EL EROTISMO

 

 

Georges Bataille

 

Es posible decir que el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte. En rigor, ésta no es una definición pero creo que dicha fórmula da mejor que otra el sentido del erotismo. Si se tratase de una definición precisa, por cierto habría que partir de la actividad sexual de reproducción, de la que el erotismo es una forma particular. La actividad sexual de reproducción es común a los animales sexuados y a los hombres, pero aparentemente sólo los hombres han hecho de su actividad sexual una actividad erótica, ya que lo que diferencia el erotismo y la actividad sexual simple es una búsqueda psicológica independiente del fin natural de la reproducción y el cuidado de los hijos. De esta definición elemental, torno inmediatamente a la fórmula que propuse en primer lugar, según la cual el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte. En efecto, aunque la actividad erótica sea ante todo una exuberancia de la vida, el objeto de esta búsqueda psicológica, independiente como he dicho del propósito de reproducción de la vida, no es ajeno a la muerte. Hay ahí una paradoja tan grande que, sin esperar más, trataré de dar una especie de razón de ser a mi afirmación con las dos citas siguientes: “Desgraciadamente el secreto es demasiado conocido ‑observa Sade‑    y no hay libertino algo avezado que no sepa cuánto poder tiene el crimen sobre los sentidos. . .” El mismo escribe esta frase más singular: “No hay mejor manera de familiarizarse con la muerte que asociarla con una idea libertina.”

 

He hablado de una especie de razón de ser. En efecto, el pensamiento de Sade podría ser una aberración. De todas maneras, aunque sea cierto que la tendencia a que se refiere no es tan rara en la naturaleza humana, se trata de sensualidad aberrante. Sin embargo subsiste una relación entre la muerte y la excitación sexual. Ver o imaginar el crimen pueden provocar, por lo menos en enfermos, el deseo del goce sexual. No podemos limitarnos a decir que la enfermedad es la causa de esa relación. Personalmente admito que en la paradoja de Sade se revela una verdad. Esta verdad no está restringida al horizonte del vicio: creo asimismo que puede ser la base de nuestras representaciones de la vida y de la muerte. Creo en fin que no podemos reflexionar sobre el ser independientemente de esta verdad. El ser, muy a menudo, parece darse a los hombres fuera del movimiento de la pasión. Diré, por el contrario, que jamás debemos representarnos el ser fuera de esos movimientos.

 

Pido disculpas por partir ahora de una consideración filosófica.

En general, el error de la filosofía es alejarse de la vida. Pero quiero que ustedes se tranquilicen de inmediato (1). La consideración que introduzco se relaciona con la vida de la manera más íntima: se relaciona con la actividad sexual, considerada esta vez a la luz de la reproducción. He dicho que la reproducción se oponía al erotismo, pero si es cierto que el erotismo se define por la independencia del goce erótico con respecto a la reproducción como fin, el sentido fundamental de la reproducción no deja de ser la clave del erotismo.

La reproducción pone en juego seres discontinuos.

Los seres que se reproducen son distintos unos de los otros y los seres reproducidos son tan distintos entre sí como de aquellos de los que proceden. Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener interés para los otros, pero él es el único interesado directamente. Nace y muere solo. Entre un ser y otro hay un abismo, hay una discontinuidad.

Este abismo se sitúa, por ejemplo, entre ustedes que me escuchan y yo que hablo. Tratamos de comunicarnos, pero ninguna comunicación entre nosotros podrá suprimir una diferencia primordial. Si ustedes mueren, no soy yo quien muere. Ustedes y yo somos seres discontinuos.

 

Pero no puedo evocar este abismo que nos separa sin tener inmediatamente la sensación de una mentira. Este abismo es profundo; no veo la forma de suprimirlo. Sólo en común podemos experimentar el vértigo que produce. Puede fascinarnos. Este abismo en un sentido es la muerte y la muerte es vertiginosa, es fascinante.

Ahora intentaré mostrar que, para nosotros que somos seres discontinuos, la muerte tiene el sentido de la continuidad del ser: la reproducción conduce a la discontinuidad de los seres, pero pone en juego su continuidad, es decir que está íntimamente relacionada con la muerte. Hablando de la reproducción de los seres y de la muerte trataré de mostrar la identidad de la continuidad de los seres y de la muerte, que son igualmente fascinantes y por cuya fascinación está dominado el erotismo.

 

Quiero hablar de una perturbación elemental, de algo cuya esencia es un desorden que conduce al naufragio. Sin embargo, en primer lugar, los hechos de que partiré deben parecer indiferentes. Son hechos que establece la ciencia objetiva y a los que aparentemente nada diferencia de otros hechos que sin duda nos conciernen, pero de lejos, sin poner en juego nada que pueda conmovernos íntimamente. Esta aparente insignificancia es engañosa, pero hablaré de ella con toda sencillez, como si no tuviese la intención de desengañarlos a ustedes inmediatamente.

