Poemas de Georges Bataille

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La Discordia

Diez cien casas se derrumban
cien y luego mil muertos
en la ventana de la nube

Vientre abierto
rostro alzado
reflejo de extensos nubarrones
imagen de cielo inmenso

Más arriba
que lo alto del cielo oscuro
más arriba
en una loca hendidura
una estela de luz
es el halo de la muerte.

Hambre tengo de sangre
Hambre de tierra ensangrentada
Hambre de pescado hambre de rabia
Hambre de basura hambre de río

Yo

Corazón ávido de luz
vientre codicioso de caricias
el sol falso falsos los ojos
palabras portadoras de la peste

la tierra ama los cuerpos fríos.

Lágrimas de hielo
equívoco de las pestañas

labios de muerta
inexpiables dientes
ausencia de vida
desnudez de muerte.

A través de la mentira, la indiferencia, el castañeteo de los dientes, la dicha insensata, la certidumbre.
En el fondo del pozo. diente con diente de la muerte, una ínfima parcela de vida cega­dora nace de una acumulación de desechos.
Huyo de ella, ella insiste; inyectado, en la frente, un hilillo de sangre se mezcla con mis lágrimas y baña mis muslos.
Ínfima parcela nacida de la superchería, de avaricias impúdicas.
Tan indiferente ante si misma como ante lo alto del cielo, y pureza de verdugo, de explosión que suspende los gritos.

Abro en mí un teatro
donde se representa un falso sueño
un simulacro sin objeto
una vergüenza que me hace sudar

no hay esperanza
la muerte
la vela apagada de un soplo

Mientras tanto leo las Noches de Octubre, asombrado al percibir un desajuste entre mi grito y mi vida. En el fondo, soy como Gérard de Nerval, me encantan los cafetines, las naderías (¿más equívoco?). Recuerdo en Tilly cómo me gustaban las gentes del pueblo, cuando surgían de las lluvias, del barro del frío, las viragos del bar disponiendo las botellas y la nariz (las napias) de los mocetones jornaleros de granja (borrachos, embarradas las botas); por la noche, las canciones populares plañían en sus gargantas rudas; hubo idas y venidas bulliciosas, pedos, risas de muchachas en el patio. Era feliz al escuchar su vida, garabateando en mi libreta, acostado en una habitación sucia (y helada). Ni sombra de preocupación, feliz con el calor de los gritos, con el embrujo de las canciones: su melancolía apretaba la garganta.

El techo del templo

Sensación de un combate decisivo del que ya nada me apartaría ahora. Siento miedo al tener la certeza de que ya no evitaré el combate.

¿La respuesta no sería: “que olvide este asunto”?

Me pareció ayer haber hablado con mi espejo.
Me pareció ver bastante a lo lejos como a la luz de los relámpagos una región adonde ha llevado la angustia… Senti­miento suscitado por una frase. He olvidado la frase: iba acompañada de un cambio perceptible, como un resorte que cortase los lazos.

Percibí un movimiento de retroceso, tan decepcionante como el de un ser sobrenatural.
Nada más distante ni más opuesto a la malevolencia.

Sentía como un remordimiento la imposibilidad absoluta de anular mis afirmaciones.

Como si una intolerable opresión nos desazonara.

Deseo —que hace temblar— de que la fortuna que sobre­venga, en la incertidumbre de la noche, imperceptible, sea sin embargo aprovechada. Y por fuerte que fuera ese deseo, no podía sino observar el silencio.

Solo en la noche, me quedé leyendo, abrumado por ese sentimiento de impotencia.

Leí Berenice entero (nunca lo había leído). Una sola frase del prólogo me detuvo: “… esta tristeza majestuosa que consti­tuye todo el placer de la tragedia”. Leí, en francés. El Cuervo. Me levanté, contagiado. Me levanté y cogí papel. Recuerdo la prisa febril con la que llegué a la mesa: sin embargo, estaba tranquilo.

Escribí:

avanzó
una tempestad de arena
no puedo decir que
en la noche
avanzó como un muro de polvo
o como el remolino plisado de un fantasma
me dijo ella
dónde estás
te había perdido
pero yo
que nunca la había visto
grité entre el frío
quién eres
demente
y por qué
fingir
no olvidarme
en ese momento
oí caer la tierra
corrí
atravesé
un interminable campo
me caí
el campo cayó también

un sollozo infinito el campo y yo
cayeron

noche sin estrella
vacío mil veces apagado
un grito así
acaso te atravesó alguna vez
una caída tan larga.

Al mismo tiempo, el amor me enardecía. Yo estaba limitado por las palabras. Me consumí de amor en el vacío, como en presencia de una mujer deseable y desvestida, pero inaccesible. Sin poder tan siquiera expresar un deseo.

Atontamiento. Imposible irse al lecho pese a la hora y el cansancio. Habría podido decir de mí mismo, al igual que hace cien años Kierkegaard: “Tengo la cabeza tan vacía como un teatro en el que acaba de terminar la función”.

Al mirar fijamente el vacío ante mi una súbita imantación violenta, excesiva, me unió a ese vacío. Veía ese vacío y no veía nada, pero él, el vacío, me abrazaba.

Mi cuerpo estaba crispado. Se contrajo como si, desde sí mismo, hubiera tenido que reducirse a la extensión de un punto. Una fulguración duradera iba desde ese punto interior hasta el vacío. Yo gesticulaba y reía, los labios abiertos, los dientes desnudos.

Me arrojo adonde los muertos

Es mi desnudez la noche
las estrellas son mis dientes
me arrojo adonde los muertos
revestido de blanco sol

La muerte habita en mi corazón
como una viudita
solloza se abandona
tengo miedo podría vomitar

la viuda lanza su risa al cielo
y desgarra los pájaros

Ante mi muerte
los dientes de caballo de las estrellas
relinchan de risa yo muerto

muerte pelada
tumba húmeda
sol manco

el enterrador de dientes de muerto
me hace desaparecer

el ángel de vuelo de cuervo
grita
gloria a ti

Soy el vacío de los ataúdes
y la ausencia del yo
en el universo entero

las trompas de la alegría
suenan insensatamente
y el blanco del cielo estalla

el trueno de la muerte
inunda el universo

demasiado gozo
voltea las uñas

Imagino
en la profundidad infinita
la llanura desierta
diferente del cielo que contemplo
que ya no alberga esos puntos de luz vacilantes
sino torrenciales llamas
más grande que un cielo
cegador como el alba

abstracción informe
rayada por resquebrajaduras
montón
de inanidades de olvidos
por una parte el sujeto YO
y por otra el objeto
universo hecho trizas de nociones muertas
al que YO arrojo llorando los desechos
las impotencias

los hipos
los discordantes cantos del gallo de las ideas
oh nada concebida
en la fábrica de la infinita vanidad
tal que una caja de dientes postizos
YO asomado a la caja
YO tengo
gran deseo de vomitar deseo

oh fracaso mío
éxtasis que me traspone
cuando grito
tú que eres y serás
cuando yo ya no exista
X sorda
mazo gigante
destrozando mi cabeza.

El titilar
lo alto del cielo
la tierra
y yo

Mi corazón te escupe estrella

incomparable angustia

me estoy riendo pero tengo frío.

PRE-TEXTOS POESIA

Georges Bataille

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