LA INSTITUTRIZ NINFÓMANA

Me quito la corbata y la chaqueta, me desabrocho la camisa, desato mis zapatos, me quito los calcetines. Hago una pausa y las observo mientras charlan. Gunilla tiene realmente unas piernas maravillosas bajo su falda, muy levantada, tan bien hechas como las de Ruth. ¿Cómo se las arreglarán las dos, sólo conmigo? Sin duda voy a penetrarlas una tras otra. Esta perspectiva me la empina cada vez más, y no me atrevo a quitarme los pantalones. Permanezco allí, con el torso y los pies desnudos.
—¿Te has desnudado, min alskling? —pregunta Gunilla volviendo el rostro hacia mí— Vamos, apresúrate, estoy impaciente.
No podré escapar a la delicada situación de un muchacho, desnudo, empalmado ante dos chicas que parecen hablar de algo muy distinto al amor, y en sueco por añadidura. Mi mano tiembla un poco cuando me suelto el cinturón y desabrocho mi bragueta. Los pantalones caen. Mi calzoncillo está hinchado por delante. No cabe duda: el miembro está rígido. Tengo que quitarme los calzoncillos. No consigo decidirme a hacerlo.
Ruth me mira con aire hastiado.
—Pero ¿qué estás haciendo? ¿Obedecerás o no? ¿Tendré que quitártelos yo misma? ¿Qué va a pensar Gunilla de ti? Te portas como un chiquillo. Mira, tu chirimbolo asoma ya la nariz por la ventana. Quítale los calzoncillos enseguida.
No voy a poder librarme. Ambas me miran y no sé dónde poner mis ojos. Los clavo en mi bajo vientre y veo que, efectivamente, mi polla se ha empalmado tanto que el glande sale por la abertura de los calzoncillos. Debo de ruborizarme y sueltan la carcajada. Me quito el calzón de golpe.
Bueno, estoy en pelotas, con el miembro erecto e hinchado, y ellas, sentadas en la cama, me miran burlonamente interesadas. Voy a buscar el vaso en el pupitre y, cada vez que doy un paso, siento el elástico balanceo de mi sexo que apunta hacia delante.
—Ven a tenderte en nuestro regazo, Jean-François.
Voy hacia ellas con el vaso en la mano, y me acuesto de través en sus rodillas, con la cabeza en los muslos de Ruth y las nalgas en el regazo de Gunilla. Siguen charlando en sueco, sin mirarme, pero sus manos inician unos suaves tocamientos. Las de Ruth pasan por mis cabellos y mi torso, las de Gunilla se introducen en mi entrepierna, palpan los testículos, acarician mi verga. La sangre palpita con fuerza en mis venas. Es maravilloso sentir el cuerpo como un juguete en las expertas manos de esas dos chicas que ni siquiera parecen tocarlo. Se produce una especie de desdoblamiento: Ruth, Gunilla y yo en un universo, esos veinte dedos y mi cuerpo en otro.
Vuelvo la cabeza hacia un lado y mi mejilla izquierda entra en contacto con la piel tibia y lisa de los muslos de Ruth. Pienso de pronto que casi nunca lleva bragas y siento ganas de ver su centro de gravedad. Muevo un poco la cabeza, como para colocarme mejor entre sus piernas, que se abren un poco, y obtengo el resultado esperado: aparece el negro bosquecillo, a pocos centímetros de mis ojos, y los rojos labios de la boca de su bajo vientre. Miro con intensidad y ella debe de adivinarlo pues aproxima y separa sus muslos, abriendo y cerrando su húmedo sexo que exhala un excitante perfume de miel y de algas.
La sangre aflora en toda la superficie de mi cuerpo, bajo las hábiles caricias de esas cuatro manos femeninas y las uñas de esas veinte garras, al contacto de mi mejilla y mis nalgas sobre esos muslos, a la vista y al olor de ese sexo de mujer que se entreabre. Dejo el vaso a los pies de la cama. Estoy convencido de que finge no ocuparse de mí para excitarme aún más. Trasiegan su ginebra y hablan, en sueco, de no sé qué.
—Bueno, ¿qué te parece el caballerete? —dice de pronto Ruth dirigiéndose a Gunilla.
Vuelvo la cabeza para mirarlas. Me están haciendo pasar una especie de examen. Los labios de Ruth se acercan a los míos e introduce su ágil lengua que hurga por todas partes.
—¿Quieres probar? —pregunta luego a Gunilla, que se inclina a su vez; y nuestras bocas se unen.
