EL COLOSO DE MARUSI (HENRY MILLER)

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Esa misma tarde, un poco más tarde, tuve el privilegio de que me presentaran a algunas mujeres griegas amigas de la hermana de Seferiades. Una vez más me sorprendió la ausencia en ellas de esos defectos que hacen parecer perfectamente fea a la más bella de las americanas o inglesas. Una griega, aunque sea culta, es primero y ante todo una mujer. Exhala un perfume distinto, os reconforta y os hace vibrar. Gracias a la asimilación del elemento griego venido del Asia Menor, la nueva generación de mujeres atenienses ha ganado en belleza y vigor. La joven griega corriente que se ve en la calle es superior en todos los aspectos a su colega americana. Sobre todo tiene carácter y raza, conjunto de cosas que está en lugar de la belleza inmortal y que distingue a los descendientes de los pueblos antiguos de los retoños bastardos del Nuevo Mundo. ¿Cómo podría olvidar a la joven que nos encontramos un día al pie de la Acrópolis? Tal vez tenía diez años, tal vez catorce. Su cabello era de oro rojizo; sus rasgos tan nobles, graves y austeros como las cariátides del Erecteion. Jugaba con sus compañeros en un pequeño solar, ante un grupo de chozas desvencijadas que habían escapado de la demolición Dios sabe cómo. Cualquiera que haya leído La muerte en Venecia juzgará de mi sinceridad si digo que ninguna mujer, ni aun la más exquisita que haya visto, es o fue capaz de despertar en mí un sentimiento de admiración comparable al que hizo nacer esta joven. Si el destino la pusiera en mi camino, no sé qué locura sería capaz de cometer. Era niña, virgen, angélica, se-ductora, sacerdotisa, prostituta, profetisa, todo en una pieza. En ella estaban la antigua y la moderna Grecia; no tenía ninguna raza, ninguna época, ninguna casta. Era única, fabulosamente única. En la sonrisa, lenta y sostenida, que nos dirigió durante el momento que nos detuvimos a mirarla había esa enigmática cualidad que ha inmortalizado Leonardo de Vinci, que se encuen¬tra en todo el arte búdico, en las grandes cavernas de la India y en las fachadas de sus templos, en las bailarinas de Java o de Bali, y en las razas primitivas, principal¬mente en África, y que parece ser la expresión más alta de las realizaciones espirituales de la raza humana, pero que hoy día está totalmente ausente del rostro de la mujer occidental. Y permitidme ahora una extraña reflexión: la mayor aproximación a esta cualidad enigmática la he observado en la sonrisa de una campesina de Corfú, una mujer que tenía seis dedos en el pie, que era verdaderamente fea y a quien todo el mundo consideraba como un monstruo. Como todas las campesinas, iba a la fuente a llenar su cántaro, a lavar su ropa, y a chismorrear. La fuente estaba situada al pie de un abrupto declive, alrededor del cual corría un sendero de cabras. Por todas partes se veían espesos bosques de umbrosos olivos, cortados aquí y allá por barrancos que servían de cauce a los torrentes montañosos que estaban completamente secos en verano. Esta fuente ejercía sobre mí una fascinación extraordinaria. Era un lugar reservado a la hembra de carga, a la vir¬gen fuerte y alegre que podía llevar con gracia o soltura su cántaro de agua atado a la espalda, a la vieja bruja desdentada cuya encorvada espalda era todavía capaz de aguantar una pesada carga de leña, a la viuda con su disperso rebaño de hijos, a las sirvientas de risa fácil, a las esposas que hacían el trabajo del holgazán marido; en una palabra, a toda clase de mujer, exceptuando la gran señorona, o a la inglesa ociosa de la vecindad. La primera vez que observé a esas mujeres, subiendo penosamente la escarpada pendiente, como antiguamente lo hacían las mujeres de la Biblia, sentí un angustioso pesar. La manera misma de sujetar con correas el pesado cántaro sobre su espalda, me produjo un sentimiento de humillación. Y mucho más al pensar que los hombres capaces de realizar esta humilde tarea estaban con toda probabilidad sentados en la fresca sombra de una taberna o tumbados bajo un olivo. Mi primer pensamiento fue aliviar a nuestra joven sirvienta de esta inferior tarea. Tenía deseo de sentir sobre mi espalda, el peso del cántaro, de conocer en mis músculos el sentido de este repetido viaje a la fuente. Cuando comuniqué este deseo a Durrell, levantó horrorizado los brazos al cielo. Eso no podía hacerse, gritó, riéndose de mi ignorancia. Le dije que me era igual que se pudiera o no hacerse y que no me privase de un placer que nunca había experimentado. Me suplicó “que no lo hiciera en consideración a él. Añadió que sería desconsiderado y que los griegos se burlarían de nosotros. En una palabra, armó tanto ruido que me vi obligado a desechar mi idea. Pero en el curso de mis paseos por la colina, solía detenerme en la fuente para apagar la sed. Y un día observé al monstruo de seis dedos. La mujer estaba de pie, descalza en el barro que le llegaba hasta los tobillos, lavando un paquete de ropa. Innegablemente era fea, pero hay muchas clases de fealdad y la suya era de las que en vez de repeler atraen. En primer lugar era fuerte, musculosa, llena de vida, un animal dotado de alma humana y de un indiscutible atractivo sexual. Cuando se inclinaba para escurrir un par de pantalones, la vitalidad de sus miembros se silueteaba y lucía a través de la falda rota y manchada que se adhería a su carne morena. Sus ojos lucían como brasas, como si fueran los de una beduína. Sus labios eran rojo sangre; sus dientes, sólidos y regulares, blancos como el yeso. Sus negros y espesos cabellos caían sobre su espalda en mechones ricos, untuosos, como saturados de aceite de oliva. Renoir la hubiera encontrado muy bella; no se hubiera fijado en sus seis dedos ni en lo grosero de sus rasgos. Hubiera seguido la ondulación de la carne, la plenitud de los senos, el suave balanceo de su paso, la superabundante fuerza de sus brazos, piernas y torso. Le hubiera encantado la línea plena y generosa de la boca, la mirada negra y brillante, la forma de la cabeza y las vagas y lucientes sombras que caían en cascada sobre la robusta columna de su cuello. Hubiera advertido la lujuria animal, el inextinguible ardor, el fuego en las entrañas, la tenacidad del tigre hembra, la rapacidad, el hambre devoradora, el furioso apetito de la hembra que no es solicitada porque tiene un dedo extra.

