EL SEXO EN LA BIBLIA

Al comienzo fue el sexo

“Procread y multiplicaos”

Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era un caos y se hallaba envuelta en tinieblas. Hizo entonces Dios la luz, el firmamento, los continentes, los mares, la vegetación, los astros, y los animales acuáticos y voladores. En el sexto día, tras la creación de las bestias terrestres, se produjo el momento culminante de la Creación: “Díjose entonces Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra, y sobre cuantos animales se mueven sobre ella’. Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: ‘Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve en ella’. En el séptimo día, Dios descansó”.

Con este relato de la Creación, que aparece en el capítulo I del libro del Génesis, empieza la Biblia. Los expertos lo atribuyen al redactor sacerdotal o P. La primera vez que Dios se dirige a los seres humanos es para exhortarlos a copular. “Procread y multiplicaos”, les dice. La misma orden ha transmitido previamente a los animales. El objetivo de Dios es poblar la tierra recién creada. La actividad sexual se presenta en este primer relato con una orientación claramente reproductora, visión que estará presente a lo largo de toda la obra bíblica.

Barro y costilla

En el capítulo 2 de Génesis aparece una segunda versión, muy distinta, de la Creación. Dios crea en primer lugar al hombre, del barro, y le insufla el aliento de la vida. Seguidamente le construye un jardín en Edén, donde hace brotar árboles hermosos y frutales deliciosos. Le dice que puede comer de todos, excepto, bajo amenaza de muerte, del árbol de la ciencia del bien y del mal. A continuación dice Dios: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda proporcionada a él”. Llevó entonces ante el varón todos los animales terrestres y aves que había creado, para que les pusiese nombre. El hombre nombró a todos los animales, pero “no encontró en ellos la ayuda adecuada”. Sumió entonces Dios al hombre en un sueño profundo, le extrajo una costilla y formó con ella a la mujer. “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”, exclamó el varón al ver a la nueva criatura. “Ésta se llamará varona (ishá en el original hebreo) porque del varón (ish) ha sido tomada”. Tras las palabras del primer hombre, el relato prosigue: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se adherirá a su mujer; y vendrán los dos a ser una sola carne”. Y concluye con esta apostilla: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello”.

Este relato, atribuido al redactor yavista o J, no menciona la procreación, al menos de modo explícito. Dios crea a la mujer para que acompañe al hombre y le sirva de ayuda. La sexualidad adquiere así una dimensión social, por decirlo de alguna manera. La afirmación de que el hombre “dejará a su padre y a su madre, y se adherirá a su mujer” esboza la institución matrimonial, aunque la frase puede prestarse a equívocos porque en la costumbre israelita era la mujer quien abandonaba su hogar familiar para entrar a forma parte del clan del marido.

El editor final del Pentateuco —algunos expertos lo identifican con el escriba Esdras, siglo V a. C.— no vio ningún inconveniente en conservar ambas versiones de la Creación, colocándolas una después de la otra como si formaran una misma historia. Quizá consideró que los dos relatos se complementaban a la perfección en el objetivo de presentar la sexualidad como un instrumento de procreación y compañía, en el marco del matrimonio.

La mujer en el plan de Dios

Muchas organizaciones feministas que pretenden conciliar su lucha reivindicativa con la fe religiosa esgrimen el primer relato de la Creación como paradigma de la igualdad entre géneros. No les faltan argumentos: Dios creó al adam —hombre en hebreo, utilizado aquí en el sentido de humanidad— y lo formó al mismo tiempo macho y hembra. A continuación bendijo a ambos, los invitó a procrear en igualdad de condiciones y les otorgó idéntica potestad sobre los demás seres vivientes.

Las cosas cambian en el segundo relato de la Creación. El hombre aparece ahora en primer lugar, lo que parece otorgarle un puesto de preeminencia. La mujer nace al final del proceso y de una costilla del macho, lo que insinúa una posición de dependencia. Además, Dios la crea como ayuda para el varón, con las connotaciones de servidumbre que ello implica. Todo sugiere que la mujer queda en una clara situación de desventaja. Sin embargo, una corriente moderna de interpretación bíblica sostiene que este segundo recuento de la Creación también consagra la igualdad entre géneros. Estos son sus argumentos:

El orden de aparición del hombre y la mujer se explicaría como un mero recurso literario. El autor aplica una técnica narrativa circular, muy común en la Biblia, que busca causar en el lector el mismo impacto con el comienzo que con el desenlace de la historia. Al dejar para el final la aparición de la mujer, el narrador habría pretendido realzar la magnitud del acontecimiento y otorgarle la misma relevancia que al surgimiento del varón.

