NEXUS (HENRY MILLER)

Me encontraba en tal estado, que sentí deseos de sacar la polla, en el medio de Broadway, y cascármela. ¡Imaginaos un maníaco sexual sacándose la picha —un sábado por la tarde— delante del Automat!
Presa de la cólera y la rabia, me fui hasta Central Park y me arrojé a la hierba. Acabado el dinero, ¿qué podía hacer? La manía del baile… seguía pensando en eso. Seguía subiendo aquella escalera empinada hasta la taquilla, donde estaba sentado cogiendo el dinero el peludo griego. («Sí, no tardará en llegar. ¿Por qué no bailas con las otras chicas?») Muchas veces no aparecía. En un rincón, en un estrado, los músicos negros tocando como furias, sudando, jadeando, resollando; dando el callo hora tras hora sin apenas descansos. No se divertían ésos, ni las chicas tampoco, aun cuando se mojaran las bragas de vez en cuando. Había que estar chiflado para frecuentar semejante tugurio.
Cediendo a una sensación de somnolencia deliciosa, estaba a punto de cerrar los ojos, cuando, salida de no sé dónde, apareció una joven cautivadora y se sentó en un montículo un poco más arriba de donde me encontraba. Tal vez no se diera cuenta de que, en la postura que había adoptado, enseñaba totalmente sus partes íntimas. Tal vez no le importase. Tal vez fuera su forma de sonreírme o de hacerme un guiño. No había nada descarado ni vulgar en ella; era como una gran ave delicada que se hubiese posado a descansar de su vuelo.
Estaba tan ajena a mi presencia, tan inmóvil, tan absorta en sus sueños, que, por increíble que parezca, cerré los ojos y me quedé dormido. A continuación lo primero que sentí fue que ya no me encontraba en esta tierra. Así como se tarda tiempo en acostumbrarse al otro mundo, así ocurría en mi sueño. Lo más extraño era acostumbrarse a que nada de lo que deseara requiriese el menor efecto. Si deseaba correr, rápido o despacio, lo hacía sin perder aliento. Si deseaba saltar un lago o una colina, me limitaba a saltar. Si quería volar, volaba. Todo, lo que quiera que probase, era así de sencillo.
Al cabo de un tiempo advertí que no estaba solo. Alguien iba a mi lado, como una sombra, moviéndose con la misma facilidad y seguridad que yo. Mi ángel de la guarda, lo más probable. Aunque no encontraba nada que se pareciera a criaturas terrestres, me veía conversando, también sin esfuerzo, con lo que quiera que se cruzara en mi camino. Si era un animal, le hablaba en su lengua; si era un árbol, hablaba en el lenguaje del árbol; si era una roca, hablaba como una roca. Atribuí ese don de lenguas a la presencia del ser que me acompañaba.
Pero, ¿hasta qué reino me acompañaba? ¿Y para qué fin?
Poco a poco fui notando que sangraba, que era, en realidad, una masa de heridas, de la cabeza a los pies. Entonces fue cuando, presa del pavor, me desmayé. Cuando por fin abrí los ojos, vi asombrado que el Ser que me había acompañado estaba lavándome las heridas con ternura, untándome el cuerpo con aceite. ¿Estaría a punto de morir? ¿Era el Ángel de la Misericordia el que se inclinaba tan solícito sobre mí? ¿O ya había cruzado yo la Gran Divisoria?
Miré implorante a los ojos de mi Consolador. La inefable expresión de piedad que iluminaba sus facciones me tranquilizó. Ya no me importaba saber si yo era aún de este mundo o no. Una sensación de paz embargó mi ser y volví a cerrar los ojos. Poco a poco y sin interrupción un nuevo vigor empezaba a correr por mis miembros; salvo una extraña sensación de vacío en la región del corazón, me sentía del todo restablecido.
Tras abrir los ojos y descubrir que estaba solo, aunque no abandonado, fue cuando instintivamente alcé una mano y la coloqué sobre el corazón. Para mi horror, había un agujero profundo donde debía estar el corazón. Un agujero del que no manaba sangre. «Entonces estoy muerto», murmuré. Y, sin embargo, no lo creí.
En ese extraño momento, muerto sin estar muerto, las puertas de la memoria se abrieron de par en par y por los corredores del tiempo contemplé lo que a ningún hombre debe permitirse ver hasta que esté preparado para entregar el alma: vi en todas las fases y momentos de su lastimosa debilidad el absoluto infeliz que yo había sido, el bribón, nada menos, que se había esforzado de modo tan inútil e ignominioso por proteger su miserable corazoncito. Vi que nunca se me había partido, como había imaginado, pero que, paralizado por el miedo, había encogido casi hasta desaparecer. Vi que las graves heridas que me había hecho caer tan bajo las había recibido todas en un absurdo intento de impedir que ese corazón consumido se partiera. El corazón mismo no se había visto afectado en ningún momento; se había consumido de no usarlo.
Ahora había desaparecido, ese corazón, sin duda me lo había cogido el Ángel de la Misericordia. Había quedado curado y restablecido para que yo pudiera vivir con él en la muerte como nunca había vivido en la vida. Puesto que ya no era vulnerable, ¿qué necesidad había de un corazón?
Allí tendido, con todo mi vigor y fuerza recuperados, la atrocidad de mi destino me aplastaba como una roca. La sensación de absoluta vaciedad de la existencia me abrumaba. Había alcanzado la invulnerabilidad, era mía para siempre, pero la vida —si eso era la vida— había perdido cualquier significado. Mis labios se movían como si estuviera rezando, pero me faltaba sentimiento para expresar la angustia. Sin corazón, había perdido la capacidad de comunicar, aun con mi Creador.
