INTRODUCCIÓN AL EXISTENCIALISMO

3a-llamada

 

Existir es ser un ser que se elige a sí mismo. El hom-bre, único existente, es el ser que elige su ser; es el ser que tiene que elegir a cada instante. Porque es elección de sí mismo, elige esto o aquello, y no puede no elegirlo. Así como es posibilidad y por eso tiene esta o aquella po-sibilidad determinada, de la misma manera es elección y hace esta o aquella elección determinada. Y lo que elige son sus posibilidades; y se elige proyectándose hacia esto o aquello. Toda la existencia es una elección constante; pero no es sólo elección la elección consciente y delibera¬da; nuestros impulsos más secretos, nuestras tendencias más oscuras, son, también, elección. El hombre, ser que se crea a sí mismo, se crea eligiéndose y eligiendo sus po¬sibles; si no los eligiese, no se crearía a sí mismo, y sería creado por los posibles que actuarían sobre él desde fuera. Elegimos todo lo que somos, y somos eso que elegimos; y eso que elegimos lo elegimos creándolo, no escogiéndolo dentro de un juego ya dado de posibles.
(“Hay que elegir a cada instante”, no es una fórmu¬la exclusivamente existencialista. Sin ir muy lejos, pode¬mos encontrarla en dos filósofos de comienzos de siglo, por completo ajenos a las preocupaciones existencialistas. Apa¬rece literalmente en Bergson: A tout moment, on doit choisir. Pero Bergson no limitaba la obligatoriedad de elegir a la existencia del hombre, sino que la hacía ex-tensiva a todos los seres vivos dotados de cerebro. El ce-rebro es el órgano de la elección. La médula puede res-ponder a las excitaciones exteriores, contestando a ellas de una determinada manera, y sólo de una; pero, en algunos casos, en vez de responder remite las excitaciones al cerebro, para que éste responda; y el cerebro no res-ponde de una manera determinada:. elige, entre diversas
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respuestas posibles, una. La elección de esa respuesta, que no es la única respuesta posible, constituye el acto crea¬dor. Tener que elegir a cada instante es tener que crear y crear a cada instante. Pero es necesario ir aún más allá de Bergson y admitir que también la médula elige, ya que elige entre los excitantes, para responder a unos y re¬mitir los otros al cerebro. Blondel, que ha condenado el existencialismo con palabras fuertes —”nueva moda que constituye un peligro mortal para el pensamiento y para el futuro de la civilización”; “sucedáneo del opio, acom¬pañado de encantamientos magnéticos”—, insistió tam¬bién en señalar la diferencia entre el “hecho”, propio de lo físico, y la “acción”, propia de los hombres, como au-sencia o presencia de una elección constante. El hecho es la respuesta que toma un camino único; la elección es el cierre de todos los caminos posibles, menos uno. En la elección nos desprendemos de nosotros mismos y ejerci-tamos nuestra capacidad creadora, que es el triunfo de un punto del universo sobre todo el resto. Triunfo, porque es creación de algo nuevo; es decir: devolución, al todo, de algo más que lo que el todo nos envía: a la simple distensión de dos labios en una sonrisa, podemos respon¬der con una pasión.)
• Existir es ser un ser libre. Cuando se preguntó cómo era posible la posibilidad, en qué se fundaban las posi¬bilidades del hombre, Kierkegaard concluyó que el hom¬bre era posibilidad, la posibilidad fundamental gracias a la cual surgían las otras posibilidades. Había posibles para el hombre, porque el hombre no era sino eso: posibili¬dad. Y a esa posibilidad anterior a todas las posibilidades concretas la llamó la libertad. Existir es ser posibilidad antes de las posibilidades; y esa posibilidad fundamental,
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que no es posibilidad de nada determinado, y que tiene que crear sus posibilidades, es la libertad.
