LLÁMALO DESEO

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Aunque procuraban no hacer ruido, yo los oía desde mi cuarto. Vivíamos en un piso pequeño entonces, antes de que mi padre empezara a ganar fama y dinero, cuando ellos tenían más o menos la edad que tengo yo ahora. Oía los inarticulados jadeos, confundidos, tan mezclados que me parecían gañidos de un solo animal con dos cabezas. Me daba mucho miedo porque pensaba que, cuando salieran de su cuarto, mis padres se habrían convertido en monstruos. Otras veces, aquellos agónicos gemidos, los golpes del cabezal de la cama, los sonoros cachetes, me hacían creer que se estaban peleando y temía que uno de los dos matara al otro. Que él la matara a ella. Sin embargo, y aunque cada vez que ocurría esperaba lo peor, no pasaba nada, incluso estaban más sonrientes y cariñosos que de costumbre. Después dejé de oírlos, crecí, nos mudamos a una casa más grande, y ellos empezaron a distanciarse. También la riqueza puede hacer que el amor salte por la ventana. Yo era una niña rara, porque no me gustaban los juegos de niña, ni tampoco los de niño. Me pasaba los días sola, leyendo. La belleza de mi madre me cohibía, sabía que jamás sería tan hermosa, como sabía que, en cierto sentido fundamental, aun siendo entonces poco más que una niña, jamás sería tan infantil como ella, tan boba. Yo no jugaba a las muñecas porque ya tenía una en casa de tamaño natural, todo el día probándose trapos. «¿Me está bien?», me preguntaba mirándose el culo en el espejo, animándome constantemente a participar de su narcisismo como si este fuera algo connatural a la feminidad, el componente principal de la propia estima. Se enfadaba porque yo me mostraba reservada y torpe, incapaz de participar en el juego de la coquetería, por más que me vistiera de princesa, como hacía en las fiestas de disfraces del colegio hasta que pude evitarlo. Me gustaba observarla, eso sí, me gustaba verla pintarse, y maldita la falta que le hacía pintarse entonces, cuando iban a salir a cenar o a bailar, con trajes cada vez más caros. Nunca se sentía tan feliz como cuando iba de compras. Insistía en llevarme e inevitablemente acabábamos discutiendo. Conforme fui haciéndome mayor empezaron a apetecerme cosas que sólo ella podría comprarme, que sólo ella sabría elegir. Entonces era yo la que le rogaba y ella accedía siempre refunfuñando, pero en cuanto bajaba a la calle y me tomaba del brazo se ponía inmediatamente de buen humor, se encontraba más cerca de mí de lo que nunca había estado. Claro está, no compartía mis gustos, y ensayaba sutilísimas estrategias para llevarme al terreno de los suyos. Fracasaba casi siempre, aunque de cuando en cuando me convencía y entonces, con las compras, los preparativos, las pruebas y, por fin, al contemplar acabada su obra, al verme como ella quería que fuera, se sentía completamente satisfecha. Eran raras esas veces, y ahora lo digo con pesar. Siempre se lamentaba de lo mucho que me parecía a mi padre. La asombraba mi capacidad para el estudio, creo que la desconcertaba que sacara notas tan extraordinarias y hubiera preferido que fueran buenas, pero no tanto. Con mucho hubiera preferido una muñequita que un coquito en casa. Pero lo que realmente la ponía fuera de juego, lo que la sumía en el estupor era mi dedicación al deporte. Practicaba la natación desde niña. Se me daba bien, destacaba, no por fuerte, por paciente. Cuando las demás abandonaban no era por fatiga, sino por aburrimiento. Yo sin embargo seguía y seguía como el conejito de los anuncios. Encontraba un ritmo, lo mantenía con precisión y lo repetía una vez y otra, largo tras largo, hasta que llegaba un momento que el reflejo automático de los músculos parecía relajar mi mente, despojándola de todo y haciéndome sentir extrañamente libre, muy lejos de la inseguridad, o la angustia, o el deseo. Lo mío eran las pruebas más largas, entrenaba con el equipo del Náutico y participaba en campeonatos. Mi madre, sin legitimidad para prohibirme ese ejercicio, decía que si continuaba de aquel modo iba a deformarme el cuerpo y contemplaba horrorizada mis espaldas. Afirmaba que tanta natación estaba perjudicando mi desarrollo. «Pero mírate», me decía, «si no tienes pecho, si pareces una tabla». Con todo, me llegó la hora de sangrar y mis pechos fueron creciendo, no mucho, lo suficiente para que dejara de quejarse por eso. Al principio me resultaban raros, pero pronto me acostumbré a ellos y me los miraba satisfecha en el espejo. Me aficioné a acariciarlos. También eché culo. Alta, desgarbada, patosa, pero con buen tipo, con posibilidades. Eso decía ella, que yo tenía posibilidades, pero que no me daba a valer. No admitía otra noción de valor que la belleza femenina. Se convenció a sí misma de que con mi estatura y mi apariencia un tanto andrógina, tan de moda, yo podría ser modelo a poco que me refinara una pizca y aprendiera a caminar. Lo decía por decir, a sabiendas de que era imposible; más que nada, era un reproche, porque le impedía vivir a través de mí su propio sueño. Cuando íbamos juntas, los hombres la miraban a ella, no a mí. Eso la hacía sentirse bien consigo misma.

