The Conduct of Life

Britihs Museum (Londres)

La soledad reduce la presión de las impertinencias presentes para que pueda haber relaciones más universales y humanas. El santo y el poeta buscan la intimidad con los fines más públicos y universales: el secreto de la cultura es interesar al hombre en sus cualidades públicas más que en las privadas. He aquí un nuevo poema, que suscita muy buenos comentarios en la prensa y en las conversaciones. Gracias a ellos sería sencillo deducir el veredicto de los lectores, que ha sido desfavorable. Al poeta, como al artesano, sólo le interesa la alabanza, no la censura, aunque sea justa. El pobre poeta sólo atiende a eso y rechaza la censura, que demuestra la incapacidad del crítico. Pero el poeta cultivado se convierte en propietario de ambas compañías, dice el señor Clarín, en la compañía Clarín y en la compañía de la humanidad. Al cabo, está exultante con la demostración de la superficialidad de Clarín en la misma medida en que sus intereses le causan placer en el éxito de la compañía, pues la depreciación de sus valores en Clarín sólo pone de relieve el inmenso valor de sus reservas de humanidad. Tan pronto como se pone de parte de su crítico, con alegría, contra sí mismo, es un hombre cultivado.
Hemos de tener una cualidad intelectual en toda propiedad y en toda acción, o no valdrán nada. Debo tener hijos, debo participar en los acontecimientos, debo tener un estado social e historia, o mi pensamiento y mi habla carecerán de cuerpo o base. Pero, para darle valor a esos accesorios, he de saber que son posesiones tan ostentosas como contingentes, más atractivas para los demás que para mí. Podemos ver esta abstracción en el escolar, como una cuestión de hecho, pero cobra un encanto mayor cuando la descubrimos en los hombres prácticos. Bonaparte, como César, fue un intelectual y podía contemplar sin emoción los objetos en sí mismos. Aunque egoísta à l’outrance, podía criticar una obra, un edificio o un carácter con fundamentos universales y dar una opinión justa. Un hombre al que conozcamos sólo como una celebridad en política o en los negocios gana en nuestra estimación si descubrimos que posee un gusto o destreza intelectuales, como cuando nos enteramos de que a lord Fairfax, el general del Parlamento Largo, le apasionaba el estudio de las antigüedades; o de que el regicida francés Carnot tenía un talento sublime para las matemáticas; o del éxito en poesía de un banquero contemporáneo; o de la devoción por la ornitología de un periodista parcial. De igual modo, si al viajar por los melancólicos desiertos de Arkansas o Texas observáramos que, en el asiento contiguo, un hombre lee a Horacio o a Marcial o a Calderón, querríamos abrazarlo. En profesiones que requieren una energía firme, como los soldados, capitanes navales e ingenieros civiles, se manifiesta a veces una hermosa penetración, aunque sólo sea en cierta gentileza fuera del servicio, una admisión bienintencionada de que hay ilusiones. ¿Quién diría que no es ese su esparcimiento? Variamos la frase, no la doctrina, cuando decimos que la cultura franquea el sentido de la belleza. Es un mendigo el que sólo vive para lo útil y, aunque sirviera de alfiler o remache en la máquina social, no podría decirse que ha llegado a la posesión de sí mismo. Sufro todos los días por la falta de percepción de la belleza en la gente. Las personas no se dan cuenta del encanto con el que pueden embellecerse todos los momentos y objetos, el encanto de los modales, del dominio de uno mismo, de la benevolencia. La tranquilidad y la jovialidad son el equipaje del caballero, el reposo en medio de la energía. Las grandes piezas bélicas de los griegos transmiten calma; los héroes, comprometidos en acciones violentas, conservan un aspecto sereno, como decimos de las cataratas del Niágara, que caen sin apresurarse. Un rostro jovial e inteligente es el fin de la cultura y un éxito suficiente. Indica que se ha logrado alcanzar el propósito de la naturaleza y la sabiduría.