Me aspira, me muerde, lanza su lengua para retirarla y hundirla de nuevo, hasta el fondo, alrededor de mi paladar, lamiéndome.
—No está mal dice incorporándose con una sonrisa.
—Veamos un poco por ahí.
Gunilla toma mi bolsa con su mano izquierda y tira hacia abajo para poner de relieve mi sexo en toda su longitud. Lo examinan por los cuatros costados y lo magrean a fondo. Gunilla lo humedece, de vez en cuando, con sus labios, para que las palmas se deslicen mejor a lo largo de toda la columna. Sus labios pulposos en mi verga me lanzan, cada vez, en el arrobo. Respiro más y más deprisa, jadeando casi, y siento, de pronto, que una ardiente marea asciende por mi miembro, y nada podrá detenerla. Ha nacido de muy abajo, de mi entrepierna, muy cerca del orificio de mi culo, por donde Gunilla pasea sus dedos y, como un torrente furioso, corre hacia su natural desembocadura. Deben de advertirlo, o verlo por el aspecto de mi sexo escarlata e hinchado, pues Gunilla, justo antes, lanza un grito.
—Pero ¿qué va a hacer el señor? ¡Jean-François, vas a rociamos! ¡Detente!
Pero de hecho, su mano derecha magrea más aún mi verga y su mano izquierda oprime cálidamente mis bolas, como para acelerar lo que pretende detener. Ruth comprende lo que está sucediendo y, abriendo los muslos, apoya los codos en mi vientre para ver mejor. Yo contemplo de nuevo su sexo, de donde brota ahora un líquido pegajoso. No puedo contenerme. Es terrible. No hay nada que hacer. Murmuro:
—Cuidado, ya viene, ¡basta! ¡Basta!
Tras una última caricia, más insistente, de Gunilla, siento que mi picha va a verter su chorro de fuego. Contienen el aliento, absorbidas por el espectáculo, y permanecen silenciosas unos segundos después de la eyaculación, como maravilladas.
—Especie de gorrino —dice Ruth con voz arrobada.
Las manos de Gunilla chorrean esperma, como la delantera de su vestido, y también he rociado a Ruth en pleno rostro: hay un churretón corriendo por su mejilla, e intenta lamerlo, de paso, con la lengua, luego por su mentón, después baja por su cuello hacia la blusa.
—¡Ah! ¡Eso sí que ha sido un chorro! —exclama Ruth—. Y es que le he entrenado muy bien. Pero ya ves, Jean-François, nos has ensuciado. Debes aprender a contenerte mejor. Ahora, tendremos que cambiamos porque nos has dejado chorreando.
Siguen mirando mi sexo, que se ablanda, desciende, se pliega como un acordeón, se encoge al fin. Me hacen entonces caer de sus rodillas, riéndose, y se levantan para quitarse la ropa húmeda.
Me siento en la cama y tomo mi vaso para sobreponerme, mirando cómo se desnudan.
Ruth es la primera en quitarse la blusa. Aparece un gran pecho, luego otro. No lleva sujetador.
Como Gunilla se lo advierte asombrada, Ruth responde:
—¿Y tú llevas? ¡Oh!, es mucho más agradable sin. Me siento mucho más disponible para los contactos y los roces, sobre todo en el metro. Es muy agradable refregarse, con los pechos desnudos, con esos hombres que huelen mucho, en el metro de París, hacia las seis de la tarde. Lo hago siempre cuando salgo de la escuela del bulevar Raspail.
»Por ejemplo, ayer, adrede, refregué mi pecho contra una mano masculina agarrada a la barra que estaba en mitad del vagón, para mantener el equilibrio. Estábamos tan apretados que nadie podía advertirlo. Oprimí mi pecho contra aquella mano. Nada se movió, primero; luego se volvió una cabeza de hombre: un viejo horrible, Gunilla, era asqueroso, aunque bien vestido, con una condecoración en el ojal. Resultaba excitante.
»Me miró con fijeza, retiró la mano de la barra, se volvió luego francamente hacia mí y ya no intentó resistir los movimientos del vagón. De una sacudida a otra, le sentía apretar mis pechos, como sin darse cuenta, adivinándolos desnudos bajo mi ligera blusa. Su mano había desaparecido pero, después de la parada de Sévres-Babylone, la sentí subiendo por debajo de mi falda hasta lo alto de mis muslos. Hacía unos movimientos muy lentos y decidí fingir que no los advertía. ¡Oh, era tan divertido!
