INCESTO-DIARIO AMOROSO

23 de octubre de 1932

 

Siempre creí que era la artista que llevo dentro la que hechizaba. Creía que era mi casa esotérica, los colores, las luces, mis vestidos, mi trabajo. Siempre estuve dentro de la concha de la gran artista que trabaja, temerosa e inconsciente de mi poder. ¿Qué ha hecho el doctor Allendy*[1]? Ha dejado de lado a la artista, ha manejado y amado mi alma interior, sin sus antecedentes, sin mi creación. Incluso me ha inquietado su desinterés por la artista y me asombra que se haya apoderado así de mí, tan dépouillée de artificios, de ropajes, de encantos, de elixires. Y esta noche, a solas, a la espera de los visitantes, contemplo esta alma renacida y pienso en cómo han contribuido a ella los regalos de Hugh*, Allendy, Henry* y June*. Recuerdo el día en que di unas joyas a Ethel*, la hermana de Hugh. Y hoy, la prima Ana María* me da piedras para mi acuario y un pez, nuevo y humorístico, con aletas verdes.

—Quiero ir a Londres contigo —me dice—. Quiero librarte de June.

Y yo me tiendo de espaldas y lloro con gratitud infinita.

Me voy a Londres. Tengo nuevas fuerzas y necesito vencer el dolor que sigue atormentándome. Necesito muchos días para aliviar un poco mi vida o para moverme dentro de mi diario, de mi historia. No puedo, en un día, librarme de la locura. Todavía me quedan horas para retorcerme de dolor, como en un horno, y me sucede cuando Henry me llama por teléfono para preguntarme si estoy bien y le contesto que sí. O cuando se cae una chincheta de un ángulo de la fotografía de «H. V. Miller, gángster-autor», y me doy cuenta de cuánto me he alejado del verdadero lesbianismo y que es sólo la artista que llevo dentro, la energía dominadora, la que se expande para fecundar a las mujeres bellas en un plano difícil de aprehender y que no tiene en absoluto nada que ver con la actividad sexual ordinaria. ¿Quién creerá en el aliento y la altura de mis ambiciones, cuando perfumo la belleza de Ana María con mi conocimiento y experiencia, cuando la domino y la cortejo para enriquecerla, para crearla? ¿Quién creerá que dejé de amar a June cuando descubrí que ella destruye en lugar de amar? ¿Por qué no me sentí arrobada cuando June, una mujer magnífica, se hizo pequeña en mis brazos y me descubrió sus miedos, sus miedos de mí y de la experiencia?

 

El simoun sopla esta noche. Todo es un torbellino. Es de noche y he sido fuerte todo el día. No debo derrumbarme sólo porque sea de noche y esté cansada.

 

Cuando veo que June está profundamente celosa de lo que he hecho por Henry, le digo que todo lo he hecho por ella.

Ella también me miente y dice que habría querido conocerme antes que a Henry.

Pero yo continúo mi mentira con una verdad: recordé la lástima que sentí cuando leí en las notas de Henry que ella trabajaba para él y para Jean [Kronski*] y que una vez, en un arrebato de cansancio y asco, les gritó: « ¡Los dos decís que me queréis, pero ninguno hace nada por mí!». Le recuerdo esto a June y deseo hacer algo por ella. Pero, tan pronto como lo digo, muere mi deseo, consciente de que es un deseo autodestructivo, que no tengo suficiente vitalidad, que he trabajado mucho para Henry y que no quiero hacer más sacrificios. Y muere mi espontaneidad, y mi generosidad se vuelve una mentira cuya frialdad me estremece, y deseo que los tres seamos capaces de admitir que estamos cansados de sacrificios y de sufrimientos inútiles.

Sin embargo, soy yo quien trabaja para Henry y June, pero con un espíritu rebelde. Consciente de que no hay razón para acusarme o castigarme, de que, por fin, estoy libre de culpa y merezco ser feliz.

 

June espera que yo diga lo que vamos a hacer juntas mañana por la noche; June cuenta con mi imaginación; June pretende que mi inexperiencia de la vida real me traicione. Ahora que dispongo de una noche para ella, ¿qué haré con la noche y con ella? Soy una escritora de páginas fantásticas, pero no sé cómo vivirlas.

 

Rene Lalou* es exuberante, enérgico, locuaz e ingenioso. Se sintió muy atraído por mí en contra de mis propios deseos, porque su estupendo equilibrio está muy lejos de mi oscuridad. Pero su exuberancia física pudo con él. Por primera vez fui consciente de mi poder para que un hombre sensato se mostrara poco serio y falto de ingenio. Contemplé cómo su claridad se hacía pedazos. Al final de la velada, Rene Lalou era un hombre con sangre española en las venas.

Me reí mucho, pero eché en falta mi amor, la cualidad más oscura, más densa de Henry. La brillantez de Lalou y su pasión por lo abstracto me interesaron, pero eché en falta a Henry, lo eché de menos.

Lalou habló en contra del surrealismo y luego me pidió lo que he escrito sobre June. Se burló de las obras para minorías y después dijo que le gustaría que me publicaran en sitios más conocidos que transition.

Esta mañana he recibido una bella carta de Allendy que termina «le plus dévoué, peut-être», y siento qué profundos caminos ha trazado en mí su extraña devoción, cuan sutilmente me rodea, sin tragedia ni sensacionalismo. Me siento como una persona drogada, enferma, que una mañana despierta a una claridad idílica: renacida.

