Mi madre

"Toyen" (María Cerminova)

En este estado volví a dormirme. Cuando me desperté, Hansi lloraba en el sofá. Estaba tumbada de bruces y lloraba. O más bien, con el puño en la boca, contenía el llanto. Fui hacia ella y, suavemente, le pedí que subiera conmigo a la habitación. No me habló, pero aceptó acompañarme, y sólo una vez en la cama volvió a temblar conteniendo las lágrimas. Imaginé que el cuerpo dormido de Lulú, con el rostro marcado, seguía tendido en el comedor.
—Hansi —le dije— no volveremos a hacerlo nunca más.
No contestaba, pero dejó libre curso a sus lágrimas.
Muchas horas más tarde, Hansi me dijo finalmente con voz ahogada:
—Pierre, te debo una explicación, pero es horrible.
Y añadió:
—Lo he hecho a pesar mío y ahora siento que todo está perdido… Tu madre…
Estalló en sollozos.
—Es demasiado difícil… No puedo más. Te quiero demasiado, pero todo está perdido. Déjame.
Lloraba sin parar hasta que, por fin, entre sollozos, me habló:
—Sabías que yo era, que soy amante de tu madre, sabes que se ha dejado arrastrar por los mismos juegos a los que acabamos de entregarnos. Hasta el mismo día en que se fue, empleó todos los medios para arrastrarme a mí también. No era muy difícil. Lulú estaba siempre en casa. Era desde hacía tiempo mi amante, bajo el odioso disfraz de sirvienta en el que ella se complace: esta relación prolongaba los juegos infantiles en los que Lulú, que tenía un carácter violento, me forzaba a pegarla y a humillarla. Hubo siempre una especie de demencia en nuestras costumbres, Lulú me dominaba, me imponía su voluntad. No estaba contenta hasta que conseguía ponerme fuera de mí. En ese momento, me entraba la rabia lúcida que pudiste apreciar hace poco. Tu madre obtuvo la complicidad de Lulú tanto más rápido cuanto que, al negarme yo a compartirlas, Lulú comprendió en seguida que la única manera de gozar de mí sería aceptando las juergas de tu madre. Yo, por mi parte, acepté, al igual que lo hice cuando empezamos a querernos, seguir únicamente el juego de la sirvienta. Pero lo peor empezó el día en que tu madre, tras haberme emborrachado, consiguió lo que se proponía: aquel día, me porté como hace un rato. ¡Y pegué a Lulú delante de tu madre!
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La madre de Pierre arrastró pues a Hansi en sus orgías colectivas. Y ahora, a punto de volver, le comunica su voluntad: todo debe volver a empezar, pero esta vez en presencia de Pierre.
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—¡Me he negado! —me dijo Hansi.
—¡Naturalmente! —exclamé.
Pero, en su angustia, subsistía calladamente el deseo de responder a la delirante propuesta de mi madre, de no rechazar aquel prodigio de desdicha y desgarro que era mi madre. Amaba a Hansi, pero amaba en ella la posibilidad de naufragar en el amor, aunque me asustaran las turbias fiestas de mi madre, por lo menos las que yo imaginaba, presa de este temor y de la dulzura a la que se mezclaban la posibilidad del sufrimiento y el sentimiento de una amenaza de muerte… En cuanto hube dicho con fuerza aquella palabra «¡Naturalmente!», sentí no sólo que me encontraba a merced de mi madre, sino también que deseaba el abismo al que me arrastraba desde tan lejos. Ante la idea de perder a Hansi, los sollozos me sacudían y me ahogaban. Pero el recuerdo de la noche de exceso de Hansi me hacía pensar: «Tú misma, Hansi, no podrás quedarte al borde del precipicio, el mismo torbellino te arrastrará».
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Pierre y Hansi vuelven al lado de Lulú.
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—Queremos alegrarnos contigo —dijo Hansi—. Para nosotros, todo ha terminado, vuelve su madre. Alégrate, vamos a sufrir, y te ayudaremos a compartir nuestro sufrimiento, para trocarla por alegría.
Lulú, hablando con dificultad, preguntó:
—¿Cuándo vuelve?
—No lo sabemos, pero ya la locura invade la casa. Como peor te portes, mejor responderás a lo que nos atosiga.
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Un poco más tarde, Lulú me dijo:
—Tened piedad de mí, pedidme lo peor. ¿No hay nada más sucio que yo pueda hacer? ¡Qué lástima! Pierre, ¿sabes cómo se divertía tu madre en El Cairo? ¿Qué hacía con los hombres, por la noche, en las esquinas sucias de las calles? No puedes saber hasta qué punto, en tu lugar, estaría orgullosa de ella, en silencio. Ahora está en el barco navegando hacia nosotros. Lo hacía todas las noches: no puedo hablar sin que se me humedezcan los labios. Ahora, soy feliz. O, mejor aún, sería feliz si, al morir, pudiera besar los pies de tu madre.
Hansi y yo la besamos en una especie de convulsión dolorosa y febril. Hasta Hansi se entregaba, y la idea de mi madre le proporcionaba el mismo éxtasis agotador, desdichado, sufrido que a Lulú y a mí. Ya ni tan siquiera bebíamos. Sufríamos y gozábamos amargamente de sufrir.
