DESNUDARSE ERA LO QUE ELLA NO QUERÍA

Pronto sólo les quedó por quitarse un liguero al cual ajustaban unas medias negras. Pero en vano tiraron de las ligas: la voz femenina, ahogada por la lujuria, les absorbía toda la fuerza de los dedos ablandándoles también los muslos, de manera que lo único que podían hacer era desistir, caer, esforzarse inútilmente por reafirmarse. De un modo espontáneo se separaron, como si las tablas del escenario hubieran aprisionado a las vencidas, y de nada les sirvió ocultar la desnudez con una mano.

Pues ni uno solo de los morritos se apartaba aún de la otra boca, de la verdadera, cuyo contorno se destacaba en la oscuridad detrás de la mano protectora. Los dedos no alcanzaban a ocultarla sin tocarla, y no podían tocarla sin despertarla. Lo que los dedos disponían podía verse con claridad en el espejo en que se había convertido la plataforma iluminada. Vanamente se movían las mujeres de un lado para otro como si hubiera una manera de escapar de la brutal floración que asomaba entre sus muslos; el espejo empezaba a girar, y lo que antes se había sustraído a las miradas ahora se revelaba, desde atrás, tanto más triunfante. La voz se aproximaba, jadeante, a su irresistible punto culminante, y, cuando estalló —en un inglés maltratado, como si para todo lo auténtico del mundo sólo hubiera un idioma—, con una sola sacudida dejaron las mujeres fluir la última aspiración del pubis. Levantaron una pierna bien alto y abrieron la otra hacia un lado. Apoyadas en los brazos, ofrecieron su sexo a la observación del público. Y allí, ante los ojos de todo el mundo, giró el icono, enmarcado como una almendra por el liguero negro, la raja marronrosácea sobre el claro fondo ebúrneo, un preparado despejado de hasta el último vello, cuya desbordante sencillez tenía a la vez algo de indefenso y conmovedor. La persona en cuestión también giraba con él, como la ganadora que puede ofrecer la versión original del más notable trofeo volante, como la muchacha que en los espectáculos de variedades anuncia el próximo número y enseña una cifra muda de la que nadie piensa otra cosa que no sea precisamente «eso». Cuando una de las figuras giraba, regresaba la otra como en una cajita de música y las cabezas del público iban de un lado a otro. Ambas mujeres recogieron bruscamente la pierna que habían estirado y sonrieron, agotadas, mirándose el regazo como quien contempla una obra concluida. De tanto en tanto abrían y cerraban los muslos, como alas de mariposas fatigadas. Sin embargo, la voz que salía de los altavoces y que hasta ahora había acompañado el redoble de los instrumentos rítmicos con débiles jadeos, tomó otra vez aliento para someterse a nuevas torturas del deseo, que le exigía sonar más y más fuerte; ya se adelantaba a la provocativa música para después dejarse intensificar tanto más tiempo por esta. La bailarina más baja y robusta posiblemente ya no se contentaba con ofrecer su sexo inmóvil, y se puso a brincar, a agacharse y a enderezarse de golpe, señalándolo una y otra vez con el dedo con un gesto que parecía acusatorio. Después, mientras la voz proseguía implacable, intentó con todos los dedos sujetar su órgano, que a cada vuelta de la plataforma se comportaba a todas luces de una manera más salvaje.

La rubia platino más alta seguía todavía cubierta con un velito rosado, pero cuando con más ímpetu lo hacía bailar sobre su pubis, menos se merecía el trocito de seda ese nombre; de repente no soportó más a ese aguafiestas, lo sujetó con fuerza y moviendo el bajo vientre como una trituradora empezó a absorberlo hasta que el trapito se sacudió entre los voraces labios como un botín a punto de perderse en el fondo del mar. La bailarina giró hasta quedar de espaldas al público y cayó de rodillas; abrió desde atrás, con la punta de los dedos, la fabulosa boca, sin saciar por ello su apetito: en su cavidad también esos dedos se convertían en golosinas que deseaban ser primero lamidas, tragadas después, antes de que pudieran asir la banderita rosada por un extremo y sacarla de las desdentadas fauces en un parto elegante que el altavoz acompañó con terribles gemidos.

En la otra plataforma, el trasero, que ahora hacía su ronda, también tenía un espectáculo que ofrecer, pues se le obligaba a mostrarse al completo. Dos manos habían agarrado con fuerza las nalgas y dos dedos estiraban hacia ambos lados primero los labios externos, después los labios internos de la vulva, separándolos tanto que se veían palpitar allí las profundidades de la vida sangrienta, la herida de la naturaleza.

