RETRATOS DE MEMORIA Y OTROS ENSAYOS (FRAGMENTO)

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Oí hablar de él, por primera vez, en 1890, cuando yo era estudiante y conocí a otro que admiraba la Quintessence of Ibsenism de Shaw; pero a éste no lo conocí hasta 1896, con ocasión de un Congreso Internacional Socialista reunido en Londres. Yo conocía a muchos de los delegados alemanes, pues me había dedicado a estudiar la Social Democracia alemana. Consideaban a Shaw como una encarnación de Satanás, porque no podía resistir el placer de avivar las llamas dondequiera que hubiese una discusión. Mi opinión sobre él, sin embargo, provenía de los Webbs, y admiraba su ensayo fabiano en donde empezaba a trabajar para desviar de Marx el socialismo británico. En aquel tiempo Shaw era un tímido. En realidad, creo que su ingenio, como el de muchos humoristas famosos, se había desarrollado como defensa ante el temor de burlas hostiles. Entonces estaba empezando a escribir obras de teatro y fue a mi piso para leer una de ellas a un pequeño grupo de amigos. El nerviosismo le hacía temblar y empalidecer y no anunciaba, de ningún modo, la impresionante personalidad que llegó a ser más tarde. Poco después, estuvimos los dos con los Webbs en Monmouthshire; entonces, Shaw estaba aprendiendo la técnica dramática. Escribía los nombres de los personajes en pequeños rectángulos de papel y, mientras escribía una escena, colocaba los nombres de los personajes que salían en aquella escena sobre un tablero de ajedrez que había frente a él.
Fue entonces cuando él y yo tuvimos el accidente de bicicleta que, por un momento, me hizo temer iba a poner fin prematuramente a su carrera. Todavía estaba aprendiendo a montar, y chocó con mi bicicleta con tal fuerza, que se vio arrojado por el aire y aterrizó sobre su espalda a veinte pies del lugar del choque. A pesar de ello, se levantó sin ningún daño y continuó su marcha. En cambio, mi bicicleta quedó estropeada, y tuve que regresar en tren. Era un tren muy lento y, en cada estación, Shaw aparecía en el andén en su bicicleta; metía la cabeza en el vagón, y me hacía burla. Sospecho que consideraba el accidente, en su conjunto, como una prueba de las excelencias del vegetarianismo.
Almorzar con Mr. y Mrs. Shaw en Adelphi Terrace era una experiencia algo curiosa. Mrs. Shaw era un ama de casa muy buena y solía preparar a Shaw unas comidas vegetarianas tan deliciosas, que todos los invitados lamentaban comer sus menús más convencionales. Pero Shaw no podía resistir el repetir, con bastante frecuencia, sus anécdotas favoritas. Todas las veces que contaba el caso de su tío, que se suicidó metiendo la cabeza en un maletín y cerrándolo luego, aparecía un gesto de malestar intolerable en la cara de Mrs. Shaw y, si uno se sentaba cerca de ella, tenía que tener cuidado y hacer que no oía a Shaw. Pero esto no afectaba para nada la solicitud de ella hacia él. Recuerdo un almuerzo al que asistió una joven y encantadora poetisa, con la esperanza de leer sus poemas a Shaw. Cuando nos despedíamos, Shaw nos dijo que ella se quedaba todavía con ese fin. Sin embargo, al irnos, nos encontramos con ella en la puerta; Mrs. Shaw la había llevado allí por medios que no tuve el privilegio de conocer. Cuando, poco después, supe que esa misma joven se había cortado el cuello ante Wells, parque éste rehusaba hacerle el amor, concebí un respeto aún mayor que antes por Mrs. Shaw.
La solicitud de su mujer por Shaw no era ninguna sinecura. Cuando los Shaws y los Webbs tenían casi ochenta años, todos ellos, vinieron a verme, a mi casa de South Downs. La casa tenía una torre desde la que se veía un bello paisaje, y todos subieron las escaleras. Shaw iba el primero y Mrs. Shaw detrás. Durante todo el tiempo que duró el ascenso, la voz de ella llegaba desde abajo, advirtiendo: «¡GBS, no hables, mientras subo la escalera!» Pero su consejo fue totalmente ineficaz, y siguieron fluyendo, sin ninguna interrupción, las frases de Shaw.