La existencia se funda en la libertad y es, por ello, un continuo proceso de liberación, un continuo ejercicio de sí misma. Ha podido decirse que el niño nace viejo, y no sólo en el sentido de que por el simple hecho de nacer “ya está maduro para la muerte”, sino por esto otro: el niño que acaba de nacer es toda la vejez del mundo y con-tiene la tremenda carga de los millares de millares de si¬glos que han sido necesarios para hacerlo surgir, toda la tremenda carga del universo, porque todo el universo co-laboró oscuramente para que ese niño fuese posible. (En el niño están —no lo olvidemos— todas las leyes del mundo: el niño tiene toda la vejez de la materia; la vejez de las leyes físicas, químicas, fisiológicas; la vejez de ese mundo cuya criatura es. Es ejemplar de una especie vie-ja, también, que viene repitiéndose y haciendo que el hijo de un hombre sea siempre un hombre como “el hijo de un perro es siempre un perro”, según decía el personaje de Las moscas, de Sartre.)
De toda esa vejez tiene que liberarse el niño. El niño, podríamos decir, no es sino el acto ininterrumpido en que se libera de esa vejez. Toda su existencia será un proceso de rejuvenecimiento: habrá de crearse como ser nuevo, irrepetible, nunca dado. Habrá de construir, construyén-dose, el mundo nuevo, el “mundo antinatural” de la li-bertad ; habrá de introducir ese otro mundo en el mun¬do; habrá de ser “un escándalo”. Porque es libertad, po¬drá dejar de responder al dolor con un grito, como res-ponde al nacer; o podrá, también, responder otra vez con un grito, sin tener nunca la certeza de que la respuesta que dé habrá de ser la que dé siempre en el futuro. Podrá
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aprender a sonreir a lo inexistente, como cuando sonríe ante las imágenes de su fantasía; podrá aprender a no ser su pasado, a poner en el mundo natural de su organismo ese otro mundo antinatural de las pasiones. Y podrá crear los mundos del amor y el odio, del sacrificio y del crimen, de la belleza y de la lógica, de la ética y de la política, de la ciencia y de la religión. El hombre es el ser posible, posibilidad de sí mismo y, por eso, posibilidad de los mundos. Porque es posibilidad antes de todas las posibili-dades, es libertad. Y esa libertad, que es ejercicio, es su propia liberación, su propia creación y creación de los mundos. Podemos pues decir que para el existencialismo el hombre es libertad creadora.
Existir es ser un ser que se cuida de su ser. A la pie-dra, nada le importa de su ser; a la piedra, su ser “ni le va ni le viene”; la piedra no se cuida de su ser. La piedra no existe, no es un ser de lejanías; a la piedra nada le es posible; la piedra no tiene que elegir nada, no tiene que elegir su ser, no tiene que crearse. Pero el hombre existe, está fuera de sí; por ello, no puede sino sentirse amenazado, siempre inseguro de ese su ser en permanente riesgo; y por ello el hombre tiene que cuidar su ser, po¬ner curia en él (curia, lo contrario de incuria). El hom-bre, a diferencia de la piedra y de Dios, tiene que cuidar su ser, cuidarse de las cosas, cuidarse de sí mismo, cui-darse de los otros. Y ese cuidado forzoso, esa curia, esa cura, no le dan sosiego.
El hombre es ante todo el ser que se cura de su ser. Y porque se cura de su ser, porque es cura, puede condu-cirse de tal o cual manera, tener este o aquel impulso o tendencia. El fundamento de todas las conductas, impul-sos, tendencias, reside en la cura: gracias a la cura que
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el hombre es, surgen tales o cuales comportamientos par-ticulares. El hombre es, ya por su misma estructura, cura. La voluntad, el deseo, se funda en esa cura que el hombre ya es; el hombre no se cura de su ser porque disponga de voluntad, de deseo, sino al revés: el hombre dispone de voluntad, de deseo, porque es cura.
