FRAGMENTO (Juliette o Las prosperidades del vicio)

justine

—Estad tranquilo, monseñor, os he dado mi juramento de obediencia, y lo mantendré.
Volvimos. Nos esperaban; las mujeres habían llegado. En cuanto aparecimos, d’Albert mostró el deseo de pasar al dormitorio con Madame de Noirceuil, Henriette, Lindane y dos muchachos, y sólo cuando después vi actuar a d’Albert, me di cuenta de sus gustos. Me quedé sola con Lolotte, Eglée, cuatro muchachos, el ministro y Noirceuil; nos entregamos a algunas escenas lujuriosas; las dos muchachitas, con medios más o menos parecidos a los que había utilizado yo, intentaron volver a excitar a Saint-Fond; lo lograron; Noirceuil, espectador, se hacía joder mientras me besaba las nalgas. Saint-Fond acarició mucho a los jóvenes y tuvo unos minutos de conversación secreta con Noirceuil; ambos reaparecieron muy excitados, y, habiéndose unido a nosotros el resto de la gente, nos sentamos a la mesa.
Juzgad, amigos míos, mi sorpresa cuando, recordando la orden secreta que me habían dado, veo que con la mayor afectación colocan a Madame de Noirceuil junto a mí.
—Monseñor —digo en voz baja a Saint-Fond, que se sentaba al otro lado—… ¡Oh!, monseñor, así pues, ¿es esa la víctima elegida?
—Con toda seguridad —me dice el ministro—; reponeos de esa turbación; os rebaja ante mí; una semejante pusilanimidad más y perdéis mi estima para siempre.
Me senté; la comida fue tan deliciosa como libertina; las mujeres, arregladas apenas, exponían a los manoseos de estos disolutos todos los encantos que les habían distribuido las Gracias. Uno tocaba un pecho apenas abierto, el otro manoseaba un culo más blanco que el alabastro; solamente nuestros coños eran poco festejados: no es con tales gentes con quienes hacen fortuna atractivos semejantes; convencidos de que es preciso ultrajar con frecuencia a la naturaleza para reconquistarla, sólo ofrecen el incienso a aquellas partes cuyo culto se dice que está prohibido por ella. Los vinos más exquisitos, los platos más suculentos calientan las cabezas, y Saint-Fond agarra a Madame de Noirceuil; el criminal se excitaba con el atroz crimen que su pérfida imaginación maquinaba contra esta infortunada; la lleva a un canapé, en una punta del salón, y la sodomiza mientras me ordena que vaya a cagarle en la boca; cuatro jóvenes muchachos se colocan de manera que excita a cada uno con una mano, mientras un tercero encoña a Madame de Noirceuil, y un cuarto, situado más alto que yo, me hace chupar su miembro; un quinto da por el culo a Saint-Fond.
—¡Ah!, ¡santo cielo! —exclama Noirceuil—, ¡este grupo es encantador! No conozco nada tan bonito como ver joder así a la mujer de uno; no la tratéis con miramientos, Saint-Fond, os lo ruego.
Y colocando las nalgas de Eglée a la altura de su boca, hace cagar en ella a esta pequeña, mientras que él sodomiza a Lindane y el sexto muchacho le da por el culo a él. D’Albert, uniéndose al cuadro, viene a completar la partida izquierda; sodomiza a Henriette, besando el culo del muchacho que fornica al ministro, y manosea, a derecha e izquierda, todo lo que sus manos pueden alcanzar.
¡Ah!, ¡cuán necesario hubiese sido aquí un grabador para transmitir a la posteridad este voluptuoso y divino cuadro! Pero la lujuria, al coronar demasiado pronto a nuestros actores, quizás no hubiese dado al artista el tiempo necesario para captarlos. No es fácil para el arte, que no tiene movimiento, plasmar una acción cuyo movimiento afecta a toda el alma; y esto es lo que hace del grabado a la vez el arte más difícil y más ingrato.
Volvimos a sentarnos a la mesa.
—Mañana —dice el ministro— tengo que expedir una carta de procesamiento contra un hombre culpable de un extravío bastante singular. Es un libertino que, como vos, Noirceuil, tiene la manía de hacer fornicar a su mujer por un extraño; esta esposa, que sin duda os parecerá muy extraordinaria, ha hecho la tontería de quejarse de una fantasía que haría la felicidad dé muchas otras. Las familias se han mezclado en todo esto y, definitivamente, quieren que haga encerrar al marido.
—Ese castigo es demasiado duro —dice Noirceuil.
—Y yo lo encuentro demasiado suave —dice d’Albert—; hay un montón de países donde harían perecer a un hombre como ese.
—¡Oh!, ¡así es como son ustedes, los señores golillas! —dice Noirceuil—: Felices cuando corre la sangre. Las horcas de Thémis son vuestra casa; os excitáis pronunciando una sentencia de muerte, y a menudo descargáis cuando la hacéis ejecutar.
—Sí, eso me ha sucedido algunas veces —dice d’Albert—, ¿pero qué inconveniente hay en hacerse un placer de los deberes?
—Ninguno, sin duda —dice Saint-Fond—, pero volviendo a la historia de nuestro hombre, estaréis de acuerdo con que hay mujeres muy ridículas en el mundo.
—Es que —dice Noirceuil— hay un montón que creen haber cumplido sus deberes hacia el marido, cuando han respetado su honor, y que les hacen comprar esta virtud tan mediocre por la acritud y la devoción, y sobre todo por negaciones constantes a todo lo que se aleje de los placeres permitidos. Constantemente a caballo sobre su virtud, las putas de esta calaña se imaginan que nunca las respetan demasiado, y que, de acuerdo con esto, hay que permitirles la gazmoñería más ofensiva sin ningún reproche. ¿Quién no preferiría a una mujer tan zorra como os la queráis imaginar, pero que disimulase sus vicios con una complacencia sin límites, con una sumisión completa a todas las fantasías de su marido? ¡Y!, ¡jodan, señoras, jodan todo lo que les plazca! Para nosotros es la cosa más indiferente del mundo; pero atended nuestros deseos, satisfacedlos sin ningún escrúpulo; transformaos para complacernos, desempeñad ambos sexos a la vez, convertíos en niñas incluso, a fin de dar a vuestros esposos el extremo placer de azotaros, y estad seguras de que con tales extravíos, cerrarán los ojos a todo lo demás. Para mí, estos son los únicos procedimientos que pueden mitigar el horror del lazo conyugal, el más terrible, el más detestable de todos aquellos con los que los hombres hicieron la locura de atarse.
—¡Ah!, Noirceuil, ¡no sois galante! —dice Saint-Fond, apretando un poco más fuerte los pezones de la mujer de su amigo—, ¿olvidáis que vuestra esposa está aquí?
—No por mucho tiempo, espero —respondió malvadamente Noirceuil.
—¿Cómo así? —dice d’Albert lanzando sobre la pobre una mirada tan falsa como hipócrita.
—Vamos a separarnos.
—¡Qué crueldad! —dice Saint-Fond, al que inflamaban extraordinariamente todas estas maldades, y quien, excitando a un muchacho con su mano derecha, continuaba apretando con la izquierda los bonitos pezones de Madame de Noirceuil—… ¡Qué!, ¿vais a romper vuestros lazos… vínculos tan dulces?
—¿Pero no hace poco tiempo que duran?

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