ESCÁNDALOS EN EL PENSIONADO

Lyubov Kazantseva

Yvonne era una joven rubia, agraciada, bastante coqueta y de sonrisa agradable, y la visión de la bragueta abierta de Ernest hizo asomar a su rostro una ligera mueca, más bien infantil que de reproche.
—Ah, pillín, pillín, ¿a qué juegas aquí tan solo? —exclamó.
—Te esperaba, Yvonne. Hacerlo entre dos resulta mucho más placentero. Vamos, enséñame tu pequeño trasero.
—Oh, pero tengo un poco de miedo. Aquí es muy difícil pasar desapercibida. Creo que la señorita Madelonnette sospecha algo, porque no dejaba de hablar en el salón con la señora O’Kard y miraban a las alumnas como si pretendieran contarlas. Pero es usted muy travieso, señor Ernest, no sólo quiere que me quite las bragas, sino que también le enseñe el chochito.
—Sí, eso mismo, pequeña.
—Haga lo que quiera, pero deprisa, porque temo que me descubran.
—Pierde cuidado. Sabine nos avisaría con el tiempo suficiente para que podamos arreglarnos y componer nuestras posturas, para fingir que estamos repasando una lección juntos.
—Sí, sí, pero no me presione tan fuerte con su enorme dedo entre las piernas porque eso me hace un poco de daño.
—¿Prefieres que te toque con este otro?
Se sacó el miembro de los calzoncillos y se lo mostró, largo e hinchado, a la muchacha. Ésta, en lugar de amedrentarse, lo cogió suavemente entre los dedos.
—Oh, desde luego es mucho mejor así —aseguró Yvonne y le miró con picardía—. ¿Qué quiere que le haga, señor Julie?
Estalló en carcajadas apenas contenidas al darse cuenta de que se le había escapado el apodo, en lugar del verdadero nombre. El hombre le sujetó la cara a la altura de sus rodillas y la abofeteó suavemente con la verga.
—Pequeña cerdita, me has llamado señor Julie. Anda, dame un beso en el falo, vamos, un beso en mi pequeño falo.
—Su falo no es tan pequeño, además es agradecido y se deja acariciar.
En ese momento hizo su aparición Sabine, la cual no se inmutó ante el espectáculo que se ofrecía a sus ojos.
—Creo que podemos estar tranquilos, no viene nadie —susurró.
—¿Vienes acaso a buscar tu ración? —preguntó Ernest.
Sabine movió la cabeza con un ademán afirmativo. Él le indicó que se subiera al banco donde se hallaba sentado. La muchacha obedeció al instante, se recogió la falda y le acercó su joven y terso trasero.
Sabine era morena y un poco más entrada en carnes que Yvonne. Tomándola por las caderas, de espaldas, Ernest la situó erguida frente a él, se colocó los pies de la muchacha sobre las piernas, enterró la cara en el trasero que así se le ofrecía y empezó a cubrirlo con grandes lametones, extasiado en su labor. Mientras tanto, Yvonne se entretenía con su verga.
Ernest se deleitaba con la vulva de Sabine, presa de una excitación cada vez mayor, mientras sus manos buscaban los pezones de ésta para acariciarlos. Ella apoyaba con más fuerza el trasero contra la cara de Ernest, y respondía con movimientos de cadera a los lametones de éste. Entre sus piernas, Yvonne rendía culto al miembro viril, lo miraba, lo acariciaba con los dedos y lo lamía.
El tamaño del falo aumentaba por momentos y se precipitaba con brusquedad hacia la boca de la excitada muchacha.
De vez en cuando, Ernest detenía el juego durante unos instantes contemplaba complacido la tranquilidad que les rodeaba, lanzaba una mirada a sus jóvenes compañeras y sonreía sumamente complacido, antes de reanudar los escarceos, cada vez más intensos.
Había sabido repartir el placer a la perfección. Por lo general, a Yvonne le correspondía su verga, mientras que él debía concentrarse en lamer a Sabine utilizando las manos y la lengua.
