OPIO

JeanCocteau_58

:

La infancia del arte

Después de la muerte de mi abuelo, al rebuscar en su atrayente habitación, que era una especie de bazar científico-artístico, encontré una caja intacta de cigarrillos Nazir y una boquilla de cerezo. Me guardé aquel tesoro.
Me veo una mañana de primavera, en Maisons-Laffitte, entre las altas hierbas y los claveles silvestres, abriendo la caja y fumándome uno de aquellos cigarrillos. La sensación de libertad, de lujo, de porvenir, fue tan fuerte, que nunca, sucédame lo que me sucediere, encontraré nada semejante. Aunque me nombraran rey o me guillotinaran, mi sorpresa, mi extrañeza, no serían más intensas que aquella abertura prohibida sobre el universo de las personas mayores; universo de penas y de amargura.
Hay una cosa que todavía me encanta y que me vuelve a la infancia: el trueno. Apenas arrulla, apenas sigue a un vasto relámpago malva, me invade una dulzura, una lasitud. Odiaba yo nuestra casa de campo vacía, los unos y los otros que se marchaban (ocupados fuera), como detesto que lean un periódico delante de mí. La tormenta aseguraba una casa llena de gente, fuego, juego, una jornada íntima y sin desertores. Es, sin duda, la antigua sensación de intimidad la que provoca en mí esa alegría al oír el trueno.

La infancia En 1915 nuestro furor aventurero organizaba el más divertido de los convoyes de la Cruz Roja. Una noche, en R.…, llovía sobre el corral de una granja. Aquel corral fétido, el estiércol, los pesebres estaban llenos de heridos graves, alemanes, con su ambulancia prisionera.
De pronto, en un rincón oscuro lleno de escaleras y de fantasmas, topé con este espectáculo: el hijo de la señora R.…, boy-scout de once años, se había escondido en una ambulancia, nos había seguido, y, agazapado allí, alumbrado por una linterna, armado de unas tijeras de uñas, sacando la lengua, demasiado encogido, demasiado atareado para verme, cortaba los botones del uniforme de un oficial alemán amputado de una pierna. El oficial, con sus ojos de estatua entreabiertos, contemplaba al atroz muchacho que proseguía su recolección de recuerdos, como si estuviese sobre un árbol.
Savonarola explotó esa monstruosidad de la infancia. La banda de boys-scouts saqueaba, rompía, arrancaba, arrastraba las obras maestras hasta la hoguera purificadora. Los propios niños tuvieron que seguir, sin perder detalle, los preparativos de su suplicio.
No quiero ni puedo matar. Descendiente de cazadores, me sucede que en el campo, al salir un conejo de entre unas matas, me echo la escopeta a la cara. Me despierto idiotizado, sólo con ese gesto mortífero.
En V.…, seguido por el hijo del guarda, recorría yo las remolachas que rechinan, con una escopeta de perdigones al hombro. Un día encontré en la boca de una madriguera el cadáver de un conejo recién nacido. Volví a casa bastante orgulloso y lo enseñé.
Mi tío.— ¿Has matado ese animal?
Yo (creyendo que la verdad informa inmediatamente a las personas mayores, que la verdad es una persona mayor en contacto directo con mi tío, que mi tío lo sabe todo, pero que tomará parte en mi juego): —¡Sí tío!
Mi tío.— ¿Entonces, lo has matado a culatazos?
Yo (reconociendo la voz, todavía suave, y la mirada, ya terrible, que anuncian el desenlace de las purgas). —No lo he matado. Le he encontrado muerto.
Mi tío.— ¡Demasiado tarde, muchacho!
Me pegan. Me acuestan. Puedo meditar y comprender que la verdad no tiene quizá tanta intimidad con las personas mayores.
EMBROLLAR LA SUERTE. Por la noche, en Maisons-Laffitte, el tío Andrés da la salida a unos globos montgolfiers; pero es preciso que cese el viento. Mis primos y yo, en la mesa: «¡Con tal de que cese el viento!». Y luego: «¡Con tal de que el viento no cese!». (Pensando: «¡Con tal de que cese!»). Y después: «¡Con tal que cese!». (Embrollando la suerte). Después, el vacío obtenido y complicado por cálculos, en los que ciertos detalles de un cartel del CACAO VAN HOUTEN desempeñaban un papel sutil. Después, un cúmulo tal de artimañas, que me perdería en ellas, con o sin opio, hoy día.
Un gran enredo contra la suerte: invitar a la gente a tomar la merienda de las cuatro. «Esta noche nuestro tío quema unos fuegos artificiales». Por la noche, a las nueve, los caballeros fuman su pipa y las señoras hacen sus labores de punto en el jardín. El tío se ha olvidado del montgolfier. Llaman. Llegan familias con encajes en la cabeza. Sorpresa. Azoramiento. Disculpas. Las familias de encajes se vuelven a sus casas. Nos riñen. Mi primo, un extraño maniático que no puede comer más que en platos que lleven la inicial de Napoleón, grita a voz en cuello: «¡Me alegro por ella! ¡Me alegro por ella!». ¿Ella? La suerte, la verdad, qué sé yo.
Mi primo ocultaba preciosamente el mecanismo de un bañista roto. Si se levantaba el resorte era la Moskovi; si se soltaba el resorte, la Moskova. Aquella cosa necia, que provocaba carcajadas, caras socarronas y conciliábulos, preocupó mucho a nuestras familias durante todas las vacaciones y se las estropeó.
Amaba yo a la pequeña B.… Tenía dos años menos que ella. Para casarme con ella, decía yo, esperaré a tener dos años más que B.… Aquella pequeña B.… quería que la compadecieran. Se cepillaba las encías en seco. Y luego, con aire distraído, tosía, escupía y mostraba un pañuelo enrojecido, Toda la familia, consternada, marchaba a Suiza. Sus hermanos cambiaban Suiza, que no les gustaba, por unas bolas de cristal que tenían dentro una espiral de color.
En una pensión de Moscú, la dueña, después de haber dicho a los niños: «Formad vosotros mismos vuestra policía: aprended a juzgar; sí vuestros camaradas obran mal, castigadlos», encuentra a un alumno ahorcado por los otros. Se balanceaba en medio del hueco de la escalera. La dueña no se atrevía a descolgarlo, a cortar la cuerda, a tirarlo al suelo.
En el Liceo Condorcet, en tercero, éramos cinco de la pensión Duroc. La pensión sustituía a las familias. Sobre un solo cuaderno de clase, veteado de verde, nos castigaba ella, nos disculpaba, nos evitaba los problemas. Aquella pensión no existía. Yo la había inventado de cabo a rabo. Cuando descubrieron el fraude, al volver a nuestra casa, pretexté un dolor de vientre. «Me duele aquí». Era el apéndice. La apendicitis estaba en pleno apogeo. Me dejé operar en la calle Bizet, por pánico al colegio. Más tarde supe que el director quiso pasar la esponja sobre aquello, so pretexto de que yo honraba las clases de dibujo y de gimnasia. Me llevaba los premios de holgazán: gimnasia y dibujo.

