Invierno

images

UN PASEO DE INVIERNO

El viento se filtra con un quedo murmullo a través de los postigos, o sopla con atercio¬pelada suavidad sobre las ventanas. De vez en cuando, suspira como un céfiro de verano agi¬tando las hojas durante toda la santa noche. El ratón de campo se ha dormido en su abrigado pasadizo subterráneo, el búho se ha instalado en un árbol hueco en la profundidad de los pan¬tanos; el conejo, la ardilla y el zorro, todos se han puesto a cubierto. El perro guardián se ha tumbado tranquilo junto al hogar, y el ganado se ha quedado en silencio en el establo. La tierra misma se ha dormido, como si fuera su primer, y no su último sueño. Salvo algún ruido de la calle o la puerta de la casa de madera que chirría débilmente interrumpiendo el desconsuelo de la naturaleza en su funcionamiento nocturno, el único sonido despierto entre Venus y Marte nos advierte de una distante calidez interior, un ánimo y fraternidad divinos, donde los dioses se reúnen, pero que resulta desolador para los hombres. Sin embargo, mientras duerme la tie¬rra, el aire está despierto y se ha llenado de ligerísimos copos que caen, como si reinara una Ceres boreal y arrojara su grano plateado sobre todos los campos.

Dormimos, y al final despertamos a la inmó¬vil realidad de una mañana de invierno. La nie¬ve yace tibia como el algodón y se acumula so¬bre el alféizar de la ventana; el marco hinchado y los cristales helados reciben una luz débil e íntima que realza la acogedora comodidad inte¬rior. La quietud de la mañana es impresionante. El suelo cruje bajo nuestros pies cuando nos acercamos a la ventana a mirar un claro sobre los campos. Vemos los techos bajo el peso de la nieve. De los aleros y las cercas cuelgan estalac¬titas de hielo, y en el jardín se alzan estalagmitas que cubren su corazón oculto. Los árboles y los arbustos elevan sus brazos blancos al cielo; y donde había paredes y setos vemos formas fan¬tásticas que retozan haciendo cabriolas por el sombreado paisaje, como si la Naturaleza hu¬biera esparcido sus diseños hechos durante la noche como modelos para el artista.

Abrimos la puerta en silencio, dejando que caiga dentro la nieve amontonada, y salimos a enfrentarnos con el aire cortante. Las estrellas ya han perdido parte de su brillo, y una niebla opaca y plúmbea bordea el horizonte. Una te¬nue luz bronceada sobre el este proclama la lle¬gada del día, mientras el paisaje occidental aún permanece espectral y oscuro, envuelto en una tenebrosa luz tartárea, como si fuera un reino umbrío.

Se oyen sólo sonidos infernales: el canto de los gallos, el ladrido de los perros, hachazos contra la madera, el mugir de las vacas… todo parece venir del corral de Plutón, más allá de la laguna Estigia, no porque evoquen melancolía alguna, sino porque su bullicio crepuscular es demasiado solemne y misterioso para la tierra.

El rastro fresco de algún zorro o alguna nutria en el huerto nos recuerda que la noche está re¬pleta de acontecimientos, y la naturaleza pri¬mitiva aún sigue en marcha dejando huellas en la nieve. Abrimos la verja y echamos a andar a paso vivo por el solitario camino; la nieve seca y quebradiza cruje bajo nuestros pies y nos esti¬mula el chirrido agudo del trineo de madera que parte hacia el distante mercado, desde la puerta matinal del granjero donde ha permanecido to¬do el verano soñando entre las briznas de hier¬ba y los rastrojos, mientras vemos de lejos la luz de la primera vela a través de las ventanas neva¬das de la granja, como una pálida estrella que emite su rayo solitario o una severa virtud re¬zando sus maitines. Las volutas de humo de las chimeneas empiezan a ascender una tras otra entre los árboles y la nieve.

Mientras recio el aire frío explora el alba,
desde alguna cañada profunda,
demorándose en su viaje hacia el cielo,
e intimando poco a poco con el día,
el humo, tibio y perezoso, serpenteante se eleva.

Las espirales remolonas, juguetean entre sí,
sin propósito cierto, y con lentitud,
como el amo adormilado, ahí debajo, junto al hogar,
cuya mente tardía e indolente
navega en una calma lejanía, a salvo aún,
de la correntada arrolladora
con que comienza a fluir la nueva jornada.