Respecto a la procedencia de la mujer de la costilla del hombre, habría que verlo como un esfuerzo del narrador por crear un argumento vistoso. Hay que tener presente que el autor J era muy dado a las historias coloristas. La mitología acadia, mucho más antigua que la hebrea, contiene leyendas que asocian costilla con vida. El autor pudo inspirarse en alguna de esas historietas para transmitir un mensaje de igualdad e intimidad entre el hombre y la mujer, jugando con la circunstancia de que la palabra hebrea tsela significa costilla, pero también costado o arista. El mensaje sería que la mujer nace de un lado del hombre, no de su cabeza, lo que la haría superior, ni de sus pies, lo que la haría inferior. Las palabras que pronuncia el varón al ver por vez primera a su compañera —“ésta sí que es hueso de mi hueso y carne de mi carne”— reforzarían el argumento: en distintos pasajes del Antiguo Testamento, la misma frase es pronunciada entre varones como expresión de estrecha relación de parentesco o política, con compromiso de lealtad entre las partes. “Eres hueso de mi hueso”, exclama emocionado Labán al conocer a su sobrino Jacob.

En cuanto al surgimiento de la mujer como ayuda para el hombre, el texto original hebreo utiliza la expresión ezer kenegdó, que traduce literalmente “ayuda como-contra-él”. Ayudar no implica en sí mismo sumisión o servidumbre: casi todas las ayudas que cita la Biblia las proporciona una instancia superior. Y cuando el narrador añade que la ayuda es “como-contra” alguien, pretende recalcar el carácter de contraparte, no de sumisión.

Pero, al margen de estos argumentos, existe uno muy simple y de sentido común contra la hipótesis de que el segundo recuento de la Creación establece la subordinación femenina, y es que la subordinación será, precisamente, el castigo que Dios imponga más adelante a la mujer cuando coma del fruto prohibido, como se verá a continuación.

La Caída

Concluida la formación del mundo, el narrador J prosigue su historia y cuenta lo que ocurrió en el plácido jardín del Edén. Una astuta serpiente entró en escena y persuadió a la mujer de que probara el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. La mujer sucumbió a la tentación y ofreció el fruto al hombre, que también comió. Entonces, cuenta la Biblia, “abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores”. Oyeron entonces a Dios, que paseaba por el jardín, y se escondieron. Dios preguntó al hombre dónde estaba, y éste respondió que se había escondido, temeroso de su desnudez. “¿Y quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?”, le dijo Dios. Descubierto en la transgresión, el hombre echó la culpa a la mujer, que a su vez responsabilizó a la serpiente.

Enfurecido, Dios sometió a los tres a un juicio sumario y dictó sentencia. Al hombre lo condenó a ganar el pan con el sudor de la frente hasta que volviese al polvo. A la mujer la condenó a sufrir en la preñez y en los partos, y le añadió el siguiente castigo: “Para tu hombre será tu deseo, y él dominará en ti”. Después del juicio, cuenta el narrador, “el hombre llamó Eva a su mujer, por ser la madre de todos los vivientes”, y Dios los vistió a ambos con túnicas de pieles.

Seguidamente los expulsó del paraíso y colocó a la puerta de éste un querubín armado de una espada flamígera para custodiar el camino hacia el árbol de la vida, con el fin de que los condenados no pudieran comer de su fruto y acceder a la inmortalidad.

Nuevos roles

El mundo idílico de la Creación ha saltado en pedazos. Aunque el hombre no sale bien librado del juicio —aparece como un débil de carácter y un cobarde delator—, la mujer queda a partir de ahora, de modo inequívoco, en una posición de inferioridad. “Para tu hombre será tu deseo, y él dominará en ti”, la sanciona Dios. El varón estrena su poder poniéndole nombre a su compañera: Eva. Es posible que el narrador, desde su óptica machista, pretendiera fijar algún límite a la nueva autoridad del hombre; a diferencia de muchas traducciones, el texto hebreo no dice que el varón dominará a la mujer: el término que utiliza es yimshal, que significa gobernar o dar ejemplo y excluye la idea de despotismo.

La otra parte del castigo —“para tu hombre será tu deseo”— sigue siendo fuente de controversia. Es evidente que la sanción encierra algún tipo de sometimiento de la voluntad de la mujer a la del varón, pero no queda claro su alcance. La palabra hebrea que se traduce por deseo, teshuká, implica una inclinación intensa hacia algo o alguien, no necesariamente sexual. Por ejemplo, al comprobar el odio de Caín hacia su hermano Abel, Dios advierte al primero: “Para el mal será tu deseo”. Aplicado a relaciones de pareja, el término teshuká aparece sólo una vez más en toda la Biblia aparte del episodio del castigo a Eva y lo hace, paradójicamente, en una escena de gozosa sensualidad. “Yo soy para mi amado, y es para mí su deseo”, dice la novia en el Cantar de los Cantares. Y más curioso aún es que, en contra de lo que establece el castigo divino, aquí es la mujer quien se declara dueña del deseo del varón.

