FRAGMENTO (La filosofía en el tocador)

DOLMANCÉ, palpándola y dándola siempre azotes en las nalgas: En verdad, señora, se ve que tenéis una buena amiga en la Sra. de Saint-Ange… ¿Dónde encontrar ahora esa franqueza? ¡Os dice unas verdades!… Eugenia, venid a poner vuestras nalgas al lado de las de vuestra madre…, que yo compare vuestros dos culos. (Eugenia obedece.) A fe que el tuyo es bello, querida; pero, diablos, el de la mamá no está mal tampoco… Es preciso que me divierta un instante jodiéndolos a los dos… Agustín, conte­ned a la señora.

SRA. DE MISTIVAL: ¡Ah, santo cielo! ¡Qué ultraje!

DOLMANCÉ, cumpliendo su propósito y comen­zando por encular a la madre: ¡Eh, nada de nada, qué sencillo!… ¡Ved, ni siquiera lo habéis sentido!… ¡Ah! ¡Cómo se nota que vuestro marido se ha servi­do con frecuencia de esta ruta! Ahora tú, Eugenia… ¡Qué diferencia!… Ya, ya estoy satisfecho; sólo que­ría magrear un poco para ponerme a punto… Un poco de orden ahora. En primer lugar, señoras mías, vos, Saint-Ange, y vos, Eugenia, tened la bondad de armaros de estos consoladores a fin de dar por turno a esta respetable dama, bien en el coño, bien en el culo, los golpes más temibles. El caballero, Agustín y yo trabajaremos con nuestros propios miembros, y os relevaremos puntualmente. Yo voy a empezar, y, como supondréis, será una vez más su culo el que reciba mi homenaje. Durante el goce, cada cual será dueño de condenarla al suplicio que mejor le parezca, teniendo cuidado de ir gradualmente á fin de no reventarla de golpe… Agustín, por favor, consuélame, enculándome, de la obligación en que me veo de sodomizar a esta vieja vaca. Eugenia, dame a besar tu hermoso trase­ro mientras jodo el de tu mamá; y vos, señora, acer­cad el vuestro, quiero sobarlo, quiero socratizarlo… Hay que estar rodeado de culos cuando es un culo lo que se jode.

EUGENIA: ¿Qué vas a hacer, amigo mío, qué vas a hacerle a esta zorra? ¿A qué vas a condenarla mientras pierdes tu esperma?

DOLMANCÉ, continúa azotándola: La cosa más natural del mundo: la voy a depilar y la voy a magu­llar los muslos a fuerza de pellizcos.

SRA. DE MISTIVAL, al recibir esta vejación: ¡Ah! ¡Monstruo! ¡Malvado! ¡Me va a lisiar!… ¡santo cie­lo!…

DOLMANCÉ: No le imploréis, amiga mia; será sordo a tu voz como lo es a la de todos los hombres; ese cielo poderoso nunca se ha preocupado por un culo.

SRA. DE MISTIVAL: ¡Ay, qué daño me hacéis!

DOLMANCÉ: ¡Increíbles efectos de las extravagan­cias del espíritu humano!… Sufres, querida, lloras, y yo me corro… ¡Ay, putorra! Te estrangularía si no quisiera dejar placer a los otros. Ahora te toca a ti, Saint-Auge. (La Sra. de Saint Ange la encula y la en­coña con su consolador; le da algunos puñetazos; viene luego el caballero; recorre igualmente las dos rutas, y la abofetea mientras descarga; luego viene Agustín; hace lo mismo y termina con algunos cachetes y pellizcos. Durante estos distintos ataques, Dolmancé ha recorri­do con su aparato los culos de todos los agentes, excitán­doles con sus palabras.) Vamos, hermosa Eugenia, fo­llad a vuestra madre; ¡primero por el coño!

EUGENIA: Venid, mamaíta, venid, que os sirva de marido. Es un poco más gorda que la de vuestro esposo, ¿no es verdad, querida? No importa, entra­rá… ¡Ah, gritas, madre mía, gritas cuando tu hija te folla!… ¡Y tú, Dolmancé, me estás dando por el culo!… Heme aquí a la vez incestuosa, adúltera, so­domita, y todo esto para una joven que acaba de ser desvirgada hoy… ¡Qué progresos, amigos míos!…, ¡con qué rapidez recorro la espinosa ruta del vi­cio!… ¡Oh, soy una perdida!… ¡Creo que te estás co­rriendo, dulce mamaíta!… Dolmancé, mira sus ojos, ¿no es cierto que se corre?… ¡Ah, putona! ¡Voy a enseñarte a ser libertina! ¡Toma, ramera, toma!… (La aprieta y la magulla el cuello.) ¡Ay, jódeme, Dol­mancé!… ¡Jódeme, mi dulce amigo, me muero!… (Eugenia, al correrse, da diez o doce puñetazos en el pecho y en los costados de su madre.)