Nos domesticamos cuando nuestras facultades más elevadas están activas; la torpeza y la incomodidad ceden su sitio a movimientos naturales y gráciles. Es sabido que la contemplación de los grandes periodos y espacios de la astronomía nos presta dignidad e indiferencia a la muerte. La influencia de un hermoso escenario, la presencia de las montañas, apacigua nuestra irritación y eleva nuestras amistades. Incluso una cúpula elevada y el extenso interior de una catedral tienen un efecto notorio en nuestro comportamiento. He oído decir que las personas inflexibles pierden algo de su rigor bajo techos altos y en salas espaciosas. Creo que la pintura y la escultura nos enseñan a comportarnos y derogan la prisa.
Pero, sobre todo, la cultura tendría que reforzar, por medio de una influencia superior, las habilidades empíricas de la elocuencia, la política, el comercio y las artes útiles. Hay cierta elevación de pensamiento y poder de ordenar y ajustar cuestiones particulares que sólo puede darse por la intuición de todas sus conexiones. El orador que ha visto alguna vez las cosas en su orden divino no las perderá de vista y tendrá un fundamento más sólido para referirse a sus asuntos; aunque no mencione la filosofía, tendrá cierta maestría en tratar con ellos y será difícil confundirle o atemorizarle, lo que distinguirá su manera de tratar las cosas de la de los abogados y apoderados. Un hombre que esté en pie de igualdad con las cabezas de los partidos en Washington leerá los rumores de los periódicos y los vaticinios de los políticos de provincias con una clave de lo verdadero y lo falso de cada afirmación y sabrá cómo acabará todo. Arquímedes se daría cuenta, de un vistazo, de lo adecuada que es vuestra maquinaria de Connecticut. Alguien que no sólo supiera lo que Platón, sino lo que San Juan podría enseñarle, solventaría sus asuntos con cierta majestad. Platón dice que Pericles debía su elevación a las lecciones de Anaxágoras. Burke descendía de una esfera superior cuando influía en los asuntos humanos. Franklin, Adams, Jefferson, Washington mostraban una hermosa humanidad ante la cual los alborotadores de los senados modernos semejan políticos de taberna.
Hay elevados secretos de la naturaleza que no son para los aprendices, sino para los aventajados. Hay lecciones que sólo aprenden los valientes. Tenemos que reconocer a nuestros amigos bajo máscaras horribles. Nuestros amigos son las calamidades. Ben Jonson lo especifica en su oración a las musas:
Quitadle la inquina del tiempo, la mala voluntad de los tribunales,
y, reconciliado, mantenedlo en suspenso,
hacedle perder a sus amigos y, lo que es peor,
casi todos los caminos que podrían mejorarlo;
conmigo habéis dejado una musa mejor
que has traído contigo, bendita pobreza.
Deseamos aprender filosofía de memoria y jugar al heroísmo. Pero Dios, que es más sabio, dice: «Adopta la vergüenza, la pobreza y la penosa soledad que pertenecen a quienes dicen la verdad. Prueba el cáliz de la amargura además de la dulzura. El cáliz de la amargura puede enseñar lecciones dignas de ser conocidas». Cuando el Estado se agita, las cualidades personales son más decisivas que nunca. No temáis una revolución que os obligará a vivir cinco años en uno. No seáis tan remisos a hacer enemigos. Id a Coventry y que el populacho os arroje su frío desprecio. El perfecto hombre de mundo debe probar todas las manzanas. Tiene que mantener sus odios a raya, sin rencor. No tiene amigos ni enemigos, sino que valora a los hombres como canales de poder.
Quien se propone algo elevado ha de temer un hogar tranquilo y modales populares. En ocasiones, el cielo rodea un carácter raro de falta de gracia y odio, como el zurrón que protege el fruto. Si hay algo grande y bueno reservado para vosotros, no acudirá a la primera o segunda llamada ni tendrá la forma de los plácidos grabados de moda en la ciudad. La popularidad es para las muñecas. «Pendiente y escarpado», dijo Porfirio, «es el camino de los dioses». Abrid vuestro Marco Aurelio. En opinión de los antiguos, el gran hombre desdeñaba la distinción y se oponía a las adversidades de la fortuna. Preferían un barco noble, sorprendido por la marea, en lucha con los vientos y el oleaje, desmantelado y desarbolado, a otro abrigado en el puerto, con los colores ondulantes y toda su artillería.