Más allá de estas consideraciones, el relato del narrador J no hace más que constatar, en clave mitológica, lo que era la situación subordinada de la mujer en su tiempo, atribuyendo esa subordinación no al proyecto original de Dios, sino a un fallo de la propia mujer. En la Biblia, la hembra ocupa un lugar secundario. Es propiedad de su padre y, luego, de su marido. No hereda, salvo que carezca de hermanos varones. No se le consulta para el matrimonio. No puede promover el divorcio. Tiene prohibido participar en oficios religiosos. Sus votos en el templo valen menos que los del hombre. Al mismo tiempo, y por contradictorio que parezca, la mujer no sale del todo mal librada en los relatos bíblicos. Hay juezas, como Débora; mujeres con enorme ascendencia sobre sus maridos, como la matriarca Sara y Betsabé; heroínas, como Judit. En el antiguo Israel, las mujeres no estaban encerradas en sus casas ni iban cubiertas de la cabeza a los pies como las afganas o muchas mujeres árabes de hoy. Las muchachas israelitas ayudaban en las tareas domésticas, participaban en labores de pastoreo y tenían ocasión de relacionarse con personas del otro sexo. En otras palabras, estaban subordinadas al hombre, pero —sin que sirva de consuelo— su vida era algo más llevadera que la de las mujeres en otras culturas.

¿Fue el sexo el pecado original?

De acuerdo con la literalidad de la Biblia, la primera pareja fue castigada por un acto de desobediencia y soberbia: por probar del fruto del bien y el mal y pretender así ser tan sabios como los dioses. En el siglo IV de nuestra era, san Agustín planteó que el pecado original —término acuñado dos siglos antes por Tertuliano— no se limitó a Adán y Eva, sino que se transmite de generación en generación a toda la humanidad mediante el acto de procreación y sólo se redime mediante el bautizo. Tan curioso planteamiento tomó derroteros insospechados y transmitió en ciertos ámbitos la idea de que el acto sexual fue el primer pecado de la humanidad, con todas las consecuencias nefastas que tal doctrina ha tenido para el normal desarrollo de la sexualidad de muchos seres humanos. A esa teoría contribuyó el hecho de que la primera reacción de Adán y Eva tras comer del fruto prohibido fue la toma de conciencia de su desnudez.

En realidad, difícilmente puede ser el sexo el pecado original, cuando el mismo Dios animó a la primera pareja a procrear y multiplicarse. La toma de conciencia de la desnudez no significa que el hombre y la mujer acaben de hacer el amor, sino que, al ganar capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, saben que han cometido una falta grave y se sienten insignificantes y desprotegidos. La Biblia no dice que sientan vergüenza el uno del otro por su desnudez, sino ante Dios. La palabra hebrea que se utiliza aquí por desnudo —eirom— describe una falta de ropaje sin connotaciones sexuales. En el capítulo del libro de Levítico donde se abordan las relaciones incestuosas se utiliza otro término —ervá— para la desnudez genital.

Algunas corrientes de pensamiento, en especial las vinculadas al psicoanálisis, consideran que en cualquier caso, más allá de lo que haya querido transmitir el narrador bíblico, la historia arrastra en el fondo un importante simbolismo sexual. La presencia de la serpiente como provocadora de la tentación aporta un elemento fálico al relato. Aunque la conciencia de desnudez de la primera pareja constituya una metáfora de la humildad y desprotección que sienten los pecadores, detrás de esa asociación habría un trasfondo inequívocamente sexual.

Marco Schwartz

El sexo en la Biblia

Schwartz, Marco, 1956

El sexo en la Biblia / Marco Schwartz. – Bogotá:

Grupo Editorial Norma, 2008.

272 p.; 21 cm. – (Colección documentos)

ISBN 978-958-45-1321-2

  1. 1. Ensayos colombianos
  2. Sexo en la Biblia – Ensayos
  3. Religiones – Historia – Ensayos
  4. Cristianismo – Ensayos
  5. Judaísmo – Ensayos I. Tit. II. Serie.

C0864.6 cd 21 ed.

A1178668

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

© Marco Schwartz, 2008

© de esta edición: Grupo Editorial Norma para América Latina, Bogotá, Colombia, 2008

Imagen de cubierta: J. M. B.

Adaptación de cubierta: Paula Gutiérrez

Diagramación: Luz Jazmine Güechá Sabogal

  1. 26038067

ISBN: 978-958-45-1321-2

Impreso por: Cargraphics S.A.

Impreso en Colombia

Printed in Colombia

Septiembre de 2008

Este libro se compuso en caracteres ITC New Baskerville.

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