Sea como fuese, y dejando aparte a Renoir, esta mujer tenía un algo en su sonrisa que reavivó en mí la joven que vi al pie de la Acrópolis. Ya he dicho que era la mayor aproximación a esa cualidad enigmática que me pareció grabada en el rostro de la joven de los cabellos de oro rojizo. Por eso, y por paradójico que pueda parecer, creo que ambas eran totalmente opuestas. El monstruo podría haber alumbrado a esta deslumbrante belleza, porque en su inflamado sueño de amor, su abrazo hubiera franqueado un abismo, sobrepasando todo lo que puede imaginar la mujer más desesperada-mente desechada por el amor. Todo su poder de seducción se hubiera situado en el ataúd del sexo, donde, en las tinieblas de sus lomos, la pasión y el deseo se quemaban lanzando una espesa humareda. Renunciando a toda esperanza de seducir al hombre, las violencias de su carne se volverían hacia los objetos de deseo prohibidos, hacia los animales del campo, las cosas inanimadas, los objetos de veneración y las deidades mitológicas. En su sonrisa había algo de la embriaguez de la tierra agostada después del paso de una repentina y furiosa tormenta. Sonrisa de lo insaciable en la que mil besos ardientes no hacen más que estimular el apetito de renovados asaltos. No sé cómo, de una manera curiosa e inexplicable, se ha quedado grabado en mi memoria como el símbolo de este apasionado deseo de amor ilimitado que he sentido en menor grado en todas las mujeres griegas. Casi diría que este apetito insaciable de belleza, de pasión y de amor es el símbolo mismo de Grecia.

Durante veinte años soñé con visitar Cnossos. Nunca podía imaginarme lo fácil que sería hacer este viaje. En Grecia basta con decir a alguien que se tiene la intención de visitar un cierto lugar y ¡ya está!, en unos instantes hay un coche esperándote en la puerta. Esta vez el coche se convirtió en avión. Seferiades quiso hacerme viajar a toda pompa. Fue un gesto poético que acepté como poeta.