Ustedes saben que los seres vivos se reproducen de dos maneras. Los seres elementales tienen reproducción asexuada, pero los seres más complejos se reproducen sexualmente.

En la reproducción asexuada, el ser simple que es la célula se divide en un momento de su crecimiento. Se forman dos núcleos, y de un solo ser resultan dos. Pero no podemos decir que un primer ser ha dado nacimiento a un segundo. Los dos seres nuevos son producto del primero. El primer ser ha desaparecido.

Esencialmente ha muerto, porque no sobrevive en ninguno de los seres que ha producido. No se descompone, como los animales sexuados que mueren, pero deja de ser. Deja de ser en la medida en que era discontinuo. Sólo que en un momento de la reproducción ha habido continuidad. Existe un momento en que el uno primitivo se transforma en dos.

Desde el instante en que hay dos, de nuevo hay discontinuidad de cada uno de los seres. Pero el tránsito implica un instante de continuidad entre los dos. El primero muere pero en su muerte aparece un instante fundamental de continuidad de dos seres.

 

La misma continuidad no puede aparecer en la muerte de los seres sexuados, cuya reproducción. en principio es independiente de la agonía y de la desaparición. Pero la reproducción sexual, que básicamente pone en juego la división de las células funcionales de la misma manera que en la reproducción asexuada, hace intervenir una nueva especie de tránsito de la discontinuidad a la continuidad. El espermatozoide y el óvulo están en el estado elemental de los seres discontinuos, pero se unen, en consecuencia se establece entre ellos una continuidad para formar un nuevo ser, a partir de la muerte, de la desaparición de los seres separados. El nuevo ser es discontinuo, pero lleva en sí el tránsito a la continuidad, la fusión, mortal para cada uno de ellos, de los dos seres distintos.

 

Para aclarar esos cambios, que pueden parecer insignificantes, pero que están en la base de toda forma de vida, sugiero a ustedes que imaginen arbitrariamente el tránsito del estado en que están a un perfecto desdoblamiento de su persona, al que no pudieran sobrevivir, porque los dobles surgidos de ustedes diferirían esencialmente de ustedes. Necesariamente, cada uno de esos dobles no sería el mismo que cada uno de ustedes es ahora. En efecto, para ser el mismo, uno de los dobles debería continuar al otro, y no volverse opuesto a él, corno ha ocurrido. Es algo tan extrafio que resulta casi inimaginable. Por el contrario, si imaginan una fusión análoga a la del espermatozoide y el óvulo entre uno de ustedes y otra persona, se representarán sin demasiada dificultad el cambio de que se trata.

 

No sugiero estas imágenes groseras con el propósito de introducir precisión. Entre las conciencias claras que somos y los seres ínfimos de que se trata, hay una distancia considerable. Sin embargo, hay que estar prevenido contra la costumbre de mirar únicamente desde afueraa esos seres ínfimos; contra la costumbre de mirarlos como cosas que no existen adentro. Ustedes y yo existimos adentro. Pero ocurre lo mismo con un perro, y también con un insecto o un ser más pequeño. Por simple que sea un ser, no hay un umbral a partir del cual aparece la existencia adentro. Ésta no puede ser el resultado de la complejidad creciente. Si los seres íntimos no tuviesen a su manera una existencia adentro, ninguna complejidad podría hacerla aparecer.

La distancia entre esos animálculos y nosotros no deja de existir. Las imágenes pasmosas que he propuesto no pueden por lo tanto adquirir un sentido preciso. Sólo he querido evocar, de una manera paradojal, los ínfimos cambios de que se trata, que están en la base de nuestra vida.

 

En la base, hay tránsitos de lo continuo a lo discontinuo o de lo discontinuo a lo continuo. Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible, pero tenemos la nostalgia de la continuidad perdida. No podemos soportar la situación que nos amarra a la individualidad por azar, a la individualidad perecedera que somos. Al mismo tiempo que experimentamos el deseo angustiado de la duración de lo perecedero, tenemos la obsesión de una continuidad primera, que generalmente nos liga al ser. La nostalgia de que hablo no tiene nada que ver con el conocimiento de los datos fundamentales que he introducido. Alguno puede sufrir por no estar en el mundo como una ola perdida en la multiplicidad de las olas, que ignora los desdoblamientos y las fusiones de los seres más simples. Pero en todos los hombres esta nostalgia gobierna las tres formas del erotismo.

 

Hablaré de esas tres formas sucesivamente: a saber, el erotismo de los cuerpos, el erotismo de los corazones, y por fin el erotismo sagrado. Hablaré de ellas para mostrar que lo que está permanentemente en cuestión en dichas formas es la sustitución del aislamiento del ser, su discontinuidad, por un sentimiento de profunda continuidad.

