PODER

Foto: Bárbara

Su lengua estaba hecha para la música
y su mano era diestra,
su rostro era el molde de la belleza
y su corazón el trono de la voluntad.

Aún no tenemos el inventario de las facultades del hombre, como no tenemos tampoco una biblia de sus opiniones. ¿Quién pondrá el límite a la influencia del ser humano? Hay hombres cuya simpatía arrastra consigo a las naciones y dirige la actividad de la raza humana. Si hay un vínculo por el cual, donde vaya el hombre, la naturaleza le acompaña, tal vez haya hombres cuyo magnetismo atraiga el material y los poderes elementales: donde aparecen, medios inmensos se organizan a su alrededor. La vida va en busca del poder y el mundo está tan saturado de poder —no hay grieta o hendidura donde no se encuentre— que ninguna búsqueda sincera queda sin recompensa. El hombre debería apreciar acontecimientos y bienes como la mena en que se aloja el mineral: sólo habría de dejar pasar los acontecimientos o perder sus bienes y exhalar el aliento de su cuerpo cuando se hubiera añadido su valor en forma de poder. Si se ha asegurado el elixir, puede abandonar los amplios jardines en los que fue destilado. Un hombre cultivado, sabio en conocer y osado en actuar, es el fin por el que trabaja la naturaleza y la educación de la voluntad es el florecimiento y resultado de toda esta geología y astronomía.
Todos los hombres de éxito están de acuerdo en algo: son causantes. No creen que las cosas sucedan por azar, sino por ley; ni que haya un eslabón flojo o roto en la cadena que une el principio y el fin. La creencia en la causalidad, en una estricta relación entre cualquier nimiedad y el principio del ser, y, en consecuencia, la creencia en la compensación o en el hecho de que nada se pierde, caracteriza a los hombres valiosos y domina los esfuerzos de los emprendedores. Los hombres más valientes son los que creen en la tensión de las leyes. «Los grandes capitanes», decía Bonaparte, «lograron sus proezas sometiéndose a las reglas del juego, ajustando los esfuerzos a los obstáculos».
La clave de nuestra época podría ser esta, o aquella, o la otra, como dicen los jóvenes oradores; la clave de todas las épocas es la debilidad, la debilidad de la gran mayoría de los hombres, en todos los tiempos e incluso en los héroes, en todos salvo en ciertos momentos eminentes: víctimas de la gravedad, de la costumbre, del miedo. Que la multitud no tenga el hábito de la confianza en sí misma y la acción original le da firmeza a los fuertes.
Tenemos que reconocer en el éxito un rasgo constitucional. El coraje, como enseñaban los médicos antiguos (y su significado se mantiene, aunque su fisiología sea algo mítica), el coraje o grado de la vida es como el grado de la circulación de la sangre por las arterias. «En momentos de pasión, de ira, de furia, en las pruebas de esfuerzo, en la lucha y el combate, una gran cantidad de sangre se agolpa en las arterias, pues así lo requiere la conservación del vigor corporal, y apenas circula por las venas. Esta condición es constante en las personas intrépidas». El coraje y la aventura son posibles donde las arterias retienen la sangre. Donde la vierten irrefrenablemente en las venas, el espíritu es inferior y flojo. Se necesita una salud extraordinaria para llevar a cabo una gran proeza. Si Eric tiene buena salud, y ha dormido bien, y se encuentra en las mejores condiciones, y tiene treinta años al salir de Groenlandia, seguirá rumbo al oeste y sus barcos alcanzarán la Nueva Tierra Descubierta. Pero quitad a Eric y poned a un hombre aún más fuerte y osado —Biorn o Thorfin— y los barcos, con la misma facilidad, navegarán seiscientas, mil, mil quinientas millas más allá y llegarán a Labrador y Nueva Inglaterra. No hay azar en el resultado. Con los adultos, como con los niños, unos cuantos empiezan alegremente a jugar y giran en el torbellino del mundo; los demás tienen las manos frías y se limitan a observar, o son arrastrados por el humor y la vivacidad de quienes pueden llevar consigo un peso muerto. La primera riqueza es la salud. La enfermedad es pusilánime y no le sirve a nadie: debe unir sus recursos a la vida. Pero la salud o plenitud responde a sus propios fines y prescinde, supera y colma el vecindario y los arroyos de las necesidades ajenas.
Todo el poder es de una sola clase: una participación en la naturaleza del mundo. Quien se halla en paralelo a las leyes de la naturaleza flotará en la corriente de los acontecimientos y obtendrá su fuerza. El hombre está hecho de la misma materia que los acontecimientos, simpatiza con el curso de las cosas, las predice. Lo que haya de suceder, le sucede a él primero, de modo que es igual a lo que sucede. Un hombre que conozca a los hombres hablará con propiedad de política, comercio, ley, guerra o religión, pues los hombres se comportan igual en todas panes
La ventaja de un pulso firme no la confieren el trabajo, el arte ni el acuerdo. Es como el clima, que da una cosecha tan buena que ni el invernadero, ni el riego, ni el cultivo o el estiércol podrían emularla. Es como las oportunidades de ciudades como Nueva York o Constantinopla, que no necesitan la diplomacia para forzar al capital ni al genio ni al trabajo a que vayan allí. Van por sí mismos, como las aguas fluyen hacia ellas. De igual modo, un entendimiento amplio, saludable y vasto yace en las orillas de ríos invisibles, de océanos invisibles, cubiertos de barcos que noche y día acuden a ese punto. Allí se vierte mientras otros hombres tratan de encontrarlo. Está en el secreto de cualquiera, anticipa el descubrimiento de cualquiera y, si no rige las acciones del genio y el escolar[13], es porque es vasto y perezoso y no los considera dignos de ello.
