SEXUS (HENRY MILLER)

Era una noche cálida y me quedé tumbado cuan largo era mirando a las estrellas. Pasó una mujer, pero no me vio. Tenía la polla colgando fuera de la bragueta y con la cálida brisa estaba empezando a erguirse. Cuan­do regresó Mara, estaba vibrando y saltando. Se arrodilló a mi lado con las vendas y el yodo. Mi polla la miraba fijamente a la cara. Se inclinó y la chupó con avidez. Aparté a un lado lo que había traído y la coloqué encima de mí. Yo ya había soltado mi descarga, y ella seguía corriéndose, un orgasmo tras otro, hasta hacerme pen­sar que nunca pararía.

Nos tendimos de espaldas y descansamos un poco con la cálida brisa. Al cabo de un rato, se sentó y me aplicó el yodo. Encendimos cigarrillos y nos quedamos así, sentados y hablando tranquilamente. Finalmente, decidimos irnos. La acompañé hasta la puerta de su casa y, estando así abrazados, me asió impulsivamente y me llevó un poco más lejos. «No puedo dejarte mar­char todavía», dijo. Y, acto seguido, se arrojó sobre mí, al tiempo que me besaba apasionadamente y me metía la mano en la bragueta con mortífera precisión. Esa vez ni siquiera nos preocupamos de buscar un descam­pado, sino que nos desplomamos allí mismo, en la ace­ra, bajo un gran árbol. La acera no era demasiado cómoda: tuve que retirarme y correrme uno o dos me­tros, donde había un poco de tierra blanda. Junto a su codo había un charquito y yo iba a sacarla de nuevo y a correrme un poco más allá, pero, cuando intenté hacerlo se puso frenética: «No la vuelvas a sacar más», me rogó. «Me voy a volver loca. ¡Fóllame, fóllame!» Se la tuve metida un largo rato. Como antes, se corrió una y otra vez, chillando y gruñendo como un cerdo abierto en canal. La boca parecía habérsele vuelto más grande, más ancha, totalmente lasciva; los ojos le daban vueltas, como si fuera a darle un ataque epiléptico. La saqué un momento para refrescarla. Mara metió la mano en el charquito que tenía al lado y la roció con unas gotas de agua. Fue una sensación maravillosa. Un instante después se había puesto de manos y de rodillas y me pedía que se la metiera por detrás. Me puse a gatas detrás de ella; se pasó la mano por debajo, me cogió la polla y se la metió. Entró derecha hasta la matriz. Ella dejó escapar un gemido de dolor y placer mezcla­dos. «Está más gruesa», dijo, retorciendo el culo. «Mé­tela hasta dentro otra vez… adelante, da igual que duela», y, dicho eso, reculó contra mí con una sacudida salvaje. Yo tenía una erección tan insensible, que creí que no llegaría a correrme nunca. Además, como no tenía que preocuparme de perderla, pude contemplar la escena como un espectador. La sacaba casi hasta afuera, hacía rodar la punta en tomo a los pétalos sedosos y empa­liados, y después la metía profundamente y la dejaba así como un tapón. Le tenía cogida la pelvis con las dos manos, y la empujaba y la atraía a voluntad. «¡Sigue, sigue!», imploraba, «¡o me volveré loca!» Aquello me puso brutísimo. Empecé a picarla como un barreno, dentro y fuera cuan larga era y sin interrupción, mien­tras ella exclamaba: ¡Oh… Ah! ¡Oh… Ah! y después, zas!, me corrí como una ballena.

Nos sacudimos el polvo e iniciamos de nuevo el regreso hacia la casa. En la esquina se detuvo en seco y, volviéndose para mirarme a la cara, dijo con una sonrisa que era casi desagradable: «¡Y ahora las malas noticias!»

La miré asombrado. «¿Qué quieres decir? ¿De qué estás hablando?»

«Quiero decir», dijo, sin que desapareciera aquella extraña sonrisa, «que necesito cincuenta dólares. Los necesito para mañana. Los necesito. Los necesito… ¿Com­prendes ahora por qué no quería que me acompañases a casa?»

