EL DEMIURGO Y SU PAREDRO

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Al principio de los tiempos los humanos parecen haber decidido que tantos incidentes y accidentes como los que despachaba la naturaleza no podían ser casuales, que debía de haber numerosos espíritus, muchas almas, voluntades parecidas a las humanas detrás del sol que se presentaba en cada amanecer para ocultarse con el crepúsculo, y en el rayo, las crecidas de los ríos, las borrascas, las plagas, el poder despiadado de los elementos… La primera ocupación magicorreligiosa de los hombres consistió en animar, en dotar de alma (o anima) a cada fuerza natural, objeto celeste o topográfico susceptible de deparar prosperidad o miseria, dicha o dolor …

Para la humanidad, la naturaleza siempre estuvo poblada de espíritus. Todo árbol, monte, lago o río era la casa o el reino de algún espíritu; y los fenómenos naturales en su conjunto, desde la muerte hasta la sucesión de las días y las estaciones, obra de dioses y demonios.

Pero además de esos espíritus ajenos a la humanidad o exteriores, estaban los de los muertos. Para la mayoría de las sociedades primitivas, las almas de los muertos se convierten en demonios. Los indios de las selvas venezolanas, por ejemplo, creen que los espíritus de los difuntos se ocultan en la selva para convertirse en genios malignos. Y esa misma creencia se repite entre aborígenes de Australia, Nueva Zelanda, África subsahariana o Indochina …

Los humanos primitivos temían sobre todo a las almas de los magos y nigromantes muertos, a las que solían atribuir tanta peligrosidad como a los demonios que causaban las enfermedades, las catástrofes naturales o la muerte.

En cambio, los antepasados de la familia o de la tribu normalmente eran deificados. El culto de los antepasados muertos, que tuvo gran importancia entre los romanos de la Antigüedad, que los veneraban como dioses lares, persistió en China y en el sintoísmo de Japón hasta el presente, y también, en menor medida, perdura en las tradiciones hinduistas.

En general las comunidades primitivas veneraban a los espíritus de los jefes y patriarcas difuntos. Pero además, cada familia dirigía oraciones particulares a sus propios muertos. Y éstos, que eran muy exigentes en materia de honores fúnebres, no vacilaban en imponer duros castigos a los vivos que olvidaban realizar las ofrendas debidas o que incumplían las normas rituales. Los castigos solían ser la enfermedad y la muerte.

El espíritu que regía o reinaba en el primitivo país de los muertos, casi siempre subterráneo, es uno de los primeros precursores de Satán. En efecto, entre las más tempranas configuraciones del Diablo, destaca la dignidad o función de «rey o dios del país de los muertos», tradicionalmente situado ad inferos, bajo tierra, en el subsuelo profundo (infernus).

El mito acadio[18] de Nergal y Ereshkigal narrado en un poema asirio simboliza las bodas del cielo y el mundo subterráneo, la reconciliación entre la vida y las sombras sepultadas bajo la tierra. Ereshkigal, la reina de los muertos, que es seducida y luego abandonada por Nergal, consigue doblegar la voluntad de éste con una amenaza literalmente infernal:

Haré que los muertos asciendan y devoren a los vivos, haré que allí arriba haya más muertos que vivos.

Esto anuncia la despechada Ereshkigal a su abusivo amante Nergal, para obligarlo a casarse con ella. Esa antigua diosa, que desempeña en el mito mesopotámico la misma función de regente infernal que tendrá el Diablo algunos milenios más tarde, atestigua la calidad primigenia del terror al regreso de los muertos, que acosó a la humanidad desde el origen de la civilización.[19]

Por su parte, la diosa Ishtar, del mismo panteón, a causa del despecho que le inspira el rechazo de Gilgamesh, formula ante Anu (o An), su padre, una amenaza idéntica: hacer que todos los muertos regresen al mundo desde el infierno, a menos que Anu acceda a crear el Toro Celestial.[20] con el cual quiere dar muerte al galán que la ha humillado. Anu se toma la amenaza filial muy en serio, puesto que crea al Toro Celestial.