SRA. DE MISTIVAL, perdiendo el conocimiento: ¡Tened piedad de mí, os lo suplico!… Me siento mal…, me mareo… (La Sra. de Saint Ange quiere so­correrla; Dolmancé se opone.)

DOLMANCÉ: ¡Eh! No, no, dejadla en ese sínco­pe; no hay nada tan lúbrico como ver a una mujer desvanecida; la azotaremos para volverle el senti­do… Eugenia, venid a tumbaros sobre el cuerpo de la víctima… Ahora voy a saber si sois firme. Caba­llero, folladla sobre el pecho de su madre desfalleci­da, y que ella nos la menee a Agustín y a mí con cada una de sus manos. Vos, Saint-Ange, magread­la mientras la joden.

EL CABALLERO: ¡Realmente, Dolmancé, cuanto nos mandáis hacer es horrible!; es ultrajar a un tiempo a la naturaleza, al cielo y a las leyes más san­tas de la humanidad.

DOLMANCÉ: Nada me divierte tanto como los firmes arranques de virtud del caballero. ¿Dónde diablos verá, en cuanto hacemos, el menor ultraje a la naturaleza, al cielo y a la humanidad? Amigo mío, es de la naturaleza de la que los viciosos reci­ben los principios que ponen en práctica. Ya te he dicho mil veces que la naturaleza -que para el per­fecto mantenimiento de las leyes de su equilibrio tiene unas veces necesidad de vicios, otras de virtu­des- nos inspira por turno el movimiento que ne­cesita; no hacemos, pues, ninguna clase de mal en­tregándonos a estos impulsos, cualesquiera que sean los que podamos imaginar. Y en cuanto al cie­lo, te lo suplico, caballero, deja de temer sus efec­tos: un solo motor actúa en el universo, y ese motor es la naturaleza. Los milagros, o mejor, los efectos físicos de esta madre del género humano, diferente­mente interpretados por los hombres, han sido dei­ficados por ellos bajo mil formas a cual más ex­traordinaria; ganapanes o intrigantes, abusando de la credulidad de sus semejantes, han propagado sus ridículas ensoñaciones: y eso es lo que el caballero denomina cielo, ¡eso es lo que teme ultrajar!… Las leyes de la humanidad, añade, son violadas por las tonterías que nos permitimos. Recuerda, de una vez por todas, hombre simple y pusilánime, que lo que los tontos llaman humanidad no es más que una debilidad nacida del temor y del egoísmo; que esta quimérica virtud, encadenando sólo a los hombres débiles, es desconocida de aquéllos cuyo estoicismo, valor y filosofía forman su carácter. Ac­túa, por tanto, caballero, actúa sin temer nada; si pulverizáramos a esta ramera no habría siquiera el menor indicio de crimen. Los crímenes son impo­sibles para el hombre. Al inculcarle la naturaleza el irresistible deseo de cometerlo, supo sabiamente alejar de ellos las acciones que podían perturbar sus leyes. Convéncete, amigo mío, de que todo lo demás está completamente permitido y que no ha sido absurda hasta el punto de darnos el poder de per­turbarla o de perjudicarla en su marcha. Ciegos ins­trumentos de sus inspiraciones, aunque nos orde­nara quemar el universo, el único crimen sería resistirnos a ello, y todos los malvados de la tierra no son más que agentes de sus caprichos… Vamos, Eugenia, colocaos… Pero ¿qué veo?… ¡Palidece!…

EUGENIA, tendiéndose sobre su madre: ¿Yo pali­decer? ¡Rediós! Vais a ver ahora mismo que no. (Adoptan la postura; la Sra. de Mistival sigue en su síncope. Cuando el caballero se ha corrido, el grupo se deshace.)