 

¡Qué gran esfuerzo para librarme de la oscuridad y la asfixia, del enorme dolor que me ahoga, de mi propia laceración inquisitiva! Allendy me examina con amor doble —sus extraños ojos, su boca y sus manos cálidas—. Pero no quiero dar más, sólo quiero tenderme de espaldas y recibir regalos. June tiene mi capa negra, pero con ella le di mi primer fragmento de odio. No estoy en su poder.

Ambos encontraron en mí la imagen intacta de ellos mismos, su respectiva identidad potencial: Henry vio al gran hombre que puede ser; June, su soberbia personalidad. Cada uno se aferra a su imagen buscando en mí la vida y la fuerza.

June, sin seguridad interior, sólo puede mostrar su grandeza mediante su poder destructivo. Henry, hasta que me conoció, sólo podía afirmar su grandeza en sus ataques a June. Se devoraban mutuamente: él la caricaturizaba; ella lo debilitaba al protegerlo. Y cuando han logrado destruirse, matarse, Henry llora la muerte de June y June llora porque Henry ya no es un dios y necesita un dios para quien vivir.

June quiere que Henry sea un Dostoyevski, pero, involuntaria e instintivamente, se lo impide. Quiere que él cante para alabarla, no que escriba un gran libro. Pero no es culpable de su destrucción. Es su aliento, su afirmación vital, cada movimiento de su yo, lo que confunde, empequeñece y destruye a los demás. Es sincera, intachable e inocente.

Yo he magnificado a Henry. Puedo hacer de él un Dostoyevski. Le infundo fortaleza. Soy consciente de mi poder, pero mi poder es femenino; exige combatir pero no vencer. Mi poder es también el del artista, de modo que no necesito la obra de Henry para magnificarme. No necesito que me alabe y, como soy artista antes que nada, puedo conservar mi yo —mi yo de mujer— en segundo término. No bloquea su trabajo. Doy sostén al artista que hay en él. June no quiere sólo un artista, quiere también un amante y un esclavo.

Puedo desatender las exigencias de mi yo, rendirme al arte, a la creación. Sobre todo a la creación.

Y eso es lo que hago ahora: crear a June y a Henry. Alimentarlos con mi fe. En mi fragilidad está el simbolismo de esa frágil consecución que los obsesiona. June ve en mí a la mujer que tras visitar los infiernos sale ilesa y quiere permanecer ilesa. June no perderá su yo, su yo ideal.

Y Henry quiere ser el Dostoyevski ideal. El artista. Encuentra en mí la imagen de esa identidad de artista. Completa, poderosa, ilimitada.

No necesito su arte para glorificarme. Tengo mi propia creación. June, para ser más generosa, debería ser artista.

Gracias a Allendy puedo renunciar a una mera victoria. Amo. Amo a ambos, a Henry y a June.

Y June, que me ama ciegamente, busca también mi destrucción. Mis páginas sobre ella, que son una obra de arte, no la satisfacen. Ignora su fuerza y su belleza y repite la queja de que no es verdad todo lo que digo. Pero en ningún momento me dejo confundir. Con independencia de June, conozco el valor exacto de esas páginas.

Mi obra, pues, en primer lugar. Tambaleante mi poder como artista, ¿qué otro poder me queda? Mi estímulo natural, mi vitalidad, mi verdadera imaginación, mi salud, mi vida creativa. ¿Y qué hará June con ellas? Drogarías. June me ofrece muerte y destrucción. June me hechiza —habla con su rostro, sus caricias, me seduce, usa el amor que siento por ella para la destrucción—. Una muerte por partida doble. La frescura de mi cuerpo ha de destruirse para que mi cuerpo sea como el suyo. Dice: «Tu cuerpo es tan fresco y el mío tan estropeado». Y así, ciega, sin nada reprochable, inocente, matará mi frescura, lo intacto que ella ama. Matará todo cuanto ama.

¿De dónde viene este conocimiento oscuro? Del humo, de la locura, del champagne, de la intoxicación de las caricias, de los besos y de la exaltación. Estamos en el Poisson d’Or, tocándonos las rodillas, ebrias la una de la otra; y June está embriagada de sí misma. Le ha dicho a Henry que no es nadie, que ha fracasado en su intento de ser un dios y un Dostoyevski, que es ella quien sí es un dios, su propio dios. Así se realiza el milagro. El engaño. Henry, está muerto. June ha vuelto a ser aniquiladora. «Henry», dice ella, «es un niño». Pero yo protesto y le digo que creo en Henry como artista y luego confieso que lo amo como hombre.

Y entonces me pregunta: «Amas a Henry, ¿verdad?», y añade que yo hice a Henry mi mayor regalo. Mis ojos se empañan de dolor. Sabía que si lo admitía salvaba a Henry, porque Henry se convertiría de nuevo en un dios. Nadie, salvo un dios —dice ella—, puede ser amado por ella o por mí. Por lo tanto, Henry sería un dios. Y ella, en la inocencia de su enorme egoísmo, me pregunta: «¿Tienes celos de Henry?».

Dios, ¿yo celosa del amor de Henry por June o del amor de June por Henry?

Es entonces cuando me siento fluida, disuelta, fuyante. Y huyo de la tortura que me espera como un gigantesco exprimidor de sangre que oprimiera mi carne entre June y Henry. Escapo haciendo un esfuerzo sobrehumano para librarme de la destrucción y la locura. Quedo presa por un momento. June advierte en mis ojos el infinito dolor. He hecho a ambos mi gran ofrenda. Entrego el uno al otro, dando a cada uno la más bella imagen de ellos mismos. Soy únicamente la reveladora, la armonizadora. Y cuando vuelven a encontrarse, a ella le doy un Dostoyevski y a él una June creativa. Yo sólo quedo aniquilada humanamente. Ambos me han amado.

