MEMORIAS DE UNA DOMINADORA

Rasta

 dominado

Acababa yo de descubrir mi «teatro». Había encontrado un sótano fantástico, donde realmente iba a poder «actuar». Convoqué a un puñado de esclavos. Necesitaba ayuda. Hasta entonces los había recibido en un cuartito, situado en una planta baja, que me había prestado uno de ellos. Era una antigua garita de portera con salida a la calle.

Apareció «Rasta», con gorra amarilla y verde: estilo Bob Marley y bien plantado. Había puesto un pie en el resquicio de la puerta, impidiendo cerrarla… Por un viejo reflejo, el temor al escándalo probablemente, le dejé pasar, aunque sin sentir ningún miedo. Sabía, no obstante, que tendría que discutir con él.

—Te escucho.

—Te crees un ama, ¿eh? Buenos días, perra blanca. Soy un negro, un hermoso negro. Pasarás por el aro, marrana. ¡Mira mi polla, cerda! Todas las furcias de tu raza andan locas por mi verga.

¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Chantaje? ¿Intento de extorsión? ¿Me confunde con su pareja de baile? ¿Con su puta madre? Después de mirar cómo Rasta, impasible, me insultaba a gritos, de pronto me cansé. Le solté una de las bofetadas más sonoras de mi vida; se quedó mudo, una bomba histérica a punto de estallar.

—¡Desnúdate! —le dije.

Comenzó a desnudarse con torpeza.

—¡Más aprisa, perro negrata! Voy a partirte tu culo podrido. Y suelta la pasta, ahí, en el suelo, a mis pies. Alguna vez habrás hecho de gigoló, con tu gruesa polla, pero aquí sólo eres un puto maquillado que me trae lo que ha ganado callejeando, ¿entendido? De rodillas, y repite conmigo: «Soy su esclavo, su esclavo negro, y usted, ¡usted es la diosa blanca!». Sí, tú eres el negrito, trabajas para mí en la plantación, ¡y te azotaré sí trabajas mal! Repite: «Soy sucio por naturaleza»…

Rasta repetía. Se le desorbitaban los ojos de placer.

—¿Te has visto la polla, Rasta? Es gorda, sí; podría servir… —me acerqué a su oreja vociferando—, ¡para encular a mis esclavos blancos! Voy a venderte a los esclavos blancos, Rasta. ¡Ah, te has atrevido a insultar a una diosa! Lo pagarás caro, larva hedionda, invertebrado, oruga de mierda, sub-raza reptante.

No paraba de abofetearle, de escupirle en la cara, y a Rasta se le empinaba como un loco. Sin embargo, ni siquiera le había rozado el sexo. Tenía un cuerpo escultural; las gotas de sudor se deslizaban por su piel como perlas brillantes. De rodillas, con las manos a la espalda, Rasta se bebía mis palabras. Yo veía sus ojos de bronce desorbitados, lacrimosos…

—Tu boca, Rasta, es como un cubo de basura dispuesto a engullir mis calientes meadas, mis mierdas…

Yo hablaba como una máquina programada. Rasta seguía postrado a mis pies, prosternado. Pedía más. Estaba colgado, como un muerto de hambre, de mis palabras, de mis gestos, del látigo. Todo le excitaba. Quería disfrutar, disfrutar hasta reventar, quería… Decía: «Al fin he encontrado a mi Ama, usted es el Ama…».

Yo estaba trastornada por este masoquismo eléctrico. Poco a poco, los efectos de la turbación se invertían: «Las perras blancas sólo piensan en la polla gorda del negro».

Reconozco que Rasta poseía un sexo increíble. Antiguas fantasías me cruzaban por la mente: viajes en los que J. P. hacía que me violara un negro. Un black master. Ese día me contenté con el garañón, manteniendo el estereotipo de ama. Rasta se quedó en ayunas.

—Acércate, animal hediondo, gusano injodible. —La verdad es que se hunden no bien les dices que son injodibles—. A ver, déjame tocar esa polla que las vuelve locas… ¡No parece nada del otro mundo! ¡Estoy segura de que eres incapaz de hacer que me corra!

—¡Se lo aseguro, Ama, se lo aseguro, Ama, sí puedo!

—¡Bah!, cállate. Acércate, voy a demostrártelo. —Y le puse un preservativo—. Vaya, tu polla inmunda ya tiene un aspecto más presentable. Otro más, limitemos los estragos. —Así protegido, le hice acercarse. Me coloqué en el borde del somier. Le hice arrodillarse. Apoyé mis manos, juntas, detrás de su espalda—. ¡Muévete, pedazo de inútil!

En mi cabeza bullía la zarabanda infernal. Me agarré a él con todas mis fuerzas. A cada golpe ordenado por el ama, su sexo penetraba profundamente en el mío y me removía hasta las entrañas. Le obligué a hacerlo con suavidad, aterrada ante la idea de que se rasgara el condón. El sexo de Rasta me llenaba, y lo sentí tan voluminoso que tuve la impresión de que me desvirgaban por segunda vez.

Yo alucinaba. De repente no pude contenerme, un violento orgasmo me sacudía, se me llevaba, y sin embargo, bajo una máscara de indiferencia, había conseguido permanecer imperturbable e inviolable.

Le arrojé al suelo de un violento puntapié.

—Convéncete de que no eres más que un sucio negro que sólo sirve para lamerme la suela de los zapatos. ¡No has sido capaz de hacer que me corra! —Le tiré la ropa a la cara—. ¡Vístete y lárgate! Rasta se fue con el preservativo vacío, y yo me sentía «vaciada».

Aquel día descubrí una nueva faceta de mi teatro vaginal. Rasta, que se había ido terriblemente frustrado, tenía por desgracia mi teléfono. Me persiguió, me buscó y lloriqueó durante días para volver a verme.

Jamás volví a verle. Jamás.

Título original: Françoise Maîtresse

Annick Foucault, 1994

Traducción: Joaquín Jordá

Annick Foucault

El ama

Memorias de una dominadora

La sonrisa vertical 99

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