 

Es fácil advertir lo que designa el erotismo de los cuerpos o el de los corazones, pero la idea de erotismo sagrado es menos familiar. Por otra parte la expresión es ambigua en la medida en que todo erotismo es sagrado, pero hallamos los cuerpos y los corazones sin entrar en la esfera sagrada propiamente dicha. Mientras que la búsqueda de una continuidad del ser perseguida sistemáticarnente más allá del mundo inmediato designa una actitud esencialmente religiosa, el erotismo sagrado, en su forma familiar en Occidente, se confunde con la búsqueda, exactamente con el amor de Dios, pero el Oriente persigue una búsqueda similar sin poner en juego necesariamente la representación de un Dios. El budismo en particular prescinde de esta idea. Sea lo que fuere, quiero insistir desde ahora con respecto a la significación de mi tentativa. Me he esforzado por introducir una noción que en el primer momento podía parecer extraña, inútilmente filosófica: la de continuidad opuesta a la discontinuidad del ser. Puedo en fin subrayar el hecho de que, sin esta noción, la significación general del erotismo y la unidad de sus formas se nos escaparían.

 

Por medio del rodeo de una exposición sobre la discontinuidad y la continuidad de los seres ínfimos, comprometidos en los movimientos de la reproducción, intento salir de la oscuridad en que el inmenso dominio del erotismo ha estado siempre sumergido. El erotismo tiene un secreto que en este momento me esfuerzo por violar. ¿Será posible hacerlo sin ir en primer lugar a lo más profundo, sin ir al corazón del ser?

 

He tenido que reconocer más arriba que las consideraciones sobre la reproducción de los seres ínfimos podían considerarse insignificantes, in‑diferentes. Carecen del sentido de violencia elemental, que anima los movimientos del erotismo, cualesquiera sean. Esencialmente, el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, el terreno de la violación. Pero reflexionemos sobre el tránsito de la discontinuidad a la continuidad de los seres ínfimos. Si nos atenemos a lo que esos estados significan para nosotros, comprendemos que el arranque del ser a la discontinuidad es siempre el más violento. Para nosotros, la violencia máxima es la muerte que, precisamente, nos arranca de nuestra obstinación de ver durar al ser discontinuo que somos. Perdemos el valor ante la idea de que la individualidad discontinua que hay en nosotros va a aniquilarse súbitamente. Nos cuesta asimilar a los de nuestro corazón los movimientos de los animáculos comprometidos en la reproducción, pero por ínfimos que sean los seres, no podemos imaginarnos sin violencia la puesta en juego del ser en ellos: lo que está en juego en el tránsito de la discontinuidad a la continuidad es el ser elemental en su totalidad. Sólo la violencia puede replantear todo en esa forma; la violencia y la perturbación sin nombre que le está unida. Sin una violación del ser constituido ‑que se ha constituido en la discontinuidad podemos representarnos el tránsito de un estado a otro, esencialmente distinto. No sólo encontramos en los agitados pasajes de los animáculos comprometidos en la reproducción el fondo de violencia que nos sofoca en el erotismo de los cuerpos, sino que se nos revela el sentido íntimo de esta violencia. ¿Qué significa el erotismo de Ics cuerpos sino una violación del ser de los participantes? ¿Qué significa sino una violación que Iimita con la muerte, con el crimen? Todo el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, en el punto en donde se desfallece. El paso del estado normal al de deseo erótico supone en nosotros la disolución relativa del ser constituido en el orden discontinuo. Ese término de disolución responde a la expresión familiar de vida disoluta, rela­cionada con la actividad erótica. En el movimiento de disolución de los seres, el participante masculino tiene en principio un papel activo, la parte femenina es pasiva. La parte pasiva, femenina, es esencialmente lo que se disuelve en cuanto ser constituido. Pero para un participante masculino la disolución de la parte femenina sólo tiene un sentido: prepara una fusión en la que se mezclan dos seres que al fin llegan juntos al mismo punto de disolución. Toda la puesta en marcha erótica tiene como principio una destrucción de la estructura del ser cerrado que es en estado normal un participante del juego.

La acción decisiva es el desnudarse. La desnudez se opone al estado cerrado, es decir al estado de existencia discontinuo.

