La voluptuosidad y la certeza de hacer el mal

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La voluptuosidad y la certeza de hacer el mal

Del mismo modo que la simple prohibición creó, en la violencia organizada de las transgresiones, el erotismo primero, a su vez, el cristianismo, por medio de una prohibición de la transgresión organizada, profundizó en los grados de la desavenencia sensual.

Lo que de monstruoso se elaboró en las noches, imaginarias o reales, de aquelarre —como en la soledad de la cárcel donde Sade escribió Las ciento veinte jornadas de Sodoma—, tuvo una forma general. Baudelaire enunciaba una verdad válida para todos cuando escribía:7 «Yo digo: la voluptuosidad única y suprema del amor reside en la certeza de hacer el mal.s Y el hombre y la mujer saben desde su nacimiento que en el mal se halla toda voluptuosidad». Dije al comienzo que el placer estaba vinculado a la transgresión.  Pero el Mal no es la transgresión, es la transgresión condenada. El Mal es exactamente el pecado. Es el pecado que designa Baudelaire. Por su parte, los relatos de aquelarres responden a la búsqueda del pecado. Sade negó el Mal y el pecado. Pero tuvo que hacer intervenir la idea de irregularidad para dar cuenta del desencadenamiento de la crisis voluptuosa. Recurrió incluso con frecuencia a la blasfemia. Sintió la inanidad de la profanación si el blasfemador negaba el carácter sagrado del Bien que la blasfemia quería mancillar. Pero blasfemaba continuamente. La necesidad y la impotencia de las blasfemias de Sade son, por lo demás, significativas. Al comienzo, la Iglesia había negado el carácter sagrado de la actividad erótica que se tomaba en consideración al transgredir. En contrapartida, los «espíritus libres» negaron lo que la Iglesia solía considerar divino. En su negación, la Iglesia, a la larga, perdió en parte el poder religioso de evocar una presencia sagrada; y lo perdió sobre todo en la medida en que el diablo, o lo impuro, dejó de poner orden en una subversión fundamental. Al mismo tiempo, los espíritus libres han dejado de creer en el Mal. Se encaminaron de esta manera hacia un estado de cosas en el cual, al dejar de ser el erotismo un pecado, y no poder a partir de entonces encontrarse «en la certeza de hacer el mal», en el límite su posibilidad desaparece. En un mundo enteramente profano sólo quedaría la mecánica animal. Sin duda el recuerdo del pecado podría mantenerse: ¡quedaría vinculado a la conciencia de una añagaza!

La superación de una situación no es nunca un retorno al punto de partida. En la libertad está la impotencia de la libertad; pero la libertad no es por ello menos disponer de sí mismo. En la lucidez, el juego de los cuerpos, a pesar de un empobrecimiento, podía abrirse al recuerdo consciente de una metamorfosis interminable, cuyos aspectos estarían continuamente a disposición. Pero veremos que, dando un rodeo, volvemos a encontrarnos con el erotismo negro. Finalmente, el erotismo de los corazones —que es a fin de cuentas el erotismo más ardiente— ganaría lo que en parte habría perdido el erotismo de los cuerpos.

Georges Bataille- El erotismo

 

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