El azul del cielo

el azul

Al instante me fui a las Ramblas. Dejé el coche. Entré en el barrio chino. No iba buscando mujeres, pero el barrio chino era el único medio que se me ofrecía para matar el tiempo, por la noche, durante tres horas. A aquellas horas, podía oír cantar a andaluces, a cantantes de cante jondo. Estaba fuera de mí, exasperado, la exasperación del cante jondo era lo único que podía armonizar con mi fiebre. Entré en un cabaret miserable: en el momento en que entré, una mujer casi deforme, una mujer rubia, con cara de bull-dog, se estaba exhibiendo en un pequeño tablado. Estaba casi desnuda: un pañuelo de colores ceñido en torno a sus riñones no disimulaba su sexo muy negro. Cantaba y danzaba contoneando su vientre. Apenas me había sentado cuando otra mujerzuela, no menos repulsiva, se acercó a mi mesa. Tuve que tomar una copa con ella. Había mucho público, más o menos la misma concurrencia que en La Criolla, pero en más sórdido. Fingí no saber hablar español. Sólo una de las chicas era guapa y joven. Me miró. Su curiosidad se asemejaba a una súbita pasión. Estaba rodeada de monstruos con caras y pechos de matrona envueltas en mugrientas mantillas. Un muchacho joven, casi un niño, dentro de una camisa de marinero, de cabello ondulado y empolvadas mejillas, se acercó a la chica que me estaba mirando.
Tenía un aire feroz: esbozó un gesto obsceno, se echó a reír y luego fue a sentarse más lejos. Una mujer encorvada, muy vieja, tapada con un pañolón de los usados por los campesinos, entró con una cesta. Un cantaor vino a sentarse en el tablado con un guitarrista; tras algunos compases de la guitarra se puso a cantar… de la forma más apagada. En aquel momento yo hubiera tenido miedo de que él, como otros, fuera a cantar desgarrándome con sus gritos. La sala era grande: en uno de sus extremos, cierto número de chicas, sentadas en fila, esperaban a los clientes para bailar: bailarían con los clientes en cuanto acabasen las atracciones de canto. Aquellas chicas eran más o menos jóvenes, pero feas, vestidas con míseras ropas. Estaban delgadas, mal nutridas: algunas dormitaban, otras sonreían como bobas, otras, súbitamente, comenzaban a taconear precipitadamente sobre el tablado. Proferían entonces un olé sin eco. Una de ellas, que llevaba un vestido de tela azul pálida, medio ajada, tenía un rostro demacrado y pálido debajo de su cabello estropajoso: era evidente que moriría en pocos meses. Necesitaba dejar de ocuparme de mí mismo, al menos de momento, necesitaba ocuparme de los demás y estar seguro de que cada cual, debajo de su propio cráneo, estaba vivo. Me quedé callado, una hora tal vez, observando a todos mis semejantes en la sala. Luego me fui a otro cabaret, que, a diferencia del anterior, rebosaba animación: un obrero jovencísimo, con mono, daba vueltas y vueltas con una muchacha en traje de noche. El traje de noche dejaba entrever los sucios tirantes de la camisa, pero la chica era deseable. Otras parejas describían vuelta tras vuelta: pronto me decidí a irme. No hubiera podido soportar excitación alguna por más tiempo.
Volví a las Ramblas, compré periódicos ilustrados y cigarrillos: apenas eran las cuatro. Sentado en la terraza de un café, pasaba páginas y páginas de los periódicos sin verlas. Me esforcé en no pensar en nada. No lo conseguía. Una polvorienta carencia de sentido se iba levantando en mí. Hubiera deseado recordar lo que verdaderamente era Dirty.
Cuando vagamente me volvía a la memoria me era algo imposible, espantoso y sobre todo extraño. Un instante más tarde, me imaginaba puerilmente que iría con ella a comer a un restaurante del puerto. Comeríamos todo tipo de cosas fuertes de las que me gustan, luego nos iríamos al hotel: ella dormiría y yo me quedaría al lado de la cama. Estaba tan cansado que al mismo tiempo pensaba dormir cerca de ella en una butaca, o incluso tendido como ella sobre la cama: cuando llegara, los dos nos caeríamos de sueño: sería evidentemente un mal sueño. También estaba la huelga general: una habitación espaciosa con una vela y nada que hacer, las calles desiertas, jaleos. Michel no podía tardar en venir y tenía que quitármelo de encima cuanto antes…
Hubiera deseado no oír hablar de nada más. La cosa más urgente que me dijeran entonces me entraría por un oído y me saldría por el otro. Tenía que dormir, vestido y todo, donde fuese. Me quedé dormido en mi silla en varias ocasiones. Qué podía hacer cuando llegase Xénie. Un poco más tarde de las seis llegó Michel, diciéndome que Lazare le estaba esperando en Las Ramblas. No podía sentarse. No habían llegado a ningún acuerdo: tenía un aspecto tan borroso como el mío. Al igual que yo, tampoco tenía ganas de hablar, estaba dormido, abatido.