Todo el día abatidos, pasábamos de un sueño frágil, más parecido al dolor adormecido que al sueño mismo, a una voluptuosidad que era el mosto de la voluptuosidad. Estábamos confinados en aquella parte del apartamento que comprendía el cuarto de Hansi, el baño y el gran salón y que Hansi llamaba «ala secreta» por ser desde dentro, muy fácil de aislar. A veces nos tumbábamos en la alfombra, a veces en el sofá. Íbamos desnudos, deshechos, ojerosos, pero aquellos ojos parecían hermosos, como un resorte roto, y a veces, gracias a un disparo imprevisto, convertíamos un torbellino hueco en un trueno. De pronto, oímos que alguien llamaba a la puerta del pasillo.
Habían llamado a la entrada exterior del cuarto de baño. Quienquiera que fuera conocía sin duda la casa. Tenía la impresión de que había transcurrido mucho tiempo desde la noche anterior. Puse mí bata y abrí. No había nadie cerca de la puerta, pero, en el fondo del pasillo y bajo una luz tenue, vi a dos mujeres que parecían desnudarse —quizás vestirse—. Una vez terminada la operación, vi de lejos que las dos llevaban máscaras de soberbios reflejos. Iban, efectivamente, vestidas, pero no llevaban más que una camisa y un pantalón bombacho de encaje. Entraron sin más y sin decir palabra. Una de ellas cerró el pestillo interior y después las dos pasaron del cuarto de baño a la habitación y de allí al salón donde acabaron de despertar a mi amante y a su sirvienta. Sus máscaras y el maquillaje me impedían reconocerlas. Comprendí, no obstante, muy pronto que una de ellas era sin duda mi madre, y la otra Rea: si no hablaban, era seguramente con el fin de aumentar, de ser posible, mi angustia. Y la angustia que me causaban crecía a la par que la de ellas. Una de ellas habló al oído de Lulú, quien fue repitiendo en voz alta lo que escuchaba. Me pareció que el discurso iba dirigido ante todo a mí, a mi angustia. Desde la víspera, ellas habían ocupado su tiempo en juegos que las habían agotado tanto como los nuestros a nosotros. No quedaba nada de la insolente alegría que tenían aquellas cuatro mujeres, de quienes ya no dudaba de que una era mi madre y la otra Rea. «No vinimos», decían, «con otras mujeres —u otros hombres— que nos habrían distraído de un elemento que nos turbaba profundamente».
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De pronto, me encontré ante mi madre; se había liberado de toda sujeción, había arrancado 3a máscara y miraba oblicuamente, como si con aquella sonrisa oblicua hubiera aliviado el peso bajo el que sofocaba.
—No me has reconocido —dijo—. No has podido alcanzarme.
—Te he reconocido —contesté—. Ahora, descansas en mis brazos. Cuando haya llegado la hora de mi último suspiro, no estaré más agotado que ahora.
—Bésame —dijo mi madre—, para dejar de pensar. Pon tu boca en la mía. Ahora, sé feliz, como si no estuviera hecha una ruina, como si no estuviera acabada. Quiero hacerte entrar en ese mundo de muerte y de corrupción en el que ya sientes muy bien que estoy encerrada: sabía que te gustaría. Quisiera que ahora deliraras conmigo. Quisiera arrastrarte en mi muerte. Un corto instante del delirio que te daré ¿acaso no vale el universo de necedad en el que el mundo se congela? Quiero morir, «he quemado mis naves». Tu corrupción era toda mi obra: te daba lo que poseía de más puro y más violento, el deseo de no amar más que aquello que me arranca la ropa. Esta vez, es la última.
Mi madre se quitó delante de mí la camisa y el pantalón. Se acostó desnuda.
Yo ya estaba desnudo y me acosté a su lado.
—Sé ahora —dijo ella— que sobrevivirás después de mí y que, al sobrevivir, traicionarás a una madre abominable. Pero, si más tarde te acuerdas del abrazo que pronto nos unirá, no olvides la razón por la que me acostaba con mujeres. No es el momento de hablar del harapo humano que fue tu padre: ¿era realmente un hombre? Lo sabes, me gustaba reír, y quizás no he terminado aún. Jamás sabrás hasta el último instante si me reía de ti… No te he dejado contestar. ¿Sabré aún si tengo miedo o si amo demasiado? Déjame tambalearme contigo en esta alegría que es la certeza de un abismo más entero, más violento que cualquier deseo. La voluptuosidad en la que naufragas es ya tan grande que puedo hablarte libremente: tras de mí, vendrá tu desfallecimiento. Entonces, me iré, y jamás volverás a ver a quien te esperó para no darte más que su último suspiro. Ah, aprieta los dientes, hijo mío, te pareces a tu picha, a esa picha chorreante de rabia que irrita mi deseo como un puño.

Georges Bataille

Mi madre

Título original: Ma mère
Georges Bataille, 1966
Traducción: Paula Brines
Editor digital: ugesan64e

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