POEMAS DE T.S. ELIOT

Rapsodia de una noche de viento

Las doce.

A lo largo de los cauces de la calle

sostenidos en síntesis lunar,

susurrando encantamientos lunares,

se disuelven los suelos de la memoria

y todas sus claras relaciones,

sus divisiones y precisiones,

cada farol que dejo atrás

resuena como un tambor fatalista,

y a través de los espacios de lo oscuro

la medianoche sacude la memoria

como un loco agitando un geranio muerto.

La una y media,

el farol rociaba,

el farol mascullaba,

el farol decía: “Observa a esa mujer

que vacila hacia ti en la luz de la puerta

que se abre hacia ella como una mueca.

Ves que el borde de su vestido

está desgarrado y sucio de arena,

y ves que el rabillo del ojo

se le retuerce como un alfiler torcido”.

La memoria arroja y deja en seco

una multitud de cosas retorcidas;

una rama retorcida en la playa,

devorada, lisa, y pulida

como si el mundo rindiera

el secreto de su esqueleto,

rígido y blanco.

Un muelle roto en el solar de una fábrica,

óxido que se agarra a la forma que la fuerza ha dejado

dura y enroscada y dispuesta a dispararse.

Las dos y media.

El farol dijo:

“Observa al gato que se aplana en el arroyo,

saca la lengua furtiva

y devora un bocado de manteca rancia”.

Así la mano del niño, automática,

salió furtiva y se embolsó un juguete que corría por el

muelle.

No vi nada tras los ojos de ese niño.

He visto ojos en la calle

tratando de escudriñar a través de postigos con luz,

y un cangrejo una tarde en un charco,

un viejo cangrejo con lapas en la espalda,

agarró el extremo de un palo que le tendí.

Las tres y media,

el farol espurreaba,

el farol mascullaba en lo oscuro.

El farol canturreaba:

“Observa la luna,

la lune ne garde aucune rancune,

guiña un débil ojo,

sonríe a los rincones.

Alisa el pelo de la hierba.

La luna ha perdido la memoria.

Una desvaída viruela le agrieta la cara,

su mano retuerce una rosa de papel,

que huele a polvo y agua de colonia.

Está sola

con todos los viejos olores nocturnos

que cruzan y cruzan por su cerebro”.

Viene la reminiscencia

de secos geranios sin sol

y polvo en grietas,

olores de castañas en las calles,

y olores femeninos en cuartos de ventanas cerradas,

y cigarrillos en pasillos

y olores de cócteles en bares.

El farol dijo:

“Las cuatro.

Aquí está el número en la puerta.

¡Memoria!

Tienes la llave,

la lamparilla extiende un círculo en la escalera, sube.

La cama está abierta: el cepillo de dientes cuelga en la pared,

deja los zapatos a la puerta, duerme, prepárate para la vida.”

El último retorcimiento del cuchillo.

Sweeney entre los ruiseñores

“¡Ay, herido estoy por un golpe mortal! ”

ESQUILO, Agamenón

Sweeney, cuello simiesco, separa sus rodillas

dejando colgar sus brazos para reír,

listas de cebra a lo largo de su mandíbula

dilatándose hasta ser manchas de jirafa.

Los anillos de la luna tormentosa

se deslizan al poniente hacia el Río de la Plata,

la Muerte y el Cuervo se desvían arriba

y Sweeney custodia el pórtico encornado.

El tenebroso Orión y el Can

están velados; y apaciguados los estremecidos mares;

la persona con capa española

intenta sentarse so bre las rodillas de Sweeney

pero resbala y tira del mantel de la mesa,

vuelca una taza de café,

se recompone en el suelo,

bosteza y se sube una media;

el hombre silencioso vestido de castaño moka

se deja caer en el alféizar de la ventana y boquea;

el camarero trae naranjas,

bananas, higos, y uvas de invernáculo;

el vertebrado silencioso de traje castaño

se contrae y reconcentra, se hace a un lado;

Raquel née Rabinovich

arranca las uvas con garras asesinas;

ella y la dama de la capa

son sospechosas, se supone están aliadas;

en consecuencia el hombre de ojos pesados

rehúsa el gambito, demuestra fatiga,

abandona el cuarto y reaparece

asomado a la ventana, encorvándose,

ramas de glicina

circundan un rictus dorado;

el anfitrión conversa con alguien impreciso

al lado de la puerta,

los ruiseñores cantan cerca

del convento del Sagrado Corazón,

y cantaron en el bosque sangriento

cuando Agamenón dio alaridos,

y dejaron caer sus líquidos residuos

para mancillar el tieso, deshonrado sudario.

Versión de Alberto Girri

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