»Cuando el metro abandonó el andén de la estación de la Cámara de los Diputados, la otra mano se posó en mis nalgas. La gente, a nuestro alrededor, no debía de sospechar nada, dada la afluencia, y aquella solapada complicidad era embriagadora. Seguía fingiendo que no advertía nada. Respiraba su nauseabundo aliento; estoy segura de que se había fumado un puro. Sus manos palpaban bajo mis faldas, se movían, trituraban mis muslos y mis nalgas, y se apretaba cada vez más, de modo que sentí, de pronto, algo duro sobre mi vientre… y no era un dedo; te lo aseguro, Gunilla, se había empalmado con todo su vigor de viejo macho, al tiempo que acariciaba mi bajo vientre y mi trasero.
Ruth, mientras lo cuenta, ayuda a quitar el sujetador a Gunilla, cuyos pechos aparecen juntos, como dos peras puntiagudas.
—Sí, porque pocas veces llevo bragas —prosigue Ruth haciendo caer de un gesto su falda y quedando en pelotas—. ¿Y tú? —pregunta a Gunilla, que está acabando de desnudarse—. Me parece tan extraordinaria, para una mujer, esa sensación de saberse casi desnuda, como ofrecida bajo un simple vestido que bastaría levantar. Bueno, para terminar lo del tipo del metro, me tocaba por todas partes, a hurtadillas. De vez en cuando le miraba. Su cabeza estaba a la altura de mis pechos, porque era muy bajo, y se pegaba adrede a ellos. Era formidable estar excitando a aquel tipo en medio de toda aquella gente.
»En la parada de la Ópera, aproximadamente, para darle más placer comencé a frotar su sexo con el dorso de la mano, a través del pantalón. Subrepticiamente, él introdujo uno o dos dedos en mi vientre. Recuerdo incluso la extraña impresión que me produjo el anillo en el interior. Gruñía de júbilo y respiraba como una foca, cada vez más deprisa; de pronto, sus manos dejaron de moverse y se apartó un poco. Le miré: cerraba sus grandes ojos y estoy segura de que se corría, en secreto, en la intimidad de sus calzoncillos. Era tan divertido, Gunilla, ¿sabes?, ver al anciano caballero, muy digno, humedeciendo sus pantalones en un vagón de metro, hacia la estación Saint-Lazare. Mira, deberías hacer como yo y no llevar ropa interior. Es mucho mejor y tú eres muy hermosa.
Ambas están ahora desnudas, en medio de la habitación. Gunilla se ha colocado ante el espejo del armario, que refleja de arriba abajo su cuerpo, y se cepilla los cabellos. Ruth se pone detrás de ella, frente al espejo también, en el que veo sus manos posadas en los pechos de Gunilla, que bajan luego hacia su vientre. Gunilla sigue cepillándose sus largos cabellos rubios, que caen ante sus hombros y su pecho. Abre un poco las piernas y Ruth lo aprovecha para meter una mano entre ellas, mientras la otra sigue acariciando el vientre y la parte alta de sus miembros. Gunilla contempla en el espejo el manejo de Ruth. Abre aún más las piernas.
—¿Quieres acariciar mi botón? —ruega mimosa.
Y Ruth, con dos dedos, pone al descubierto el pedacito de carne roja entre el negro vello, y comienza a rozarlo.
Gunilla deja caer el cepillo al suelo e inclina hacia atrás la cabeza para posarla en el hombro de Ruth, sin perderse nada de lo que ocurre en el espejo.
Veo ahora a Ruth que mete y saca un dedo del vientre de Gunilla, mientras sigue excitando el clítoris con la otra mano.
Gunilla comienza a gemir, apoyándose más aún en Ruth, cuyas manos aceleran el vaivén.
—Qué bien sabes hacerme gozar —susurra.
—¿Quieres llegar al placer, querida? —pregunta Ruth a media voz.
Los lamentos de Gunilla se hacen más concretos y ambos cuerpos de mujer se unen todavía más y se agitan, cuando Gunilla, en un suspiro, dice:
—No, hoy llegaré al placer con Jean-François.
Se separan dulcemente, como lamentándolo, y se vuelven hacia mí. Sólo con ver la escena que acaba de desarrollarse, mi sexo ha vuelto a levantarse.
Ahí están ahora, mirándome, con los ojos brillantes, llenos de deseo, moviendo las caderas para que sus vientres giren, con los pechos hacia delante y los pezones muy hinchados.

Colette Ducon

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SILENO

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