Los ataques de Shaw a la insinceridad y a la hipocresía victorianas fueron tan beneficiosos como divertidos y, por ellos, los ingleses han contraído una deuda de gtatitud con él. El disimulo de la vanidad formaba parte de la insinceridad victoriana. Cuando yo era joven, todos representábamos la comedia de no considerarnos mejores que nuestros vecinos. A Shaw le resultaba fatigoso ese esfuerzo, y ya había abandonado esa actitud cuando empezó su vida pública. La gente inteligente acostumbraba a decir que Shaw no era anormalmente vanidoso, sino, solamente, anormalmente cándido. He llegado a pensar, más tarde, que esto era erróneo. De ello quedé convencido cuando presencié dos incidentes. El primero tuvo lugar en un almuerzo que se daba en Londres en honor de Bergson, al que Shaw había sido invitado, como admirador, junto con algunos filósofos profesionales que consideraban a Bergson con más sentido crítico. Shaw empezó a exponer la filosofía de Bergson al estilo del prefacio a Matusalén. En su versión, era difícil que la filosofía bergsoniana obtuviera el respeto de los filósofos profesionales, y Bergson interrumpió, suavemente: «No, no. No es exactamente eso.» Pero Shaw no se inmutó en absoluto, y respondió: «Mi querido amigo, entiendo su filosofía mucho mejor que usted.» Bergson cerró los puños y estuvo a punto de estallar; pero, con mucho esfuerzo, consiguió dominarse, y el monólogo expositivo de Shaw continuó.
El segundo incidente ocurrió en una entrevista con el anciano Masaryk, que estaba en Londres en visita oficial y que, por medio de su secretario, dio a entender que existían algunas personas a las que desearía ver a las diez de la mañana, antes de que comenzasen sus deberes oficiales. Yo fui uno de ellos, y cuando llegué descubrí que el resto estaba formado solamente por Shaw, Wells y Swinnerton. Todos llegamos puntualmente, con la excepción de Shaw que llegó tarde. Fue directamente hacia el gran hombre y le dijo: «Masaryk: la política exterior de Checoslovaquia es completamente errónea.» Desarrolló este tema durante diez minutos y se fue, sin esperar la respuesta de Masaryk.
Shaw, como muchos hombres de ingenio, consideraba al ingenio como adecuado sucedáneo de la sabiduría. Podía defender cualquier idea, por estúpida que fuera, con tanta inteligencia que pareciesen locos los que no la aceptaran. Me encontré con él una vez en un «Erewhon Dinner» en honor de Samuel Butler, y vi, sorprendido, que aceptaba, como si fuera el evangelio, todas las palabras proferidas por aquel hombre sabio, incluso teorías que sólo pretendían ser chistes, como, por ejemplo, que la Odisea había sido escrita por una mujer. La influencia de Butler sobre Shaw fue mucho más grande de lo que cree la generalidad. De él proviene la antipatía de Shaw hacia Darwin, antipatía que posteriormente hizo de él un admirador de Bergson. Es curioso que las concepciones que adoptó Butler, con el fin de tener una excusa para discutir con Darwin, formaron parte de la ortodoxia oficialmente impuesta en la URSS.
El desdén de Shaw por la ciencia es indefendible. Como Tolstoi, no podía creer en la importancia de nada que no conociese. Era un enemigo apasionado de la vivisección. Creo que ello se debía, no a su simpatía por los animales, sino a la desconfianza en el conocimiento científico que con la vivisección se pudiera alcanzar. También creo que su vegetarianismo no se debía a impulsos humanitarios, sino a impulsos ascéticos, a los que dio plena expresión en el último acto de Matusalén.
La gran fuerza de Shaw estaba en la controversia. Shaw descubría infaliblemente todo lo que hubiese de inconsistente o de insincero en su contradictor, con gran regocijo de sus partidarios en la controversia. Al empezar la primera guerra mundial, publicó su El sentido común acerca de la guerra. Aunque no escribiese como pacifista, irritó a la mayoría de la gente patriótica, al rehusar su aquiescencia al hipócrita tono altamente moral del gobierno y sus seguidores. En este aspecto, su valor era inapreciable, hasta que fue víctima de la adulación del gobierno soviético y perdió, de repente, su capacidad crítica y su capacidad de descubrir la insinceridad, si lo criticable y lo insincero provenían de Moscú. Por excelente que fuera en la controversia, no era, ni mucho menos, tan bueno cuando se trataba de establecer sus propias opiniones, que eran algo caóticas hasta que, en sus últimos años, se adhirió al marxismo sistemático. Shaw tuvo muchas virtudes que merecen la mayor admiración. Carecía en absoluto de miedo. Expresaba sus opiniones con el mismo vigor cuando eran populares que cuando eran impopulares. Era un enemigo despiadado de los que no merecían ninguna piedad; pero, a veces, también, de las que no merecían ser sus víctimas. En resumen, se puede decir que hizo mucho bien y algún mal. Como iconoclasta, era admirable; pero como ícono, lo era bastante menos.

BERTRAND RUSSELL

Retratos de memoria y otros ensayos

Título original: Portraits from Memory and Other Essays.
Traductor: Manuel Suárez.

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