Pensamientos II

257) 434

Las Principales fuerzas de los pirrónicos (dejo de lado las menores) son: Que no poseemos ninguna certeza de la verdad de esos principios, fuera de la fe y la revelación, sino en /cuanto/ los sentimos naturalmente en nosotros. Pues bien, este sentimiento natural no es una prueba convincente de la verdad de ellos, puesto que, no habiendo certeza, fuera de la fe, de si el hombre es creado por un dios bueno, por un demonio maligno a o al azar, queda dudoso si esos principios nos son dados como verdaderos, como falsos o como inciertos, según nuestro origen. Además, que nadie, fuera de la fe, está seguro de si vela o duerme, ya que, durante el sueño, creemos estar en vela con la misma seguridad; creemos ver los espacios, las figuras, los movimientos; sentimos que pasa el tiempo, lo medimos; y, por último, obramos del mismo modo como despiertos; de modo que, ya que la mitad de la vida se pasa en el sueño, según nuestra propia confesión, en el cual, por más, que nos parezca, no tenemos ninguna noción de lo verdadero, ya que, todos nuestros sentimientos son entonces ilusiones, ¿quién, sabe, si esa otra mitad de la vida en la que pensamos que estamos en vigilia, no es otro sueño un poco diferente del primero, sueño del cual nos despertamos cuando pensamos que dormimos? b
/¿Y quién duda de que, si soñáramos en compañía y si por azar los sueños concordasen, lo que es bastante frecuente, y si veláramos en soledad, no creeríamos las cosas invertidas? ¿Por último, como a menudo soñamos que soñamos, acumulando un sueño sobre otro, no puede acaso ocurrir que esa mitad de la vida en la que pensamos que velamos, no sea ella misma un sueño en el cual los otros están injertados, del cual nos despertamos con la muerte, durante el cual los principios de la verdad y del bien nos son tan poco conocidos como durante el sueño natural, -pues esos diversos pensamientos que durante él nos agitan pueden no ser más que ilusiones, semejantes al fluir del tiempo y a los vanos fantasmas de nuestros sueños?/
Tales son las principales fuerzas de una parte y de la otra.
Dejo de lado las menores, como ser los discursos de los pirrónicos contra las influencias del hábito, de la educación, de las costumbres, del país en que se vive, y otras cosas semejantes, las cuales, aunque arrastran a la mayor parte de los hombres vulgares, que sólo dogmatizan sobre esos vanos fundamentos, son derribadas por un soplo de los pirrónicos, aun por el más leve. Si no estamos bastante persuadidos de esto, basta ver sus libros; quedaremos persuadidos muy pronto, quizá demasiado pronto.
258) Me detengo en el único argumento fuerte de los dogmáticos: que, hablando sinceramente y de buena fe, no se puede dudar de los principios naturales.
Contra lo cual, los pirrónicos oponen en una palabra la incertidumbre de nuestro origen, que implica la de nuestra naturaleza; a lo cual los dogmáticos están todavía por responder, desde que el mundo existe.
Tal es la guerra declarada entre los hombres, y en ella cada uno debe tomar partido y unirse necesariamente o al dogmatismo o al pirronismo. En efecto, quien piense permanecer neutral será pirrónico por excelencia; esa neutralidad es la esencia de la secta: quien no está contra ellos está excelentemente por ellos, y en esto se manifiesta su ventaja/. Ellos no están por su partido; son neutrales, indiferentes, suspensos en todo, sin exceptuarse ellos mismos.