Es un estado de comunicación que revela la busca de una continuidad posible del ser, más allá del repliegue sobre sí. Los cuerpos se abren a la continuidad por esos conductos secretos que nos dan la sensación de la obscenidad. La obscenidad sig­nifica la perturbación que trastorna un estado de los cuerpos conforme a posesión de sí, a la posesión de la individualidad durable y afirmada. Por el contrario, hay desposesión en el juego de los órganos que se desagotan en la renovación de la ilusión, semejante al vaivén de las olas que se penetran y se pierden una en otra. Esta desposesión es tan total que en el estado de desnudez, que la anuncia, que es su emblema, la mayoría de los seres humanos se esconden, con más razón si la acción erótica, que termina de desposeerla, sigue a la desnudez. El acto de desnudarse, considerado en las civilizaciones en que tiene un sentido pleno, es, si no un simulacro, por lo menos un equivalente sin gravedad de la muerte. En la Antigüedad, la destitución (o la destrucción) que establece el erotismo era lo suficientemente clara como para justificar que se relacionaran el acto de amor y el del sacrificio. Al hablar del erotismo sagrado, que se refiere a la fusión de los seres con un más allá de la realidad inmediata, retornaré al sentido del sacrificio. Pero desde ahora insisto en el hecho de que el participante femenino del erotismo aparecía como víctima y el masculino como el sacrificador, perdiéndose ambos, en el curso de la consumación, en la continuidad establecida por un primer acto de destrucción.

 

Lo que quita parte de su valor a esta comparación es la escasa gravedad de la destrucción de que se trata. No podemos decir que si falta el elemento de violación, es decir de violencia, que la constituye, es más difícil la plenitud de la actividad erótica. En cambio, la destrucción real, la muerte propiamente dicha, no introduciría una forma de erotismo más perfecta que la muy vaga equivalencia de que he hablado. El hecho de que el marqués de Sade en sus novelas defina en el crimen una cima de la excitación erótica tiene solamente este sentido: al llevar a su última consecuencia el movimiento esbozado que he descrito, no nos alejamos necesariamente del erotismo. En el tránsito de la actitud normal al deseo, hay una fascinación fundamental de la muerte. Lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas. Repito: de esas formas de vida social, regular, que fundan el orden discontinuo de las individualidades definidas que somos. Pero, pese a Sade, en el erotismo menos aún que en la reproducción, la vida discontinua no está condenada a desaparecer: sólo está cuestionada. Debe ser perturbada, trastornada al máximo. Hay busca de la continuidad, pero en principio sólo si la continuidad, que sería lo que establecería definitivamente la muerte de los seres discontinuos, no prevalece. Se trata de introducir, en el interior de un mundo fundado en la discontinuidad, toda la continuidad de que ese mundo es capaz. La aberración de Sade excede esta posibilidad. Tienta a un pequeño número de seres y a veces hay quienes van hasta el fin. Pero para el conjunto de los hombres normales, los actos definitivos no dan sino la dirección extrema de los movimientos esenciales. Hay un exceso horrible del movimiento que nos anima: el exceso aclara el sentido del movimiento. Pero para nosotros es sólo un signo terrible, que nos recuerda permanentemente que la muerte, ruptura de esta discontinuidad individual a la que nos amarra la angustia, se nos propone como una verdad más eminente que la vida.

 

El erotismo de los cuerpos, de todas maneras, está caracterizado por algo pesado, siniestro. Resguarda la discontinuidad individual, y siempre, en alguna medida, en el sentido de un egoísmo cínico. El erotismo de los corazones es más libre. Aunque difiere en apariencia de la materialidad del erotismo de los cuerpos, procede de él porque a menudo es su aspecto estabilizado por la afección recíproca de los amantes. Puede diferir totalmente, pero entonces se trata de excepciones debidas a la gran diversidad de los seres humanos. En su base, la pasión de los amantes prolonga en el dominio de la simpatía moral la fusión de los cuerpos. La prolonga o es su introducción. Pero para el que la experimenta, la pasión puede tener un sentido más violento que el deseo de los cuerpos. No debemos olvidar que a despecho de las promesas de felicidad que la acompañan, primero introduce la perturbación y el desorden. La misma pasión dichosa acarrea un desorden tan violento que la dicha de que se trata, antes de ser una dicha de que se pueda gozar, es tan grande que es comparable a su contrario, el sufrimiento. Su esencia es una continuidad maravillosa entre dos seres que es sustituida por su discontinuidad persistente. Pero esta continuidad es perceptible sobre todo en la angustia, en la medida en que es inaccesible, en la medida en que es búsqueda en la impotencia y el temblor. Una dicha tranquila, en la que predomina el sentimiento de seguridad, no tiene más sentido que el apaciguamiento del largo sufrimiento que la ha precedido. Porque para los amantes hay más posibilidades de no poder reencontrarse que de gozar de una contemplación ilimitada de la continuidad íntima que los une.

