AMORES BESTIALES

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La madre de Marión se extrañó mucho al ver aparecer a su hija en la gran avenida del castillo, con el brazo apoyado en el de la señorita Isabelle.

Y no creyó en lo que estaba oyendo cuando advirtió que las dos niñas se tuteaban.

—Dile que te quedas conmigo, Marión, volverás un poco más tarde, eso es todo.

—No te das cuenta, Isabelle, me necesita para que la ayude.

—Yo misma se lo diré, no te preocupes.

La madre de Marión había oído la conversación mientras las niñas pasaban bajo la terraza donde ella estaba terminando su trabajo.

—Señora Louise —gritó Isabelle—, Marión se queda conmigo un rato, ¿no le molesta?

—Bueno… ejem… No, señorita Isabelle…

La pobre mujer estaba toda trastornada.

—Espero que te comportes como es debido —dijo, dirigiéndose a su hija que estaba tan pasmada como ella.

—Claro, mamá, claro.

Encantada de poder disponer de Marión, Isabelle la tomo de la mano y la llevó hasta su habitación por los corredores y las escaleras del antiguo edificio. Un poco extrañada por tan súbita amistad, Marión había seguido a la joven castellana preguntándose a dónde querría ir a parar.

No iba a tardar en saberlo.

—Eres bonita, ¿sabes? —le dijo ésta en cuanto tuvieron en la alcoba tapizada de tela de Jouy…—. Me pareces muy guay… Si fuera un muchacho, te cortejaría… —Marión tragó saliva con dificultad, sin comprender muy bien todo aquello—. ¿Sabes? —prosiguió Isabelle—, tengo unos vestidos que no me pongo nunca, ¿te gustaría probarte uno? Podrías llevártelo…

—No lo sé —farfulló Marión, impresionada por el número de vestidos colgados del armario que la joven aristócrata acababa de abrir.

—Mira esto —le dijo descolgando un vestido de flores multicolores sobre fondo azul celeste—, creo que te sentará bien, Marión.

Quítate el que llevas para probártelo…

Inocentemente, la chiquilla se quitó la camisa y la falda de algodón. Se quedó desnuda, salvo por las pequeñas braguitas blancas.

Isabelle se acercó insidiosamente, pasándole una mano acariciadora por los hombros…

—Hmmmm —suspiró—, realmente estás muy bien hecha.

—¿Tú crees? —preguntó Marión, algo turbada de todos modos…

—Mmmmm —prosiguió la pequeña viciosa—, tienes las tetas como manzanas, ¿me permites?

Y sin esperar la respuesta, las envolvió con sus dos, manos, palpando ávidamente los pequeños montículos de carne firme y pasando un pulgar lascivo por los pezones que, instintivamente, se irguieron ante aquella caricia.

—Se te han empalmado las puntas, marrana —gruñó Isabelle sacudiendo su larga cabellera rubia, que acariciaba con sus hebras de oro el pecho desnudo de la joven campesina.

—Perdóname —suspiró Marión—, no sé por qué, pero siempre me hace el mismo efecto.

—¿Te excita que te toque? —preguntó Isabelle, encendiéndose ante la ingenua reacción de Marión.

—Claro —asintió ésta.

—¿Y si te chupara los pezones?

Isabelle no aguardó la respuesta y se inclinó sacando la lengua para abrillantar los hermosos frutos de carne, ya muy hinchados.

—¡Ah! —suspiró Marión cuando los labios de la muchacha rubia se cerraron sobre uno de sus pezones—, me das tanto gusto…

Isabelle degustaba con arrobo aquella carne juvenil. Los autores libertinos no engañaban. Es muy excitante besar las tetas de una muchacha, aunque tú lo seas.

Recordando el modo como chupaba la polla de su hermano mayor, hizo lo mismo para cosquillear, alternativamente, las duras y pequeñas puntas de las tetas de Marión. Es decir, que, tras haber apretado los labios sobre su consistencia, las acarició con la punta de la lengua y, luego, aspiró con fuerza como si quisiera sacarles el jugo. A continuación, dejó que su lengua se ablandara para lamer lascivamente todo el pezón y luego hacerla resbalar en redondo por las aureolas, siguiendo su trazado, antes de picotear, de nuevo, punta de un modo muy excitante…

Aquello resultaba muy interesante y sus braguitas estaban ya empapadas.

Deseando comprobar si su compañera sentía entre los muslos los mismos efectos, puso allí la mano y encontró una mojadura que la entusiasmó.