«¿Por qué has dudado en pedírmelos? ¿Crees que no puedo reunir cincuenta dólares, si los necesitas ur­gentemente?»

«Pero los necesito en seguida. ¿Puedes conseguir esa cantidad para antes del mediodía? No me preguntes para qué es: es urgente, muy urgente. ¿Crees que pue­des conseguirla? ¿Me lo prometes?»

«¡Pues claro que puedo!», respondí, al tiempo que me preguntaba de dónde demonios iba a sacarla en tan poco tiempo.

«Eres maravilloso», dijo, cogiéndome las manos y apretándomelas cariñosamente. «Me horroriza tener que pedirte. Sé que no tienes dinero. Siempre estoy pidiendo dinero… parece que es lo único que soy capaz de hacer: conseguir dinero de los demás. Me repugna, pero no me queda más remedio. Confías en mí, ¿verdad? Te los devolveré dentro de una semana.»

«No digas eso, Mara. No quiero que me los devuel­vas. Si estás necesitada, quiero que me lo digas. Seré pobre, pero de vez en cuando puedo reunir dinero. ¡Ojalá pudiera hacer más! ¡Ojalá pudiera sacarte de ese mal­dito lugar!… no me gusta verte allí.»

«No hables de eso ahora, por favor. Vete a casa y duerme un poco. Nos encontraremos mañana a las doce y media frente a la farmacia de Times Square. Allí es donde nos encontramos la otra vez, ¿te acuerdas? Dios mío, entonces no sabía lo que ibas a significar para mi. Te tomé por un millonario. No me defraudarás maña­na… ¿estás seguro?»

«Estoy seguro, Mara.»

El dinero siempre hay que juntarlo en menos que canta un gallo y devolverlo a intervalos regulares y estipulados, ya sea con promesas o en efectivo. Creo que podría reunir un millón de dólares, si me dieran tiempo suficiente, y con eso no me refiero al tiempo sideral, sino al tiempo ordinario del reloj, de días, me­ses, años. No obstante, juntar dinero rápidamente, aunque sea el precio de un billete de metro, es la tarea más difícil que se me puede asignar. Desde la época en que abandoné la escuela he pedido y tomado pres­tado casi continuamente. Muchas veces he pasado un día entero intentando conseguir diez centavos; otras veces me han puesto en la mano fajos de billetes sin abrir la boca siquiera. Sé tan poco ahora sobre el acto de pedir prestado como cuando empecé. Sé que hay ciertas personas a quienes nunca, en ninguna circuns­tancia, debes pedir ayuda. Hay otras a quienes te re­servas para una auténtica emergencia, porque sabes que puedes confiar en ellas, y, cuando llega la emergen­cia y recurres a ellas, te decepcionan cruelmente. No existe una persona en la tierra en la que se pueda con­fiar absolutamente. Para un sablazo rápido y cuantioso el hombre que has conocido recientemente, el que ape­nas te conoce, suele ser el candidato más seguro. Los viejos amigos son los peores: son duros e incorregibles. También las mujeres son, por regla general, insensibles e indiferentes. De vez en cuando piensas que alguien que conoces aflojaría, si persistieras, pero la idea de dar la lata e insistir es tan desagradable, que te la borras de la cabeza. Los viejos suelen ser así, probable­mente a causa de su amarga experiencia.

