La vida en el bosque

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Creo que amo la sociedad tanto como la mayoría de las personas y estoy suficientemente preparado para prenderme, al igual que una sanguijuela, a cualquier hombre pletórico que halle en mi camino. Naturalmente, no soy un ermitaño, y podría aguantar sentado al más duro parroquiano de un bar, si mis asuntos me llevaran allí.
En mí casa tenía tres sillas: una para la soledad, dos para la amistad, tres para la sociedad. Cuando inesperadamente venía un gran número de visitantes, sólo estaba la tercera silla para todos ellos, pero por lo general economizaban espacio quedándose de pie.
Sorprende saber a cuántos grandes hombres y mujeres puede contener una pequeña casa. He tenido bajo mi techo, en forma simultánea, a veinticinco o treinta almas juntas con sus cuerpos y, sin embargo, a menudo nos hemos separado sin darnos cuenta de que habíamos estado cerca los unos de los otros. Muchas de nuestras casas, tanto públicas como privadas, con sus habitaciones casi innumerables, sus enormes salas y sus sótanos para el almacenamiento de vinos y otras municiones de paz, me parecen extravagantemente grandes en relación con sus habitantes. (…)
A veces un poco harto de la sociedad y la conversación humanas, y gastados ya todos mis amigos de la aldea, vagaba hacia el Oeste más allá de mi morada habitual, paseando por partes menos frecuentadas del municipio, por bosques frescos y praderas recientes, o mientras se ocultaba el sol, hacía mi cena de grosellas y frambuesas en la colina de Fair Haven y amontonaba una reserva para varios días. Los frutos no entregan su verdadera fragancia ante quien los compra ni ante quien los recoge para el mercado. Sólo hay un medio de conseguir ese aroma, pero pocos emprenden esa vía. Si se quiere conocer el sabor de las grosellas, hay que preguntárselo al resero o la perdiz. Es un vulgar error suponer que uno ha gustado unas grosellas que nunca recogió por sí mismo.
El paisaje de Walden es de escala humilde, y aunque muy hermoso, no da sensación de grandeza ni puede interesar mucho a quien no lo ha frecuentado largo tiempo o vivido en su ribera; pero esta laguna es tan notable por su profundidad y pureza que merece una descripción especial. Es un pozo verde, claro y profundo, de media milla de longitud, y de una milla y tres cuartos de circunferencia, y de alrededor de sesenta y dos acres de superficie; un manantial perpetuo entre pinares y robledales, sin ninguna entrada o salida de otros elementos, exceptuando las nubes y la evaporación. Las colinas circundantes se levantan abruptamente del agua hasta cuarenta u ochenta pies. Esos oteros están cubiertos de bosques en su totalidad. Todas nuestras aguas de Concord se reducen finalmente a dos colores: uno visto desde la distancia y el otro, más preciso, desde cerca. El primero depende más de la luz e imita al cielo. Con una atmósfera clara, durante el verano, esas aguas parecen azules a pequeña distancia, especialmente si se mueven, y a gran distancia todas parecen iguales. En tiempos tempestuosos, las aguas son a veces de color pizarra oscura.
Las lagunas White y Walden son grandes cristales en la faz de la Tierra, Lagos de Luz. Si estuvieran siempre heladas y fueran lo bastante chicas para poder ser empuñadas, serían probablemente transportadas por esclavos a fin de adornar, como piedras preciosas, las frentes de los emperadores; pero como son líquidas y extensas, y están sujetas por una eternidad a nosotros y a nuestros herederos, no las apreciamos y corremos, en cambio, tras el diamante de Koinoor. Son demasiado virginales para tener un valor en el mercado; no contienen dinero alguno. ¡Cuánto más bellas son ellas que nuestras vidas, cuánto más transparentes que nuestros caracteres! ¡Jamás hemos aprendido de ellas bajeza alguna! ¡Cuánto más bellas que el lodazal situado ante la puerta del campesino, en el que nadan sus patos! Aquí llegan los patos salvajes. La Naturaleza no tiene un habitante humano que la aprecie.
Las aves, con sus melodías y su plumaje, armonizan con las flores; ¿pero qué muchacho, qué doncella concursa con la riquísima y salvaje belleza de la Naturaleza? Las más de las veces esta florece solitaria, lejos de las ciudades en las que esos jóvenes residen. ¡Hablad del cielo, vosotros que deshonráis a la Tierra! (…)