 

Las posibilidades de sufrir son tanto mayores porque sólo el sufrimiento revela la significación íntegra del ser amado. ‘La posesión del ser amado no significa la muerte, todo lo contrario, pero la muerte está implicada en la búsqueda. Si el amante no puede poseer al ser amado, a veces piensa en matarlo: a menudo preferiría matarlo a perderlo. En otros casos desea su propia muerte . Lo que está en juego en esta furia es el sentimiento de posible continuidad percibida en el ser amado. Al amante le parece que sólo el ser amado ‑y esto se debe a correspondencias difíciles de definir, en las que se añade a la posibilidad de unión sensual la de la unión de los corazones‑ puede realizar en este mundo lo que impiden nuestros límites: la plena confusión de dos seres, la continuidad de dos seres discontinuos. La pasión nos compromete así en el sufrimiento, ya que es en el fondo la busca de un imposible, y, superficialmente, siempre la de un acuerdo que depende de condiciones aleatorias. Sin embargo, promete una salida al sufrimiento fundamental. Sufrimos por nuestro aislamiento en la individualidad discontinua. La pasión nos repite incesantemente: si poseyeras al ser amado, ese corazón estrangulado por la soledad formaría un solo corazón con el del ser amado. Por lo menos en parte, esta promesa es ilusoria. Pero en la pasión, la imagen de esta fusión toma cuerpo, a veces de manera diferente para cada uno de los amantes, con una intensidad loca. Por otra parte, más allá de su imagen, de su proyecto, como la fusión precaria reserva la supervivencia del egoísmo individual, puede entrar en la realidad. No importa: muy a menudo el sufrimiento ‑la amenaza de una separación‑ debe mantener plena conciencia de esta fusión precaria y al mismo tiempo profunda.

Sea lo que fuere, debemos tomar conciencia de dos posibilidades opuestas.

Si la unión de dos amantes es el efecto de la pasión, evoca la muerte, el deseo de crimen o suicidio. Lo que distingue la pasión es un halo de muerte. Por debajo de esta violencia ‑a la que responde el sentimiento de continua violación de la individualidad discontinua‑ comienza el dominio del hábito y del egoísmo de dos, lo que quiere decir una nueva forma de discontinuidad. Sólo en la violación del aislamiento individual ‑a nivel de muerte‑ aparece esta imagen del ser amado que tiene para el amante el sentido de todo lo que es. Para el amante, el ser amado es la trasparencia del mundo. Lo que se transparenta en el ser amado es aquello de que hablaré más adelante a propósito del erotismo divino o sagrado. Es el ser ilimitado, al que ya no limita la discontinuidad personal. Es, en una palabra, la continuidad del ser percibida como una liberación a partir del ser del amante. Hay un absurdo, una horrible mezcla, en esta apariencia, pero a través del absurdo, la mezcla, el sufrimiento, una verdad de milagro. En el fondo, nada es ilusorio en la verdad del amor: el ser amado equivale para el amante, sin duda sólo para el amante, pero eso no tiene importancia, a la verdad del ser. El azar quiere que a través de él, habiendo desaparecido la complejidad del mundo, el amante perciba el fondo del ser, la simplicidad del ser.

 

Más allá de las posibilidades precarias, condicionadas a los azares favorables que aseguran la posesión del ser amado, la humanidad se ha esforzado desde las primeras edades por qued­ar fuera de esos azares a la continuidad que la libera. El problema se ha planteado frente a la muerte, que precipita  aparenmente el ser discontinuo en la continuidad del ser.

Esta manera de ver no se impone desde el principio al espíritu; sin embargo, la muerte, que es la destrucción de un ser discontinuo, no atañe para nada a la continuidad del ser, que existe fuera de nosotros, generalmente. No olvido que en el deseo de inmortalidad lo que entra en juego es la preocupación de asegurar la sobrevivencia en la discontinuidad ‑la sobrevivencia del ser personal‑ pero dejo de lado la cuestión. Insisto en el hecho de que, estando la continuidad del ser en el origen de los seres, la muerte no los alcanza, la continuidad ser es independiente de ella, y hasta por el contrario, la muerte la manifiesta. Este pensamiento me parece que debe ser base de la interpretación del sacrificio religioso, del que he dicho que es comparable con la acción erótica. La acción erótica que disuelve los seres que se comprometen en ella, su continuidad, recordando la de las aguas tumultuosas. En el sacrificio no hay solamente desnudez, hay muerte de la víctima (o si el objeto del sacrificio no es un ser viviente hay, de alguna una manera, destrucción de ese objeto) . La víctima muere, entonces los asistentes participan de un elemento que revela su muerte. Este elemento es lo que se puede llamar, con los historiadores de las religiones, lo sagrado.