Para pedir prestado con éxito, como para cualquier otra cosa, hay que ser un monomaniaco obsesionado por el tema. Si te puedes dedicar enteramente a eso, como con los ejercicios de yoga, es decir, de todo corazón, sin remilgos ni reservas de ninguna clase, puedes vivir toda la vida sin ganar un céntimo honradamente. Por supuesto, el precio es demasiado elevado. En un aprieto la mejor cualidad particular es la desesperación. El mejor camino a seguir es el más insólito. Por ejem­plo, es más fácil pedir prestado a un inferior tuyo que a un igual o a un superior. También es muy importante estar dispuesto a comprometerse, por no hablar de rebajarse, lo que es un sine qua non. El hombre que pide prestado siempre es un delincuente, siempre un ladrón en potencia. Nadie recupera nunca lo que prestó, aun cuando se le pague la cantidad con intereses. El hombre que exige que le paguen a toda costa, con lo que sea, siempre resulta engañado, aunque sólo sea por rencor u odio. Pedir prestado es algo positivo; prestar, algo negativo. Ser un sableador puede ser incómodo, pero también es estimulante, instructivo, como la vida. El que pide prestado compadece al que presta, aunque con frecuencia ha de soportar sus insultos e injurias.

Fundamentalmente, el que pide prestado y el que presta son uno y el mismo. Esa es la razón por la que, por mucho que se filosofe, no hay manera de erradicar el mal. Están hechos el uno para el otro, igual que el hombre y la mujer. Por fantástica que sea la necesidad, por demenciales que sean las condiciones, siempre habrá un hombre que preste oído, que afloje lo necesario. Un buen sableador emprende su tarea como un buen delin­cuente. Su primer principio es nunca esperar algo por nada. No quiere saber cómo conseguir el dinero con las mejores condiciones, sino lo contrario exactamente. Cuan­do las personas indicadas se encuentran, la conversación se reduce al mínimo. Se toman el uno al otro por su valor nominal, como se suele decir. El prestador ideal es el realista, que sabe que mañana la situación puede invertirse y el sableador pasar a ser prestador.

Sólo conocía a una persona que lo entendiese co­rrectamente, y era mi padre. A él era a quien siempre guardaba en reserva para el momento crucial. Y fue el único al que nunca dejé de devolver lo que debía. No sólo nunca me negó, sino que, además, me incitaba a dar a los demás del mismo modo. Siempre que le pedía prestado me convertía en un prestador mejor… o debería decir dador, porque nunca insistía en que me lo devolvieran. Sólo hay una forma de devolver los favores y es hacer favores, a tu vez, a quienes recurran a ti apurados. Saldar una deuda es totalmente innece­sario, en lo que concierne a la contabilidad cósmica. (Todas las demás formas de contabilidad son un des­pilfarro y un anacronismo.) «No pidas prestado ni pres­tes», dijo el bueno de Shakespeare, expresando un deseo a partir de su vida de sueño utópico. Para los hombres de la tierra, pedir prestado no sólo es esencial, sino que, además, debería incrementarse hasta proporciones desmesuradas. El tipo verdaderamente práctico es el in­sensato que no mira ni a derecha ni a izquierda, que da sin rechistar y pide desvergonzadamente.

Para resumir, recurrí a mi viejo y sin andar con rodeos le pedí cincuenta dólares. Para mi sorpresa, no tenía esa cantidad en el banco, pero me informó al ins­tante de que podía pedirla prestada a uno de los otros sastres. Le pregunté si tendría la bondad de hacerlo por mí y dijo que claro, naturalmente, espera un mo­mento.

«Te lo devolveré dentro de una semana más o me­nos», dije, cuando estaba despidiéndome de él.

«No te preocupes por eso», respondió. «Cuando quie­ras. Espero que todo lo demás te vaya bien.»

A las doce y media en punto entregué a Mara el dinero. Se marchó al instante, tras prometerme encon­trarse conmigo el día siguiente en el jardín del salón de té Pagoda. Pensé que era un buen día para dar un pequeño sablazo para mí, conque me dirigí a la oficina de Costigan para pedirle cinco dólares. Había salido, pero uno de los empleados, sospechando el carácter de mi recado, se ofreció para ayudarme. Dijo que quería darme las gracias por lo que había hecho por su primo. ¿Su primo? No se me ocurría quién podía ser su primo. «¿No recuerda al muchacho que llevó usted a la clínica psiquiátrica?», dijo. «Se había escapado de su casa de Kentucky… su padre era sastre, ¿recuerda? Usted tele­grafió a su padre para decirle que cuidaría de él hasta que llegara. Ese era mi primo.»