DOLMANCÉ: ¡Cómo! ¡Esta golfa no ha vuelto en sí todavía! ¡Vergas! ¡Vergas!… Agustín, vete ensegui­da a coger un puñado de espinos del jardín. (Mien­tras los espera, la abofetea y le da cachetes.) ¡Oh! ¡A fe que temo que esté muerta: nada la vuelve en sí.

EUGENIA, con humor: ¡Muerta! ¡Muerta! ¡Cómo! ¿Voy a tener que llevar luto este verano, con los her­mosos vestidos que me he mandado hacer?

SRA. DE SAINT-ANGE, estallando de risa: ¡Ah, vaya con el pequeño monstruo!…

DOLMANCÉ, cogiendo los espinos de la mano de Agustín, que vuelve: Vamos a ver el efecto de este úl­timo remedio. Eugenia, chúpame la polla mientras trabajo en devolveros una madre y mientras Agus­tín me devuelve los golpes que voy a dar. No me molestaría, caballero, verte encular a tu hermana: ponte de tal modo que pueda besarte las nalgas du­rante la operación.

EL CABALLERO: Obedezcamos, puesto que no hay ningún medio de convencer a este malvado de que cuanto nos ordena hacer es horroroso. (Se dispone el cuadro; a medida que la Sra. de Mistival es azotada, vuelve a la vida.)

DOLMANCÉ: ¡Y bien! ¿Veis el efecto de mi reme­dio? Ya os había dicho que era seguro.

SRA. DE MISTIVAL, abriendo los ojos: ¡Oh, cielos! ¿Por qué me sacan del seno de las tumbas? ¿Por qué devolverme a los horrores de la vida?

DOLMANCÉ, que sigue flagelándola: Es que, en realidad, madrecita, no está todo dicho. ¿No es pre­ciso que oigáis vuestra condena?… ¿No es preciso que se cumpla?… Vamos, reunámonos en torno de la víctima, que se ponga en medio del círculo y que es­cuche temblando lo que hemos de anunciarle. Co­menzad, señora de Saint-Ange. (Los fallos siguientes se dicen mientras los actores continúan en acción.)

SRA. DE SAINT-ANGE: Yo la condeno a ser col­gada.

EL CABALLERO: Cortada, como entre los chinos, en veinticuatro mil trozos.

AGUSTÍN: Mirad, por mí, yo la dejaría con tal de zer rota en vida.

EUGENIA: Mi mamaíta será mechada con pasti­llas de azufre, que yo me encargaré de prender una a una. (Aquí la postura se deshace.)

DOLMANCÉ, con sangre fría: Y bien, amigos míos, en mi calidad de preceptor vuestro, suavizo la con­dena; pero la diferencia que va a haber entre mi fallo y el vuestro es que vuestras sentencias no eran sino los efectos de una mistificación mordaz, mientras que la mía va a ejecutarse. Tengo abajo un criado provisto de uno de los más hermosos miembros que haber pueda en la naturaleza, pero que desgraciada­mente destila el virus y está roído por una de las más terribles sífilis que se hayan visto en el mundo. Voy a hacerle subir: lanzará su veneno en los dos conduc­tos de la naturaleza de esta querida y amable dama, a fin de que, durante todo el tiempo que duren las impresiones de esta cruel enfermedad, la puta se acuerde de no molestar a su hija cuando ésta se dedi­que a joder. (Todo el mundo aplaude, mandan subir al criado. Dolmancé, al criado.) Lapierre, follad a esa mujer; está extraordinariamente sana; este goce pue­de curaros: hay ejemplos de ese remedio.

LAPIERRE: ¿Delante de todos, señor?

DOLMANCÉ: ¿Tienes miedo de enseñarnos tu polla?

LAPIERRE: No, al revés, porque es muy hermo­sa… Vamos, señora, tened la bondad de colocaros, por favor.

SRA. DE MISTIVAL: ¡Oh! ¡Justo cielo! ¡Qué horri­ble condena!

EUGENIA: Más vale eso que morir, mamá; por lo menos podré llevar mis lindos vestidos este verano.

DOLMANCÉ: Divirtámonos mientras tanto; mi opinión es que nos flagelemos todos; la Sra. de Saint-Ange zurrará a Lapierre, para que encoñe con firmeza a la Sra. de Mistival; yo zurrare a la Sra. de Saint-Ange, Agustín me zurrará a mí, Eugenia zu­rrará a Agustín y será azotada vigorosamente por el caballero. (Todos se colocan. Cuando Lapierre ha fo­llado el coño, su amo le ordena joder el culo, y lo hace.) Bueno, vete, Lapierre. Toma, aquí tienes diez lui­ses. ¡Oh, diablos! ¡Vaya inoculación! ¡Ni Tronchin hizo una igual en su vida[1]!