 

Mi amor por June y Henry es menor en proporción a mi rebelión contra el sufrimiento. Creo que amo en ellos una experiencia que no pueda destruirme —en la que ya no entro del todo— porque quiero vivir.

Por la tarde. Ha venido Henry y, al principio, hemos estado tensos. Luego ha querido besarme y no se lo he permitido. No, no podía soportarlo. No, no debía tocarme, me habría herido. Le sorprendió. Me resistí. Me dijo que me deseaba más que nunca, que June se había convertido en una extraña, que las dos primeras noches con ella no había sentido ninguna pasión. Que, desde entonces, era como estar con una puta. Que me amaba y que sólo conmigo sentía la conexión entre la imagen de su mente y su deseo, que era imposible amar a dos mujeres, que yo había desplazado a June. Antes de decirme todo eso ya me había rendido —la intimidad me pareció tan terriblemente natural: nada había cambiado—. Me sentí aturdida, todo me pareció igual. Y yo que había pensado que nuestra relación parecería irreal, que la relación natural entre June y Henry se renovaría. Ni siquiera puede acostumbrarse a su cuerpo; debe de ser porque no hay intimidad entre ellos.

Lo miré todo como si se tratara de un fenómeno. Después de ocurrirme esto con Henry es posible creer en la fidelidad amorosa. Repaso sus últimas páginas sobre el regreso de June y las encuentro vacías de emoción. Ella ha agotado sus emociones, las ha exagerado. Luego, todo el asunto me parece irreal y tengo la impresión de que Henry es el más sincero de los tres y que June y yo, o yo sola, lo engañamos.

Ya no hay tragedia. ¡Henry y yo nos reímos juntos de las múltiples complicaciones de nuestras relaciones!

 

Tengo miedo de lo que me ocurre. Miedo de mi frialdad. ¿Acaso Henry ha agotado, también, mis emociones por la angustia inconsciente que le produce la amenaza constante de June a nuestra felicidad?

¿O es que lo que a menudo se espera demasiado, la alegría que se desea demasiado, me aturde y soy incapaz de sentirla cuando llega?

June le dice a Henry que he dicho que lo amo. Parece sorprendido. Quizá cree que estaba borracha cuando lo dije.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir, June?

—Oh, simplemente que te ama, no que quiera acostarse contigo.

Y los tres nos echamos a reír. Pero me preocupa también que June crea tanto en mi amor que, cuando me pregunta si tengo celos de Henry, lo que quiere decirme es que debo eliminar a Henry, odiar a Henry, a causa de mi amor por ella. Recuerdo nuestras caricias anoche, en el taxi, mi cabeza echada hacia atrás bajo sus besos, pálida ella y mi mano en su pecho. No imaginó en ningún momento la escena de hoy. Y unas veces la engañada es ella, otras Henry y otras yo.

Y Allendy y Hugo, los únicos hombres sinceros del mundo, están hablando en este momento, celosos de mí. Infeliz Hugo.

Henry no tiene celos de June, sino de mí, tiene celos y teme que yo ame a June o a Allendy.

 

Esta noche siento que quiero abarcar toda la experiencia, que puedo hacerlo sin ningún riesgo, puesto que Allendy me ha salvado. Que voy a ir con June a todas partes para adentrarme en todo.

 

Carta a Henry: Fue estupendo que riéramos juntos, Henry. Cualquier cosa que haya entre June y yo sólo sirve para que sienta con mayor confianza mi profundo amor por ti. Es como si estuviera pasando la mayor prueba de mi amor por ti. La mayor prueba de toda mi vida. Y aunque estuviera bebida, drogada, hechizada o cualquier cosa que me perdiera, siempre, siempre estarás tú, Henry… No quiero herirte mencionando a otros. No tienes que sentir celos, Henry; te pertenezco…

 

Pero mi amor por Henry es un eco profundo, una prolongación profunda de un yo interior con una eterna doble cara. Tengo una doble personalidad. Está mi amor profundo y desinteresado por Henry que puede cambiarse fácilmente por otro amor. Siento su terminación, igual que siento que el amor de Henry por mí terminará cuando él sea lo bastante fuerte para prescindir de mí.

He hecho la obra de un psicoanalista, una pieza viva de clarificación y orientación. Es verdad, por lo tanto, lo que la astrología dice acerca de mi extraña influencia en la vida interior de los demás.

Je prends conscience de mon pouvoir, de la fuerza de mis sueños. La misma June no tiene verdadera imaginación; si la tuviera, no necesitaría drogarse; June tiene hambre de imaginación. También Henry tuvo hambre. Y ambos me han enriquecido con sus experiencias. Me han dado mucho. Vida. Me han dado vida.

Allendy ha despertado en mí la inteligencia, porque los sentimientos estaban hundiéndome, la vida me estaba hundiendo. Me dio la fortaleza, gracias a la cual libero mis pasiones y mis instintos sin morir, como antes.

A veces me duele que ahora haya menos sentimientos y más inteligencia. Como si antes fuera más sincera. Pero si ser sincera consiste en arrojarse por la borda, es que era la sinceridad de la derrota. Suicidarse es fácil. Vivir sin un dios es más difícil. La embriaguez del triunfo es mayor que la embriaguez del sacrificio.