Pero otro mito de esa misma divinidad femenina, relativo a Tammuz, refiere por su parte el fracaso de Ishtar, divinidad del amor y de la fertilidad, para conquistar el reino de Ereshkigal. O en otras palabras: la imposibilidad de abolir la muerte, y la separación radical entre vivos y muertos, entre los mundos de unos y otros. Tammuz muere cada año en el solsticio de verano, para renacer en el de invierno. Los seres humanos harán de su ejemplo la promesa o esperanza de una existencia póstuma, de una vida ultraterrena. Los sumerios, que fueron precursores religiosos del monoteísmo en todo sentido, relacionaron la ausencia/presencia alternativas del dios con el destino de las almas de los seres humanos después de la muerte. Éstas podían aspirar en el futuro al disfrute de un privilegio semejante al de Tammuz: acceder, incluso periódicamente, a otra vida, después de la muerte, desde el infierno.

Satán con máscara femenina, Ereshkigal, reina del mundo de los muertos, e incluso generala de ejércitos de muertos, cuando a causa de la pasión amorosa da en la cólera guerrera, es tan emblemática como el lema que puede leerse en la entrada del infierno dantesco, aconsejando a quienes han llegado hasta allí abandonar toda esperanza de regreso. La diosa del infierno no permite a sus súbditos que abandonen el reino, pero cuando la pasión la desborda, puede invadir el mundo de los vivos a la cabeza de un enorme ejército de muertos.

Entre los muchos dioses que tuvo el Antiguo Egipto, por su maldad destacaba Seth, el dios rojo del Alto Egipto, señor del rayo, del simún, del siroco y de la peste, al que desde el principio se consideró una auténtica encarnación del mal. Asesinó a su hermano Osiris, quiso violar a su sobrino Horus … Los griegos hicieron de Seth un titán espantoso, a quien llamaron Tifón, que luego los cristianos convertirían en demonio.

Seth era más y era menos que el Diablo: un demonio con máscara cosmogónica, capaz de mudarse en reptil sidéreo para atacar la barca del Sol dos veces al día y hacer que el ciclo de día y noche pueda continuar, es sin duda más que el gran espíritu del mal en el monoteísmo, desprovisto de toda responsabilidad sideral. Pero el Diablo, por su función de acusador de todas y cada una de las almas humanas a la hora del Juicio Final, obstinado y perpetuo tentador de los hombres; difamador permanente de Dios ante todos los hombres y mujeres de la historia, es omnipresencia de la maldad, y no tiene igual en las religiones politeístas.

Zoroastro, o Zaratustra, reformador religioso iraní acerca de cuya historicidad, en particular en lo que respecta al tiempo en que vivió, no hay acuerdo, habría establecido en el norte de Irán hacia los siglos VI y VII a. C. las bases del dualismo religioso. Los historiógrafos contemporáneos de las religiones han observado que el Zend Avesta, libro sagrado que se le atribuye, y que está compuesto por cinco partes que reúnen dieciséis himnos (gathas), muestra tal unidad estilística y de pensamiento que sólo puede haber sido compuesto por una persona.

Para Zoroastro o Zaratustra, el origen de todo es un principio impersonal al cual llama Ahura Mazda o Zervan, que puede identificarse como el Tiempo. Éste crea a dos demiurgos, es decir, a dos dioses o principios creadores del mundo, que son complementarios: Ormuz, «infinito por lo alto», y Ahrimán «infinito por lo bajo».

Los gemelos Ormuz y Ahrimán se ocupan de la obra de cada uno de los seres humanos, al igual que lo harán Dios y Satán en las religiones monoteístas.

Ahrimán ,el «infinito por lo bajo», es príncipe de las Tinieblas y jefe de los demonios en el mazdeísmo. Y sobre todo es enemigo encarnizado e irreconciliable de su hermano Ormuz, el «infinito por lo alto» y «eterno». Informa Plutarco en sus Vidas paralelas de que los persas creían a Ormuz «nacido de la pura luz, y a Ahrimán de la oscuridad absoluta»; de ahí que estuvieran en guerra constante.

Ormuz crea seis dioses: el de la buena voluntad o bondad; el de la verdad; el de la equidad; el de la sabiduría; el de la prosperidad; el de la belleza.

Ahrimán, paredro de Ormuz, por su parte, engendra otros tantos contradioses o males, que son seis genios malignos: los malos pensamientos/mala voluntad; el fuego destructor; la flecha de la muerte; el orgullo y la arrogancia; la sed; el hambre.

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