MARXISMO Y POSMODERNISMO

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Marxismo y posmodernismo: a menudo, la gente parece considerar esta combinación peculiar y paradójica, y en cierto modo intensamente inestable, de modo que algunos se inclinan a concluir que, como en mi propio caso, que me he “convertido” en un posmodernista, debo de haber dejado de ser marxista en un sentido significativo (o, en otras palabras, estereotipado).[1] Puesto que ambos términos (en pleno posmodernismo) cargan con todo un peso de nostálgicas imágenes pop, el “marxismo” tal vez se haya condensado y transformado en amarillentas fotografías de época de Lenin y la revolución soviética y el “posmodernismo” brindando rápidamente un panorama de los más llamativos nuevos hoteles. Entonces, un inconsciente excesivamente precipitado monta velozmente la imagen de un pequeño restaurant de nostalgia concienzudamente reproducido —decorado con las viejas fotografías y en el que camareros soviéticos sirven con indolencia mala comida rusa—, escondido dentro de alguna nueva y espectacular obra arquitectónica rosa y azul. Si puedo permitirme una nota personal, en algún momento me ha pasado que me identificaran curiosa y cómicamente con un objeto de estudio: un libro que publiqué hace unos años suscitó unas cuantas cartas, algunas de las cuales se dirigían a mí como un “prominente” vocero del estructuralismo, en tanto que otras me consideraban un crítico “eminente” y opositor a ese movimiento. En realidad no era ni una cosa ni la otra, pero he llegado a la conclusión de que debo de haber sido ese “ni” de una manera relativamente complicada y poco habitual, al parecer ardua de comprender para la gente. En lo que se refiere al posmodernismo, y a pesar del trabajo que me tomé en mi principal ensayo sobre el tema para explicar cómo, en el plano intelectual o político no era posible simplemente celebrarlo o “desautorizarlo” (para usar una palabra a la que luego volveré), los críticos de arte de vanguardia pronto me identificaron como un vulgar matón marxista, mientras algunos de los camaradas más simplones concluyeron que, a ejemplo de tantos ilustres predecesores, en definitiva yo había perdido los estribos y me había convertido en un “posmarxista” (esto es, un renegado y un tránsfuga).
Por lo tanto, estoy especialmente agradecido a Doug Kellner por su meditada introducción que demuestra que este nuevo tópico no es ajeno a mi obra anterior sino, antes bien, una consecuencia lógica de ella, algo que yo mismo quiero volver a destacar en términos de la noción de un “modo de producción”, a la que mi análisis del posmodernismo pretende haber hecho una contribución. Antes, sin embargo, vale la pena señalar que mi versión de todo esto —que desde luego (aunque acaso no lo dije con suficiente insistencia) debe mucho a Baudrillard, así como a los teóricos con los que él mismo está en deuda (Marcuse, McLuhan, Henri Lefebvre, los situacionistas, Sahlins, etcétera)— tomó forma en una coyuntura relativamente complicada. No fue sólo la experiencia de nuevos tipos de producción artística (en particular en el ámbito de la arquitectura) lo que me despertó de los “sopores dogmáticos” canónicos: más adelante quiero argumentar que, tal como lo uso, “posmodernismo” no es un término exclusivamente estético o estilístico. La coyuntura también brindaba la oportunidad de resolver una malaise duradera con los esquemas económicos habituales de la tradición marxista, una incomodidad sentida por varios de nosotros, no en el ámbito de la clase social, cuya “desaparición” sólo los verdaderos “intelectuales sin afiliación” podían ser capaces de sostener, sino en el de los medios de comunicación, el impacto de cuya onda de choque en Europa occidental permitía al observador tomar cierta distancia crítica y perceptiva con respecto a la mediatización gradual y aparentemente natural de la sociedad norteamericana en los años sesenta.

Fredric Jameson
El giro cultural

Escritos seleccionados sobre el posmodernismo 1983-1998

Título original: The cultural turn
Fredric Jameson, 1998
Traducción: Horacio Pons

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