Lo sagrado es justamente la continuidad del ser, que se revela a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser discontinuo. Hay, por el hecho de la muerte violenta, ruptura de la discontinuidad de un ser: lo que subsiste y que los espíritus ansiosos experimentan en el silencio que se hace, es la continuidad del ser, a la que es entregada la víctima. Sólo una muerte espectacular, operada en condiciones que la gravedad y la colectividad de la religión determinan, puede revelar lo que habitualmente escapa a la atención. Por otra parte no podríamos representarnos lo que aparece en lo más secreto del ser de los asistentes si no pudiésemos referirnos a las experiencias religiosas que hemos hecho personalmente, aunque haya sido en nuestra infancia. Todo nos lleva a creer que esencialmente lo sagradode los sacrificios primitivos es análogo a lo divinode las religiones actuales.

 

Dije que hablaría del erotismo sagrado: hubiese sido más inteligible si hubiese hablado desde el principio de erotismo divino. El amor de Dios es una idea más familiar, menos desconcertante que el amor de un elemento sagrado. Repito que no lo hice porque el erotismo cuyo objeto se sitúa más allá de lo real inmediato está lejos de ser reductible al amor de Dios. Preferí ser poco inteligible a ser inexacto.

 

Esencialmente, lo divino es idéntico a lo sagrado, haciendo la reserva de la discontinuidad relativa de la persona de Dios. Dios es un ser compuesto que tiene en el plano de la afectividad, incluso de una manera fundamental, la continuidad del ser de que hablo. La representación de Dios está vinculada, tanto por la teología bíblica como por la teología racional, a un ser personal, a un. creador distinto del conjunto de lo que es. De la continuidad del ser me limito a decir que según mi opinión no es cognoscible, pero se nos da su experiencia bajo formas aleatorias, siempre parcialmente contestables. En mi sentir, sólo la experiencia negativa es digna de atraer la atención, pero esta experiencia es rica. No debemos olvidar que la teología positiva se duplica en una teología negativa, fundada en la experiencia mística.

 

Aunque se diferencie claramente de él, me parece que la experiencia mística se da a partir de la experiencia universal que es el sacrificio religioso. Introduce, en el mundo que domina el pensamiento vinculado con la experiencia de los objetos con el conocimiento de lo que en nosotros desarrolla la experiencia de los objetos), un elemento que sólo negativamente tiene su lugar en las construcciones de ese pensamiento intelectual como una determinación de sus límites. En efecto, lo que revela la experiencia mística es una ausencia de objeto.

El objeto se identifica con la discontinuidad y la experiencia mística, en la medida en que tenemos fuerza de operar una ruptura, de nuestra discontinuidad, introduce en nosotros el sentimiento de la continuidad. Lo introduce por medios diferentes de los del erotismo de los cuerpos o de los corazones.

Más exactamente, prescinde de medios que no dependen de la voluntad. La experiencia erótica vinculada con lo real es una espera de lo aleatorio, es la espera de un ser determinado y de las circunstancias favorables. El erotismo sagrado, que se da en la experiencia mística, sólo exige que nada perturbe al sujeto.

 

En principio (no es una regla), la India encara con simplicidad la sucesión de las diferentes formas de que he hablado: la experiencia mística está reservada a la edad madura, a la proximidad de la muerte, al momento en que faltan condiciones favorables para la experiencia real. La experiencia mística vinculada con ciertos aspectos de las religiones positivas se opone a veces a esta aprobación de la vida hasta en la muerte, donde advierto generalmente el sentido profundo del erotismo.

Pero la oposición no es necesaria. La aprobación de la vida hasta en la muerte es un desafío, tanto en el erotismo de los cuerpos como en el de los corazones; es, por indiferencia, un desafío a la muerte. La vida es acceso al ser: si la vida es mortal, la continuidad del ser no lo es. El acercamiento de la continuidad, la embriaguez de la continuidad dominan la consideración de la muerte. En primer lugar, la perturbación erótica inmediata nos da un sentimiento que sobrepasa todo, en forma tal que las sombrías perspectivas vinculadas con la situación del ser discontinuo caen en el olvido. Luego, más allá de la embriaguez abierta a la vida juvenil, se nos da el poder de abordar la muerte de frente, y de ver en ella por fin la abertura a la continuidad ininteligible, incognoscible, que es el secreto del erotismo, y cuyo secreto sólo ei erotismo lo proporciona.

 

Quien me haya seguido exactamente captará con plena claridad en la unidad de las formas del erotismo el sentido de la frase que cité antes: “No hay mejor manera de familiarizarse con la muerte que asociarla con una idea libertina”.

Lo que he dicho permite captar en ella la unidad del dominio erótico abierto a nosotros por un rechazo de la voluntad de repliegue sobre sí. El erotismo abre a la muerte. La muerte abre a la negación de la duración individual. ¿Podríamos, sin violencia interior, asumir una negación que nos lleva al límite de todo lo posible?

 

Para terminar quisiera ayudar a ustedes a percibir plenamente que el lugar a que los he querido conducir, por poco familiar que haya podido parecer a veces, es sin embargo la encrucijada de violencias fundamentales.