Recordaba muy bien a ese chaval. Quería ser actor… las glándulas no le funcionaban bien. En la clínica dije­ron que era un delincuente incipiente. Había robado algunas ropas a un compañero suyo, estando en el Newboys’ Home. Era un chaval excelente, más poeta que actor. Si sus glándulas no funcionaban, entonces las mías estaban completamente desorganizadas. Había dado una patada en los cojones al psiquiatra por su esmero: por eso era por lo que habían intentado presentarlo como un delincuente. Cuando me enteré, me moría de risa. Debería haber usado una cachiporra contra aquel per­fecto sádico de psiquiatra… El caso es que fue una sorpresa agradable descubrir que tenía un amigo des­conocido en el encargado del guardarropa. También fue agradable oírle decir que me podría prestar más, siem­pre que necesitara un poco de cambio. En la calle me tropecé con un antiguo encargado del guardarropas que ahora trabajaba de repartidor. Insistió en darme dos localidades para un baile que iba a celebrarse bajo los auspicios de la Asociación de Magos y Prestidigitadores de Nueva York, de la que era presidente. «Ojalá pudiera usted conseguirme otro empleo de encargado de guar­darropas», dijo. «Tengo tantas cosas que atender ahora, desde que soy presidente de la Asociación de Nueva York ciudad, que no puedo cumplir con mi trabajo de repartidor. Además, mi mujer va a tener otro niño pron­to. Por qué no viene a vernos… tengo nuevos trucos que enseñarle. El chaval está aprendiendo a hacer de ventrílocuo; dentro de un año o así lo voy a sacar a escena. Tenemos que ganamos la vida de algún modo. Mire, la magia no da demasiado. Y me estoy haciendo demasiado viejo para pasarme el día andando. Yo es­taba hecho para la vida profesional. Usted entiende mis capacidades e idiosincrasias personales. Si viene al baile, le presentaré al gran Thurston: ha prometido acudir. Tengo que irme ahora… tengo que entregar un telegra­ma de defunción.»

Usted entiende mis capacidades e idosincrasias per­sonales. Me paré en la esquina y lo anoté en el reverso de un sobre. Hace diecisiete años. Aquí está. Fuchs se llamaba. Gerhardt Fuchs de la oficina F. U. El mismo nombre que el del «recogedor de mierdas» de Glendale, donde vivían Joey y Tony. Solía encontrarme con aquel otro Fuchs, cuando venía del cementerio, con un saco de mierda de perro, de ave y de gato a la espalda. La llevaba a una casa de perfumería de no sé dónde. Siempre olía como una mofeta. Un tipo asqueroso y malintencionado, perteneciente a la tribu originaria de los obtusos de Hesse. Fuchs y Kunz: dos andobas obscenos a los que se podía ver bebiendo todas las noches en la cervecería de Laubscher, cerca de Fresh Pond Road. Kunz era tu­berculoso, dermatólogo de profesión. Siempre estaban diciendo guarrerías mientras se trincaban sus hediondas jarras de cerveza. Ridgwood era su Mecca. Nunca hablaban inglés, a no ser que se vieran obligados a hacerlo. Alemania era su Dios y el Kaiser su portavoz. En fin, ¡al infierno con ellos! ¡Ojalá mueran como asque­rosas umlauts… si no lo han hecho todavía! Sin embargo, es curioso encontrar un par de mellizos inseparables con nombres así. Idiosincrásico, diría yo…

Henry Miller

Sexus

La crucifixión rosada I

Traducción de Carlos Manzano

Título original: SEXUS

Traducción de Carlos Manzano

Portada de Jordl Sánchez

Primera edición: Enero, 1987

© Obelisk Press, Paris/Henry Miller, 1960

De la traducción: © Ediciones Alfaguara, S. A., 1978

De la presente edición: © PLAZA & JANES EDITORES, S.A.

Anuncios

Un comentario en “SEXUS (HENRY MILLER)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s