Era la primera vez que subía en avión, y probablemente será la última. Me sentía como un idiota, sentado en el cielo y con los brazos cruzados. Mi vecino leía un periódico, ajeno aparentemente a las nubes que rozaban las ventanas. Debíamos ir a unos ciento cincuenta kilómetros por hora, pero como no hacíamos más que pasar entre nubes, tenía la impresión de que no nos movíamos. En una palabra, era algo uniformemente aburrido y carecía por completo de sentido. Lamenté no haber tomado el barco Acrópolis que hacía una breve escala en Creta. El hombre está hecho para caminar por la tierra y navegar por los mares; la conquista del espacio está reservada para una etapa posterior de su evolución, cuando le broten auténticas alas y adquiera la forma del ángel que es por esencia. Los trucos mecánicos no tienen nada que ver con la verdadera naturaleza del hombre; no son más que trampas que pone la muerte para atraparlo.

El avión se posó en Herakleion, que es un puerto de mar y una de las principales ciudades de Creta. La calle principal es una imagen casi perfecta de un decorado de película de cowboys de tercera categoría. Encontré en seguida una habitación en uno de los dos hoteles de la ciudad, y me fui en busca de un restaurante. El guardia al que pregunté, me cogió del brazo y me llevó amablemente a un modesto lugar cerca de la fuente pública. La comida era mala, pero me encontraba muy cerca de Cnossos y estaba demasiado emocionado para pensar en esas menudencias. Después de comer, pasé a un bar de enfrente, y tomé una taza de café turco. Dos alemanes, que habían llegado en el mismo avión que yo, estaban charlando de la conferencia sobre Wagner que iban a dar esa tarde. En su fatuidad no parecían darse cuenta de que se encontraban, con su emponzoñada música, en el lugar donde nació Venizelos. Me levanté para dar un rápido recorrido por la ciudad. Unas puertas más allá del bar, en una mezquita transformada en «cine», se anunciaba una película de Laurel y Hardy. Los niños que se apiñaban alrededor de la cartelera, manifestaban un entusiasmo tan grande como los niños de Dubuque o Kenosha, por ejemplo. Creo que el «cine» se llamaba «El Minoano». Me pregunté si también habría un «cine» en Cnossos, anunciando tal vez una película de los hermanos Marx.

Herakleion es una ciudad desaseada que conserva todos los rasgos de la dominación turca. Las calles principales están llenas de tiendas abiertas, en las que se puede encontrar, como en la Edad Media, todo lo que se quiera. Los cretenses llegan del campo emperifollados con un bien cortado traje negro, realzando su elegancia con botas altas, la mayoría de las veces de cuero blanco o rojo. Después de los hindúes y bereberes, son los hombres más apuestos, más nobles y dignos de todos los que he visto. Son infinitamente de mejor parecer que las mujeres; son una raza aparte.

Caminé hasta el límite de la ciudad donde, al igual que ocurre siempre en los Balcanes, todo tiene un brusco final, como si el monarca que hubiera trazado los planos de esta extraña construcción se hubiera vuelto loco de repente, dejando la gran puerta balanceándose en una bisagra. Es el lugar donde se concentran los autobuses como desarticulados gusanos, esperando que el polvo de la llanura los ahogue y los hunda en el olvido. Volví sobre mis pasos y me metí en un laberinto de calles estrechas y tortuosas que forman el barrio residencial y que, aun siendo perfectamente griego, tiene el sabor y el ambiente de un puesto de vanguardia inglés en las Antillas. Durante mucho tiempo intenté imaginarme a qué se podía parecer la llegada a Creta. En mi ignorancia había supuesto que la isla estaba poco densamente poblada, y que sólo contaba con el agua que le llevaban de la tierra firme; creía encontrar una costa de aspecto desértico, dotada de unas cuantas ruinas centelleantes que serían Cnossos, y más allá de Cnossos un desierto semejante a esas vastas extensiones australianas donde el dodo, evitado por las otras especies emplumadas del matorral, entierra melancólicamente su cabeza en la arena y silba por el otro extremo. Me acordé de que uno de mis amigos, escritor francés, había cogido la disentería en esta isla y le habían cargado en un mulo hasta una pequeña embarcación, donde, por Dios sabe qué milagro, le transbordaron a un buque de carga y regresó a tierra firme en un estado de delirio. Vagaba en la niebla, parándome de vez en cuando para escuchar un disco cascado que tocaba un gramófono colocado sobre una silla en medio de la calle. Los carniceros llevaban delantales manchados de sangre; estaban de pie ante mostradores primitivos, en pequeñas barracas, como aún puede verse en Pompeya. Casi a cada paso, las calles daban a una plaza pública flanqueada de inmensos edificios dedicados a la ley, la administración, la religión, la educación, la enfermedad y la locura. La arquitectura tenía ese sorprendente realismo que caracteriza las obras de los primitivos populares tales como Bombois, Peyronnet, Kane, Sullivan y Vivin. Bajo el sol deslumbrador, este o el otro detalle —una verja, un inofensivo bastión— se destacan con asombrosa precisión, tal como sólo se encuentra en las pinturas de los muy grandes o de los locos. No hay un centímetro de Herakleion que no ofrezca materia para el lienzo; esta ciudad es un caos, una anomalía completa, un monumento de heterogeneidad, un lugar de sueño suspendido en el vacío entre Europa y África, exhalando un fuerte olor de cuero bruto, de carvi y de frutos tropicales. El turco la ha brutalizado, está infectada con los vapores inofensivos de agua de rosas, como el que se despide del fondo de las páginas de Dickens. No tiene nada en común con Cnossos o Faestos, pero es minoana a la manera en que son americanas las creaciones de Walt Disney; es un forúnculo en la cara del tiempo, una llaga que obliga al enfermo a restregarse, como hace un caballo que duerme de pie sobre las cuatro patas.