Puede el hombre disimularse esa cura que estructural-mente es; puede, en apariencia, hasta suprimirla con com-portamientos especiales que son como sus sucedáneos ino¬fensivos. Puede, por ejemplo, mostrarse curioso. La cu¬riosidad es una de las maneras con que el hombre se si-mula, sin poder suprimirla, la responsabilidad de cuidarse de su ser. Pero la curiosidad, que es un como descuido de nuestro ser, contiene, aunque no lo quiera, el cuidado que trata de disimular. La curiosidad es pariente de la cura o curia. (Ya San Agustín había aludido a esta rela¬ción entre la curiosidad y la cura —que ahora es uno de los temas del existencialismo de Heidegger— en un pa¬saje de su tratado sobre La Música: “De ahí nace la cu¬riosidad —curiositas—, que recibe su nombre del cuida¬do —cura— y es enemiga de la seguridad —securi-tas—… y de la verdad.”)
En el poema de Goethe, es la Cura quien le dice a Fausto: “A aquel de quien yo me apodere una vez, de nada le valdrá el mundo entero… No alcanzará la po¬sesión de ningún tesoro.” La cura tiene esto de paradóji¬co: es cura, cuidado, pero no da nunca securitas, seguri¬dad. El hombre, que es cura, es el ser inseguro, expuesto, el ser que constantemente corre el riesgo de su ser.
Existir es ser un ser incumplido. Las cosas, que no se curan de su ser, están cerradas, acabadas, perfectas: son lo que son, ni más ni menos; nada les falta ni nada
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les sobra. Pero el hombre, que es un ser de lejanías, que es un ser posible, es un ser siempre abierto, para el cual hay siempre un “todavía no”. Dios es, como la piedra, ser cumplido, acabado, perfecto. El hombre, ser existente, no puede lograr la “perfección” de la piedra ni la de Dios. No hay nunca para el hombre un “ya no más”, pues el hombre es, siempre, posibilidad, deficiencia.
El hombre no puede realizar un todo acabado, ni aun en la muerte: en la muerte el hombre no logra la perfec-ción de su existencia, pues la muerte no es existencia. El hombre no existe en su muerte, ni puede existir en ella, pues existir es ser siempre una posibilidad. Aun en el mo-mento de la agonía, el hombre es un ser posible, que se anticipa a sí mismo; aun en la agonía se anticipa a sí mismo y desde su anticipación puede imaginarse muerto, y anticiparse aún más, dictando para “después” su “úl¬tima voluntad”. Lo que el hombre no podrá, nunca, es completarse, hallarse realmente sin distancia con respecto a sí mismo, alcanzar la vecindad absoluta que consigo tiene la piedra o tiene Dios. Puede, sí, realizar la expe-riencia de su agonía, pero ésta no es la experiencia de la muerte: el “sentirse morir” es una experiencia de la vi¬da, no de la muerte. Quien agoniza, vive, y su sentirse agonizar es no un sentirse morir sino un sentirse vivir.
La Cura también había dicho a Fausto que aquel de quien ella se apoderase sería siempre un ser “incumpli-do”. El hombre es siempre “para mañana”; el hombre tiene siempre un “después”. En cuanto existe, no puede sino perseguir ese mañana, perseguir ese después; pero no ha de alcanzarlo —como el viajero no alcanzará el hori¬zonte— y será siempre un ser deficiente. En su persecu¬ción de sí mismo, en su aspiración a realizar el ser cum-