Ya no necesito hacer tanto para ocultar la inutilidad de mis cambios internos, sustituir para comprender. Necesito hacer poco, pero ese poco me exige un gran esfuerzo.

 

Por la tarde. Allendy espera que rompa con Henry. Veo adonde va con sus preguntas. Espera con ansiedad. Y hoy me siento conmovida por sus caricias. Son maravillosas.

Le digo que lo amo. No cree en ninguna dualidad. ¿Lo creería si leyera mis diarios? ¿No son algunas frases que escribo más frías que lo que él imagina de mí?

Esta vez tengo la impresión de estar jugando con Allendy. ¿Por qué? Creo que es más sincero que yo. Me conmueve y me da miedo. ¿Es a él a quien voy a herirel primer hombre—y por qué? ¿O acaso todo esto no es más que mi manera de defenderme de su poder? Sentada aquí esta noche, recuerdo sus manos. Son carnosas, pero las puntas de sus dedos son idealistas. Cómo repasan el perfil de mi cuerpo, cómo hunde su cabeza en mi pecho y huele mi pelo. Cómo nos levantamos juntos y nos besamos, hasta que sentí vértigo. Henry no habría esperado para levantarme el vestido, habría perdido la cabeza.

Luego vuelvo a casa alegre y animada y Hugh me tira sobre la cama, loco de celos, me folla delirante y me rasga el vestido para morderme los hombros. Y finjo complacida, sorprendida por la tragedia de los modales cuando ya no sirven. La pasión de Hugh ha llegado demasiado tarde. Quiero estar en los brazos de Henry —la intimidad— o en los de Allendy —lo desconocido—. ¡Y yo, que siempre había querido que me desgarraran el vestido!

Siento en demasía los alejamientos, los encuentros, las prolongaciones, los nuevos chispazos. Hay en mi cabeza un centro de control, todo diamantino, pero, cuando examino mis emociones, veo que se disparan en direcciones diferentes. Hay una tensión de superactividad, de superexpansión, el deseo de alcanzar de nuevo la cima gozosa que alcanzo con Henry. ¿Podré fundirme con Allendy? No lo creo, porque el mayor gozo, como Henry sabe ya, es intimidad, totalidad, pasión absoluta.

¿Cuántas intimidades hay en el mundo para una mujer como yo? ¿Soy una unidad? ¿Un monstruo? ¿Soy una mujer?

¿Qué me lleva a Allendy? La pasión por la abstracción, la sabiduría, el equilibrio, la fuerza.

¿A Henry? La pasión, la vida ardiente y desmedida, el desequilibrio del artista, la fusión y la fluidez de los creadores.

Siempre dos hombres: el que es y el que ha de ser, siempre el momento alcanzado y el momento siguiente, adivinado demasiado pronto. Demasiada lucidez.

 

Los celos de Hugh me halagan. Está celoso de Allendy. Mañana irá a decirle que le ha quitado a su esposa, le dirá que está derrotado, que me ha entendido muy bien, todo lo bien que puede un científico, pero que él, Hugh, me posee. Hugh sabe que Allendy quería provocar sus celos, de una vez por todas, para que mostrara agresividad con los hombres y no amor y complacencia, para que se salvara de su pasividad homosexual, por la cual deja que otros hombres amen a su mujer. Sabe que todo esto debe de ser un juego psicoanalítico con un propósito definido, pero en este caso no se trata de un juego, porque los sentimientos de Allendy están involucrados. ¡De modo que lo que Hugh le diga herirá a Allendy! ¡Y Hugh va a herir al hombre que más ama para afirmar su hombría y su amor por mí!

Y mientras Hugh me cuenta todo esto, con su nueva y clara intuición, yo permanezco en silencio, deseando temerosa que no haga daño a Allendy. Pienso ir a verlo y atenuar el efecto de las palabras de Hugh, la historia de Hugh sobre mi vestido roto. Aunque sé que Allendy no va a recibir daño, que está protegido por su tremenda clarividencia. Está tan seguro de que no amo a Hugh; y con cuánta seguridad me espera. ¡Admiro su terrible dominio de sí mismo, de la vida y del dolor!

 

Fin de la noche. La música de la orquesta va in crescendo; la sala y yo explotamos. Me levanto y me cubro la cara con los brazos y río —río como nunca he reído en mi vida— y la risa se quiebra en un sollozo, en un sollozo alto y lastimoso. Durante un minuto me vuelvo loca, completamente loca. Hugh está asustado. Acude a mi lado, tierno y sorprendido.

—Mi pobrecito sauce llorón —me dice—, has sido demasiado feliz. ¡Te he hecho feliz!

 

June es mi aventura y mi pasión, pero Henry es mi amor. No puedo ir a Clichy y enfrentarme con los dos. Le digo a June que es porque temo que no sepamos ocultar nuestros sentimientos delante de Henry, y le digo a Henry que es porque temo no fingir bien delante de June. La verdad es que miro a Henry con ojos ardientes y a June con exaltación. La verdad es que sufro humanamente al ver a June instalada al lado de Henry —donde yo quiero estar— porque la intimidad entre Henry y yo es más fuerte que cualquier aventura.

 

Allendy es el amor del mañana. El mañana puede tardar en llegar, años quizá. No quiero medir espacios ni distancias. Me dejo vivir. Hoy mis nervios están destrozados. Pero soy indomable.

Por la noche. Indomable. Gardenias blancas de June. Para June, Ambre de Delhi. June. June en mis brazos, en el taxi. Es mi brazo el más fuerte, es su cabeza la que cae hacia atrás, soy yo quien besa su cuello. June se deshace como un pétalo. Me mira como una niña.