Las artistas ya no perdían el tiempo simulando estar poseídas por un deseo desenfrenado. Lo que ofrecían era la más pura muestra de enseñanza objetiva. El público seguía callado en la sala en penumbra, como una clase obediente que no quiere perderse nada. Algunos hombres incluso se habían inclinado hacia adelante, mientras las damas tendían a hacerlo hacia detrás, aunque sin el mínimo asomo de bochorno.

El trasero, que habían girado y levantado, se convirtió otra vez en bajo vientre, y al público se le enseñó cómo hay que tratarlo para llegar al orgasmo a fuerza de toquecitos, masajes y meneos. Las mujeres ni pestañeaban. Su sonrisa no trabajaba. Sólo tenían un rostro que ofrecer a examen. Acariciaron la mimada boca hasta que se transformó en un ojo parpadeante en el cual apareció una auténtica lágrima. El fenómeno se produjo primero en el más robusto de los dos cuerpos, y el trocito de seda le vino de perillas a la bailarina para enjugarse los rastros de la íntima emoción. En el cuerpo más pequeño el fenómeno seguía sin producirse, y las dislocaciones rozaban ya la desesperación. Pero al final lo tan ansiado se escapó de esa boca, en forma de chorro bien visible. Un caballero vestido de librea acercó un trozo de seda para que la actriz pudiera limpiarse de su derroche, lo cual hizo prestamente y sin mayores ceremonias. La música se había aplacado hasta convertirse en una tenue cortina de fondo; las mujeres se irguieron, sonrieron con gracia, inclinaron la cabeza, saludaron haciendo una reverencia y, a la vez que se dejaba oír un débil aplauso, se escabulleron tras los bastidores.

Nosotros, aturdidos frente a unos vasos vacíos, no nos miramos. N. había alzado los hombros una vez y resoplado como un caballo al que se le llena de avena la nariz. A. no sonreía, pero no por eso parecía afectada, nerviosa sí, tal vez, como si estuviéramos en un examen. Pero… ¿qué se examinaba allí?

El público lo formaban en su mayoría respetables señores asalariados; sin embargo, habíamos dejado atrás la ciudad de la gente decente: aquí empieza el distrito de los yakuza, había observado A. en el taxi, cuando pasamos por delante de la estación. Si entendí bien, la denominación «crimen organizado» era demasiado tosca para definir las actividades de ese grupo humano. Los yakuza eran la gente para lo grosero, para lo obsceno, la que se ocupaba de organizar una realidad no apropiada para la exhibición. Juegos de azar, apuestas, pasiones y deseos prohibidos, ya que existen, también deben ordenarse. ¿Quién le quita de encima a un propietario al inquilino de una vivienda en la que quiere hacer reformas cuando la ley tiene demasiados miramientos? ¿Quién derriba cuando lo conveniente es reformar? ¿Quién conduce camiones y pilota aviones pasándose por alto todo el derecho laboral y los convenios colectivos? ¿Quién consigue cuadrillas de trabajadores a destajo procedentes de países con salarios miserables y tiene a la vez los medios necesarios para que la policía de extranjeros haga la vista gorda? A los yakuza les está prohibido pisar el escenario, pero son imprescindibles a la hora de subir y bajar el telón. Una úlcera que asume funciones orgánicas no es operable. Los yakuza son responsables del bajo vientre de Japón, un bajo vientre del cual la gente sólo se avergüenza cuando se hace perceptible. Son la sombra que la misma sociedad organizada proyecta; para que esta brille a una luz favorable, esa sombra puede caer en cualquier parte, menos bajo la luz pública.

En este teatro, el bajo vientre no es ninguna metáfora. Aquí la sombra se presenta como cuerpo. Aquí viene gente respetable a palparlo con los ojos, a penetrarlo con deseos. Para eso han pagado, para no tener que avergonzarse.

Aquí se exhibe el orificio por el que una vez te expulsaron al mundo. Ya no es tu madre la que abre las piernas para ti, tampoco tu mujer. ¡Eso sí que estaría bien! Aunque tú sabes perfectamente que no estaría tan bien; lo primero sería atroz, lo segundo, meramente legal. Lo que en este teatro tiene el bajo vientre para ofrecerte es su anonimato plástico, la indiferencia de la persona que lo enseña. Es la excitante forma del cuerpo que se abre ahora para ti, pero sólo con las condiciones impuestas por los yakuza. El mundo de arriba pone cada día nuevas cortapisas para que esas condiciones no entren en vigor. Hay que ir al otro lado de la estación para poder experimentar esa fuerza sin que nadie te moleste.

Para eso los yakuza han erigido al bajo vientre este teatro.