He hablado de experiencia mística, no he hablado de poesía. No hubiera podido hacerlo sin internarme en un dédalo intelectual: todos sentimos lo que es la poesía. Es nuestro fundamento, pero no sabemos hablar de ella. No hablaré ahora, pero creo hacer más perceptible la idea de continuidad que he querido establecer, que no puede ser confundida hasta el final con la del Dios de los teólogos, recordando estos versos de uno de los poetas más violentos, de Rimbaud:

 

Se ha reencontrado.

¿Qué? La eternidad.

Es el mar unido

Con el sol.(2)

 

 

La poesía lleva al mismo punto que cada forma del erotismo: a la indistinción, a la confusión de los objetos distintos. Nos lleva a la eternidad, nos lleva a la muerte, y por la muerte a la continuidad: la poesía es la eternidad. Es el mar unido con el sol.

 

*

 

 

Notas:

 

(1) Este texto, redactado con la intención a la que responde en este libro, fue primero leído en una conferencia.

(2) “Elle est retrouvée. / ¿Quoi? L´ eternité, / C’ est la mer allée. / Avec le soleil”.

 

 

 

Conclusión

 

Si mis lectores se interesaran por el erotismo de la misma manera que por los problemas separados, desde un punto de vista especializado, este libro les resultaría inútil.

Yo no digo que el erotismo es lo más importante. El problema del trabajo es más urgente. Pero es un problema a la medida de nuestros medios. Mientras que el erotismo es el problema de los problemas.

 

En tanto animal erótico, el hombre es un problema para sí mismo. El erotismo es nuestra parte problemática.

El especialista nunca está a la medida del erotismo.

Entre todos los problemas, el erotismo es el más misterioso, el más general, el más separado.

 

Para quien no puede esconderse, para aquel cuya vida se abre a la exuberancia, el erotismo es el problema personal por excelencia. Al mismo tiempo es el problema universal por excelencia.

 

El momento erótico es también el más intenso (excepto, si se quiere, la experiencia de los místicos). De modo que está situado en la cima del espíritu humano.

Si el erotismo está en la cima, el interrogante que pongo al final de mi libro también lo está.

 

Pero es filosófico.

 

Pienso que el supremo interrogante filosófico coincide con la cima del erotismo.

 

 

 

Este resumen que doy como conclusión, en un sentido es ajeno al contenido definido de mi libro: del erotismo, pasa a la filosofía, pero creo, justamente, que por una parte el erotismo no se puede reducir, sin mutilarlo, a un aspecto separado del resto de la vida, como lo reduce la mayoría de la gente. Por otro lado, la filosofía misma no puede aislarse. Hay un punto donde debemos aprehender el conjunto de los datos del pensamiento, el conjunto de los datos que nos hacen movernos en el mundo.

 

Evidentemente, dicho conjunto nos sería inaccesible si el lenguaje no lo expusiera.

Pero si el lenguaje lo expone, sólo puede hacerlo en partes sucesivas que trascurren en el tiempo, jamás se nos dará, en un instante único y supremo, esta visión global, que el lenguaje fragmenta en aspectos separados, unidos en la cohesión de una explicación, pero que se suceden sin confundirse en su movimiento analítico.

 

De modo que el lenguaje, al ensamblar la totalidad de lo que nos importa, al mismo tiempo la dispersa. No podemos aprehender en él lo que nos importaba, que se oculta bajo la forma de proposiciones que dependen una de otra, sin que jamás aparezca un conjunto al que cada una de ellas remita. Nuestra atención permanece fijada en este conjunto que la sucesión de frases oculta, pero no podemos lograr que el parpadeo de esas frases sucesivas sea sustituido por la plena luz.

 

La mayoría de los hombres permanece indiferente a esta dificultad.

No es necesario responder al interrogante que la existencia es en sí misma.

Y ni siquiera es necesario planteárselo.

Pero el hecho de que el hombre no responda, el hecho de que ni siquiera se lo plantee, no elimina el interrogante.

 

Si alguien me preguntara qué somos, yo de todas maneras le respondería: esta abertura a todo lo posible, esta espera que ninguna satisfacción material aplacará y que el juego del lenguaje no puede engañar. Andamos en busca de una cima. El que quiera puede descuidar la búsqueda. Pero el conjunto de la humanidad aspira a esa cima, que es lo único que la define, que constituye su única justificación y sentido.

 

Esa cima, ese momento supremo, es distinto del que enfoca la filosofía.

La filosofía no sale de sí misma, no puede salir del lenguaje.

 

Utiliza el lenguaje de manera tal, que jamás le sigue el silencio. Tanto, que el momento supremo excede necesariamente el interrogante filosófico. Lo excede por lo menos en la medida en que la filosofía pretende responder a su propio interrogante.