Uno de sus tunantes dedos se metió entonces bajo la braga y tocó los labios mayores, muy velludos, de la niña ya mujer.

—Mmmm —dijo ésta—, ¿qué estás haciéndome?

—Te casco una paja —respondió la castellana aumentando la presión de su dedo, que acababa de encontrar la elástica consistencia de una hermosa perla oculta en el pelo del conejo.

—Me das gusto —afirmó Marión, abandonándose a la dulce euforia de que se la meneara tan encantadora compañera.

—Dame la mano —murmuró ésta—, me gustaría que me hicieras lo mismo.

De este modo, súbitamente desencadenadas, las dos muchachas se la cascaron hasta que llegó el goce…

—Sí… sí… —suspiraba Isabelle—, menéamela bien… me gusta tu dedo en mi clítoris… dale vueltas…sí, cáscamela… ¡Ah, qué gusto…! ¿Te gusta a ti?

—Oh, sí, Isabelle, me harás gozar…

Era muy sencillo, y el resultado no se hizo esperar indefinidamente. Unos minutos más tarde, las dos almejas gozaban entre aquellos dedos, inundando las falanges con sus jugos de mozas en celo.

Tras haberse puesto las botas, se encontraron abrazadas, boca contra boca, y fue Isabelle quien metió una lengua agradecida entre los labios de la joven campesina…

—Me has hecho gozar mucho, ¿sabes?… Qué gusto, querida. ¿Y tú?…

—No me hables, nunca había gozado tanto…

—¿Ni siquiera con mi abuelo? —preguntó Isabelle con una aviesa sonrisa…

—¿Qué quieres decir con eso?…

—Te vi el otro día, en el tocador… Jodías con el viejo, ¿no te da vergüenza?

—Bueno, ¿sabes?, no me atrevía a decir no…

—Te jodió, zorra, ¿no te avergüenza joder así con un vejestorio?

—Me sentó a la fuerza en su dura polla, me habría gustado verte allí…

—Te empitonó enseguida, mi pobre amiga…

Estaba muy empalmado para su edad.

—No podía creérmelo —reconoció Isabelle.

—¿Nunca ha intentado joderte? —preguntó Marión.

—¡Estás loca! Es mi abuelo…

—¿Y qué? El mío lo intenta a menudo, afortunadamente no puede, su picha se dobla por la mitad…

Isabelle soltó una carcajada y, artera, volvió a magrear los muslos de su nueva compañera.

—¿Jodes con los muchachos de tu edad?

—No… Se la mamo…

—Guarra… ¿Cuántas pichas habrás chupado?

—No lo sé, ya no las cuento… Al salir de la escuela municipal, los chicos me siguen en grupos de a cinco… nos detenemos
detrás de un seto y, luego, me pongo de rodillas en la hierba, lo hago en serie.

—Realmente eres una zorra… Muéstrame cómo lo haces.

Las dos niñas reían nerviosamente tan calientes una como la otra ante aquella salaz evocación.

Isabelle se levantó el vestido, bajo el que no se había puesto las bragas, y gritó: —Haz como si yo fuera un muchachito de la escuela municipal…

Sin hacerse de rogar, Marión se arrodilló en la alfombra de la alcoba, levantó el antebrazo para fingir que le cascaba una paja a una imaginaria picha y, luego, abrió los labios y sacó la lengua para lamer uno de sus dedos…

—Lástima que no tenga una pequeña picha —suspiró Isabelle—, te la metería en la boca… debe de dar un gusto que te la chupen…

La manita de Marión se volvió como sopesando un par de testículos infantiles.

—Mientras se la chupo, levanto sus cojones en mi mano, me gusta sentir las dos bolas en su bolsa de piel…

Germain Le Mamer

AMORES BESTIALES

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SILENO
Diseño cubierta: Romi Sanmartí
No está permitida la reproducción total o parcialde este libro, ni la recopilación en un sistemainformático, ni la transmisión en cualquier formao por cualquier medio, por registro o por otrosmétodos, sin el permiso previo y por escrito delos propietarios del copyright.
Título original:Folies paysannesITraducción: Aurelio Crespo
1996, GECEP Éditions Gérard de Villiers© 1997, Ediciones Martínez Roca, S. A.Enric Granados, 84. 08008 BarcelonaISBN 84-270-2212-3Depósito legal B. 16.906-1997Fotocomposición: Fort, S. A., Rosselló, 33, 08029 BarcelonaImpreso y encuadernado por Romanyá/Valls, S. A., Verdaguer, 1Capellades (Barcelona)
Impreso en España — Printed in Spain

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