— Anaïs, fíjate, qué torpe soy. Me siento pequeña entre tus brazos.

Cuando me voy, veo su cara difuminada tras la ventana del taxi. Una niña atormentada, hambrienta, deseosa y desconfiada del amor, que lucha desesperadamente para ejercer el poder mediante el misterio y la confusión.

Cree de verdad que Henry está muerto, que sólo ella lo hace vivir. Viene y enreda, crea complicaciones artificiosas, enfrenta a una persona con otra, saca a Henry de quicio y así cree que ella vive, que hace vivir a los demás, que esto es el drama, la vida. Y todo es tan infantil.

No puede creerlo salvo en los momentos febriles. Lo cree cuando la tengo en mis brazos. Y entonces se va y se esfuerza por ser objetiva. Cansados, ella y Henry hablan e intentan entenderme objetivamente, alejados ambos de los momentos de éxtasis y vértigo.

 

June se queja continuamente de que no puede confiar la verdad a Henry. Veo una imagen tan deformada del otro en los ojos de cada uno que tengo que hacer un tremendo esfuerzo para conservar a mi Henry y a mi June. Los dos quieren implicarme en el conflicto, lanzarme contra el uno o la otra. June quiere que lo haga porque sería otra muestra de mi devoción por ella; quiere que Henry y yo luchemos por ella. Eso le proporcionaría el momento de odio, o pasión, en el que sólo ella cree. No sabe vivir en el semitono, en la insinuación, en la verdad.

Dios mío, ¿soy lo bastante fuerte para ayudarla?

 

Allendy dice que he convertido mi gran necesidad de ayudar y crear a los demás en una especie de psicoanálisis. Tengo que ayudar, dar, crear e interferir. Pero no debo darme a mí misma, debo aprender a negarme. Y ahora compruebo que uno da cuando se niega a sí mismo, porque, al borrar el yo, se borra al mismo tiempo el egoísmo y la posesividad. De modo que doy, y como dejo escapar menos sentimientos desgarradores, soy más fuerte, no me pierdo, me mantengo lúcida. Doy verdaderamente.

¿Qué puedo dar a June y a Henry? ¿Que vuelvan el uno al otro? No me parece que sea eso lo correcto.

 

June cree que Henry renace cuando se pone furioso, tartamudea y es ilógico; cree que ahora está vivo, por más que ya lo estaba antes de que ella viniera, sólo que profundamente hundido. En todo el amor que me profesa suena esta nota de celos: quiere impedir la ya segura publicación del libro de Henry porque viene de mí. Ataca a Henry porque ya no le pide consejo. Por todo esto tengo que vigilar el momento de la gran exaltación. Cuando no puede cegarme me ofrece su cuerpo.

Mi única salvación es desarmarla, penetrarla casi sin palabras, rendir su poder con sólo mirarla.

No puedo soportar que siempre se ponga ella, su ego, por encima del amor a Henry.

 

Por la noche. Henry ha estado aquí. Dice que hay algo que está claro: que nos necesitamos más que nunca y que tenemos que ser amables con los niños, June y Hugh.

Me sorprendió verlo como una persona mayor que ofrece protección. Para él, June es una niña patológica, interesante como tal, pero estúpida y vacía.

De pronto, surgió entre nosotros el sentimiento de una alianza firme. Un Henry cambiado, un Henry dolido de que la gente crea que sólo puede escribir «retratos de coños». Le dije cuánto le debo. Al hacerme feliz como mujer, me ha salvado de June y de la disolución y no quiero morir. Soy demasiado feliz.

Qué extraña conversación. Cómo toma Henry nuestro amor como punto de partida para tomar otras direcciones, no importa cuáles, aunque sean aventuras superficiales. Le dije luego que era cierto lo que June había dicho, que él la había sacrificado a su obra, que la había usado para el personaje que necesitaba crear, pero que eso no significaba que yo fuera a inventar o crear para él ningún misterio, porque necesitamos la intimidad y donde hay mentiras no hay intimidad.

Y así seguimos hablando, con pleno acuerdo, preguntándonos por qué no podíamos estar en desacuerdo. No. Sabemos el porqué. Estamos innegablemente unidos, tejidos en la misma urdimbre. June está muerta para él porque sólo existen su cara y su cuerpo.

Henry dice luego que sólo puede entender mi interés por June como lesbiana —por la cara y el cuerpo de June— y por nada más. Sabe que a ella no puedo darle mi mente ni mi alma. Se siente orgulloso por haber sido capaz de explicar a June mis páginas sobre Mona-Alraune, por más que sorprendan y confundan a June[2]. June interpreta de modo literal mi párrafo del hotel, es decir, sin imaginación. Para ella es la descripción de la experiencia con un hombre en la habitación de un hotel. ¡Y tiene que ser Henry, el tardoalemán, quien capte su sentido simbólico!

 

Ana María es sabia sin tener experiencia de la vida.

Es curiosa. Quiere saber de June. Trata de ponerse en el lugar de Eduardo*, en el lugar de un hombre, e imaginar lo que él siente con respecto a mí. Empiezo a explicarle con delicadeza y de forma abstracta la actitud masculina de una mujer, su significado y su valor. No quiero asustarla. Quiero que sepa.

