LA VOLUNTAD DE LO IMPOSIBLE

imposible

LA VOLUNTAD DE LO IMPOSIBLE:
1

La noche estrellada es la mesa de juego donde se juega el ser: arrojado a través de ese campo de posibilidades efímeras, caigo de lo alto, desamparado, como un insecto dado de vuelta.
No hay razón para considerar que la situación sea mala: me gusta, me enerva y me excita.
Si perteneciera a la “naturaleza estática y dada”, estaría limitado por leyes fijas, debiendo gemir en ciertos casos, gozar en otros. Jugándome, la naturaleza me lanza más allá de si misma…-más allá de los limites y de las leyes que la hacen loable para los humildes. Debido a que fui jugado, soy una posibilidad que no era.
Excedo todo lo dado del universo y pongo en juego la naturaleza.
Estoy en el seno de la inmensidad, el máximo, la exuberancia. El universo podría prescindir de mí. Mi fuerza, mi impudor derivan de ese carácter superfluo.
Si me sometiera a lo que me rodea, interpretando, convirtiendo la noche en una fabula para niños, renunciaría ese carácter. Inserto en le orden de las cosas, tendría que justificar mi vida- en los planos confusos de la comedia, de la tragedia, de la utilidad.
Al negarme, al rebelarme, no tengo que perder la cabeza.
Delirar es demasiado natural.
El delirio poético no puede desafiar íntegramente la naturaleza: la justifica, acepta embellecerla. La negación le corresponde a una conciencia clara que evalúa su posición con una atención calmada.
La distinción de las diversas posibilidades, en conciencia la facultad de ir hasta el fondo de lo más lejano, le corresponde a la atención calmada.
2

Cada cual puede, si así lo prefiere, bendecir una naturaleza caritativa, arrodillarse ante Dios…
No hay nada en nosotros que no este constantemente en juego, que no este abandonado.
La súbita aspereza de la suerte desmiente la humildad, desmiente la confianza. La verdad responde como una cachetada en la mejilla ofrecida por los humildes.
El corazón es humano en la medida en que se rebela.
No ser un animal, sino un hombre, significa la ley (la de la naturaleza).
Un poeta no justifica del todo la naturaleza. La poesía esta fuera de la ley. Sin embargo, aceptar la poesía la convierte en su opuesto, en mediadora de una aceptación. Suavizo el resorte que me impulsa contra la naturaleza, justifico el mundo dado.
La poesía produce penumbras, introduce el equivoco, aleja al mismo tiempo de la noche y del día. Tanto del cuestionamiento como de la puesta en acción del mundo.
¿No es evidente? La amenaza constante pendiente con que la naturaleza nos reduce a lo dado- anulando así el juego que ella juega más allá de si misma- requiere de nosotros la atención y la astucia.
El relajamiento nos saca del juego- al igual que el exceso de atención. El arrebato feliz, los saltos razonables y la calmada lucidez se le exigen al jugador-hasta el momento en que se quede sin suerte, o sin vida.
Me acerco ala poesía con intención de traicionar: el animo astuto es el mas fuerte en mi.
La fuerza perturbadora de la poesía se sitúa fuera de los bellos momentos a los que llega: comparada con su fracaso, la poesía se arrastra.
La opinión común sitúa aparte a los dos autores que añadieron el brillo de su fracaso al de la poesía.
El equivoco generalmente esta ligado a sus nombres. Pero uno y otro han agotado el movimiento de la poesía-que culmina en su contrario: en un sentimiento de impotencia para la poesía.
La poesía que no se eleva hasta la impotencia de la poesía todavía el vacio de la poesía (la bella poesía).
3