La mirada fugaz, con la que de niño te dabas por satisfecho en el balneario: aquí se fija en el objetivo. No se te escapa; tú tampoco necesitas escapar. El diagrama en el libro de anatomía, que, aunque insuficiente, sólo podía mirarse deprisa y en secreto: aquí esos «cuadros» se hacen carne. Aquí, mientras pagues, puedes mirar todo lo que te dé la gana. «Mi coño es demasiado grande», le oíste susurrar a tu primera amiguita; una frase que nunca olvidarías, una frase que te hizo pensar por primera vez en aquello en que no podías pensar. Y ahora, aquí lo tienes, delante de ti, y, mira por dónde, no te has engañado. Tan grande era su coño cuando la besabas en la boca el tiempo que hiciera falta, y siempre con bastante desesperación, antes de que cediera y te entregara la lengua. Aquello que pensaste en tus fantasías más repugnantes: mira, era correcto.

Naturalmente, apenas terminada, la lección nunca ha tenido lugar. ¿Ocurrió algo?, será lo único que dirás si alguna vez vuelves a pensar en ello. No ocurrió nada, y mucho menos nada nuevo. En el mejor de los casos recordarás esta noche como un espectáculo exótico y añadirás que no valió la pena…, cada palabra será verdad. Y con cada palabra lo único que harás será decir que el mundo de arriba te ha recuperado. Ese mundo tiene palabras para lo que en realidad no valía la pena, pero ninguna para lo que a ti te ocurrió. Para expresar eso sólo existe la lengua del submundo, y esa lengua no se articula en lenguaje.

El público, nuestros vecinos con traje y corbata, siguió el espectáculo con gran atención. Sin embargo, no parecía especialmente excitado. Antes bien, una solemne tensión era lo que se extendía sobre las mesas. Ni una palabra más alta que la otra, ni un chiste, ni una carcajada, nada con lo que el mundo de arriba pudiera delatarse como tal. Los señores ocultaban la cara. No enseñaban ningún estado de excepción de los sentimientos. A lo que ese espacio tenía para ofrecerles, le añadía una especie de difusa indiferencia; ese espacio no dejaba que estallara la tensión de la doble vida y debilitaba la excitación que en Occidente hace esos lugares ruidosos, atractivos, sórdidos. Era un espacio sans pointe, y mucho menos la de la violación de fronteras. Tuve la impresión de que el público se dejaba impartir el cursillo, número tras número, con todo respeto, y de que en última instancia sólo de esa manera apática le gustaba.

El intervalo se prolongó y A. le contó a N. la historia de los casetes con ruidos del aeropuerto. Los ejecutivos se los ponían a sus mujeres por teléfono para hacerles creer que se marchaban de viaje de negocios a Hong Kong. De ese modo se sentían más tranquilos cuando pasaban el fin de semana con la amante de tumo. Otros se despedían para ir a jugar al golf en las Filipinas, sólo que depositaban el equipo —un estorbo para lo que en realidad tenían previsto hacer en las Filipinas— en una consigna instalada especialmente a tal efecto, y recogían los palos minutos antes de volver a reunirse con la familia.

—¿Y la mujer no sabe nada? —preguntó N.

—¡Así ella también tiene mayor libertad! —exclamó A. con una insolencia nerviosa.

Yo me acordé de la historia del «trasto», nombre que dan las mujeres a los maridos cuando estos, jubilados antes de tiempo, se apoltronan en casa en el sofá, delante del televisor, y vegetan con toda tranquilidad hasta convertirse en casos perdidos. Entonces llega la hora de rescindirle al «trasto» en cuestión el contrato al amparo de cuya ilusión se ha sentido seguro todos los años en que de forma inconsciente pudo aprovecharlo. Apenas tuvo tiempo de engendrar los hijos que su mujer ha criado prácticamente sola. Pero ahora basta. La mujer, ya no tan joven, se permite divorciarse de su compañero de habitación, que se ha vuelto un desconocido y un aburrido, para emprender, por fin, algo por cuenta propia. ¡Que se busque ahora quién le lave y le planche! A. no parecía indignada por la despiadada historia de los casetes. Observé, divertido, la incredulidad en la cara de N., pero me pregunté qué, en realidad, me daba derecho a tener esa sensación en caso de que A. y yo siguiéramos juntos. Por lo menos en mi profesión la jubilación anticipada estaba descartada.

Terminada la cara cerveza, ya podíamos irnos, e incluso amagamos con hacerlo; en ese momento la música volvió a subir de volumen. Esta vez es la voz de una mujer negra llamando a su baby, aunque, a juzgar por el tono, sólo puede tratarse del más cachas, de todos los hombres.