Cuando hablé de ella con Allendy, me dijo: «Quieres seducirla», pero eso era hacerme la misma acusación estúpida que se hace a los psicoanalistas: que hacen que la gente deje de controlar sus instintos. Él sabe que el proceso de seguir los propios instintos es una fase de la liberación, que la recreación consolida al ser en un nuevo nivel de idealismo y sinceridad.

 

Eduardo Sánchez, primo de Anaïs Nin, en

París, a principios de los años treinta. Esta

instantánea se encontró en uno de los

originales del diario de la autora

 

Mientras hablaba con Ana María vi su mente límpida que se abría y escapaba de su ambiente acostumbrado. Me puse muy contenta cuando vi que su entendimiento se abría en tan pocas horas y empleaba los hechos e imágenes que yo le daba, la vida que yo le describía. Me dijo que nunca había hablado con una persona como yo, nunca de esta manera.

 

Cuando llegué con violetas para Tía Anaïs*, Ana María sabía que eran para ella. Y cómo me gustó su grito de placer porque yo iba vestida con más sencillez que nunca: un impermeable negro de seda con botones plateados y un sombrero masculino de fieltro como el de June. Tía Anaïs sólo vio una concesión a lo convencional. Pero yo sabía que era el profundo desarme de mi excentricidad, una excentricidad que uso como una máscara para sorprender, intimidar y hacer que quienes me temen se sientan incómodos y a disgusto.

Yendo en el taxi con Ana María, contemplé su joven rostro y me pregunté ¿cuál sería el mayor regalo que pudiera hacerle para iluminar su vida, o para que el mundo se meza para ella? Ese momento en que el mundo se mece y la cabeza de June cae pesadamente como una flor cortada de su tallo. Todo arte se esfuerza por conseguir de nuevo semejante momento y los hombres sabios conspiran para diluir su esencia. Y odié la sabiduría de Allendy y prometí secretamente: ¡Si puedo, Ana María, haré que el mundo se meza para ti!

Hugh, convertido en astrólogo, estudia en mi escritorio. Y ahora estoy en paz con él. Esta nueva pasión saca a la luz sus mejores virtudes. Su nuevo amor, violento y posesivo, ha hecho de él un hombre poderoso. Lo amo por los esfuerzos que ha hecho para disipar la vaguedad y la tenebrosidad, cualidad pasiva esencial de su carácter que me ha atormentado. Henry dice que Hugh ha empleado conmigo la técnica del jujitsu, que ha utilizado mi propia fuerza para destruirme, que ha dejado que me aplaste la cabeza contra el suelo, cuando era yo quien quería aplastársela a él. Ha evitado inteligentemente mi peso y mi presión, ha eludido toda resistencia, y yo he sentido el vacío, la disciplina, la ausencia de propósitos. Es la misma fidelidad la que lo hace invariable, taciturno, reservado. Pero estoy en paz. No le causaré más dolor. Temo que conozca mi obra. Quiero que sea humanamente feliz. Humanamente, es un ser perfecto. Su perfección sólo me limita a mí. Su existencia me limita. Quizá sea mi salvación, porque la vida a la que constantemente renuncio por Hugh es la única gran disciplina que he conocido siempre. Estar siempre dándome contra las paredes que me aprisionan ha sido el único elemento que me ha obligado a adentrarme en la sublimación. Ahora siento temor y tiemblo cuando Henry habla de la publicación de su libro y de irnos juntos a España. Espero que surja una catástrofe que impida que Henry me diga: «Ahora, sígueme».

 

Eduardo se ha retirado: ofendido y desairado —así se ve él— por la vida. Enamorado de Allendy a sabiendas de lo inútil de su pasión. Nunca resignado a no haber podido dominarme. Incapaz de entregarse, como André Gide, a una homosexualidad fecunda y gozosa.

Charla amarga y cruel con él y con Hugh, en la cual revelo mi agotamiento completo de lástima y ternura por Eduardo. Aborrezco la «espiritualidad» de que se jacta. La aborrezco porque me hace daño.

Cree que vive porque ha avanzado desde el psicoanálisis a la astrología, cuando sé que Allendy interpreta lo mismo como una retirada y que, incluso si fuera un ascenso en su desarrollo mental, permanece en estado de racionalización.

Su fracaso personal, me doy cuenta ahora, además de su imposibilidad de amar, estriba en la corta duración de su fe. No aporta suficiente fe para conseguir el milagro. No hay milagro posible sin fe.

Sé que la conversación no le sirvió de ayuda. Simplemente sacamos a la luz una hostilidad que a los dos nos sorprende. Odia la influencia que ejerzo en su hermana Ana María, y yo detesto pensar que he desperdiciado tantos años imbuyéndole mi fe.

Si Allendy y yo juntos no podemos salvar a Eduardo, nadie podrá salvarlo.

Anoche fue mi último intento. Y no lo hice por amor, sino por el amargo resentimiento de que éste debe de ser uno de los hombres que he amado, un hombre a quien nunca podré borrar de mi vida. Y eso es lo que quiero hacer: borrarlo de mi vida junto con todo mi doloroso y vacío pasado. La vida empieza hoy. España con Henry, quizá; el amor sabio de Allendy; la influencia dominante de la luna que me hace sensual e impresionable. Sabiduría y sensualidad, éstas serán mis grandes alas que me salvarán en última instancia de la nebulosa y mediática influencia visionaria de Neptuno, mi ascendente planetario.

 

Sueño: Espero la boda de alguien. Atraigo la atención de un hombre alto, de cabello gris. Me invita a cenar. Charlas sobre su amor. Algunas mujeres imitan mi forma de vestir. Caricias maravillosas del hombre. Me despierto bañada en sudor y con el corazón palpitante.