 

He aquí cómo debemos situar la dificultad.

 

El interrogante sólo tiene sentido si está elaborado por la filosofía: es el interrogante supremo, cuya respuesta es el momento supremo del erotismo ‑el silencio del erotismo‑.

El momento de la filosofía prolonga el del trabajo y de la prohibición. Sobre este punto renuncio a extenderme. Pero en su transcurso (porque no puede interrumpir su movimiento), la filosofía se opone a la transgresión. Si la filosofía pasase, de la base del trabajo y de la prohibición (que se acuerdan y completan) , a la de la trasgresión, ya no sería lo que es sino su propia irrisión.

 

La transgresión con relación al trabajo es un juego.

En el mundo del juego, la filosofía se disuelve.

Dar la transgresión como fundamento de la filosofía (es la tarea de mi pensamiento) , es sustituir el lenguaje por una contemplación silenciosa. Es la contemplación del ser en la cima del ser. Ellenguaje no ha desaparecido de ninguna manera. ¿Sería accesible la cima si el lenguaje no hubiese revelado sus accesos? Pero el lenguaje que los describía carece de sentido en el instante decisivo, cuando la trasgresión misma en su movimiento es sustituida por la exposición discursiva de la transgresión. Pero a esas apariciones sucesivas se añade ‑un momento supremo: en ese momento de silencio profundo en ese momento de muerte‑ se revela la unidad del ser, en la intensidad de las experiencias en las cuales su verdad se destaca de la vida y sus objetos.

En la introducción de este libro [nota: reproducida más arriba] me esforcé ‑en el plano del lenguaje‑ por dar un trato aprehensible a ese momento supremo: lo refería al sentimiento de la continuidad del ser.

 

Como he dicho, el texto de esa introducción es el de una conferencia. A esa conferencia asistió Jean Wahl, que en su transcurso me hizo esta observación (yo había atribuido ese  sentimiento de continuidad a los participantes del juego erótico) :

 

” … Uno de los participantes ‑dijo Jean Wahl‑ debe tener conciencia de la continuidad. Bataille nos habla, Bataille escribe, es consciente y, en el momento en que es consciente, la continuidad puede romperse. No sé qué dirá Bataille sobre este punto, pero me parece que allí hay un problema real… La conciencia de la continuidad ya no es la continuidad, pero entonces no se puede hablar”.

 

Jean Wahl me había comprendido exactamente.

 

Le respondí en el acto, diciéndole que tenía razón pero que, a veces, en el límite, la continuidad v la conciencia se aproximan.

 

En efecto, el momento supremo está en el silencio, y en el silencio la conciencia se oculta.

 

Escribí entonces: “en ese momento de profundo silencio ‑en ese momento de muerte… “

 

¿Qué seríamos sin el lenguaje? El lenguaje nos ha hecho lo que somos. Es lo único que revela, en el límite, el momento soberano en que ya no tiene curso. Pero al fin el que habla confiesa su impotencia.

El lenguaje no se da independientemente del juego de la prohibición y la transgresión. Por eso la filosofía para resolver, si es posible, el conjunto de esos problemas debe retomarlos a partir de un análisis histórico de la prohibición y la transgresión. La filosofía, en la disputa, fundada en la crítica de los orígenes, al convertirse en una transgresión de la filosofía, llega a la cima del ser. La cima del ser no se revela en su totalidad  sino en el movimiento de transgresión en el cual el pensamiento, fundado ‑por el trabajo‑ en el desarrollo de la conciencia, sobrepasa al fin el trabajo, sabiendo que no puede subordinarse a él.

 

***

 

Texto extraído de “El erotismo”, Georges Bataille, editorial Sur, Buenos Aires, Argentina, 1964.

Págs. 11/24 y 271/274.

Selección y destacados: Sergio Rocchietti.

 

Nota [S.R.]: agregamos el índice temático que da contenido al libro citado para que el lector inquieto pueda sentirse invitado a su lectura.

 

INDICE:

 

Lo prohibido y la transgresión

 

Introducción / El erotismo en la experiencia interior / La prohibición referente a la muerte / La prohibición referente a la reproducción  / La afinidad de la reproducción y de la muerte / La transgresión / La matanza, la caza y la guerra / La matanza y el sacrificio / Del sacrificio religioso al erotismo / La plétora sexual y la muerte

La trasgresión en el matrimonio y en la orgía / El cristianismo / El objeto del deseo: la prostitución / La belleza.

 

Estudios diversos sobre el erotismo

 

Kinsey, el hampa y el trabajo / El hombre soberano de Sade / Sade y el hombre normal / El enigma del incesto / Mística y sensualidad / La santidad, el erotismo y la soledad / Prefacio de “Madame Edwarda” / Conclusión.

 

Foto:Hans Bellmer

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