Por lo tanto, ¿qué hará el hombre en esa situación?
¿Dudará de todo? ¿Dudará de que está despierto, si se lo pellizca, si se lo quema? ¿Dudará de que, duda? ¿Dudará de que existe? c No se puede llegar hasta este punto; y proclamo como un hecho de que nunca hubo un perfecto pirrónico efectivo. La naturaleza sostiene a la razón impotente, y le impide extraviarse hasta ese punto.
¿Así pues, dirá, por el contrario, que él posee ciertamente la verdad, él que, por poco que se lo urja, no puede mostrar de ella ningún título y se ve obligado a dejar la presa?
¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Qué rareza, qué monstruo, qué caos, qué tema de contradicción, qué prodigio! juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra; depositario de lo verdadero, cloaca de incertidumbre y de error; gloria y desecho del universo.
¿Quién resolverá este embrollo? La naturaleza confunde a los pirrónicos, y la razón confunde a los dogmáticos. ¿Qué os ocurrirá pues, hombres que buscáis vuestra verdadera condición mediante vuestra razón natural? No podéis rechazar ninguna de esas dos sectas, ni subsistir en ninguna.
261) Así pues, aprended, soberbios, la paradoja que sois para vosotros mismos. Humíllate, razón impotente; cállate naturaleza imbécil: sabed que el hombre, supera infinitamente al hombre, y aprended de vuestro dueño vuestra condición verdadera, que vosotras ignoráis. Escuchad a Dios.
Pues, realmente, si el hombre nunca hubiera sido corrompido, gozaría, en su inocencia, de la verdad y de la felicidad con seguridad; y si el hombre siempre hubiera sido corrompido, no tendría ninguna idea., ni de la verdad ni de la beatitud. Pero ¡desdichados de nosotros (y más desdichados que si no hubiera grandeza en nuestra condición), tenemos, una idea de la dicha, y no podemos alcanzarla; percibimos, una imagen de la verdad, y sólo poseemos la mentira; incapaces de ignorar sin límites y de saber con certeza, de tal modo es evidente que hemos estado en un grado de perfección del cual ahora desgraciadamente hemos caído!
¡Asombra, sin embargo, que el misterio más impenetrable para nuestro conocimiento, que es el de la transmisión del pecado, sea algo sin lo cual no podemos tener ningún conocimiento de nosotros mismos! Pues, nada, sin duda, hiere más nuestra razón que decir que el pecado del primer hombre haya tornado culpables a quienes, por estar tan lejos de esa fuente, parecen incapaces de participar en él. Tal deslizamiento no sólo nos parece imposible, sino también muy injusto; en efecto, ¿hay algo más contrario a las reglas de nuestra miserable justicia que condenar eternamente a un niño, incapaz de voluntad a causa de un pecado en el que parece, participar tan poco, que ha sido cometido seis mil años antes de su nacimiento? Ciertamente, no hay nada que nos choque más que esa doctrina; y sin embargo, sin ese misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles para nosotros mismos. El nudo de nuestra condición encuentra sus pliegues y repliegues en ese abismo, de modo que el hombre es más inconcebible sin ese misterio de lo que ese misterio es inconcebible para el hombre. (262)
/De donde surge que Dios, que ha querido hacer la dificultad de nuestro ser ininteligible a nosotros mismos, ha escondido el nudo de ella tan alto o, mejor dicho, tan bajo, que nosotros éramos totalmente incapaces de alcanzarlo; de modo que nos podemos verdaderamente conocer no por los movimientos soberbios de nuestra razón, sino por la simple sumisión de la razón.
Estos fundamentos, sólidamente establecidos sobre la autoridad inviolable de la religión, nos permiten conocer que hay dos verdades de fe igualmente constantes: la primera que el hombre, en el estado de la creación y en el de la gracia, está por encima de toda la naturaleza, como si fuera semejante a Dios, y participa de esta divinidad; la segunda, que el hombre, en el estado de la corrupción y del pecado, ha caído de ese estado y se ha vuelto semejante a los animales.
Estas dos proposiciones son igualmente seguras y ciertas. Las Escrituras nos lo declaran con evidencia, cuando dicen en algunos pasajes: Deliciae meae esse cum filiis hominum d. Effundam spiritum meum super omnem carnem e. Dii estis f, etc.; y cuando dicen en otros: Omnis caro foenum g. -Homo assimilatus est jumentis insipientibus, et similis factus est illis h. Dixi in corde meo de filiis hominum. Ecl.3 i
De lo cual surge claramente que el hombre, por la gracia, es hecho como si fuera semejante a Dios y participa de su divinidad, y que, sin la gracia, se vuelve semejante a los brutos./