Al punto le dije:
—Voy contigo.
Despuntaba el alba: el cielo estaba pálido, ya no había estrellas. Algunas gentes iban y venían, pero las Ramblas tenían algo de irreal: de un extremo a otro de los plátanos era un solo trino de pájaro asombroso; jamás había oído algo tan imprevisto.
Reparé en Lazare, que caminaba por debajo de los árboles. Nos daba la espalda.
—¿No quieres saludarla? —me preguntó Michel.
En aquel preciso momento se volvió y vino hacia nosotros, como siempre vestida de negro. Por un instante me pregunté si no sería ella el ser más humano que nunca hubiese visto; también era una rata inmunda lo que se acercaba a mí. No había que huir y era fácil. En efecto, yo estaba ausente, estaba profundamente ausente.
Me limité a decirle a Michel:
—Podéis iros los dos.
Michel adoptó un aire de no comprenderme. Le estreché la mano, añadiendo que ya sabía dónde vivían uno y otro:
—Coged la tercera calle a mano derecha. Telefoneame mañana por la noche si puedes.
Como si Lazare y Michel, al mismo tiempo, hubiesen perdido hasta la sombra de su existencia. Yo ya no tenía una realidad verdadera.
Lazare me miró. Era de la mayor naturalidad posible. Yo la miré y le hice a Michel un gesto con la mano.
Se fueron.
Yo opté por dirigirme hacia mi hotel. Eran, aproximadamente, las seis y media.
No cerré los postigos. Me quedé dormido inmediatamente, pero se trataba de un mal sueño. Tenía la sensación de que era de día. Soñaba que estaba en Rusia: visitaba como turista una u otra de las capitales: Leningrado más probablemente. Paseaba por el interior de una inmensa construcción de hierro y vidrio, que se parecía a la vieja Galería de las máquinas. Apenas era de día y los polvorientos cristales dejaban pasar una luz sucia. El espacio vacío era más vasto y solemne que el de una catedral. El suelo era de tierra apisonada. Estaba deprimido, absolutamente solo. Por la nave lateral accedí a una serie de salitas en las que se conservaban los recuerdos de la Revolución; aquellas salas no integraban un verdadero museo, pero los episodios decisivos de la Revolución se habían desarrollado en ellas. En un principio habían sido dedicadas a la vida aristocrática e impregnada de solemnidad de la corte del zar.
Durante la guerra, algunos miembros de la familia imperial habían confiado a un pintor francés la tarea de representar sobre las paredes una «biografía» de Francia: éste había trazado, con el estilo pomposo y austero de Lebrun, algunas de las escenas vividas por el rey Luis XIV; en la parte superior de uno de los muros se alzaba una Francia ceñida de túnica y portadora de un voluminoso hachón. Parecía surgida de una nube o de una ruina, casi borrada ya, porque el trabajo del pintor, que quedaba vagamente esbozado por algunos sitios, había sido interrumpido por el motín: aquellos muros tomaban así el aspecto de una momia pompeyana, sorprendida en plena vida por una nube de cenizas, pero más muerta que cualquier otra. Sólo el ruido de pasos y los gritos de los amotinados parecían estar suspendidos en aquella sala, en la que la respiración se volvía penosa, rayana, de tan sensible como en ella se hacía el aterrador carácter repentino de la Revolución, en el estertor o en el hipo.
La sala vecina era más opresiva. No quedaba ya sobre sus muros vestigio alguno del antiguo régimen. El suelo estaba sucio, desnudo el yeso, pero el paso de la Revolución quedaba marcado por numerosas inscripciones hechas con carbón y redactadas por los marineros u obreros que, al comer y dormir en aquella sala, habían querido referir en su burdo lenguaje o con imágenes, más groseras aún, aquel acontecimiento que había trastocado el orden del mundo y que sus agotados ojos habían presenciado. Jamás había visto algo más irritante, ni más humano tampoco.
