SADE 1740-1814

Comerse vivo y escurrirse entre tanto.

SADE 1740-1814

A menudo me parece-la mayoría de las veces-que los personajes reales nunca hacen màs que prestarles su carne y la virulencia de sus temperamentos a unas posibilidades que superan lo que verdaderamente son. Por eso nunca deberíamos hablar de ellos aisladamnete, sino al mismo tiempo que de los seres imagioarios que dconicben la mitología o la ficción. Sade no es solamente el hombre excecional que exhumò antes que nadie Maurice Heine: màs allà del espanto enfermizo que acompaña su memoria, Sade es también un pensamiento, si no del pueblo, de la multitud, y fue màs o menos el mismo pensamiento que hacia la misma época inspirò la música de Mozart, bajo el aspecto de Don Giovanni. Es cierto que en este caso la ficción permanece màs acà de la vida. Pero la verdad y la fantasìa se congujan y la amplitud de una o de la otra sin duda no puede agotar la excesiva riqueza de lo posible. Nada se acerca sin embargo a los recursos de crueldad que Sade extrajo de una involuntaria e interminable meditación en la soledad de la prisión: junto a ella, la siniestra astucia de Don Juan parece leve. Esa àspera sed de asesinato voluptuso, que tensa los nervios y le otorga al placer silencioso del ser una crispación enloquecidamente divina y tenebrosa, sin duda alguna responde a la expectativa en principio tìmida, angustiada, y luego sin transiciòn desenfrenada, y siempre, en el furor, despedazando lo posible, que es la sensualidad de los hombres y de las mujeres. ¿Cómo no ver finalmente lo limitado en ese desorden que sobreviene y que le ecige sùbita y soberanamente a cualquiera que acceda al reverso de lo que siempre quiso, que desnude lo que cubrìa, que estrangule u destroce lo que acariciaba? Nadie antes de Sade había evaluado con sanre fría, aviesamente, lo que oculta nuestro corazón y que hace que los lìmites, todos los lìmites, sean sobrepasados. Peus todos, por diferentes que seamos, estamos hechos del mismo material: la misma imagen de horroroso derrumbe obsesiona al monje que cierra su celda a la tentación y al insano en la soledad del crimen, atiborrado de gunebre placer. Otros hombres son frívolos o tiernos y se contenan con uan voluptuosidad agradable, otros incluso responden con indiferencia al vértigo que les ofrece el juego de las pasiones. Pero la vida, la vida innumerable no se detiene hasta no haber tocado, màs allà de lo posible, lo imposible. Quizás un hombre entre mil no zozobre en el horrible deseo de lo imposible, pero a veces…y desde entonces, cuando llegue demasiado lejos, ya no bastarà con decir sencillamente que hizo mal, que debìo detenerse a tiempo.
Nadie podria contradecir que la justicia huamana muestra su debilidad al condenarlo y atribuirle la culpa-aunque sin embargo sepa que la vida asume la culpa en el condenado, que la asume sin poder dejar de asumirla ni por un instante e incluso es necesario agregar que la sanciòn inexorable de las leyes elude el crimen en sì mismo (ya no serìa crimen, sino solamente inocencia criminal). pues sin las leyes que lo condenan
, el crimen acaso serìa lo imposible, pero no se lo considerarìa asì. Y el aluciando por ol imposible quiere tambièn que el objeto de su obsesiòn sea verdaderamente imposible. Tal vez la sociedad no sea entonces la que casiga. A menud el mismo criminal quiere que la muerte respodna al crimen, que le aplique finalmente la sanciòn sin la cual el crimen serìa posible, en lugar de ser lo que es, lo que el criminal anhela.
Vale decir, la vida de los hombre es siempre un diàlogo entre lo posible y lo imposible. Cada uno de nosotros, cuando `puede, se atiene a lo posible: se detiene en el momento en que la certeza se està formando. Lo posible entonces se retira y lo imposible comienza. Pero cada uno de nosotros no somos todos: el movimiento que nos lleva de lo posible a lo imposible, y luego de lo imposible a lo posible, sòlo se efectùa en algunos. la mayoría, evidentemen, no llega al fondo, pero no es posible hacer que nadie lo haga. Se inicia asì el inacabale dialogo entre el que se atreve y los que no se atreven; estos ùltimos se enfrentan a su vez en dos coros, que en ocasiones se confunden: el primero fascinado por el horror, el segudno execrando el crimen con furia. pero nunca es tan riguroso el odio como para que la multitud expectante-y ambos coros-no permanezca suspendida de los labios del culpabre que se atrevio. Es facil decir-y si es preciso, tambièn cantar-que en sus mismos principios Don Juan o Sade son horrosos. Pero se hace silencio cuando a su vez hablan o cantan: porque aununcian que lo que habiamos criedo imposible de pensar. !Desafian el cielo, niegan! Nuestro oido queda golpeado para siempre al escuchar, repitiendose, el “No” de Don Juan. ¿que pueden hacer en efecto nuestros furores u nuestra potencia? ¿que significa nuestra tranquilidad cuando comprobamos la fragilidad y el error de sus designios al condenarlos? Decididamente, su prodigiosa despreocupaciòn nos asombra, nos hace ver en ellos lo que serìamos si las preocupaciones no nos hubiesen hecho bajar la cabeza. VIvimos agobiados bajo el peso de la preocupaciòn que sentimos por nosotros y por los demàs: ellos no se preocupan por los demàs ni por ellos mismos. Asì vivimos deslumbrados por embriagueces y saltos que neustyra pesadez nos prohibe. Si admitieramos que ellos viven segùn sus caprichos y que se desenfran libremente, de inmediato podria derrumbarse el precario refugio que edificaron nuestros temores y del que ellos sacan provecho: uno orden, una tranquilidad son necesarios para las obras que nos crean, son las cuales no existiriamos. Pero còmo, sometipendonos-seriamente-a esas condiciones humillantes, podriamos siquiera esperar los encantos de la sensualidad que la partitura de Mozart expresa con tanta fuerza, que jsutamente las lleva a su pinaculo, la catàstofre, donde el coro elogia la justicia y abruma a la victima.