Las caricias eran recíprocas; él se abría por completo el pantalón para que Yvonne pudiera meter la cabeza hasta el fondo, ávida por aspirar el olor masculino. Sabine se agachaba y levantaba voluptuosamente, contorneando todo su cuerpo, para que él pudiera así disfrutar mejor de sus atributos femeninos.
Cuando la excitación alcanzaba un punto casi excesivo, y Ernest percibía que se aproximaba el momento de eyacular, acariciaba la cabeza de Yvonne y ésta le comprendía sin que fuera necesario pronunciar palabra alguna. Tomaba el pañuelo que él había dejado sobre el banco, se lo colocaba como si fuese un babero y se dedicaba a provocar el estallido del chorro con las caricias de sus dedos y la boca.
Esta especie de acuerdo al que habían llegado sin necesidad de hablarlo, siempre concluía bien, ya que hacía tiempo que practicaban el mismo juego y había pocas variantes. La mayoría de las veces sucedía de esta manera.
Pero ese día la eyaculación final se demoraba más de lo habitual. Los deseos de Ernest eran demasiado violentos. Necesitaba algo más, pues las caricias se le antojaban como el simple aperitivo que precede a la gran sacudida final. Por el momento, ellas le endurecían el falo, pero no conseguían hacer manar el líquido divino.
Había bajado dos o tres veces a Sabine, con la intención de sentarla sobre él, pero era en vano, ya que Yvonne siempre conseguía apartar a su amiga de un empujón.
El tiempo transcurría lentamente, cada uno de ellos inmerso en su tarea, y las bocas comenzaban a calmarse, Sabine bajó del banco, con la mano de Ernest todavía en las profundidades de la falda, y echó un vistazo impaciente al otro lado del bosquecillo.
—¡Oh! Parece que este diablillo no quiere correrse —exclamó Yvonne.
—Dale el culo en lugar de la boca, quizá eso conseguirá que se vacíe.
—¿Era ésa la razón por la que intentabas bajar a Sabine?
—Sí.
—Pero si me humedeces la camisa, terminarán por descubrirlo todo.
—No tienes más que levantártela del todo.
—¿Y el corpiño?
—Quítatelo.
—Pero si viniera alguien no me daría tiempo de volvérmelo a poner.
—No te preocupes, lo escondería y luego te lo llevaría.
En el momento en que ella se estaba desabrochando el corpiño, sonó la campana que recordaba a las alumnas el fin del recreo. Yvonne no pudo ocultar su disgusto, pero era imposible continuar con la labor. No les quedaba más remedio que volver inmediatamente.
—Lástima que haya sonado la campana. Tendremos que irnos y dejarlo para otro día. ¡Hasta pronto!
—¿Mañana?
—Sí, aunque no sé si podremos, porque la señorita Madelonnette siempre vigila.
—¿Y por la noche?
—Oh no, todavía no, aún no hemos hablado con Angèle.
Se marcharon dejando solo a Ernest, que volvió a vestirse con cierta desilusionada amargura, ya que su miembro todavía se encontraba en plena erección.
—¡Por Dios! —gritó—. Esto es dejarle a uno con la miel en los labios. Nunca he tenido tantas ganas de echar un casquete. Está claro que estos magreos son divertidos, pero no es suficiente. Sin embargo, cuando las veo venir por el bosquecillo, no me interesa ninguna otra mujer, ni tan siquiera la mía. Será mejor que te calmes, verga mía —dijo entre dientes, mirándosela con tristeza—, porque a esta hora es difícil encontrar a alguien que se ocupe de nosotros. ¡Mira que no querer eyacular cuando yo más lo deseaba!
Cayó en un sopor melancólico, sin pensar en nadie en concreto, esperando que, gracias a la apatía que se había apoderado de él, producto de la frustración, se apagara el fuego que le corría por las venas.
¿Cómo diablos pudo empezar esta loca historia con las jovencitas?

Vandernick

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