Me quedaba allí, mirando las groseras y torpes escrituras: los ojos se me anegaban de lágrimas. La pasión revolucionaria se me subía lentamente a la cabeza, quedaba expresada ora por la palabra «fulguración» ora por la palabra «terror». El nombre de Lenin se repetía a menudo en aquellas inscripciones trazadas en negro, semejantes, sin embargo, a rastros de sangre: aquel nombre, extrañamente alterado, tenía una forma femenina: ¡Lenova!
Salí de aquella salita. Entré en la gran nave acristalada sabiendo que, de un momento a otro, iba a explotar: las autoridades soviéticas habían decidido derribarla.
No pude encontrar la puerta y me sentía preocupado por mi vida, estaba solo. Tras un momento de angustia, vi una abertura accesible, una especie de ventana practicada en plena vidriera. Me subí allí y con grandes esfuerzos conseguí descolgarme fuera.
Me encontraba en medio de un desolado paisaje de fábricas, puentes de ferrocarril y descampados. Esperaba la explosión que iba a volar de una vez, de un extremo a otro, el inmenso edificio destartalado de donde yo salía. Me alejé. Caminé en dirección a un puente. En aquel momento, un guardia empezó a perseguirme al mismo tiempo que una banda de niños andrajosos: al parecer, el guardia estaba encargado de alejar a las gentes del lugar de la explosión. Al ponerme a correr les grité a los niños la dirección en la que había que correr. Llegamos todos debajo de un puente. En aquel momento les dije en ruso a los niños: «Zdies, mojno…». «Aquí, nos podemos quedar». Los niños no respondían: estaban excitados. Mirábamos juntos el edificio: se pudo ver que explotaba (pero no oímos ningún ruido: la explosión desprendía un humo oscuro que no se disipaba en volutas, sino que ascendía hacia las nubes, recto, semejante a los cabellos cortados a cepillo, sin la menor luminosidad, todo quedaba irremediablemente sombrío y polvoriento…). Un tumulto sofocante, sin gloria, sin grandeza, que se perdía en vano, a la caída de una noche de invierno.
Aquella noche no era ni siquiera de helada o de nieve.
Me desperté.
Estaba tendido, atontado, como si aquel sueño me hubiera vaciado. Miraba confusamente al techo y, por la ventana, un trozo de cielo brillante. Tenía una sensación de huida, como si me hubiera pasado la noche en tren, en un compartimento abarrotado.
Poco a poco me fue volviendo a la memoria lo que ocurría. Salté de la cama. Me vestí sin lavarme y bajé a la calle. Eran las ocho.
La jornada comenzaba en un encantamiento. Sentí el frescor de la mañana, a pleno sol. Pero tenía mal sabor de boca, no podía más. No me preocupaba la respuesta, pero me preguntaba por qué aquel caudal de sol, aquel caudal de aire y aquel caudal de vida me habrían arrojado a las Ramblas. Me sentía extraño a todo y, definitivamente, estaba marchito. Pensé en las burbujas de sangre que se forman a la salida del orificio practicado por un carnicero en la papada de un cerdo. Sentía una preocupación inmediata: tragar lo que pondría fin a mi sensación de repugnancia física, luego afeitarme, lavarme, peinarme y, por último, bajar a la calle, beber vino fresco y andar por las calles soleadas. Bebí un vaso de café con leche. No me sentí con fuerzas para volver. Me hice afeitar por un peluquero. Una vez más fingí no saber español. Me expliqué por señas. Al salir de las manos del peluquero volví a tomarle cierto gusto a la existencia. Volví para lavarme los dientes con la mayor rapidez posible. Quería bañarme en Badalona. La playa estaba desierta. Me desnudé en el coche y no me tendí en la arena: entré corriendo en el mar. Dejé de nadar y miré al cielo azul. En la dirección del Nordeste: por el lado en el que el avión de Dorothea aparecería. Estaba de pie, el agua me llegaba al estómago. Veía mis piernas amarillentas en el agua, los dos pies en la arena, el tronco, los brazos y la cabeza por encima del agua. Sentía la irónica curiosidad de verme, de ver lo que, sobre la superficie de la tierra (o del mar), podía ser aquel personaje prácticamente desnudo a la espera de que unas horas después el avión surgiese desde el fondo del cielo.
Empecé a nadar de nuevo. El cielo era inmenso, era puro, y yo hubiera querido reírme dentro del agua.
Georges Bataille
El azul del cielo
La sonrisa vertical 44

ePub r1.0ugesan64 25.10.14
Título original: Le Bleu du ciel
Georges Bataille, 1957
Traducción: Ramón García Fernández
Retoque de cubierta: ugesan64
Editor digital: ugesan64
ePub base r1.2

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