Mi padre y roí madre oyen detrás del tabique a mi hermano Pablo, que tiene seis años, poner al corriente a una nueva sirvienta alemana, llegada aquella mañana: «Ah, y además, sabe usted, ¡no me lavan nunca!».
El hermano de Raymond Radiguet vuelve del colegio, clasificado en el puesto vigésimo octavo, entre treinta alumnos. Se lo anuncia a su padre y agrega rápidamente: «¡Es mucho!».
He aquí lo más vivo de la infancia. LES ENFANTS TERRIBLES tratan con personas mayores, con personas de mi medio. (La costumbre de vivir con personas mucho más jóvenes que uno). Artículos, cartas, una, entre otras, muy bella, del profesor Allendy, me hicieron ver que el libro era un libro sobre la infancia. Yo sitúo a ésta más lejos, en una zona más bobalicona, más vaga, más desalentadora, más tenebrosa.
El «juego» dependería aún más de ella. Es por eso que no hablo de ella, que no me atrevo a profundizarla más, como tampoco nuestros cálculos con el afiche Van Houten.
Raymond Roussel[22] o el genio en estado puro, inasimilable para la élite. LOCUS SOLUS fiscaliza toda la literatura y me aconseja una vez más que tema la admiración y que busque el amor, misteriosamente comprensivo. En efecto, ni siquiera uno de los admiradores innumerables de la obra de Anatole France o de Pierre Loti puede encontrar en ellas una gota del genio que disculpa su gloria, si permanece ciego ante LOCUS SOLUS. Se queda, pues, con France o con Loti, por lo que nos aparta de ellos.
Esto prueba, ¡ay!, que el genio es una cuestión de dosificación inmediata y de lenta evaporación.
Desde 1910 oigo reírse de los «rieles de bofe de ternera» de IMPRESIONES DE ÁFRICA. ¿Por qué pretendéis que el temor de provocar la risa roce a Roussel? Está solo. Si lo encontráis divertido, os probará en pocas líneas (Olga Tcherwonenkoff) su sentido del humor, opuesto con tacto a su lirismo gravemente meticuloso.
En postdata a una carta reciente que me dirigía, cita este pasaje de LOS ENAMORADOS DE LA TORRE EIFFEL:
FONÓGRAFO UNO: Pero este telegrama está muerto.
FONÓGRAFO DOS: Justamente porque está muerto todo el mundo lo comprende.
Esta postdata prueba que Roussel no ignora ni quién es ni lo que se le debe.

Ciertas palabras provocan la risa del público. Bofe de ternera impide ver la estatua ligera que sostienen esos ríeles. En ORFEO, la palabra «caucho» impedía escuchar esta frase de Heurtebise: «Ella ha olvidado sus guantes de caucho». Cuando yo hacía el papel logré disminuir, luego suprimir, la risa por medio de imperceptibles preparativos. El público, prevenido sin saberlo, esperaba «caucho» en vez de ser sorprendido por su brusca pronunciación. Comprendía de inmediato el lado quirúrgico del término.
Roussel, Proust desmienten la leyenda de la indispensable pobreza del poeta (lucha por la vida, bohardillas, antesalas…). La repulsa de las élites, la no adopción maquinal de lo nuevo no se explican solamente por las trabas que el pobre vence poco a poco. Un pobre con genio tiene aspecto de rico.
Proust, gracias a su fortuna, vivía encerrado con su universo, podía permitirse el lujo de estar enfermo, estaba realmente enfermo por la posibilidad de estarlo; asma nervioso, ética en forma de higiene caprichosa, que originaba la enfermedad verdadera y la muerte.
La fortuna de Roussel le permite vivir solo, enfermo, sin la menor prostitución. Su riqueza lo protege. Puebla el vacío. Su obra no tiene mancha alguna de grasa, Él es un mundo suspendido de elegancia, de magia, de miedo.
Al fin de cuentas IMPRESIONES DE ÁFRICA deja una impresión de África. La historia del zuavo es el único ejemplo de escritura comparable a una cierta pintura, que busca nuestro amigo Uhde y que él llama pintura del sagrado corazón.
Salvo Picasso en otro género, nadie mejor que Roussel ha empleado el papel de diario. Toca de juez sobre el cráneo de LOCUS SOLUS, cofia de Romeo y Julieta, de Seil-Kor.

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