DIONISOS REDIVIVUS

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DIONISOS REDIVIVUS

Satán con la cabeza y las patas de chivo, con el hendido trasero de establo, tal como lo viera una imaginación en vías de extinción, en los siniestros resplandores de los sabbats-bajo esa forma repelente que engendró la malsana néurosis de los cristianos-,¿no es acaso, tan cerca nuestro, la emanación de Dionisos? Los mitos no tienen los límites del individuo como los seres de carne, y en muchos sentidos Dionisos sobrevive bajo el aspecto del Maligno. La vida de un mito es la sensibilidad común de los espíritus ante las palabras, las imágenes o los relatos que le evocan, y a veces esa sensibilidad sobrevive a la creencia. Es el vínculo de una sensación inasible, análoga a la que nos produce una determinada región y que ninguna otra nos produciría, con su complejo de nombres, figuras, leyendas, ritos, en ocasiones simples recuerdos de ritos. Evidentemente, el escepticismo no puede sino ocasionar a la larga la muerte de esa sensibilidad: así los nombres de Dionisos o de los dioses griegos en general no remite a nada sensible para nosotros. No sucede lo mismo con el diablo. Es poca cosa, sin duda. La popularidad de Mefistófeles en el fondo es de baja estofa. Pero si se lo representa con rasgos que no son acordes al sentimiento común, no lo reconocemos: por lo tanto, n hemos dejado de conocerlo. Jules Berry, en los visitantes de la noche, era un Diablo bastante pobre: porque se notaba bien que lo era pero uno lo captaba con cierta molestia por no reconocerlo. El diablo del sabbat es bastante menos conocido. No obstante, basta con tocar una cuerda sensible mediante alguna de las fórmulas todavía admitidas: en seguida se levantan miasmas, chispazos, fulgores y respiramos una bocanada del aire infernal.

Obviamente, nada semejante puede proporcionarnos Dionisos. Hay que aceptarlo: el mito que nos interesa, que nos atrae, que conserva el mayor valor para nosotros, está sin embargo muerto-ya no hay un hombre vivo que no haya muerto para Dionisos-y puedo sentir eso como una verdadera privación. Nadie imaginará una figura más rica, nunca nos relacionaremos con una figura de tan maravillosos jugueteos. Cuando, si lo pensamos, no hay nada allí de lo que podamos prescindir. Los sacerdotes cristianos, que nos privaron de Dionisos, actuaron sobre nosotros como el educador que separa a la madre indigna, velando para que el niño no conserve siquiera su recuerdo. Las huellas que subsisten para nosotros sólo fueron recuperadas con grandes esfuerzos.
Y aun cuando quisiéramos evaluar la magnitud de nuestra pérdida, fue consolidada con tanto rigor que en verdad no podemos sentirla: como ojos secos, no sabemos que deberíamos llorar.

No quiero introducir aquí información arqueológica, pero me hace falta representarme la divinidad de Dionisos como la más ajena a la intención de investir de autoridad (convirtiendo lo religioso inmediato en ética). Al parecer, sería lo divino en estado puro que no ha sido alterado por la obsesión de eternizar un orden dado. Lo divino en Dionisos esta en las antípodas del Padre del Evangelio: es la omnipotencia, es la inocencia del instante. No es vino, sino la embriaguez. Dionisos, ciego a las consecuencias, es la ausencia de razón y el grito sin esperanza-que sólo tiene la instantaneidad del rato-de la tragedia. Además, la tragedia donde no hay individualización del héroe.
Es la libre y ligera tragedia que estalla, fisura, dura, sin salida. La poesía que encarna no es la melancolía del poeta, ni el éxtasis el silencio de un solitario. No es lo aislado sino la multitud, siendo una barrera derribada antes de ser. En torno a él, el aire estridente se colma de gritos, risas, besos !cuando la antorcha humeante de la noche vela los rostros e ilumina los…!, porque no hay nada que le cortejo demente no pisotee.

Pero todo esto no lo sabemos ahora sino a través de los libros y ya no podemos recuperar lo inasible y lo divino que había surgido en el grito de las Bacantes. La imagen todavía familiar del demonio sin duda es cercana y procede de la figura del gran dios. Satán dirigía la ronda de las brujas, Dionisos la de las Bacantes y en amos casos la lubricidad era el calor venenoso de los juegos. Pero en la misma medida (bastante escasa) en que es la supervivencia del dios tracio, Satán tampoco es más que un Dionisos envejecido. Ha perdido el furor inocente y la risa del adolescente: su malicia y su impotencia son socarronas. Lo más claro en el diablo es que es viejo, que es sagaz, calculador, que es ya lejos del éxtasis impersonal. Las dos divinidades (`pues el diablo es divino) encarnan en sus figuras los mismos ritos-gloria, frenesí nocturno: y si no hay necesariamente una continuidad entre esos ritos, hay al menos contacto, contagio. Pero aun si admitiera una continuidad por fusión de un mito al otro, no deja de ser más rico el primero y más pobre el segundo. Puedo decirme que conozco al diablo: entreveo a Dionisos a través suyo, no puedo disimular que de todas maneras sólo es su triste supervivencia, a medida de una humanidad culpable.

Por otra parte el empobrecimiento no obedece más que a la diferencia de épocas. Satán no es solamente Dionisos arrugado y juzgándose culpaba. No es más que la mitad de Dionisos. El mito de la joven divinidad tracia era un mito de sacrifico del dios y de resurrección. Dionisos es un “dios que muere”. En él se encarna no solamente lo sagrado erótico, si no también el sentimiento trágico del sacrificio. Los Titanes devoraron al niño nacido de una madre a la que el padre mismo había fulminado: no renace a la luz sino como resultado de un desgarramiento que perpetuaba las Ménades, consumando en los recién nacidos el furioso sacrificio de la omofagia. Los “misterios” de Dionisos se emparientan así con aquellos misterios de la Antigüedad que hacían de la pasión de un dios el principio de una vida regenerada. Por ende los misterios del diablo no son los únicos que todavía nos hacen conocer la figura del dios.

Es indudable que la pasión y la resurrección de Jesús prolongan sentimientos ligados a las leyendas de las divinidades asesinas de la Antigüedad. No podemos pues limitarnos, en busca del dios perdido, a la sombría reminiscencia del chivo. La imagen de un Cristo resucitado que vive en nosotros-pienso ahora, como un medio para alcanzar de inmediato el aspecto más fuerte de un sentimiento, en el resucitado de Grunewalddo. Pero lo que desaparece en aquella adorable fusión es la maldición, común al diablo y al dios en la cura, lanzándose sobre la vida.

Georges Bataille
Adriana Hidalgo editores

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