Contoneándose en sus botitas, sale de nuevo a escena la rubia platino más alta y se deja atrapar por el cono de luz que la sigue por el escenario. Salvo el liguero, viene tan desnuda como cuando se fue, si bien el sudor ya no le hace brillar piel. Ante su sexo sostiene con los largos dedos un retazo de seda roja y, con cada movimiento de las caderas, lo hace bailar como un torero coqueto la muleta. Después lo agita acercándolo a las cabezas del público, entre las cuales avanza, por la pasarela, hasta la primera plataforma, que empieza a iluminarse mientras ella se agacha dispuesta a retomar la lección en el punto exacto en que se interrumpió antes del intervalo. Sin ningún cumplido, la rubia se abre de piernas delante de la cabeza del hombre que tiene más cerca, lo hostiga con la seda, se la pasa por el pubis y después se la pasa a él por la cara. Lo agarra por la muñeca, de modo que él se ve obligado a dejar el vaso; a cambio, ella le da el trapito, le aprieta la mano contra su vulva, trapito incluido, se lo quita después de la desconcertada mano y se cubre con él las vergüenzas para que así, escondidas, se exciten más. Le da una palmada al hombre en la mano, sin moverse de su sitio; ahora es ella la que debe, apretando la mano sobre toda su cosa, defenderse de los ataques a su integridad. De golpe retira la tela con el mismo gesto con que se descubre un monumento el día de la inauguración; en efecto, la mano del hombre se ha animado y hojea espontáneamente en la carne abierta.

En la mesa a la que sigue sentado el hombre el ambiente se ha caldeado. El grupo clava la vista en un hombre mayor serio —apoderado o jefe de personal—, hasta que este les da la señal. Entonces los jóvenes saltan de sus sillas, con los brazos aporrean un staccato y se ponen a ladrar una cantinela que suena a «pito pito colorito» y que termina en un fortísimo ¡hurra! Entre todos alzan en volandas, por encima de la barandilla de la pasarela, a un joven con gafas y grueso copete. Hay que verlo al pobre, muerto de vergüenza delante de la bailarina, que ha abandonado al primer participante y se echa hacia atrás para recibir al recién llegado con los brazos abiertos, DO IT BABY COMO ON SOCK IT TO ME.

Pero la cosa no funciona tan rápido. El joven tironea del cinturón, vacila, la mujer tiene que volver a enderezarse para ayudarlo mientras él se apoya en ella en busca de protección. Los pantalones se le caen solos un poquito más, después hay que seguir bajándoselos, hasta las corvas. Él está inclinado, siempre con la chaqueta puesta, mientras la corbata le bambolea alrededor de los calzoncillos azul claro. La mujer le pasa los dedos por los calzoncillos, como si tuviera que examinar la tela, antes de quitárselos de un tirón. Al hacerlo oculta el cuerpo del hombre, que ha quedado súbitamente desnudo, se aprieta contra él, sentada, mientras desde abajo le alcanzan una bandeja negra con un condón. Ella lo coloca en el miembro masculino que sostiene en la mano y masajea con disimulo; atrayendo al hombre hacia sí se echa para atrás y endereza el cuerpo de él sobre el suyo; con el otro brazo apuntala en el suelo el doble peso. Entretanto, y sin que el público lo note, la mujer ha introducido la cosa del hombre en la suya. Sea como fuere, él comienza a empujar mientras ella le sostiene la camisa sobre el trasero desnudo, le pasa el brazo libre sobre el hombro y con el otro amortigua sus avances. El plexiglás puede ser un lecho no precisamente blando. El hombre se mueve con cuidado mientras la voz femenina lo conjura a dejarse ir: YOU’RE SO GOOD COME ON DO IT HARDER.

El joven con gafas trabaja con dignidad y ni se inmuta mientras la mujer sonríe mirando al techo. El acto dura medio minuto. Después, el joven saca la cabeza como una tortuga, flexiona las rodillas, se sacude algo y parpadea por encima de las gafas; parece desahogado. Arrodillado, se cubre el miembro con la mano, pero aún tiene que esperar a que la mujer le quite el condón y lo deje caer en la bandeja con el aplomo de una enfermera en el quirófano. El hombre quiere quitarle la toallita húmeda que le han alcanzado, pero no: también tiene que aprender a secarse correctamente. Ella lo hace con rapidez, sin ponerlo en ridículo. Él ya está de pie, con sus calzoncillos celestes, se sube los pantalones y, encorvado como está, hace una reverencia. En cuanto vuelve a mezclarse con sus amigotes, todos levantan otra vez los brazos y se sortean con otro «pito pito colorito». Y el siguiente se prepara.

Sin embargo, todavía no puede dar el salto, pues en el establecimiento impera el caos más absoluto.

Título original: Nur ausziehen wolte sie sich nicht

Adolf Muschg, 1995

Traducción: Daniel Najmías

Adolf Muschg

Desnudarse era lo que ella no quería

La sonrisa vertical 101

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s