Tenía en mi bolsillo una carta de presentación para el personaje literario más importante de Creta, amigo de Katsimbalis. Al caer la tarde lo encontré en el mismo café en que los alemanes habían fraguado su maquina¬ción wagneriana. Lo llamaré señor Tsoutsou, ya que desgraciadamente he olvidado su nombre. El señor Tsoutsou hablaba francés, inglés, alemán, español, italiano, ruso, portugués, griego, turco, árabe, griego demótico, griego periodístico y griego antiguo. Era compositor, poeta, erudito, y amigo de comer y beber bien. Comenzó a preguntarme por James Joyce, T. S. Eliot, Walt Whitman, André Gide, Bretón, Rimbaud, Lautreamont, Levis Carroll, Monk Lewis, Heinrich Georg, y Rainer Maria Rilke. Me preguntaba por ellos como si se tratase de parientes o de comunes amigos. Me hablaba de ellos como si vivieran, lo que gracias a Dios es verdad. Yo me rascaba la cabeza. Inició la serie de preguntas con Aragón. ¿Había leído El campesino de París? ¿Me acordaba del pasaje Jouffroy de París? ¿Qué pensaba de Saint John Perse? ¿Y de Nadja, de Bretón? ¿Había ido ya a Cnossos? Era necesario que al menos me quedase algunas semanas. Me haría conocer la isla de cabo a rabo. Era un muchacho lleno de salud y de cordialidad, y cuando le di a entender que me gustaba comer y beber bien, su rostro se iluminó con una expresión aprobatoria. Lamentaba sinceramente no estar libre esa tarde pero esperaba verme al día siguiente. Quería pre¬sentarme al pequeño círculo de escritores de Herakleion. Se emocionó mucho al saber que venía de América, y me suplicó que le hablase un poco de Nueva York, lo cual me resultó poco menos que imposible, por cuanto desde hacía tiempo había dejado de identificarme con esa odiosa ciudad.

Volví al hotel y dormí una pequeña siesta. Había tres camas en mi habitación, todas muy cómodas. Leí cuidadosamente el anuncio que recomendaba a los clientes abstenerse de dar propina al personal. La habitación costaba diecisiete centavos por noche, y de pronto me vi, quieras o no, envuelto en vanos cálculos, pensando cuántas dracmas deberían darse de propina si estuviera permitido. No había más que tres o cuatro clientes en el hotel. Yendo de pasillo en pasillo en busca del W.C., me encontré con la criada, una solterona de aire angelical, con cabello de paja y ojos azules lacrimosos, que me recordó asombrosamente a la swedenborgiana conservadora de la Casa de Balzac, en Passy. Me trajo un vaso de agua en una bandeja de plomo, zinc y estaño. Luego, al bajar la persiana para desnudarme, observé a dos hombres y a una taquígrafa que me miraban desde la ventana de una casa comercial extranjera, situa¬da al otro lado de la calle. Parecía inverosímil que se pudieran tratar asuntos en abstracto en un lugar como Herakleion. La taquígrafa tenía un aire surrealista y los hombres, con las mangas remangadas como en cualquier casa comercial del mundo, hacían pensar fantásticamente en esos monstruos de nuestro mundo occidental que mueven el grano, el maíz y el trigo por cargamentos enteros, por medio del teléfono, telégrafo y de las cotizaciones de Bolsa. Imaginad lo que sería encontrarse con dos hombres de negocios y una taquígrafa en una isla del Pacífico. Me dejé caer en la cama, y quedé sumido en el más profundo sueño. No se permiten las propinas; tal fue mi último pensamiento. ¡Y en verdad que es un magnífico pensamiento para un viajero fati¬gado!