 

En el horóscopo de Hugh encuentro lo que nos separa: él es fundamentalmente Mercurio o «mental», no sometido a la luna. Su gran influencia es poder, es un hombre rey, ¡la pasión es secundaria!

 

Me siento inflamada por lo que dice Elie Faure [en La danza sobre el fuego y el agua]: «Es la imaginación del hombre la que provoca sus aventuras, y el amor ocupa aquí el primer lugar. La moral reprueba la pasión, la curiosidad y la experiencia, los tres peldaños sangrientos que ascienden hasta la creación».

Allendy es el hombre que cristaliza, equilibra, limita: inmóvil, pura sabiduría. Henry es el hombre que conoce «la obediencia al ritmo». «El ritmo», escribe Faure, «es ese secreto acuerdo con el latido de nuestras venas, el sonido de nuestras pisadas, las exigencias periódicas de nuestros apetitos, la alternancia regular del sueño y la vigilia… La obediencia al ritmo nos eleva hasta la exaltación lírica, la cual permite que el hombre alcance la moral más alta al inundar su corazón con el sentimiento vertiginoso de que, suspendido en las tinieblas y en la confusión de la génesis eterna, está solo bajo la luz, deseando y buscando la libertad».

 

 

30 de octubre de 1932

 

A Henry: Tú representas todo lo que Faure atribuye al gran artista; es para describirte para lo que se han escrito estas líneas. Algunas de aquellas palabras son tus propias palabras, y por eso te inflaman, y me inflaman. Veo más claramente que nunca la razón y la riqueza de las guerras que libras, y sé por qué me he sometido a tu liderazgo… Todo esto es una explicación de ti mismo como rompedor de moldes, como revolucionario, el hombre que describes y proclamas en las primeras páginas de Trópico de Cáncer. Emplearé algunas de aquellas líneas para defender tu libro…

Lo que me gustaría es unir nuestras fuerzas para enfrentarnos a guerras mayores y dramas inmensos, trabajar juntos en ese arte que sigue al drama y domina los «elementos desencadenados», y los domina sólo para seguir adelante, para continuar, para zambullirse de nuevo, no para descansar o cristalizar… Nos necesitamos para nutrirnos mutuamente. Lo que June ha llamado tu «período muerto» fue tu período de reconstrucción mediante el pensamiento y el trabajo en medio de una efusión de sangre. El período fructífero que sigue a la guerra. El período de la explosión lírica. Y quizá, cuando hayas agotado todas las guerras, empezarás una contra mí y yo una contra ti, y luego la más terrible de todas, contra nosotros mismos, para componer el drama de nuestro último reducto, de nuestro éxtasis y nuestro amor…

 

A Eduardo: Contemplemos objetivamente nuestra nueva relación: Hay una guerra entre nosotros. Nos odiamos cordialmente. Nos odiamos porque somos diametralmente opuestos en la emoción y la actitud. Hasta ahora habíamos cometido el error de mostrarnos tiernos el uno con el otro por nuestra necesidad de amor. No tuve fuerzas para borrarte de mi vida cuando biológicamente, planetariamente, emocionalmente, físicamente y psicoanalíticamente, tendría que haberlo hecho. Ya ti te faltó fuerza para odiarme cuando era exactamente lo mejor que podías haber hecho. Deberías aborrecer mi positivismo, mi absolutismo y mi sensualidad, del mismo modo que yo aborrezco tu pasividad, tu espiritualidad y tu negatividad. Somos más sanos y más fuertes como honrados adversarios que como amigos. Quiero que me borres de tu vida. Anoche fue mi última interferencia, y no la motivó el afecto, sino el odio: el deseo de que el hombre que he amado hubiera sido de otra manera. Eso es egoísmo, no amor. Señal de que el amor ha muerto. Ambos somos lo suficientemente fuertes para tratarnos sin la acostumbrada ternura, pues era sólo una costumbre, como el vínculo matrimonial. El significado de la ternura hace tiempo que ha muerto. La otra noche tuvimos el suficiente coraje para admitirlo. Vi odio en tus ojos cuando viste otra vez una manifestación de mi poder (Ana María), y viste mi desdén cuando mencionaste la palabra «sociedad» como un insulto deliberado a mis soberbias amistades (Oh, Señor, qué insulto tan mezquino; ¿no pudiste encontrar otro mejor?) . ¿He de suponer que habrías impedido que Ana María conociera a D. H. Lawrence por ser hijo de un minero? Quizá algún día te sorprenda saber que me he casado con el hijo de un sastre porque tiene genio y entrañas.

 

Las personas como Eduardo, que no pueden avanzar o vivir, se convierten en grandes esterilizadores, en grandes frenos para la vida de los demás. Eduardo quiere paralizar a Ana María. Está frenético porque no puede ejercer su protección negativa, mientras yo ejerzo en cierto modo una influencia positiva.

 

La otra noche pude escuchar Sweet and Lovely sin estremecerme. ¡Estaba sentada en el Poisson d’Or con June! Mi impresionabilidad prolonga más tiempo de lo necesario los ecos de otros amores y, a veces, confundo sus repercusiones con el verdadero impulso, como me ocurrió con la reaparición ocasional de John Erskine* durante mi vida con Henry.