SRA. DE SAINT ANGE: Creo que ahora es muy esencial que el veneno que circula en las venas de la señora no pueda salirse; por tanto es preciso que Eugenia os cosa con cuidado el coño y el culo, para que el humor virulento, más concentrado, menos sometido a evaporación, os calcine los huesos con rapidez.

EUGENIA: ¡Excelente idea! Vamos, vamos, agu­jas, hilo… Separad vuestros muslos, mamá, para que os cosa a fin de que no me deis más hermanas

ni hermanos. (La Sra. de Saint Ange da a Eugenia una gran aguja, que tiene un grueso hilo rojo encera­do[2]. Eugenia cose.)

SRA. DE MISTIVAL: ¡Oh! ¡Cielos, qué dolor!

DOLMANCÉ, riendo como un loco: ¡Diablos! La idea es excelente, te honra; nunca habría dado con ella.

EUGENIA, pinchando de vez en cuando los labios del coño, el interior y a veces el vientre y el monte: Esto no es nada, mamá: es para probar mi aguja.

EL CABALLERO: ¡Esta pequeña puta la va a llenar de sangre!

DOLMANCÉ, haciendo que la Sra. de Saint-Ange se la menee, en frente de la operación: ¡Ah! ¡Santo dios! ¡Qué tiesa me la pone este extravío! Eugenia, multiplicad los puntos para que se me ponga más gorda.

EUGENIA: Haré más de doscientos, si es preci­so… Caballero, masturbadme mientras opero.

EL CABALLERO, obedeciendo: ¡Jamás se ha visto una joven tan bribona como ésta!

EUGENIA, muy inflamada: Nada de invectivas, caballero, porque os pincho. Contentaos con so­barme como es debido. Un poco más el culo, que­rido, por favor; ¿sólo tienes una mano? Ya no veo nada… voy a dar puntadas por todas partes… Mi­rad hasta dónde se extravía mi aguja…, hasta los muslos, las tetas… ¡Ay! ¡Joder! ¡Qué placer!…

SRA. DE MISTIVAL: ¡Me desgarras, malvada!… ¡Cómo me avergüenzo de haberte dado el ser! EUGENIA: Vamos, paz, mamaíta, que ya termino.

DOLMANCÉ, saliendo empalmado de las manos de la Sra. de Saint Ange: Eugenia, cédeme el culo, es la parte que me toca..

SRA. DE SAINT-ANGE: Estás demasiado empal­mado, Dolmancé; la vas a martirizar.

DOLMANCÉ: ¿Y qué importa? ¿No tenemos aca­so permiso por escrito? (La tiende boca abajo, coge una aguja y comienza a coserle el agujero del culo.,

SRA. DE MISTIVAL, gritando como un diablo: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

DOLMANCÉ, metiéndole la aguja profundamente en las carnes: ¡Cállate, furcia, o te pongo las nalgas como mermelada!… ¡Eugenia, menéamela!…

EUGENIA: Sí, pero a condición de que pinchéis más fuerte, porque estaréis de acuerdo conmigo en que tenemos demasiados miramientos con ella. (Se la menea.)

SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Trabajadme un poco esas dos gordas nalgas!

DOLMANCÉ: Paciencia, voy a mecharla ensegui­da como si fuera un trasero de buey; ¡olvidas las lec­ciones, Eugenia, estás cubriéndome la polla!

EUGENIA: Es que los dolores de esta ramera in­flaman mi imaginación hasta el punto de que no sé exactamente lo que hago.

DOLMANCÉ: ¡Hostia bendita! Empiezo a perder la cabeza. Saint-Auge, que Agustín te dé por el culo delante de mí, por favor, mientras tu hermano te encoña, y que yo vea sobre todo los culos: este cua­dro va a acabar conmigo. (Pincha las nalgas mien­tras se prepara la postura que ha pedido.) ¡Toma, que­rida mamá, toma ésta, y ésta otra!… (La pincha en más de veinte sitios.)

SRA. DE MISTIVAL: ¡Ay, perdón, señor! ¡Mil y mil perdones! ¡Me estáis matando!

