EMMANUELLE

Emmanuelle

Aquí, la transparencia del agua les revela que Emmanuelle está desnuda. Sus sentidos se inflaman, se acercan a ella, la tocan, al principio uno solo, después, los tres. Le palpan los pechos, las nalgas… Le dicen que es la muchacha más bonita que han visto en su vida. ¿No tiene novio? ¿No le gustan los besos? Una mano se introduce entre sus piernas. Unos dedos tratan de entreabrirlas. Pero ella vuelve a escapar, nadando y corriendo, y sale del agua, como Venus vestida de gotas, agitando el pelo entreverado de algas, radiante, el rostro vuelto hacia el sol.
Los muchachos la alcanzan al pie del bungalow. Ella se deja caer en la arena, abandonándoles su cuerpo jadeante, su boca, que el primero en alcanzarla muerde con avidez. Emmanuelle siente que un miembro duro como la roca le frota los muslos y tropieza con su pubis. Ella comprende su impaciencia, se abre a él, se ofrece sin condiciones a la violencia de su embate. Se alegra de que él no busque su consentimiento, que la posea a su antojo, sin preocuparse de enternecerla, arrollándola como si le urgiera fecundarla. Después les tocará a los otros.
Pero no. Después de esta primera arremetida, se controla saboreando con más sutileza aquel cuerpo deseado. Y ahora sus besos conmueven a Emmanuelle más que su violencia de antes.
Bruscamente, da media vuelta sobre sí mismo de manera que ella queda encima. Emmanuelle comprende su intención al sentir que otras manos le acarician las nalgas, las separan y otra verga penetra en ella irresistiblemente sin que su primer amante se retire de su interior. La sal del mar le ha secado las mucosas, pero en ese momento ella no quiere pensar en el dolor. ¿Cómo no ha de estar contenta? El goce de esas dos virilidades hermanas en su vientre y en su dorso es también un goce para ella. Las imagina largas, fuertes, arqueadas, soberbias, decididas a saciarse al unísono separadas sólo por tenues membranas. Ella desea incluso que este obstáculo desaparezca y que, a fuerza de perforarla los hombres, cada uno por su lado, lleguen a encontrarse en su interior sus miembros desnudos, carne con carne, y se confundan en una eyaculación inefable.
Pero todavía no es bastante. Queda libre un último acceso, un último recurso voluptuoso de su cuerpo. A esos dedos que le sujetan las sienes los esperaba ya. Emmanuelle levanta la cabeza y el falo del tercero de los hombres entra en su boca.
¡Amordazada! ¡Y ella que de buena gana gritaría de gozo! Quiere reír, cantar, celebrar su sino envidiable y la suntuosidad de estos misterios. ¡Qué suerte la suya! ¡Y qué hermosos sus héroes! ¿A cuál prefiere? Pero ¿acaso necesita elegir? Los tres son para ella un mismo amante, el amante, el único amante cuyo cuerpo triadelfo nació del alba marina para que Emmanuelle se hiciera plenamente mujer.
¿El triunfo de los sentidos? ¡No! ¿Quién se atrevería aún a llamar carnal este invento del hombre, este arte superior a la naturaleza? ¡Prodigio que eterniza! ¡Ella ama! Emmanuelle recuerda la ansiedad de la virgen: «¿Es esto el amor?». Estos cuerpos que son ella en todas sus partes son la esencia misma del amor absoluto.
¿Quién es ella? ¿De dónde viene? Por muy atrás que se remonte su existencia, no hay más que un abismo de agua oscura ceñida de nieve de la que recuerda haber sido extraída para hacer realidad el sueño de los hombres. Diosa de pasado sin memoria, sí, pero ¿con qué designio, para qué futuro inimitable? «No es el placer del momento lo que yo os traigo, sino el placer de lo más remoto…». A la pregunta que le hace una mujer no dará más respuesta que lo imposible. «Yo no os enseño lo más cómodo, yo os enseño lo más temerario». El amor no es lo que se estrecha entre los brazos, es el límite al que se hace retroceder.
Uno a uno, sus amantes gozan en ella. Emmanuelle se libera, con tanta brusquedad que ninguno de los tres llega a hacer un movimiento por impedirlo. Sus muslos se distienden, salta a la terraza y franquea la puerta de la habitación en la que se despierta Anna Maria.
Emmanuelle se arrodilla y abre con las dos manos las piernas de su amiga. Posa los labios en el sexo abierto y sopla en su interior el esperma que llena su boca.

Emmanuelle Arsan

Emmanuelle 2. La antivirgen

La sonrisa vertical 144

Título original: Emmanuelle 2. L’antivierge

Emmanuelle Arsan, 1978

Traducción: Josefa Lázaro

Dibujo Jokoss

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