Cuando volvía al hogar a través del bosque con mi sarta de pescado, arrastrando mi caña y siendo ya del todo oscuro, vi en una ojeada rápida a una marmota que pasó furtivamente por mi sendero y sentí una emoción extraña de salvaje delicia, y tuve la fuerte tentación de capturaría y devoraría cruda; no porque yo tuviera hambre en aquel entonces, sino por aquel salvajismo que la marmota representaba. (…) Los sucesos más feroces habían llegado a serme sumamente familiares. Encontré entonces en mí —y aun ahora lo hallo— un instinto que me llevaba hacia una vida más alta o espiritual, según suele decirse, como lo tiene la mayoría de los hombres, y otro instinto que me llevaba hacia un nivel primitivo y salvaje; y guardo respeto por ambos. Reverencio lo salvaje tanto como lo bueno. La aventura silvestre de la pesca me apetecía. A veces me place ocupar un lugar firme en la vida y emplear mi día como lo hacen los animales. Quizá mi muy estrecha relación con la Naturaleza la deba yo a esa ocupación y a la caza, que practiqué de muy joven. (…)
Toda nuestra vida es de una moral sorprendente. Entre la virtud y el vicio jamás hay un instante de tregua. La única inversión que nunca quiebra es la bondad. Lo que nos conmueve en la música del arpa que vibra por todo el orbe es que insista en esto. El arpa es el agente viajero de la Compañía de Seguros del Universo, que recomienda sus leyes, y no tenemos que pagar otra prima que nuestra pequeña bondad. Aunque, al fin, la juventud crece indiferente, las leyes del orbe no son indiferentes, sino que se encuentran siempre del lado de lo más sensible. Escuchen para los reproches a todos los céfiros, porque seguramente contendrán alguno, y quien no lo oiga es infortunado. No podemos rasgar una cuerda o golpear una tecla sin que nos traspase la moral fascinante. Muchos ruidos cansadores, si uno se aleja de ellos un buen trecho, se oyen como música, lo que constituye una soberbia y dulce sátira de la mezquindad de nuestras vidas.
Somos conscientes de que hay un animal en nosotros cuyo despertar está en razón directa al letargo de lo superior de nuestra naturaleza. Aquel es reptil y sensual, y quizá no lo podemos expulsar completamente; es como los gusanos que están instalados en nuestro cuerpo, aunque estemos vivos y sanos. Es posible que podamos alejarnos de ese animal, pero jamás podremos cambiar su naturaleza. Temo que él mismo pueda gozar de cierta salud que le es propia; temo que nosotros podamos estar bien, pero no puros. Hace unos días levanté del suelo el maxilar inferior de un puerco, provisto de colmillos blancos y robustos, lo que sugería una salud y una fuerza animales diferentes de las iguales calidades del espíritu. Ese animal triunfaba por métodos que no eran la templanza y la pureza. Decía Mencio que los humanos diferimos de los brutos en algo poco estimado; el rebaño común lo pierde pronto; los hombres superiores lo conservan con cuidado. Si hubiéramos alcanzado la pureza, ¿quién sabe qué clase de vida habría resultado? Si yo conociera un hombre tan sabio que pudiera enseñarme la pureza, iría a buscarle inmediatamente. El Veda declara que el gobierno de nuestras pasiones y de los sentidos externos corporales, así como las buenas acciones, son indispensables para el acercamiento de la mente a Dios. Pero el espíritu puede, con el tiempo, embeber y gobernar todos los miembros y funciones del cuerpo y convertir en pureza y devoción aquello que por la forma es la sensualidad más grosera.
Todo hombre edifica, según un estilo puramente propio, un templo que se llama su cuerpo para el Dios a quien adora, y no puede escaparse de ello poniéndose a martillear el mármol. Todos somos escultores y pintores, y los materiales que empleamos son nuestra propia carne, sangre y huesos. Cualquier nobleza comienza enseguida a refinar los rasgos del hombre, cualquier bajeza o sensualidad empieza a embrutecerlos. (…)
Uno de los atractivos que me trajo a vivir en el bosque era que iba a disponer de ocios y ocasiones para ver venir la primavera. Por fin, el hielo de la laguna comienza a alveolarse y mi tacón penetra en él cuando camino. Nieblas, lluvias y soles más calientes van fundiendo poco a poco la nieve; los días se han hecho sensiblemente más largos; y veo que llegaré al fin del invierno sin añadir más a mi montón de leña, pues ya no son necesarios los fuegos abundantes. Estoy alerta para los primeros signos primaverales, para oír la nota casual de algún ave que llega o el chirrido de la ardilla estriada, pues su almacén debe de estar ya casi vacío, o para ver a la marmota que se aventura fuera de sus cuarteles invernales. (…)