El leñador pronto irá con paso certero
con intenciones de agitar su hacha matinal.
Pero primero, en el oscuro amanecer,
envía por doquier al humo explorador,
su alado emisario y último peregrino,
a que se alce en vuelo desde el tejado,
para saber del aire helado y del nuevo día.
Pero aún se lo ve acurrucado junto al hogar,
sin reunir coraje suficiente para destrancar la pesada puerta.
Mientras tanto, el humo ya ha bajado por el valle con el viento ligero,
y sobre la llanura despliega su espiral aventurera,
y envuelve la copa de los árboles,
y vaga colina arriba,
y entibia las alas del pájaro mañanero.

Y ahora, acaso, desde lo alto del aire vigoroso,
como una nube refulgente en la bóveda celestial
saluda a su amo inmóvil, junto a la puerta,
y divisa al día, llegando desde los confines de la tierra…

Oímos el ruido de los granjeros cortando le¬ña a lo lejos, sobre la tierra helada, el ladrido del perro y el clarín del gallo, a pesar de que el aire gélido y tenue sólo transporta las partículas más finas de sonido hasta nuestros oídos, con pe¬queñas y suaves vibraciones, como las olas del más puro y liviano de los líquidos que se calman enseguida cuando algún elemento grande se hunde hacia el fondo. Los sonidos llegan claros como campanadas, como si hubiera menos im¬pedimentos que en verano que los desvanecie¬ran y desgarraran. El paisaje es sonoro, como la madera seca; hasta los habituales ruidos rurales son melodiosos, y el tintineo del hielo sobre los árboles es suave y líquido. Hay la mínima hu¬medad posible en la atmósfera, todo está seco o congelado, y es de una tenuidad y elasticidad tan extremas que se convierte en una fuente de placer. El cielo lejano y tenso parece converger como las naves de una catedral, y el aire lustro¬so centellea como si hubiera cristales de hielo flotando. Quienes han residido en Groenlandia nos dicen que cuando hiela «el mar ahuma co¬mo cuando se quema un campo de hierba, y se levanta una bruma o niebla llamada “humo he¬lado”, un humo cortante que suele producir am¬pollas en la cara y las manos, muy pernicioso para la salud». Pero este frío puro y estimulante, en cambio, es un elixir para los pulmones, no tanto una neblina helada como una calina cris¬talizada de pleno verano, refinada y purificada por el frío.

El sol, por fin, se levanta a través del bosque lejano, como si sonara débilmente el címbalo, y derrite el aire con sus rayos, y la mañana viaja con pasos tan veloces que las distantes monta¬ñas occidentales ya se han teñido de dorado. Mientras tanto, caminamos deprisa sobre la nieve en polvo, templados por un calor inte¬rior, disfrutando aún de un veranillo de San Martín en medio de un creciente bienestar de los sentidos y la mente. Si nuestra vida se amol¬dara más a la naturaleza, probablemente no tendríamos que protegernos del frío y el calor, y la consideraríamos nuestra protectora y amiga, como las plantas y los cuadrúpedos. Si alimen¬táramos nuestro cuerpo con elementos puros y sencillos, y no con una dieta estimulante y ca¬lórica, no necesitaríamos para el frío más forra¬je que una ramita sin hojas, pero medraríamos como los árboles, a los que hasta el invierno les parece templado para su crecimiento.

La maravillosa pureza de la naturaleza en es¬ta estación es un hecho de lo más placentero. Todos los tocones podridos, las piedras y vallas musgosas y las hojas muertas del otoño están ocultos debajo de un blanco manto de nieve. En los campos desnudos y en los bosques tinti¬neantes, se ve la virtud que perdura. En los lu¬gares más fríos y desolados, incluso la benevo¬lencia más cálida encuentra apoyo. Un viento frío y penetrante ahuyenta todo contagio y sólo puede resistirlo lo virtuoso; por consiguiente, respetamos como algo dotado de una especie de testaruda inocencia, de firmeza puritana, todo lo que encontramos en lugares fríos e inhóspi¬tos, como las cumbres de las montañas. Todo lo demás parece retirarse en busca de refugio, y lo que queda fuera debe ser parte del marco origi¬nal del universo, de un valor tan grande como el del mismo Dios. Respirar aire límpido es vigo¬rizante. Resulta clara su mayor pureza y delica¬deza, y de buena gana nos quedaríamos fuera hasta tarde; así los vientos también pueden so¬plar a través de nosotros como a través de los ár¬boles sin hojas y aclimatarnos al invierno, como si esperáramos apropiarnos de cierta virtud pu¬ra e inmutable que nos beneficie en todas las estaciones.

