro está que más de un filósofo, después de haberse dedicado a propagar esa doctrina de la preponderancia de la generación sobre el individuo, se ha apartado de ella disgustado, cuando la tal doctrina se entrega a deificar al populacho. Pero esos filósofos olvidan que no obstante es la de ellos, sin ver que no era menos falsa cuando la adoptaba la «élite» y una capilla de filósofos, que era como la encarnación de la misma.
En pocas palabras, el dogma del hombre-dios ha hecho in¬solentes a nuestros cristianos. Un poco como si Dios hubiese sido demasiado débil, como si hubiese corrido la misma suerte que el indulgente, pagado con ingratitud por su exceso de concesiones. Es él quien ha inventado el dogma del hombre-¬dios y he aquí que nuestras gentes, por una desvergonzada in¬versión de las relaciones, tratan con él sobre un pie de paren¬tesco; así su concesión tiene casi el mismo sentido que en nuestros días el otorgamiento de una Constitución liberal… y bien se sabe lo que es «¡estaba obligado a ello!…» Casi como si Dios se hallara confundido; y que los malignos tuviesen razón en decirle: «Es culpa tuya; ¡la qué entraste en tan buenas rela¬ciones con los hombres!. ¿Pues de otro modo quién habría pensado, habría tenido la osadía de pretender esa igualdad en¬tre Dios y el hombre? Pero fuiste Tú quien la proclamó y hoy cosechas lo que has sembrado».

Tratado de la desesperación
Sören Kierkegaard

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