Entonces apareció ante mí, una vez más, el Ángel. En sus manos, que dibujaba un cáliz, sostenía esa pobre cosa encogida que había sido mi corazón. Tras dirigirme una mirada cargada de la mayor compasión, sopló sobre aquella pavesa de aspecto apagado hasta que se hinchó y se llenó de sangre, hasta que palpitó entre sus dedos como un corazón humano y vivo.
Al devolverlo a su lugar, sus labios se movían como si pronunciaran la bendición, pero no emitían sonido alguno. Mis pecados habían quedado perdonados; tenía libertad para pecar de nuevo, para arder con la llama del espíritu. Pero en ese momento supe, y nunca, nunca olvidaría, que el corazón es el que dirige, el corazón es el que ata y protege. Tampoco iba a morir nunca, ese corazón, pues su custodia quedaba en manos más altas.
¡Fui presa de tal alegría! ¡De confianza tan completa y absoluta!
Me puse en pie, como nuevo ser enteramente, tendí los brazos para abrazar el mundo. Nada había cambiado; era el mundo que siempre había conocido. Pero ahora lo veía con otros ojos. Ya no intentaba escapar de él, evitar sus males o modificarlo en el menor sentido. Era por completo de él y estaba unido a él. Había atravesado el valle de la sombra de la muerte; ya no me avergonzaba de ser humano, demasiado humano.
Había encontrado mi lugar. Me hallaba donde me correspondía. Estaba en mi medio. Mi lugar era el mundo, en medio de la muerte y la corrupción. Mis compañeros eran el sol, la luna y las estrellas. Mi corazón, limpio de sus iniquidades, había perdido todos los temores; ahora ansiaba ofrecerse al primer venido. En realidad, tenía la impresión de ser todo corazón, un corazón que nunca podría partirse, ni herirse, pues era para siempre inseparable de lo que lo había engendrado.
Y así, al avanzar e internarme en el mundo, allí donde se había desencadenado el saqueo y sólo reinaba el pánico, grité con todo el fervor que abrigaba mi alma: «¡Ánimo, hermanos y hermanas! ¡Ánimo!»
XII
Al llegar a la oficina el lunes por la mañana, me encontré un cablegrama sobre el escritorio. Decía ni más ni menos que su barco llegaba el jueves y que fuera a esperarla al muelle.
No dije nada a Tony, quien lo habría interpretado sólo como una calamidad. No dejaba de repetirme el mensaje para mis adentros una y mil veces; parecía casi increíble.
Tardé horas en serenarme. Al abandonar la oficina aquella tarde, volví a leer el mensaje para estar seguro de que no lo había interpretado mal. No, llegaba el jueves, no había duda. Sí, el próximo jueves, no el otro, ni el de la semana pasada. Este jueves. Era increíble.
Lo primero que había que hacer era encontrar un lugar para vivir. Un cuartito acogedor en alguna parte, y no demasiado caro. Eso significaba que tendría que volver a pedir dinero prestado. ¿A quién? Desde luego, a Tony, no.
Mis viejos no se volvieron locos de alegría precisamente ante la noticia. El único comentario de mi madre fue: «Espero que no dejes el empleo, ahora que ella vuelve.»
Llegó el jueves y yo me encontraba en el muelle, una hora antes de tiempo. Había cogido un transatlántico alemán. Llegó el barco, con un poco de retraso, desembarcaron los pasajeros, pero ni rastro de Mona ni de Stasia. Presa del pánico, corrí a la oficina, donde tenían la lista de pasajeros. Su nombre no figuraba en la lista, y el de Stasia tampoco.
Volví al cuartito que había alquilado, con el alma en los pies. Podría haber enviado un mensaje, ¿no? Era una crueldad, una absoluta crueldad.
La mañana siguiente, poco después de llegar a la oficina, recibí una llamada de la oficina de telégrafos. Tenían un cablegrama. «¡Léalo!», grité. (¡Serían imbéciles! ¿A qué estaban esperando?)
Mensaje: «Llego el sábado en el Bereganria. Te quiero.»
Esa vez era de verdad el McCoy. La vi bajar por la pasarela. Ella, ella. Y más cautivadora que nunca. Además de un baulito de metal, traía una maleta y una caja de sombreros llena de cosas. Pero, ¿dónde estaba Stasia?
Stasia seguía en París. No sabía cuándo regresaría.
¡Maravilloso!, pensé para mis adentros. No hay necesidad de averiguar nada más.
En el taxi, cuando le hablé de la habitación que había cogido, pareció encantada. «Ya encontraremos un sitio mejor», observó. («¡Huy, la Virgen, no!», me dije. «¿Por qué un sitio mejor?»)
Me moría por hacerle miles de preguntas, pero me contuve. Ni siquiera le pregunté por qué había cambiado de barco. ¿Qué importaba lo que hubiera ocurrido ayer, hace un mes, hace cinco años? Había vuelto: eso era bastante.
No había por qué hacer preguntas: se moría de ganas de contarme cosas. Tuve que pedirle que no corriera tanto, que no soltase todo de una vez. «Deja algo para después», dije.
Mientras ella rebuscaba en el baúl —había traído toda clase de regalos, incluidos cuadros, tallas y álbumes de arte—, no pude resistir el deseo de hacer el amor con ella. Le dimos al asunto en el suelo entre los papeles, libros, cuadros, vestidos, zapatos y qué sé yo. Pero ni siquiera esa interrupción pudo detener el torrente de palabras. Tenía tanto que contar, tantos nombres que citar. Para mí resultaba un embrollo de locura.
Henry Miller
Nexus

La crucifixión rosada III
Traductor: Carlos Manzano
Autor: Miller, Henry
ISBN: 9788401421990
Generado con: QualityEbook v0.72

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