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plido, no puede sino fracasar. El hombre quiere realizar lo imposible: ser perfecto, pero no como la piedra, sino como Dios; ser perfecto y saberse perfecto, y amar su propia perfección. Pero saberse perfecto y amar su propia perfección es ya ser un ser a distancia de sí mismo y no un ser perfecto, acabado. Por eso Sartre declara al hom-bre un “dios fracasado”, una “pasión inútil”. (Y al mis¬mo tiempo declara inexistente a Dios, porque Dios sería un concepto contradictorio: el ser perfecto que se sabe ser perfecto: una piedra opaca atravesada de luz. Y por esa misma razón declara Heidegger que Dios no existe: en el sentido de que Dios no está fuera de sí mismo, de que no es un ser de lejanías, de que no es un ser para el cual haya posibilidades, de que no es un ser deficiente.) Existir es ser un ser en el mundo. El hombre y la piedra están en el mundo; pero el hombre no está en el mundo de la misma manera en que está en él una piedra. La piedra está en el mundo sin que para ella haya un mundo; ese mundo en que la piedra está no es su mun¬do, no es un mundo con el que la piedra se halle en esa actitud de “familiaridad” en que sí se halla el hombre. En rigor, mundo no hay sino para el hombre; el hom¬bre es el ser para quien hay un mundo. Pero no hay por un lado una realidad hombre y por otro una realidad mundo; no hay un hombre que venga de pronto a po¬nerse en relación con el mundo, sino que el hombre, por el simple hecho de ser hombre, es, ya, ser en el mundo, ser abierto al mundo.
El mundo en que el hombre es no viene a agregár¬sele como algo que antes le fuese ajeno y que ahora le es propio; el hombre es, por su propia estructura, hombre-en-el-mundo. El hombre, el “ser ahí”, no está primero
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encerrado en sí mismo y luego abierto al mundo. Un ser cerrado al mundo y que luego se abriese a él sería un mis-terio incomprensible, un absurdo, como el de una piedra que, cerrada al mundo, entrase de pronto en relación de familiaridad con el mundo y pudiese conocer, sentir, ac-tuar.
La piedra está en el mundo y puede ser cambiada de lugar. Pero el hombre está en el mundo sin poder “cam-biar su lugar” por otro. En ese sentido: no hay lugares ya dados en los que esté situado el hombre; el hombre es aquel por quien hay lugares; el hombre es el ser por quien hay un “aquí”, un “allí”; el hombre es el ser gra¬cias al cual están situadas las cosas. El hombre es el ser que impone la perspectiva que llamamos perspectiva del mun¬do. Y como sin perspectiva no hay mundo (entendiendo por mundo una estructura de partes relacionadas de cier¬ta manera entre sí), sin hombre no hay mundo, porque sin hombre no hay perspectiva. (Aunque sin hombre hay mundo en el otro sentido: en el de simple totalidad de las cosas.)
Pero ser ahí, ser en el mundo, es lo mismo que tener un cuerpo. Yo soy un punto de vista sobre el mundo. Cada uno de nosotros es un punto de vista, y desde ese punto de vista hace surgir el mundo. Lo que llamamos la perspectiva espacial, por ejemplo, que hace que las co¬sas se dispongan de cierta manera, ocultándose total o parcialmente las unas a las otras, ofreciéndose en tamaños variables y en formas diversas, es una necesidad metafí¬sica. La perspectiva es forzosa para que haya mundo. Un mundo no visto desde ningún punto, no sería mundo; pues si no estoy en un punto dado, no puedo distinguir unas cosas de otras, establecer relaciones entre ellas (y un

 

 

VICENTE FATONE

INTRODUCCIÓN

AL EXISTENCIALISMO

 

 

 

 

Cuarta edición

EDITORIAL COLUMBA

L i b e r a l o s L i b r o s

 

 

 

Primera edición: junio de 1953. Segunda edición: septiembre de 1953. Tercera edición: julio de 1957. Cuarta edición: septiembre de 1962.

 

 

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2 comentarios en “INTRODUCCIÓN AL EXISTENCIALISMO

  1. Como anillo al dedo, justo antes de empezar a leer la novela existencialista, “El Extranjero” por Albert Camus. Al terminar de leerlo haré una reseña y me cercioraré de poner un enlace a esta entrada. Saludos y gracias por la contribución.

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