Me pareció así que el declive de esta colina ilustraba el principio de todos los actos de la Naturaleza. El Hacedor de esta tierra no patentó sino una hoja de árbol. ¿Habrá un Champollion que nos descifre este jeroglífico de manera que por fin podamos empezar a ver una hoja nueva? Para mí este fenómeno es más estimulante que la lozanía y fertilidad de las viñas. Es cierto que en su carácter hay algo de excrementicio y que no tienen fin los montones de hígados, pulmones e intestinos, como si el orbe presentara hacia fuera el lado equivocado; pero esto indica, por lo menos, que la Naturaleza tiene entrañas y así, de nuevo, que es madre de la humanidad. Esto es la escarcha que se retira del suelo; esta es la primavera. Precede a la primavera verde y floreciente, de igual manera que la mitología se anticipa a la poesía. Nada conozco que limpie mejor los flatos e indigestiones del invierno. Ello me convence de que la Tierra aún se encuentra en pañales y que extiende a todas partes sus dedos infantiles. De las sienes más valientes nacen rizos nuevos. Nada inorgánico existe. Esos montones foliáceos que se hallan a lo largo del talud, como las escorias de un horno, muestran que la Naturaleza se halla interiormente en pleno ejercicio. La Tierra no es meramente un fragmento de historia muerta, colocada estrato sobre estrato como las hojas de un libro, para que la estudien sobre todo geólogos y anticuarios, sino que es poesía viviente al igual que las hojas de un árbol, que preceden a las flores y a los frutos; no es una Tierra fósil, sino una Tierra viva; toda vida animal y vegetal, comparada con la gran vida central de la Tierra, es meramente parasitaria. Sus angustias levantarán a nuestros restos de sus tumbas. Puede alguien fundir sus metales y verterlos en los más hermosos moldes: nunca me excitarán tanto como las formas en que se vuelca esta Tierra derretida. Y no sólo la Tierra, sino también las instituciones que sobre ella asientan, son tan plásticas como el barro arcilloso en manos del ceramista.
En la proximidad de la primavera, las ardillas coloradas llegaban desde abajo de mi casa, por parejas, directamente hasta mis pies, mientras yo estaba sentado leyendo o escribiendo, y lanzaban los sonidos más extraños que jamás he oído: cloqueos y gorjeos y gorgoteos y piruetas vocales; y cuando yo pateaba, ellas trinaban aún más alto, como desafiando a la humanidad para que las detuviese, como si hubieran perdido todo temor y respeto en su loca jarana… Eran completamente sordas a mis argumentos o no lograban darse cuenta de su fuerza y caían en una irresistible melodía de invectivas.
¡El primer gorrión de la primavera! ¡El año comienza con una esperanza más joven que la que nunca hubo! Los débiles trinos plateados que se oyen en los campos húmedos y parcialmente desnudos procedentes del azulejo, del gorrión cantor y del malvís, parecían como si los últimos copos del invierno tintinearan al caer. ¿Qué son en un tiempo como este las historias y cronologías, las tradiciones y todas las revelaciones escritas? Los arroyos cantan villancicos y gozos a la primavera. El gavilán, volando cerca de la pradera, busca ya la primera vida que despierta en el légamo. El sonido de la caída de la nieve en fusión se oye en todas las cañadas y el hielo se disuelve de prisa en las lagunas. El pasto flamea sobre las laderas como un fuego vernal, corno si la tierra mandara fuera un calor interno que saludara al sol que vuelve; el color de esa llama no es amarillo, sino verde: el símbolo de la perpetua juventud, la brizna de hierba, semejante a una cinta verde, se extiende desde el césped hasta el verano, interrumpida sin embargo por la escarcha, pero brotando de nuevo enseguida, levantando su lanza del heno del pasado año con la fresca vida de abajo. Crece tan firmemente como la fuente mana del suelo.

HENRY DAVID THOREAU
WALDEN
LA VIDA EN LOS BOSQUES

Traducción de JORGE LOBATO.
Selección e introducción
de LEANDRO WOLFSON

ERREPAR SA., 1999

Corrección: Delia N. Arrizabalaga
tapa; Javier Saboredo
ERREPAR S.A.

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