Esta fuerza afirmativa está en uno y no en otro, como un caballo tiene empuje en sí mismo y otro lo tiene en la fusta. «En el cuello del joven», dijo Hafiz, «no brilla una gema tan graciosa como el afán emprendedor». Llevad a un distrito tranquilo, o a un antiguo asentamiento holandés en Nueva York o Pensilvania, o a una plantación de Virginia, una colonia de yanquis avezados, vigorosos, con la cabeza llena de martillos a vapor, poleas, manivelas y ruedas dentadas, y todo empezará a cobrar valor. ¡Qué intensificación supuso para el agua y la tierra de Inglaterra la llegada de James Watt o de Brunel! En cualquier compañía no sólo se encuentran el sexo activo y pasivo, sino que, tanto en los hombres como en las mujeres, hay un sexo mental mucho más profundo e importante: la clase creadora de hombres y mujeres y la clase sin inventiva o meramente receptiva. Ese plus en el hombre representa toda la serie y si, además, tiene la ventaja añadida del ascendiente personal —que no implica más o menos talento, sino tan sólo la mirada temperamental o adiestrada del soldado o el maestro de escuela, que uno tiene y otro no, como uno tiene el bigote moreno y el otro rubio—, entonces, fácilmente y sin envidia ni resistencia, sus coadjutores y proveedores reconocerán su derecho a absorberlos. El mercader trabaja con el libro de cuentas y la caja; los pasantes le proporcionan al abogado las autoridades; el geólogo reúne las investigaciones de sus subalternos; el comandante Wilkes se apropió de los resultados de los naturalistas que formaban parte de la expedición; los canteros terminan la estatua de Thorwaldsen; Dumas tiene negros y Shakespeare fue un empresario teatral que se valió tanto del trabajo de muchos jóvenes como de los libros.
Siempre hay sitio para un hombre fuerte, que a su vez hace sitio para muchos. La sociedad es una tropa de pensadores y las mejores ocupara los mejores sitios. El débil ve las granjas valladas y labradas, las casas levantadas. El fuerte ve las casas y las granjas posibles. Su mirada crea haciendas tan rápido como el sol forma las nubes.
Cuando un nuevo muchacho llega a la escuela, cuando un hombre viaja y tropieza diariamente con extraños o cuando en un club antiguo se domestica a un recién llegado, ocurre lo mismo que cuando un buey extraño es llevado al predio o al pasto donde pace el ganado: en seguida hay una prueba de tuerza entre el mejor par de cuernos y el recién llegado, de la que sale el nuevo rey. Del mismo modo hay una medida de fuerza, muy cortés, pero decisiva, y cierta aquiescencia cuando aquellos se encuentran. Cada uno lee su hado en los ojos ajenos. La parte más débil se da cuenta de que toda su información e ingenio es inservible para la ocasión. Creía saber esto y aquello; descubre que ha pasado por alto aprender el final. Nada de cuanto sabe dará la talla, mientras que las flechas de su rival dan en el blanco. Aunque supiera todo lo que dice una enciclopedia, no le serviría, pues este es un asunto de presencia de ánimo, de actitud, de aplomo: el adversario cuenta con el sol y el viento y, cuando le llega el turno, escoge arma y posición; si otro antagonista le desafía, su lanza vuela y golpea. Es una cuestión de estómago y constitución. El otro es tan bueno como el primero, tal vez mejor; pero no tiene ni su firmeza ni su estómago y su ingenio parece demasiado refinado o basto.
La salud es buena: es el poder, la vida que resiste la enfermedad, el veneno y a todos los enemigos, y que es tan conservadora como creativa. Esta es la cuestión: si cada primavera hay que injertar cera o arcilla; enjalbegar, dar potasio o podar; lo único importante es el árbol esbelto. Un buen árbol que aproveche el suelo crecerá a pesar del tizón, los insectos, la podadera o el descuido, de noche y de día, con cualquier tiempo y tratamiento. Ha de haber vivacidad y dominio, y no es lícito ser quisquilloso en la elección. Hemos de extraer agua sucia con la bomba si no hay agua limpia. Si queremos hacer pan, tendremos que emplear gérmenes, levadura y todo aquello que induzca a la masa a fermentar, igual que el artista torpe buscal la inspiración a toda costa, en la virtud y en el vicio, en el amigo y en el enemigo, en la plegaria y el vino. Tenemos cierto instinto que nos dice que la vida en abundancia, por grosera y corrompida que sea, tiene sus pruebas y purificaciones y al final se hallará en armonía con las leyes morales.
Observamos en los niños, con apasionado interés, hasta qué punto poseen fuerza para recuperarse. Si, cuando los lastimamos, o se lastiman ellos mismos, o quedan los últimos en clase, o pierden el premio anual, o los derrotan en el partido, se desaniman y recuerdan su infortunio cuando llegan a casa, pasarán por una dura prueba. Pero si muestran una vivacidad y resistencia que los lleva a ocuparse de un nuevo interés en una nueva ocasión, las heridas cicatrizarán y la fibra será más dura que la herida.

Título original: The Conduct of Life

Ralph Waldo Emerson, 1860

Edición, traducción y cronología: Javier Alcoriza y Antonio Lastra

Diseño de portada: Daruma

Editor digital: Daruma

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