DOLMANCÉ, extraviado por el placer: Mucho me gustaría… Hacía mucho tiempo que no se me po­nía tan tiesa; no lo habría creído después de tantas descargas.

SRA. DE SAINTANGE, adoptando la postura exigi­da: ¿Estamos bien así, Dolmancé?

DOLMANCÉ: Que Agustín gire un poco a la de­recha; no veo lo suficiente el culo; que se incline: quiero ver el ojete.

EUGENIA: ¡Ay! ¡Joder! ¡Ya sangra la bujarrona!

DOLMANCÉ: No le va mal. Vamos, ¿estáis prepa­rados vosotros? En cuanto a mí, dentro de un ins­tante rocío con el bálsamo de la vida las llagas que acabo de producir.

SRA. DE SAINT-ANGE: Sí, sí, corazón mío, me co­rro…, alcanzamos la meta al mismo tiempo que tú.

DOLMANCÉ, que ha terminado su operación, no hace más que multiplicar sus pinchazos sobre las nal­gas de la víctima, corriéndose: ¡Ay, rediós! ¡Mi esper­ma corre… se pierde, santo dios!… Eugenia, diríge­lo sobre las nalgas que martirizo… ¡Ah! ¡Joder! ¡joder! Se acabó…, ya no puedo más. ¿Por qué tiene que suceder la debilidad a pasiones tan intensas?

SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Fóliame! ¡Fóliame, her­mano, que me corro!… (A Agustín). ¡Muévete, jodi­do! ¿No sabes que cuando me corro es cuando hay que entrar más adentro en mi culo?… ¡Ay, santo nombre de dios! ¡Qué dulce ser jodida por dos hombres de este modo! (El grupo se deshace.)

DOLMANCÉ: Todo está dicho. (A la Sra. de Mis­tival.) ¡Puta!, puedes vestirte y partir ahora cuando quieras. Has de saber que estábamos autorizados por tu esposo mismo a cuanto acabamos de hacer. Nosotros te lo hemos dicho, tú no lo has creído: lee la prueba. (Le enseña la carta.) Que este ejemplo sirva para recordarte que tu hija está en edad de ha­cer lo que quiera; que le gusta joder, que ha nacido para joder y que si no quieres que te joda a ti, lo mejor es dejarla que haga lo que quiera. Sal: el ca­ballero va a llevarte. ¡Saluda a todos, puta! Ponte de rodillas ante tu hija, y pídele perdón por tu abomi­nable conducta con ella… Vos, Eugenia, dadle dos buenas bofetadas a vuestra señora madre, y tan pronto como esté en el umbral de la puerta, hacéd­selo cruzar a patadas en el culo. (Todo esto se hace.) Adiós, caballero; no se os ocurra joder a la señora en el camino, recordad que está cosida y que tiene la sífilis. (Cuando se han ido.) Y nosotros, amigos míos, vamos a sentarnos a la mesa, y de ahí los cuatro nos iremos a la misma cama. ¡Un día estu­pendo! Nunca como tan bien ni duermo más tranquilo que cuando me he manchado suficien­temente durante el día con lo que los imbéciles llaman crímenes.

[1] Sade juega con el término francés vérole: Théodore Tronchin (1709-1781), primer médico del duque de Or­léans, fue el más famoso inoculador de la época; en 1755 llegó a París la inoculación de la viruela ( petite vérole); al año siguiente, Tronchin era llamado a París para la inoculación de los hijos del duque de Orléans; a partir de ese momento, se­gún Condorcet, «ningún inoculador en Europa era más céle­bre, ninguno había sido tan feliz». [Nota del T.]

[2] Ese hilo encerado es, con toda probabilidad, el hilo revestido de pez que emplean zapateros y guarnicioneros. Ro­land Barthes, en Sade, Fourier, Loyola, se detiene en este «hilo rojo» para hablar de su sentido metonímico: «Cuanto más se amplia la sinécdoque, más se detalla el instrumento en sus elementos tenues (el color, la cera), mas crece el horror y más impreso queda en nosotros (si nos hubiera contado el grano del hilo, se habría vuelto intolerable); la sinécdoque se pro­fundiza aquí mediante una especie de tranquilidad domésti­ca, quedando presente el pequeño material de costura en el instrumento de suplicio». [Nota del T.]

justine-dibujos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s