Ebrio de cruel voluptuosidad, en apariencia ajeno a toda duda, Don Juan elude por su parte el dialogo. Apenas si el Comendador y los tormentos del infierno tienen el poder de arrancarlo por un instante del placer y extraer de su embeleso algunas palabras, donde la esencial es “!No!”. ¿Ese increíble “No” frente al Dios del terror? Pero Sade, que sin duda habría escuchado temblando de alegría ese “!No!” que es la cuspide, supo que su propia vida era y no podía ser mas que un dialogo que opone lo posible y lo imposible. Se conoce a sì mismo. Le fue dado un interminable silencio para conocerse. Y cuando en la Bastilla, de la que no esperaba salir tras diez años de encarcelamiento sin juicio, se describiò bajo los rasgos de Franval,
llego a decir:”Asì era su clase de temperamento; ansiando su tranquilidad a cualquier precio y echando mano torpemente para lograrlo de los medios mas capaces de hacersela perder otra vez.
¿Y si llegaba a obtenerla? Empleaba todas sus facultades morales y fisicas nada mas que para hacer daño…”. El Sade real se difenrencia en efecto del Don Juan de la fàbula en que reconociò lo posible y sus condiciones. Su caracter turbulento y voluptusoso le impidio el cumplirlo hasta el final, pero incesantemente rehizo el proyecto de ordenar su vida. Ese pasaje de Eugènie de Franval es ademàs a la ùncia clave para sus humos contractorios, en aparienca inconsiliabres, y que hacen tan vividas sus cartas (sobre todo las que solo se han editado recientemente).
Cual difícil es darle un sentido claro a tantas exigencias profundas, donde la destrucción requiere la tranquilidad previa, donde la tranquilidad sin embargo no aparece nunca sino con miras a ser destruida de inmediato. Ciertamente es difícil… pues nada es más contrario al ritmo habitual de la vida, pero es importante si la irresistible seducción del placer se refiere a lo inaccesible y el placer es tanto más fuerte cuando su objeto se nos escapa. Lo cual tiene, desde un principio, dos aspectos: el placer, que cuando es menor nos parece vil, sin embargo se acerca al valor en sentido profundo cuando ya no se liga a la ventaja egoísta; y el valor depende tanto de la aniquilación del ser como del ser. Dicho de otro modo, el ser no está completamente dado en sí mismo, mediante la plenitud y la generosidad del placer, sino cuando abandona lo posible por lo imposible, en la despreocupación.
Si supieramos que en el fondo es asì, ¿por què quedariamos suspendiso, como exorbitados moralmente, cuando vemos a Don Juan morir fulminado en escena? Esa muerte es el gran momento de la vida, donde la autenticidad del palcer se funda en lo imposible que ha alcanzado. Asimismo debemos agradecerle a Sade que nucna lo confunda con el esparcimiento, al hacer de la voluptosidad la ùnica berdad y la ùnica medida. Para èl la voluptoosidad es la parte del hombre que ha traspasado los lìmites de lo posible. En apariencia, el hombre puede asegurar la felicidad, la tranquilida, pero a partir de ese momento se trata de insolencia, de provocaciòn.
Y esa felicidad, esa prosperidad no les importa, sino porque tornan mas flagrante el desafio,. Recordemos que Franval, una vez alcanzada la tranquilidad, solo pensaba en alterarla. Pues en la senda lo imposible, lo que ante todo resulta imposible es detenerse. La grandeza de Sade consite en haber comprendido que el placer suponìa, exigìa, la negaciòn de lo que constituye lo posible de la vida, y que era tanto màs fuerte cuanto mas violenta era la negaciòn y se digiria a los objetos que encarnaban con mayor encanto lo posible de la vida.
Lo que en este plano nos engaña-que responde a la irresistible necesidad que tuvo Sade de desafiar al gènero humano en su conjunto-es la chatadura aparente de los càlculos sobre los cuales establece su sistema. No hay otros interes, nos dice, que el placer… Olvida casi voluntariamente que la base de esos càlculos es la despreocupaciòn. Quien atiende al interes vela para hacer perdurable la posibilidad de su placer. Sade tuvo tanta despreocupaciòn que nucna intento, de manera consecuente, darles coherencia a los diferentes calculos de su egosimo. Finalmente, la despreocupaciòn es el unico sentido de un discurso que no deriba de la voluntad de persuadir, sino de desafiar; desreocupaciòn a la cual le dio el alcance decisivo de presidir la elecciòn de lo imposible, el rechazo de todo lo posible.
Nosotros vivimos en lo posible, a lo que nos ata a la gravedad. Pero en un putno no puede sorprendernos percibir que se le dè curso, con violencia, al pensamiento que surge de la exigencia opuesta del desafìo.

Por Georges Bataille
Adriana Hidalgo editores

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