CASTIGOS VOLUPTUOSOS

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El sátiro, con expresión alelada y tambaleándose, pues las piernas casi no le sostienen, balbucea: —¡Mira qué polla tan preciosa, pequeña…! Mira qué grande es y qué bien se empalma para ti…

Estupefacta, con la mente bloqueada y la mirada irresistiblemente atraída por el potente imán de carne, Angelita sería incapaz de apartar la vista de semejante rigidez aun cuando lo deseara.

Nelly, muy lejos de sospechar a qué contemplación se entrega su amiga, lloriquea y continúa implorando el fin de la azotaina que sacude rudamente sus nalgas desnudas, que las tiñe de un rojo vivo, que las agita a un ritmo continuado, que las inflama con una insoportable incandescencia.

A los gritos de Nelly, cuya vergüenza incrementa su aflicción, se suman los ladridos de Kiki: instintivamente, el animal nota que está sucediendo algo anormal y salta hacia el hombre, mordisquea sus zapatos, le tira del pantalón. Pero el pornógrafo, ignorándolo, persevera en su obscena empresa. Además, ya ha llegado al paroxismo del goce y la espuma blancuzca borbotea en el meato de su glande carmesí.

La voluptuosidad abrasa la antorcha palpitante, la hincha y la endurece a breves espasmos: un primer chorro de esperma brota, al tiempo que toda la verga sufre una contracción, describe un arco y se derrama en la hendidura de las nalgas de la desconsolada chiquilla. Luego surge un segundo chorro, seguido inmediatamente de muchos otros, que manchan todos ellos las carnes llameantes, así como la mano que las palmea. Repentinamente lívido y con los ojos vidriosos, el hombre se pliega sobre sí mismo, jadeante y tembloroso, mientras acaba de gozar.

Creyéndole enfermo, Angelita, inquieta y también terriblemente impresionada por el espectáculo que acaba de presenciar, suspende el castigo que le infligía a su compañera. Su mirada despavorida se aparta del pene, agitado por los últimos estremecimientos, y se dirige primero hacia su mano untada de la espesa sustancia humana, para pasar después a las redondeces enrojecidas de Nelly, sobre las cuales destacan extensas manchas brillantes que parecen escupitajos.

Al reponerse de la sorpresa y alzar de nuevo la vista, vio la espalda encorvada del hombre, que se marchaba, ahora turbado por su acto excesivamente audaz.

Se sentía muy cansada. Lentamente, liberó a su sollozante amiga y, sin tratar de consolarla, se tumbó boca arriba y examinó, olió e incluso probó con la punta de la lengua el semen del hombre que resbalaba por el dorso de su mano.

Nelly, llorosa, empezó a secarse las lágrimas con una mano, mientras intentaba sofocar el fuego que despedían sus nalgas magulladas con la otra. De pronto tocó una sustancia acuosa y la incongruencia del hecho le hizo olvidar su aflicción. Consultó a su vez su mano pringosa. Entonces, la sorpresa sustituyó en su rostro al pesar que la invadía.

—Pero…, pero ¿qué es esto? —preguntó, ajena a la verdad—. ¡Me has escupido en el trasero, marrana!

—No, no —respondió Angelita, con aire pensativo—, es lo que ha salido de su enorme dedo…

—¿Cómo? ¿Qué dices? —exclamó la chiquilla, estupefacta por las declaraciones de su amiga e incapaz de comprender aquellas enigmáticas palabras.

Angelita se dispuso a explicarle lo ocurrido. Estremecida, se volvió hacia Nelly, se apoyó en un codo y dijo precipitadamente, en un tono apasionado: —He visto una cosa extraordinaria. Figúrate que, mientras te propinaba la azotaina, el buen señor se ha sacado una especie de dedo monumental del pantalón y lo ha agitado muy deprisa hasta hacer que brotara la crema que yo tengo en la mano y tú en el trasero.

—¡Mentira! —repuso la morenita, incrédula.

—¡Que sí! Te lo juro…

—¿Y tú crees que todos los hombres tienen un aparato como ése?

Angelita se encogió de hombros, declarándose impotente para satisfacer su curiosidad.

—¿Cómo quieres que lo sepa? En cualquier caso, puedo asegurarte que me ha causado una sensación muy rara ver que me enseñaba su trasto y que lo agitaba así.

Luego, tras reflexionar unos instantes con aire grave, la rubita añadió en voz baja: —¿Sabes, Nel? Me da la impresión de que en todo esto hay algo sospechoso y creo que sería mejor no decirles nada a nuestros padres. En realidad, a nadie. Presiento un misterio que no debe de serlo para las personas mayores y que nos ocultan a nosotros, los pequeños… ¿Por qué? Eso es lo que me gustaría saber. Lástima que el tipo se haya ido corriendo; quizás habríamos podido preguntárselo.

Cada vez más intrigada por las revelaciones de Angelita y sintiendo unos terribles celos de ella, la morenita, que estaba abrochándose las bragas sin ni siquiera darse cuenta de lo que hacía, dijo con envidia: —¡Qué suerte tienes! Espero que vuelva a enseñarnos ese dedo del que hablas…

Mientras los azotes llovían a raudales sobre su trasero desnudo, Nelly había tramado su venganza, pero, en cuanto Angelita había iniciado una conversación que giraba en torno a un asunto muy distinto, sus deseos de tomarse el desquite se habían desvanecido. Se sentía febril, experimentaba la devoradora frustración que corroe a quien es consciente de haberse perdido algo esencial.

Poniéndose en pie de un salto, propuso, en un tono casi suplicante: —Ven, vamos a pasear. Tal vez otro tipo nos enseñe esa cosa de la que hablas…

Angelita fue de la misma opinión. Aunque el sentimiento que la animaba era muy distinto, no por ello estaba menos ávida de volver a presenciar una exhibición del cuerpo humano, del que una excrecencia particular de carne la había excitado y fascinado tan vivamente.

Merodeando entre el boscaje y caminando en ocasiones de puntillas cuando detectaban la presencia de un macho, con la esperanza de sorprenderlo con la bragueta abierta, se dirigían casi ingenuamente al encuentro de la sexualidad.

A veces, una de ellas, cuando distinguía a través de la hojarasca una masa oscura de cuerpos tumbados, colocaba un dedo sobre sus labios para recomendar el silencio más estricto, y ambas se adentraban sin hacer ruido entre los matorrales para ver qué hacían los enamorados. Desgraciadamente para ellas, nuestras pequeñas viciosas en ciernes tan sólo se toparon con parejas demasiado prudentes para someterse a las exigencias de sus cuerpos, pese a que sus estrechos abrazos les incitaban a amarse sin reservas. Aun así, el hecho de verles frotarse impúdicamente, con las piernas entrelazadas, las bocas unidas y las manos vagabundeando por sus formas, les permitió entrever placeres ilícitos que jamás habían imaginado.

La única vez que, pese a todo, pudieron saciar su curiosidad con los atrayentes contornos de una verga, fue espiando a un inocente paseante que orinaba ante un árbol.

—No es tan grande como decías —observó en un susurró Nelly, un tanto decepcionada.

—Ese dedo no; pero si hubieras visto el de aquel señor, ¡te habrías quedado patidifusa! Era por lo menos cuatro veces más grande… —aseguró Angelita, haciendo el mismo gesto que un pescador cuando alardea ante los clientes de un bar de la mayor pieza de su carrera.

Matthieu Delcourt

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