Bettine replicó a la madre de Goethe, que le reprendía por su torpeza en el vestir: «Si no puedo vestirme como imagino, en nuestra pobre Fráncfort, no llevaré las cosas más lejos». La juventud debe tener en cuenta en lo que vale la inconcebible levedad de la opinión local. Cuanto más vivimos, más hemos de soportar la existencia elemental de hombres y mujeres. Un corazón valiente tiene que tratar a la sociedad como a un niño y no dejarle que sea ella la que dicte lo que hay que hacer.
«Todas esas virtudes severas y restrictivas», dijo Burke, «son demasiado costosas para la humanidad». ¿Quién querría ser severo? ¿Quién querría resistirse a la eminencia y el refinamiento en aras de la pobreza, de lo ordinario y falto de refinamiento? ¿Quién, que se atreviera a ello, mantendría la dulzura de su temperamento y el ánimo jovial? Las virtudes más altas no son joviales y obtienen su recompensa en una fama posterior. ¡Procuramos bosques de laureles, y las lágrimas de la humanidad, a quienes se mantienen firmes contra la opinión de sus contemporáneos! La medida del maestro es su éxito en atraer a todos los hombres a su opinión veinte años después.
Dejadme decir aquí que la cultura no podría empezar demasiado pronto. Al hablar con los hombres de letras, observo que perdieron con compañías más rudas los años de juventud que podrían haberle dado, en su estimación, una cualidad religiosa e infinita a la literatura de imaginación. He descubierto, también, que las oportunidades de la apreciación aumentan siendo hijo de quien haya practicado la apreciación y que esos muchachos que ahora crecen no sólo llegan años tarde, sino dos o tres nacimientos tarde, para convertirse en hombres de letras. Uno de los motivos del hombre de letras es que, igual que en una vieja comunidad un propietario de buena familia, tras el ímpetu de la juventud, se convierte en un marido solícito y siente el deseo habitual de que su administración no menoscabe su hacienda y pueda entregársela al siguiente heredero en condiciones tan favorables como él la recibió, un hombre considerado se reconocerá sujeto a la mejora secular que ha mitigado, curado y refinado a la humanidad y evitará cualquier ejercicio de su fuerza, por placer o ganancia, que ponga en peligro esa acumulación social y secular.
Los fósiles estratificados nos enseñan que la naturaleza comenzó con formas rudimentarias y se elevó a las más complejas tan pronto como la tierra estuvo preparada para ser su morada y que los seres inferiores perecen cuando aparecen los superiores. Pocos especímenes de nuestra raza podrían considerarse hombres acabados. Aún llevamos adheridos restos de la organización cuadrúpeda precedente. Llamamos hombres a todos esos millones, pero aún no son hombres. Medio enterrado, escarbando para liberarse, el hombre necesita toda la música que se le pueda proporcionar para ser libre. ¡Ojalá el amor, el amor apasionado, con lágrimas y gozo; la necesidad con su látigo, la guerra con sus cañones, el cristianismo con su caridad, el comercio con su dinero, el arte con sus grabados, la ciencia con sus telégrafos tendidos por el espacio y el tiempo pudieran poner a punto sus torpes nervios y, golpe a golpe, romper los muros de la crisálida y dejar que la nueva criatura emergiera erecta y libre, para ponerse en camino y cantar su pean! La época del cuadrúpedo ha pasado y empieza la época del cerebro y el corazón. Llegará el día en que las formas del mal que hemos conocido ya no puedan organizarse. La cultura del hombre no puede prescindir de nada, necesita todos los materiales. Tiene que convertir todos los impedimentos en instrumentos, todos los enemigos en poder. El formidable mal será el esclavo más útil. Si pudiéramos leer el futuro de la raza insinuado en el esfuerzo orgánico de la naturaleza por acumular y mejorar, y el impulso correspondiente hacia lo mejor del ser humano, nos atreveríamos a decir que no habrá nada que el hombre no supere y transforme, hasta que, al final, la cultura absorba el caos y la gehena. El hombre convertirá las furias en musas y los infiernos en beneficio.

Título original: The Conduct of Life

Ralph Waldo Emerson, 1860

Edición, traducción y cronología: Javier Alcoriza y Antonio Lastra

Diseño de portada: Daruma

Editor digital: Daruma

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