Cuando me desperté era de noche. Levanté las persianas y miré la gran calle abandonada, desierta ahora. Un telégrafo repiqueteaba. Me vestí y me fui al restaurante que estaba al lado de la fuente. El camarero parecía estar esperándome, dispuesto a servirme de intérprete con ese inglés iraqués que el griego errante ha aprendido en el curso de sus vagabundeos. Pedí pescado frito y una botella de vino tinto de Creta. Mientras esperaba a que me sirvieran, me fijé en un hombre que mira-ba a través de la gran vidriera. Se marchó y volvió al cabo de unos minutos. Finalmente, se decidió a entrar. Vino directamente hacia mí y comenzó a hablarme en in¬glés. ¿No era yo el señor Miller llegado en avión unas horas antes? Sí, yo era. Me pidió permiso para presentar¬se. Era el señor fulano, vicecónsul británico en Herakleion. Había advertido que yo era americano. Se detuvo un momento, como embarazado, y después continuó diciendo que la sola razón que le había llevado a presentarse era para hacerme saber que, durante el tiempo que permaneciese en Creta, debía considerar sus humildes servicios a mi entera disposición. Me dijo que era oriundo de Esmirna, y agregó que todos los  griegos de Esmirna estaban en eterna deuda con el pueblo americano. Me dijo que podía solicitarle cualquier favor por grande que fuera.

Como es natural mi respuesta no podía ser otra que rogarle tomara asiento y compartiese mi cena. Y eso hice. Me explicó que le era imposible aceptar ese honor; estaba obligado a cenar en su casa, pero… ¿no le concedería el honor de ir a su casa después de cenar a tomar café con su esposa y con él? Como representante del gran pueblo americano (aunque no muy seguro del papel heroico que habíamos tenido en el desastre de Esmirna), acepté muy complacido, me levanté, me incli¬né, le tendí la mano y le acompañé hasta la puerta donde tuvo lugar un nuevo intercambio de gracias, de amabilidades y de felicitaciones. Volví a la mesa, quité la piel del pescado frito, y comencé a humedecer el gaznate. La comida era más infecta aún que la del mediodía, pero el servicio era extraordinario. Todo el restaurante estaba al corriente de la llegada de un visitante de categoría, que compartía en ese momento con ellos la humilde colación. El señor Tsoutson y su mujer hicieron una breve aparición para ver cómo iba. comentar alegremente el aspecto delicioso y apetitoso de mi pescado sin piel, y desaparecieron con reverencias y zalemas que comunicaban un estremecimiento eléctrico a las espaldas de la reunida clientela del más selecto restaurante de Herakleion. Comencé a sentirme como alguien a quien va a sucederle un acontecimiento de considerable importancia. Pedí al camarero que enviara al chasseur a buscar un café y un coñac. Nunca en mi vida, un vicecónsul o cualquier otro funcionario, exceptuando un guardia o policía; se había ocupado de mí en un lugar público. El avión había sido la causa. Surtió el mismo efecto que una carta de recomendación.

Henry Miller

El coloso de Marusi

Título original:

The colossus of Maroussi

Cubierta: Jaume Bordas

y Joan Batané

Primera edición:   1957

Segunda edición: noviembre de  1982

© de la edición original: New Directions, Nueva York

Derechos exclusivos de edición en castellano

reservados para todo el mundo

y propiedad de la traducción:

© 1957 y 1982: Editorial Seix Barral, S. A.

Córcega, 270 – Barcelona-8

ISBN: 84 322 0427 7

Depósito legal: B. 36.952 – 1982

Impreso en España

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