En la naturaleza hay un fuego subterráneo y adormilado que nunca desaparece, y que nin¬gún frío puede congelar. Termina por derretir las grandes nieves, y en enero está oculto bajo una capa más gruesa que en julio. En los días más fríos, se desplaza hacia alguna parte y la nieve se funde alrededor de todos los árboles. El fuego está cubierto por la capa más delgada en el campo invernal de centeno, que brota a fina¬les de otoño, y que ahora funde rápidamente la nieve. Sentimos cómo nos calienta. En el in¬vierno el calor simboliza toda la virtud, y pensamos en un delgado riachuelo con sus piedras desnudas brillando al sol y en los cálidos ma-nantiales del bosque con el mismo anhelo que las liebres y los tordos. El vapor que se eleva de los pantanos y las lagunas nos resulta tan queri¬do y familiar como el que sale de la tetera. ¿Qué fuego podría igualar al brillo del sol en un día de invierno, cuando el ratón de campo se asoma junto al muro y el paro carbonero cecea en los desfiladeros del bosque? El calor proviene di¬rectamente del sol, no lo irradia la tierra como en verano; y, cuando sentimos sus rayos sobre la espalda mientras atravesamos a pie algún valle nevado, agradecemos esta benevolencia especial y bendecimos al sol que nos ha seguido en este paseo.

Este fuego subterráneo tiene su altar en el pecho de cada hombre; pues en el día más frío y en la colina más inclemente el viajero abriga en¬tre los pliegues de su capa un fuego más tibio que el que arde en ningún hogar. Un hombre sa¬no, en realidad, es el complemento de las esta¬ciones, y, en invierno, lleva el verano en su cora¬zón. Allí está el sur; hacia allí han migrado todos los pájaros e insectos, y alrededor del tibio manantial de su pecho se reúnen el tordo y la alondra.

Al final, al llegar al comienzo del bosque y después de dejar atrás el pueblo, entramos ba¬jo su protección, como si cruzáramos el umbral y entráramos en una casa toda revestida y llena de nieve. Sigue hermoso y cálido, tan tibio y alegre como en verano. Nos detenemos en me¬dio de los pinos, bajo una luz a cuadros, titi¬lante, que se abre paso sólo un poco por este laberinto, y nos preguntamos si las ciudades habrán oído alguna vez su sencilla historia. Da la sensación de que ningún viajero lo ha ex¬plorado jamás, y por más que la ciencia revele maravillas todos los días en todas partes, ¿a quién no le gustaría escuchar sus anales? Los humildes pueblos de la llanura son su contri¬bución. Sacamos del bosque las tablas que nos cobijan y la leña que nos calienta. ¡Qué im¬portantes son los árboles de hojas perennes en invierno, ese trozo de verano que no se desva¬nece en todo el año, la hierba que no se mar¬chita! Así de simple, con poco gasto de altitud, es la diversidad de la superficie de la tierra. ¿Qué sería de la vida humana sin bosques, sin esas ciudades naturales? Desde la cumbre de las montañas parecen jardines de césped recién cortado, ¿pero adonde iríamos a caminar si no entre estas plantas más altas?

En este claro umbroso cubierto de arbustos de un año, vemos cómo el polvo plateado yace sobre todas las hojas y ramas secas, depositado en formas tan infinitas y lujosas que su misma variedad expía la falta de color. Observad las diminutas huellas de los ratones alrededor de cada tronco y las huellas triangulares de los co¬nejos. Mientras un cielo puro y elástico está sus-pendido sobre toda la escena, como si las impu¬rezas de la bóveda estival, refinadas y encogidas por el casto frío del invierno, hubieran sido aventadas de los cielos sobre la tierra.

En esta estación, la naturaleza desbarata sus distinciones de verano. El cielo parece estar más cerca de la tierra. Los elementos son menos re-servados y definidos. El agua se convierte en hielo, la lluvia en nieve. El día es una noche es¬candinava. El invierno es un verano ártico.

Cuánto más vivos son los seres que viven en la naturaleza, los animales cubiertos de pelaje que sobreviven a las noches gélidas en medio de los campos y los bosques cubiertos de hielo y nieve… ¡y ve salir el sol!

Henry David Thoreau
PASEAR

Traducción
de Silvia Komet

LOS PEQUEÑOS LIBROS DE LA SABIDURÍA

Título original: Walking.
© 1994, Harper Collins Publishers, New York, USA. © 1999, para la presente edición,

José J. de Olañeta, Editor

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s