Y ahora me doy cuenta: John es el hombre con quien yo estaba en guerra (en contraste con mi entendimiento con Henry) y temo que ahora estoy en guerra con la supersabiduría de Allendy. Impide mi gran deseo de seguir adelante, de dispersarme en la pasión, de diluirme en la pérdida de mi yo; impide las aventuras que ansia mi imaginación: los peligros. Pero sé que estoy atada a él. En cada momento de equilibrio amaré a Allendy. Pero me alejaré de él, apasionadamente, para hundirme en la confusión y el caos fecundo de Henry. Sacaré inspiración de Henry, como él de June.

 

Soy extraordinariamente feliz. Va a salir el libro de Henry; ahora escribe sobre Lawrence y Joyce. Me pide que vaya a verlo, que me arremangue para ayudarlo y criticarlo. June es un «estorbo» —dice— y, de pronto, también se convierte en un estorbo para mí. Henry y yo y nuestro trabajo. Henry grita: «Ojalá se fuera June a Nueva York. ¡Necesito libertad!».

Quiero salir corriendo de casa para ir a la suya. Hoy es fiesta. Hugh está en casa. Tengo que esperar. Nunca se me ha hecho tan largo el día. Estoy que echo humo. Con la rapidez de una película, veo sus libros, veo su amabilidad, veo al peligroso y eruptivo Henry, me veo con él en España. Y todo se empaña, se distorsiona y magnifica por el gran demonio que nos arrebata, el demonio de la literatura. June es un personaje, es material, aventura, pero esta copulación de hombre y mujer dentro del mismo crisol de la creatividad es la nueva monstruosidad de un nuevo milagro. Afectará el curso de los planetas y alterará el ritmo del universo, y «dejará una cicatriz en el mundo».

 

Si Neptuno me da poderes de médium y me hace superimpresionable (¡peligro en las pasiones, sentimientos que te arrebatan; voluntad debilitada!), entonces me doy cuenta de que las influencias planetarias me afectan de manera muy clara y que estoy en perfecta sintonía con ellas. Por eso no puedo resistirme a Allendy, mentalmente más fuerte que yo; pero he preferido que me hipnotice Allendy y no June.

Si no tuviera sentimientos, sería la mujer más inteligente sobre la faz de la Tierra. Tan pronto como soy fría, mi visión se hace acida y mordaz. Hoy he escuchado durante dos horas la charla de June, a punto de exasperarme de aburrimiento, y ni su cara ni su cuerpo me han afectado.

Y entonces me convierto en la mujer peligrosa que ella teme. Podría escribir sobre ella más destructivamente de como lo ha hecho Henry. Sobre su inteligencia —que es nula—, sobre la inflación de su ego. Despiadadamente. Frases de Henry que hieren su vanidad y provocan esta charla asfixiante, ataques irrelevantes y, de vez en cuando, aquellos relámpagos de la intuición que fueron la esperanza de Henry. Esta noche, mi mente se extiende en lo alto, por encima del cielo, y no soy un ser humano. Soy una serpiente que revela en su silbo la fatuidad y la vacuidad de June, diosa y ramera. Restituyo al vacío, a la nada, los mismos regalos que le he hecho.

A pesar de estar yo bebida, de que los ojos de June seguían siendo fogosos, de la blancura de su fuerte cuello, de sus rodillas tocando las mías, mi dureza y clarividencia fueron inmensas. Pude oír las palabras de Henry anoche: «Soy como una muralla de acero».

 

Cuando me encontré con Henry en el café (antes de que llegara le escribí una nota frenética sobre mi amor a su obra, preguntándole qué más podía hacer, entendiendo su humor extraño y abstracto, su nervio), su mirada era oscura y dura. Era el supremo egoísta en expansión, sólo el artista, necesitado de mi inflación, de mi ayuda. Y cómo lo entendí. No hubo sentimentalismo. Sólo su obra, devorándolo todo. Sentí escalofríos por la espalda. Y sus comentarios sobre June. June estaba completamente descartada, rechazada —como también lo estaré yo, algún día— por su inutilidad cuando él tiene una nueva necesidad. Todo el mundo está sujeto a la ley del movimiento, a la aniquilación. Y entendí esto y me complació, porque me parece que yo hago lo mismo, aunque en menor escala, y que el dolor que causo a Hugh es trágico, aunque inevitable en toda progresión vital.

June no es lo suficientemente sutil para ver que, cuando me rindo a una afirmación de Henry, soy como una serpiente que ya ha mordido. Me retiro del combate abierto a sabiendas del lento efecto del veneno. Es retirándome por caminos tortuosos como llego a la razón de Henry. No le llevo la contraria ni me irrito ni me dejo llevar por la emoción. Y él puede pensar y estar o no de acuerdo con su verdad sin que su yo se vea perturbado.

June es directa y ruidosa. Su «discusión» es una mera descarga visceral. Las consecuencias son la hostilidad y la ineficacia.

Al mismo tiempo, forja su conducta imitando la mía. Anoche, en lugar de pasar la noche fuera, regresó dócilmente para decirle a Henry que ahora lo entendía. ¿Y para qué? Para que al día siguiente pudiera hablarme de reconciliación, de victoria: «He conseguido que Henry trabaje y se sienta feliz». Con qué confianza se deja guiar por sus instintos de mujer. Aunque no llegará lejos.

[1] *De las personas citadas en este texto con asterisco (*), se ofrecen datos biográficos al final del libro y sus nombres han sido recogidos con la inicial con la que son citados.

[2] Las páginas sobre Mona-Alraune, basadas en la relación de A. N. con June Miller, formaron luego parte de La casa del incesto (1936) y del relato «Djuna», aparecido en la edición original de Invierno de artificio (1939).

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