La senda en la que el hombre se ha internado, si pone en cuestión la naturaleza, es esencialmente negativa. Va de refutación en refutación. No podemos seguirla sino con movimientos rápidos y abruptamente cortados.
La excitación y la depresión se sucende.
El movimiento de la poesía parte de lo conocido y conduce a lo desconocido. Si se consuma, ronda la locura. Pero el reflujo comienza cuando la locura cerca.
Lo que se ofrece como poesía en general no es más que el reflujo: humildemente. El movimiento hacia la poesía quiere permanecer en los límites de lo posible. Sea como sea, la poesía es una negación de si misma.
La negación en que la poesía se supera a si misma tiene mas consecuencias que un reflujo. Pero la locura no posee más medios que la poesía para mantener dentro de ella misma. Hay poetas y locos (e imitadores de unos y otros): poetas y locos solo son momentos de detención. El límite del poeta es la misma naturaleza que el loco en cuanto a que sólo afecta personalmente, sin ser el límite de la vida humana. El tiempo de detención señalado solo les ofrece a los residuos un medio de mantenerse en simismo. El movimiento de las aguas no se ha demorado.
La poesía no es un conocimiento de uno mismo, menos todavía la experiencia de lo mas lejano posible (de lo que antes no era), sino la evocación por las palabras de esa experiencia.
La evocación tiene la ventaja, con respecto a una experiencia propiamente dicha, de una riqueza y una facilidad infinita, pero alejada de la experiencia (en primer lugar pobre y difícil).
Sin la riqueza vislumbrada en la evocación, la experiencia carecería de audacia y exigencia. Pero esta comienza solamente cuando el vacio- la estafa- de la evocación desespera.
La poesía abre el vacio del deseo. El vacio dejado por la devastación de la poesía es en nosotros la medida de un rechazo- una voluntad de exceder lo dada natural. La misma poesía excede lo dado, pero no puede cambiarlo. Sustituye la servidumbre de los lazos naturales con la libertad de la asociación verbal- la asociación verbal destruye cualquier lazo, pero solo verbalmente.
La libertad ficticia, mas que derrumbar, afirma la coacción de lo dado natural. Quien se contenta con ello a la larga esta de acuerdo con lo dado.
Así persevero en el cuestionamiento de lo dado, al percibir la miseria de quien se contenta con ello, sólo puedo soportar la ficción por un tiempo: exijo la realidad, me vuelo loco.
Mi locura puede afectar al mundo desde el exterior, exigiendo que se lo transforme en ficción de la poesía. Si la exigencia se dirige hacia la vida interior, requiere una potencia que sólo la evocación posee. En ambos casos, experimento el vacio.
Si miento, me quedo en el plano de la poesía, de la superación ficticia de lo dado. Si persevero en un desprecio obtuso de lo dado, mi desprecio es falso (de la misma naturaleza que la superación): la crítica del mundo ella a partir de la poesía es una acumulación d e mentiras. En algún sentido, el acuerdo con lo dado se profundiza. Pero al no poder mentir a propósito, me vuelo loco (dejando de percibir la evidencia), o ya sin saber representar la comedia de un delirio sólo para mí, también enloquezco, pero interiormente: tengo la experiencia de la noche.

4

La poesía no es más que un desvió: con ella escapo del mundo del discurso, es decir, del mundo natural (de los objetos); con ella entro en una suerte de tumba donde la infinidad de los posibles nace de la muerte del mundo lógico.
El mundo lógico muere dando a luz las riquezas de la poesía, pero los posibles evocados son irreales, la muerte del mundo real es irreal; todo es turbio y huidizo en esa oscuridad relativa: allí puedo burlarme de mí y de los demás. Todo lo real no tiene valor y todo valor es irreal. De allí esa fatalidad y esa facilidad de deslizamientos en los que ignoro si miento o si estoy loco. De esa situación visco procede la necesidad de la noche.
La noche no podía evitar ese desvió. El cuestionamiento ha surgido del deseo, que no podía dirigirse ala vacio.
El objeto del deseo es en primer lugar lo ilusorio, en segundo lugar solamente el vacio de la desilusión.
El cuestionamiento sin deseo es formal, indiferente. No es lo que expongo: sucede lo mismo que con el hombre.
La poesía obedece al poder de lo desconocido (lo desconocido, valor esencial). Pero lo desconocido no es más que un vacio blanco si no es el objeto del deseo. Lo poético es el término medio: es lo desconocido disfrazado con brillantes colores y con la apariencia del ser.
Deslumbrado por mil figuraciones donde se componen el hastió, la impaciencia y el amor, mi deseo sólo tiene un objeto: el más allá de esas figuras es el vacio que destruye el deseo.
Todavía deslumbrado, con una vaga conciencia de que las figuras dependen de la facilidad (de la ausencia de rigor) mue las hizo surgir, puedo mantener voluntariamente el equivoco. Entonces el desorden y la escasez de satisfacción me dan la impresión de estar loco.
Las figuras poéticas que obtienen su brillo de una estructuración de lo real quedan a merced de la nada, la tienen que rozar, extraer de ella su aspecto turbio y deseable: ya tiene la extrañeza de lo desconocido, los ojos de ciego.
El rigor es hostil a quien aprecia las figuras, significa la pobreza prosaica.
¿Y si hubiese mantenido el rigor en mí? No habría conocido las figuras del deseo. Mi deseo se despertó con los fulgores del desorden en el seno de un mundo transfigurado. ¿Y si una vez despertado el deseo volviera al rigor?
Al disipar el rigor las figuras poéticas, el deseo esta finalmente en la noche.
La existencia en la noche es como un amante ante la muerte de su amada (Orestes ante la notica del suicidio de Hermìone).
Dentro de la índole de la noche, no puede reconocer lo que esperaba.

El deseo no puede saber de antemano que su objeto era su propia negación. Es penosa la noche en la que zozobran como vacios no solamente las figuras del deseo sino todo objeto de saber. En ella todo valor es aniquilado.

Georges Bataille.

Adriana Hidalgo editores

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