373) 435

Desprovistos de esos divinos conocimientos, ¿que han podido hacer los hombres, sino exaltarse en el sentimiento interior que les resta de su grandeza pasada, o abatirse a la vista de su debilidad presente? Pues, porque no ven la verdad entera, no han podido llegar a una virtud perfecta. Porque unos consideran a la naturaleza incorrupta y los otros irreparable, no han podido escapar o del orgullo o de la pereza, que son las dos fuentes de todos los vicios; puesto que /ellos/ sólo /pueden/ o abandonarse a ellos por cobardía o salir de ellos por el orgullo. Pues, si bien conocían la excelencia del hombre, ignoraban en cambio su corrupción, de modo que evitaban la pereza, pero se perdían en la soberbia; y, si bien reconocían la debilidad de la naturaleza, ignoraban en cambio su dignidad, de modo que podían evitar la vanidad, pero se precipitaban en la desesperación. De ahí provienen las diversas sectas: estoicos y epicúreos, dogmáticos y académicos, etc.
Sólo la religión cristiana ha podido curar esos dos vicios, no ahuyentando el uno mediante el otro, por la sabiduría de la tierra, sino ahuyentando el uno y el otro, por la simplicidad del Evangelio. En efecto, ella enseña a los justos, a los que eleva hasta la participación con la divinidad misma, que en ese sublime estado ellos conservan todavía la fuente de toda la corrupción, que los sujeta durante toda la vida al error, a la miseria, a la muerte, al pecado; y ella grita a los (374) más impíos que son capaces de la gracia de su Redentor. Así, haciendo temblar /a/ los que ella justifica y consolando a los que ella condena, ella templa con tanta justeza el temor con la esperanza, a causa de esa doble capacidad de la gracia y del pecado, que es común a todos, que ella humilla infinitamente más de lo que puede hacerlo la razón sola, pero sin desesperar; y que ella enaltece infinitamente más que el orgullo de la naturaleza, pero sin envanecer: muestra de este modo que sólo /a ella/, porque está exenta de error y de vicio, le corresponde instruir y corregir a los hombres.
Por lo tanto, ¿quién puede rehusar, a esas celestiales luces, el creerlas y adorarlas? ¿Pues, no es más claro que el día que nosotros sentimos en nosotros mismos rasgos imborrables de excelencia? ¿Y no es igualmente verdad que sentimos en todo momento los efectos de nuestra deplorable condición? ¿Qué otra cosa nos grita, pues, ese caos y esa confusión monstruosa, sino la verdad de esos dos estados, con una voz tan potente que es imposible resistirla?

244) 436

Debilidad, – Todas las ocupaciones de los hombres tienden a hacer fortuna; y no podrían tener títulos para mostrar que la poseen con justicia, pues sólo tienen el capricho de los hombres, y no tienen fuerza para poseerla con seguridad. Lo mismo ocurre con la ciencia, pues la enfermedad la quita. Somos incapaces de la verdad y del bien.

487) 437

Deseamos la verdad, y sólo encontramos en nosotros incertidumbre.
Buscamos la dicha, y sólo encontramos miseria y muerte.
Somos incapaces de no desear la verdad y la dicha, y somos incapaces tanto de certeza como de dicha. Ese deseo nos ha sido dejado tanto para castigarnos como para hacernos sentir desde dónde hemos caído.

485) 438

¿Si el hombre no está hecho para Dios, por qué sólo es feliz en Dios? a ¿Si el hombre está hecho para Dios, por qué es tan contrario a Dios?

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Blaise Pascal

Pensamientos II

Título Original: Pensées
Autor: Pascal, Blaise
ISBN: 9788420658247
Generado con: QualityEbook v0.62

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