Mis padres se separaron al poco de yo comenzar la carrera y durante unos años viví escindida entre la casa familiar los fines de semana (un chalet en Santa Clara que mi madre conservaba), y el resto de los días en el apartamento que mi padre se procuró en el centro, en Mateos Gago, pago de un proyecto de remodelación de una casa antigua. Mi padre era un arquitecto muy bueno, cada vez más solicitado. Su creciente éxito le proporcionó una vida para la que mi madre no daba la talla, por más que se lo propusiera, víctima de la inmadurez de sus encantos. Tras muchos devaneos, ejercicio de una soltería recuperada en la madurez, que a veces tuve que soportar junto con su mirada de disculpa en la cocina por las mañanas (eran los mismos ruidos que oía cuando niña, los mismos cachetes), se lo acabó ligando una francesa que se lo llevó a París, dejándome dueña en usufructo del apartamento. Para entonces ya estaba en quinto. Escogí antropología, para decepción de mi padre, que abogaba por la arquitectura, haciéndose ilusiones tan falsas como las de mi madre con las pasarelas. No sólo él; todo el mundo pareció lamentar que escogiera una carrera que no exigía nota de corte, pudiendo matricularme en cualquier otra. Para mi madre, sencillamente confirmé sus peores pronósticos. A mí se me daban bien las ciencias, pero no me apasionaban; por el contrario, la compleja diversidad de los seres humanos, sus variadísimas y contradictorias costumbres, me inspiraban el más vivo interés. El proceso de divorcio de mis padres seguramente puso de su parte para inclinarme hacia los estudios de género, fascinada por el enigma de las necesidades y desacuerdos de hombres y mujeres. Me vi, pues, de pronto, dueña de mi propio hogar, con las libertades y gastos que eso conllevaba. Pensé buscarme un trabajo por las tardes, y mi madre me encontró uno como dependienta en la tienda de una amiga suya, franquicia de una firma cara y conocida. La tienda hacía esquina con la entrada de un pasaje, y yo trabajaba en la planta de arriba, la de mujeres, donde un gran ventanal se asomaba al pasadizo sombrío. Allí abajo, justo enfrente, se encontraba la entrada de un sex–shop.

5

Héctor revive por enésima vez el momento en que avanzaban debajo del paraguas, ella tomándolo del brazo, riendo nerviosamente mientras el cielo se desplomaba como una cascada sobre los dos, las cabezas muy juntas, los rizos castaños acariciando su mejilla. Inspira hondo como si aún pudiera captar su olor, oye de nuevo sus grititos al meter el pie en un charco. Y después, cuando llegaron al coche, su invitación. «Venga, te llevo. No digas que no, si está diluviando. Vamos, sube al coche, sube». Y subió, se veía de nuevo sentado en el diminuto vehículo, el paraguas chorreando vertical entre las piernas flojas y en la cara una mirada de perro agradecido. Iban muy despacio, apenas se veía nada tras la cortina de lluvia. Parpadeaban esfumándose las luces de los semáforos, y él, tratando de seguir la conversación intrascendente, se licuaba también por dentro al mirarla, las mejillas húmedas, rojas, el pelo mojado, los ojos brillantes sobre la desafiante nariz, la palabra fácil como la risa, su limpia risa. No la ha vuelto a ver, aunque espera hacerlo pronto. En su interior luchan dos imágenes, la de la desconocida sirena de brazos aprisionados que se desliza por el agua, y la de la muchacha espontánea que lo ha tratado como si fuera un amigo, alguien cercano. Ambas revuelven sus genitales, su corazón, su cabeza, y se unen en una sola imagen: Belén a su lado, en la cama que es ahora una piscina azul, aprisionada en su traje de neopreno, inmovilizada, incapaz de otro movimiento que no sea serpentear, ondularse, los brazos sujetos a los costados, las blancas manos agitándose junto a las caderas, los muslos pegados y, entre ellos, en el ángulo más dulce, donde él reposa la cabeza sintiendo su calor en la mejilla, el coño guardado como en un estuche. Sueña con el sabor del látex, fetiche de la piel, que lame y muerde, el vientre liso, tenso, los apretados pechos, que imagina grandes en la pantalla de sus ojos cerrados, aunque Belén los tiene pequeños. Pero sí es su rostro el que le sonríe bajo los rizos castaños, invitándolo a continuar, a excederse. Él entonces la vuelve y besa su delicada y fuerte espalda, muerde sin herir el cuello, los omoplatos libres del neopreno, baja las manos por la cintura acariciando con fuerza el esbelto talle, palmea la redonda prominencia del culo, amasa las nalgas bajo el fino caucho, se arroja sobre ellas febril, con un hambre voraz. Y no se detiene ahí, sino que continúa por los muslos, por las pantorrillas, hasta la planta de los pies, que lame con fruición. Finalmente tira de la cremallera, recorriendo todo su cuerpo, y la libera. Ella se despereza boca abajo con un maullido de gata, su piel brilla con un microscópico rocío de sudor, cruza los brazos y apoya en ellos una mejilla, se pone cómoda, abre las piernas, más descuidada que lasciva, levanta ligeramente el culo. Se le ve perfectamente el sexo abierto, refulgente como una joya. Vuelve la cara y lo mira con expresión de deseo. Entonces Héctor, ya no más que un vibrante músculo, siente que una corriente de puñetera delicia le revienta la polla y lo inunda de placer. Se corre sin la furia agónica de otras veces, con más dulzura, con más lentitud, se siente morir, disolverse. Cuando recupera el resuello, se le escapa una lágrima.

José Luis Rodríguez del Corral

Llámalo deseo

La sonrisa vertical 121

Título original: Llámalo deseo

José Luis Rodríguez del Corral, 2003

Editor digital: ugesan64

ePub base r1.0

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